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Literatur
Genio y figura
BooksWhale-Ausgabe auf Spanisch von Juan Valera
carácter, deseo, sociedad, ironía y observación psicológica.
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Genio y figura
Genio y figura, de Juan Valera, es un clásico de dominio público centrado en carácter, deseo, sociedad, ironía y observación psicológica. Esta edición en español destaca su contexto, sus temas, su estilo y su valor literario o histórico.
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Juan Valera murió en 1905, y Genio y figura se publicó por primera vez en 1897. Estas fechas sustentan la base de dominio público de esta edición original española.
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Genio y figura
_Medio de fonte leporum_ _Surgit amari aliquid, quod in ipsis floribus augat_.
(Lucretii. _De nat. rer._ _libr. IV_).
-I-
En tres distintas y muy apartadas épocas de mi vida, peregrinando yo por diversos países de Europa y América, o residiendo en las capitales, he tratado al vizconde de Goivo-Formoso, diplomático portugués, con quien he tenido amistad afectuosa y constante. En nuestras conversaciones, cuando estábamos en el mismo punto, y por cartas, cuando estábamos en punto distinto, discutíamos no poco, sosteniendo las más opuestas opiniones, lo cual, lejos de desatar los lazos de nuestra amistad, contribuía a estrecharlos, porque siempre teníamos qué decirnos, y nuestras conversaciones y disputas nos parecían animadas y amenas.
Firme creyente yo en el libre albedrío, aseguraba que todo ser humano, ya por naturaleza, ya por gracia, que Dios le concede si de ella se hace merecedor, puede vencer las más perversas inclinaciones, domar el carácter más avieso y no incurrir ni en falta ni en pecado. El Vizconde, por el contrario, lo explicaba todo por el determinismo; aseguraba que toda persona era como Dios o el diablo la había hecho, y que no había poder en su alma para modificar su carácter y para que las acciones de su vida no fuesen sin excepción efecto lógico e inevitable de ese carácter mismo.
Los ejemplos, en mi sentir, nada prueban. De ningún caso particular pueden inferirse reglas generales. Por esto creo yo que siempre es falsa o es vana cualquier moraleja que de una novela, de un cuento o de una historia se saca.
Mi amigo quería sacarla de los sucesos de la vida de cierta dama que ambos hemos conocido y tratado con alguna intimidad, y quería probar su tesis y la verdad trascendente del refrán que dice: _genio y figura, hasta la sepultura_.
Yo no quiero probar nada, y menos aún dejarme convencer; pero la vida, el carácter y los varios lances, acciones y pasiones de la persona que mi amigo ponía como muestra son tan curiosos y singulares, que me inspiran el deseo de relatarlos aquí, contándolos como quien cuenta un cuento.
Voy, pues, a ver si los relato, y si consigo, no adoctrinar ni enseñar nada, sino divertir algunos momentos o interesar a quien me lea.
-II-
Hace ya muchos años, el vizconde y yo, jóvenes entonces ambos, vivíamos en la hermosa ciudad de Río de Janeiro, capital del Brasil, de la que estábamos encantados y se nos antojaba un paraíso, a pesar de ciertos inconvenientes, faltas y aun sobras.
La fiebre amarilla, recién establecida en aquellas regiones, solía ensañarse con los forasteros.
Las _baratas_, que así llaman allí a ciertas asquerosas cucarachas con alas, nos daban muchísimo asco, sobre todo en los instantes que preceden a la lluvia, porque dichos animalitos buscan refugio en las habitaciones, las invaden, cuajan el aire formando espesas nubes, se posan en los muebles, en las manos y en las caras y esparcen un olor empalagoso y algo nauseabundo.
Otros inconvenientes y sobras había también por allí, aunque no hablo de ellos por no pecar de prolijo. Pero en cambio, ¡cuánta hermosura y cuánta magnificencia! El Bósforo de Tracia, el risueño golfo de Nápoles y la dilatada extensión del Tajo frente de Lisboa, son mezquinos, feos y pobres, comparados con la gran bahía de Río sembrada de islas fertilísimas siempre floridas y verdes, y cuyos árboles llegan y se inclinan hasta el mar y bañan los frondosos ramos en las ondas azules. Los bosques de naranjos y de limoneros, con fruto y con flor a la vez, embalsaman el aire. Los pintados pajarillos, las mariposas y las libélulas de resplandecientes colores esmaltan y alegran el ambiente diáfano. Por la noche, el cielo parece más hondo que en Europa, no negro sino azul, y todo él lleno de estrellas más luminosas y grandes que las que se ven en nuestro hemisferio.
Vorschaukapitel-III-Vorschau
En el tiempo de que voy hablando, aportó a Río, como secretario de la Legación de Su Majestad Británica, un inglesito joven y guapo; probablemente tendría ya cerca de treinta años, pero su rostro era muy aniñado y parecía de mucha menor edad. Era blanco, rubio, con ojos azules y con poquísima barba, que llevaba muy afeitada, salvo el bigotillo, tan suave, que parecía bozo y que era más rubio que el cabello. Era alto y esbelto, pero distaba no poco de ser un alfeñique. En realidad era fuerte y muy ágil y adiestrado en todos los ejercicios corporales. Tenía talento e instrucción, y hablaba bien francés, español e italiano, aunque todo con el acento de su tierra. Tenía modales finísimos, aire aristocrático y conversación muy amena cuando tomaba confianza, pues en general parecía tímido y vergonzoso, y a cada paso, por cualquier motivo y a veces sin aparente motivo, se ponía colorado como la grana.
No está bien que se declare aquí el verdadero nombre de este inglesito. Para designarle le daré un nombre cualquiera. El apellido Maury es muy común. Hay Maurys en Francia, Inglaterra y España. Supongamos, pues, que nuestro inglesito se llamaba Juan Maury.
El Vizconde y yo nos hicimos en seguida muy amigos suyos, y los tres íbamos juntos a todas partes. Claro está que una de las primeras a donde le llevamos fue a la tertulia de la Sra. de Figueredo, la cual le recibió con extremada afabilidad, y dejó conocer desde luego que el inglesito no le había parecido saco de paja. Él también, a pesar de ser muy reservado, como tomó con nosotros grandísima confianza, nos confesó que la Sra. de Figueredo era muy de su gusto, y se nos mostró curiosísimo de saber sus antecedentes; su vida y milagros, como si dijéramos. El Vizconde, que estaba bien informado de todo, y si no de todo, de mucho, le contó cuanto sabía, haciendo una relación, que vamos a reproducir aquí, poco más o menos como el Vizconde la hizo.
-IV-
Hace ya mucho tiempo que ciertas niñas españolas, y particularmente las andaluzas, acuden a la gran ciudad de Lisboa, en busca de mejor suerte. Los señoritos de por allí, los _janotas_, que es como si dijéramos los jóvenes elegantes, _dandies_ o _gomosos_ de Portugal, se pirran y despepitan por las tales niñas españolas. De ellas aprenden a hablar un castellano muy chusco y andaluzado: _flamenco_, como ahora se dice no sé porqué. Ignoro si persisten estas costumbres; pero sí diré que, hace veinte años, todavía el vocablo españolita era en Lisboa sinónimo de lo que por aquí pudiéramos llamar _hetera, suripanta_ o _moza de rumbo_. La afición decidida a las españolitas era entonces el más pronunciado síntoma y el más elocuente indicio de la posible unión ibérica.
El Vizconde, al empezar su narración, sostenía sin rodeos ni disimulos que ocho años antes del momento en que hablaba, había conocido a la Sra. de Figueredo, soltera aún y figurando y descollando entre las españolitas de Lisboa.
La llamaban Rafaela, y por sus altas prendas y rarísimas cualidades la apellidaban _la Generosa_.
Rafaela apenas tenía entonces veinte abriles. Era gaditana, y hubiera podido decirse que se había traído a Lisboa todo el salero, la gracia y el garabato de Andalucía.
--Yo la vi por vez primera, decía el Vizconde, en aquella plaza de toros. Al aparecer en un palco, con otras tres amigas, los cinco o seis mil espectadores que había en la plaza, clavaron la vista en Rafaela y rompieron en gritos de admiración y entusiasmo. Venía ella con vestido de seda muy ceñido, que revelaba todas las airosas curvas de su cuerpo juvenil, y en la graciosa cabeza, sobre el pelo negro como el azabache, llevaba claveles rojos y una mantilla blanca de rica blonda catalana.
Vorschaukapitel-VII-Vorschau
Como aún me queda no sé qué escozor y desasosiego de no haber dado, a pesar de todo lo dicho, concepto cabal de la transfiguración visible y palpable que en D. Joaquín se había verificado, quiero hablar aquí de un solo perfil o toque, a fin de que por él se infiera, rastree y calcule el cambio radical de aquel hombre. Era algo miope y tenía además la vista un poco fatigada. Para remediar esta falta, usaba antiparras, que en el Brasil y en Portugal llaman _cangalhas_. Siempre las tenía prendidas en las orejas, y cuando no necesitaba de ellas para ver, se las apartaba de los ojos y se las levantaba apoyadas sobre la frente, lo cual no era nada bonito. Así es que Rafaela hizo que suprimiese las _cangalhas_ y que, en lugar de ellas, gastase monóculo. Todo, pues, contribuía a que tuviese el aspecto _fashionable_, atildado y digno de un antiguo diplomático jubilado.
A su rara discreción y al entrañable afecto que había inspirado debió Rafaela los mencionados triunfos; pero los debió también a sus lisonjas, llenas de sinceridad y fundadas en fe _altruista_. Esto requiere explicación, y voy a darla.
Seriamente no es lícito afirmar que Rafaela se enamorase de D. Joaquín; pero sí puede, y debe afirmarse, que le cobró grande amistad y le estimó en mucho, considerándole casi un genio para todo aquello que a la crematística se refiere. Y como se lo decía, dándole encarecidas alabanzas, le adulaba, le enamoraba y le animaba a la vez, todo sin el menor artificio. Así el imperio que sobre él había adquirido se hizo más firme y más completo.
No se vaya a creer que presentamos aquí a Rafaela como un pozo de sabiduría. Su educación había sido descuidadísima, o mejor dicho, Rafaela no había recibido ninguna educación; pero naturalmente era muy lista. En sus ratos de ocio, había aprendido a leer y a escribir, aunque escribía sin reglas y apenas leía de corrido. Sólo había leído algunas novelas y los periódicos. Como tenía buen oído, excelente memoria y notable facundia, hablaba, sin embargo, la lengua castellana con primor y gracia, si bien con acento andaluz muy marcado. Y en Lisboa además, con el trato constante de la gente fina, se había soltado a hablar en portugués y hasta a chapurrear el francés un poquito. Pero lo que mejor adquirió, no en escuelas ni en academias, ni menos con lecturas asiduas, sino en la conversación y trato de personas de mérito, fue un temprano y pasmoso conocimiento de los hombres, de la vida social y de los asuntos que se llaman vulgarmente positivos. Para todo esto Rafaela tenía disposición maravillosa. Era una mujer de prendas naturales nada comunes.
Comprendido así el carácter y el entendimiento de Rafaela, no parecerá inverosímil lo que tenemos que contar ahora y podremos contarlo en resumen rápido, sin entrar en pormenores.
Luego que consiguió informarse con exactitud de lo que importaba todo el caudal de don Joaquín, concibió un plan económico muy hábil, e hizo que él le adoptase, cambiando enteramente su manera de vivir, como había cambiado la apariencia de su persona. Rafaela dividió en dos partes los cuantiosos bienes de D. Joaquín. A la parte más pequeña, aunque suficiente para el fin a que ella la destinaba, llamó capital triunfante y beatífico. Y a la otra parte, muchísimo mayor, llamó capital militante.
El capital triunfante y beatífico estaba compuesto de predios rústicos y urbanos y de valores públicos muy seguros; todo ello, hasta donde cabe en la inestabilidad de los casos, al abrigo de los vaivenes, golpes y reveses de la fortuna.
Inhaltsverzeichnis
In dieser Ausgabe
- 01Full text
- 02-III-
- 03-VII-
- 04-VIII-
- 05-XII-
- 06-XIII-
- 07-XIV-
- 08-XVI-
- 09-XVII-
- 10-XVIII-
- 11-XIX-
- 12-XXI-
- 13-XXII-
- 14-XXIII-
- 15-XXIV-
- 16-XXV-
- 17-XXVI-
- 18-XXVII-
- 19-XXVIII-
- 20FIN
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