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El señor de Bembibre

BooksWhale-Ausgabe auf Spanisch von Enrique Gil y Carrasco

Clásico de Enrique Gil y Carrasco: El señor de Bembibre, una obra de novela histórica publicada por primera vez en 1844.

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El señor de Bembibre

Lee El señor de Bembibre de Enrique Gil y Carrasco, un clásico en español de novela histórica, tradición literaria y memoria cultural.

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Enrique Gil y Carrasco murió antes de 1926 y El señor de Bembibre se publicó antes de 1931; estos datos respaldan una comprobación conservadora del dominio público de la edición original.

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El señor de Bembibre

Enrique Gil y Carrasco

VorschaukapitelCAPÍTULO PRIMEROVorschau

En una tarde de Mayo de uno de los primeros años del siglo XIV, volvían de la feria de San Marcos de Cacabelos, tres al parecer criados de alguno de los grandes señores que entonces se repartían el dominio del Bierzo. El uno de ellos, como de cincuenta y seis años de edad, montaba una jaca gallega de estampa poco aventajada, pero que a tiro de ballesta descubría la robustez y resistencia propias para los ejercicios venatorios, y en el puño izquierdo cubierto con su guante llevaba un neblí encaperuzado. Registrando ambas orillas del camino, pero atento a su voz y señales, iba un sabueso de hermosa raza. Este hombre tenía un cuerpo enjuto y flexible, una fisonomía viva y atezada y en todo su porte y movimientos revelaba su ocupación y oficio de montero.

Frisaba el segundo en los treinta y seis años y era el reverso de la medalla, pues a una fisonomía abultada y de poquísima expresión, reunía un cuerpo macizo y pesado, cuyos contornos de suyos poco airosos, comenzaba a borrar la obesidad. El aire de presunción con que manejaba un soberbio potro andaluz en que iba caballero, y la precisión con que le obligaba a todo género de movimientos, le daban a conocer como picador o palafrenero. Y el tercero, por último, que montaba un buen caballo de guerra e iba un poco más lujosamente ataviado, era un mozo de presencia muy agradable, de gran soltura y despejo, de fisonomía un tanto maliciosa y en la flor de sus años. Cualquiera le hubiera señalado sin dudar por escudero o paje de lanza de algún señor principal.

Llevaban los tres conversación muy tirada, y como era natural, hablaban de las cosas de sus respectivos amos elogiándolos a menudo y entreverando las alabanzas con su capa correspondiente de murmuración:

—Dígote, Nuño—decía el palafrenero—, que nuestro amo obra como un hombre, porque eso de dar la hija única y heredera de la casa de Arganza a un hidalguillo de tres al cuarto, pudiendo casarla con un señor tan poderoso, como el conde de Lemus, sería peor que asar la manteca. ¡Miren que era acomodo un señor de Bembibre!

—Pero, hombre—replicó el escudero con sorna, aunque no fuesen encaminadas a él las palabras del palafrenero—; ¿qué culpa tiene mi dueño de que la doncella de tu joven señora me ponga mejor cara que a ti para que le trates como a real de enemigo? Hubiérasle pedido a Dios que te diese algo más de entendimiento y te dejase un poco menos de carne, que entonces Martina te miraría con otros ojos, y no vendría a pagar el amo los pecados del mozo.

Encendióse en ira la espaciosa cara del buen palafrenero que, revolviendo el potro, se puso a mirar de hito en hito al escudero. Este por su parte le pagaba en la misma moneda, y además se le reía en las barbas; de manera que sin la mediación del montero Nuño, no sabemos en qué hubiera venido a parar aquel coloquio en mal hora comenzado.

—Mendo—le dijo al picador—, has andado poco comedido al hablar del señor de Bembibre, que es un caballero principal a quien todo el mundo quiere y estima en el país por su nobleza y valor, y te has expuesto a las burlas, algo demasiadamente pesadas de Millán, que sin duda cuida más de la honra de su señor que de la caridad a que estamos obligados los cristianos.

—Lo que yo digo es que nuestro amo hace muy bien en no dar su hija a don Álvaro Yáñez, y en que _velis nolis_ venga a ser condesa de Lemus y señora de media Galicia.

VorschaukapitelCAPÍTULO IIVorschau

Algo habrán columbrado ya nuestros lectores de la situación en que a la sazón se encontraba la familia de Arganza y el señor de Bembibre, merced a la locuacidad de sus respectivos criados. Sin embargo, por más que las noticias que les deben no se aparten en el fondo de la verdad, son tan incompletas, que nos obligan a entrar en nuevos pormenores, esenciales en nuestro entender para explicar los sucesos de esta lamentable historia.

Don Alonso Ossorio, señor de Arganza, había tenido dos hijos y una hija; pero de los primeros murió uno antes de salir de la infancia, y el otro murió peleando como bueno en su primer campaña contra los moros de Andalucía. Así, pues, todas sus esperanzas habían venido a cifrarse en su hija doña Beatriz, que entonces tenía pocos años, pero que ya prometía tanta belleza como talento y generosa índole. Había en su carácter una mezcla de la energía que distinguía a su padre y de la dulzura y melancolía de doña Blanca de Balboa, su madre, santa señora cuya vida había sido un vivo y constante ejemplo de bondad, de resignación y de piedad cristiana. Aunque con la pérdida temprana de sus dos hijos, su complexión, harto delicada por desgracia, se había arruinado enteramente, no fué esto obstáculo para que en la crianza esmerada de su hija emplease su instrucción poco común en aquella época y fecundase las felices disposiciones de que la había dotado pródigamente la naturaleza. Sin más esperanza que aquella criatura tan querida y hermosa, sobre ella amontonaba su ternura, todas las ilusiones del deseo y los sueños del porvenir. Así crecía doña Beatriz como una azucena gentil y fragante al calor del cariño maternal, defendida por el nombre y poder de su padre y cercada por todas partes del respeto y amor de sus vasallos, que contemplaban en ella una medianera segura para aliviar sus males y una constante dispensadora de beneficios.

Los años en tanto pasaban rápidos, como suelen, y con ellos voló la infancia de aquella joven tan noble, agraciada y rica, a quien por lo mismo pensó buscar su padre un esposo digno de su clase y elevadas prendas. En el Bierzo entonces no había más que dos casas cuyos estados y vasallos estuviesen al nivel: una la de Arganza, otra la de la antigua familia de los Yáñez, cuyos dominios comprendían la fértil ribera de Bembibre y la mayor parte de las montañas comarcanas. Este linaje había dado dos maestres al orden del Temple y era muy honrado y acatado en el país. Por una rara coincidencia, a la manera que el apellido Ossorio pendía de la frágil existencia de una mujer, el de Yáñez estaba vinculado en la de un solo hombre no menos frágil y deleznable en aquellos tiempos de desdicha y turbulencias. Don Álvaro Yáñez y su tío don Rodrigo, maestre del Temple en Castilla, eran los dos únicos miembros que quedaban de aquella raza ilustre y numerosa; rama seca y estéril el uno, por su edad y sus votos, y vástago el otro lleno de savia y lozanía que prometía larga vida y sazonados frutos. Don Álvaro había perdido de niño a sus padres, y su tío, a la sazón comendador de la orden, le había criado como cumplía a un caballero tan principal, teniendo la satisfacción de ver coronados sus trabajos y solicitud con el éxito más brillante. Había hecho su primer campaña en Andalucía, bajo las órdenes de don Alonso Pérez de Guzmán, y a su vuelta trajo una reputación distinguida, principalmente a causa de los esfuerzos que hizo para salvar al infante don Enrique de manos de la morisma. Por lo demás, la opinión en que según nuestros conocidos del capítulo anterior le tenía el país, y el rasgo contado por su escudero, darán a conocer mejor que nuestras palabras, su carácter caballeresco y generoso.

Inhaltsverzeichnis

In dieser Ausgabe

  1. 01Full text
  2. 02CAPÍTULO PRIMERO
  3. 03CAPÍTULO II
  4. 04CAPÍTULO III
  5. 05CAPÍTULO IV
  6. 06CAPÍTULO V
  7. 07CAPÍTULO VI
  8. 08CAPÍTULO VII
  9. 09CAPÍTULO VIII
  10. 10CAPÍTULO IX
  11. 11CAPÍTULO X
  12. 12CAPÍTULO XI
  13. 13CAPÍTULO XII
  14. 14CAPÍTULO XIII
  15. 15CAPÍTULO XIV
  16. 16CAPÍTULO XV
  17. 17CAPÍTULO XVI
  18. 18CAPÍTULO XVII
  19. 19CAPÍTULO XVIII
  20. 20CAPÍTULO XIX
  21. 21CAPÍTULO XX
  22. 22CAPÍTULO XXI
  23. 23CAPÍTULO XXII
  24. 24CAPÍTULO XXIII
  25. 25CAPÍTULO XXIV
  26. 26CAPÍTULO XXV
  27. 27CAPÍTULO XXVI
  28. 28CAPÍTULO XXVII
  29. 29CAPÍTULO XXVIII
  30. 30CAPÍTULO XXIX
  31. 31CAPÍTULO XXX
  32. 32CAPÍTULO XXXI
  33. 33CAPÍTULO XXXII
  34. 34CAPÍTULO XXXIII
  35. 35CAPÍTULO XXXIV
  36. 36CAPÍTULO XXXV
  37. 37CAPÍTULO XXXVI
  38. 38CAPÍTULO XXXVII
  39. 39CAPÍTULO XXXVIII

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