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El vergonzoso en palacio

BooksWhale-Ausgabe auf Spanisch von Tirso de Molina

Una comedia palaciega del Siglo de Oro sobre identidad, deseo y ascenso social.

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El vergonzoso en palacio

El vergonzoso en palacio despliega intriga amorosa, enredo cortesano, identidad oculta y aguda teatralidad barroca. Esta edición española sirve a lectores de teatro clásico, comedia áurea y literatura de Tirso de Molina.

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Tirso de Molina murió en 1648, y El vergonzoso en palacio pertenece al teatro español del Siglo de Oro. Estas fechas sostienen la base de dominio público del texto español original.

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El vergonzoso en palacio

Tirso de Molina

Personas

El vergonzoso en palacio Tirso de Molina Los que hablan en ella son los siguientes: El DUQUE de Avero Don Duarte, CONDE de Estremoz Dos CAZADORES FIGUEREDO, criado TARSO, pastor MELISA, pastora DORISTO, alcalde MIRENO, pastor LARISO, pastor DENIO, pasto RUY Lorenzo, secretario VASCO, lacayo Doña JUANA Doña MAGDALENA Don ANTONIO Doña SERAFINA Un PINTOR LAURO, viejo pastor BATO, pastor Un TAMBOR

El vergonzoso en palacio

Tirso de Molina

Los que hablan en ella son los siguientes:

El DUQUE de Avero Don Duarte, CONDE de Estremoz Dos CAZADORES FIGUEREDO, criado TARSO, pastor MELISA, pastora DORISTO, alcalde MIRENO, pastor LARISO, pastor DENIO, pasto RUY Lorenzo, secretario VASCO, lacayo Doña JUANA Doña MAGDALENA Don ANTONIO Doña SERAFINA Un PINTOR LAURO, viejo pastor BATO, pastor Un TAMBOR

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Salen el DUQUE de Avero, viejo, y el CONDE de Estremoz, de caza DUQUE: De industria a esta espesura retirado vengo de mis monteros, que siguiendo un jabalí ligero, nos han dado el lugar que pedís; aunque no entiendo con qué intención, confuso y alterado. Cuando en mis bosques festejar pretendo vuestra venida, conde don Duarte, dejáis la caza por hablarme aparte? CONDE: Basta el disimular, sacá el acero que, ya olvidado, os comparaba a Numa; que el que desnudo veis, duque de Avero, os dará la respuesta en breve suma. De lengua al agraviado caballero ha de servir la espada, no la pluma que muda dice a voces vuestra mengua. Echan mano DUQUE: Lengua es la espada, pues parece lengua; y pues con ella estáis, y así os provoca a dar quejas de mí, puesto que en vano, refrenando las lenguas de la boca, hablen solas las lenguas de la mano si la ocasión que os doy, que será poca para ese enojo poco cortesano, a que primero la digáis no os mueve; pues mi valor ningún agravio os debe. CONDE: Bueno es que así disimuléis los daños que contra vos el cielo manifiesta! DUQUE: Qué daños, conde? CONDE: Si en los largos años de vuestra edad prolija, agora apresta, duque de Avero, excusas, no hay engaños que puedan convencerme. La respuesta que me pedís, ese papel la afirma con vuestro sello, vuestra letra y firma. Arrójale Tomadle, pues es vuestro; que el criado que sobornastes para darme muerte es, en lealtad, de bronce, y no ha bastado vuestro interés contra su muro fuerte. Por escrito mandastes que en mi estado me quitase la vida y, de esta suerte, no os espantéis que diga y lo presuma que en vez de espada, ejercitáis la pluma. DUQUE: Yo mandaros matar? CONDE: Aqueste sello, no es vuestro? DUQUE: Sí. CONDE: Podéis negar tampoco aquesa firma? Ved si me querello con justa causa. DUQUE: Estoy despierto o loco? CONDE: Leed ese papel; que con leello veréis cuán justamente me provoco a tomar la venganza por mis manos. DUQUE: Qué enredo es éste, cielos soberanos? Lee el DUQUE la carta Para satisfacción de algunos agravios, que con la muerte del conde Estremoz se pueden remediar, no hallo otro medio mejor que la confianza que en vos tengo puesta; y para que salga verdadera, me importa, pues sois su camarero, seáis también el ejecutor de mi venganza; cumplilda, y veníos a mi estado; que en él estaréis seguro, y con el premio que merece el peligro a que os ponéis por mi causa. Sírvaos esta carta de creencia, y dádsela a quien os la lleva, advirtiendo lo que importa la brevedad y el secreto. De mi villa de Avero, a de 12 marzo de 1400 años. El Duque CONDE: No sé qué injuria os haya jamás hecho la casa de Estremoz, de quien soy conde, para degenerar del noble pecho que a vuestra antigua sangre corresponde. DUQUE: Si no es que algún traidor ha contrahecho mi firma y sello, falso, en quien se esconde algún secreto enojo, con que intenta con vuestra muerte mi perpetua afrenta, vive el cielo que sabe mi inocencia y conoce el autor de este delito, que jamás en ausencia o en presencia, por obra, por palabra, o por escrito, procuré vuestro daño! A la experiencia, si queréis aguardarla, me remito; que, con su ayuda, en esta misma tarde tengo de descubrir su autor cobarde. Confieso, la razón que habéis tenido; y hasta dejaros, conde, satisfecho, que suspendáis el justo enojo os pido, y soseguéis el alterado pecho. CONDE: Yo soy contento, duque; persuadido me dejáis algún tanto. DUQUE: Yo sospecho Aparte quién ha sido el autor de aqueste insulto que con mi firma y sella viene oculto; pero antes de que dé fin hoy a la caza, descubriré quién fueron los traidores.¿ Salen don CAZADORES CAZADOR 1: Famoso jabalí! CAZADOR 2: Dímosle caza y, a pesar de los perros corredores, hicieron sus colmillos ancha plaza, y escapóse. DUQUE: Estos son mis cazadores. ¡Amigos! CAZADOR 1: Oh, señor! DUQUE: No habréis dejado a vida jabalí, corzo y venado. ¿Hay mucha presa? CAZADOR 2: Habrá la suficiente para que tus acémilas no tornen vacías. DUQUE: ¿Qué se ha muerto? CAZADOR 2: Más de veinte coronados venados, porque adornen las puertas de palacio con su frente y, porque en ellos, cuando a Avero tornen, originales, vean sus traslados, quien [en] figuras de hombres son venados; tres jabalíes y un oso temerario, sin la caza menor, porque ésta espanta. DUQUE: Mátase en este bosque de ordinario gran suma de ella. CAZADOR 1: No hay mata ni planta que no la críe. Sale FIGUEREDO FIGUEREDO: ¡Oh, falso secretario! DUQUE: ¿Qué es esto? ¿Dónde vas con priesa tanta? FIGUEREDO: ¡Gracias a Dios, señor, que hallarte puedo! DUQUE: ¿Qué alboroto es aqueste, Figueredo? FIGUEREDO: Una traición habemos descubierto que, por tu secretario aleve urdida, al conde de Estremoz hubiera muerto si llegara la noche. CONDE: A mí? FIGUEREDO: La vida me debéis, conde. CONDE: Ya la causa advierto Aparte de su enojo y venganza mal cumplida. Engañé la hermosura de Leonela, su hermana, y, alcanzada, despreciéla. DUQUE: Gracias al cielo, que por la justicia del inocente vuelve! ¿Y de qué suerte se supo la traición de su malicia? FIGUEREDO: Llamó en secreto un mozo pobre y fuerte y, como puede tanto la codicia, prometióle, si al conde daba muerte, enriquecerle; y para asegurarle dijo que tú, señor, hacías matarle. Pudo el vil interés manchar su fama. Aquesta noche prometió, en efeto, cumplirlo; mas amaba, que es quien ama pródigo de su hacienda y su secreto. Dicen que suele ser potro la cama donde hace confesar al más discreto una mujer que da a la lengua y boca tormento, no de cuerda, mas de toca. Declaróla el concierto que había hecho, y encargóla el secreto; mas como era el huésped grande, el aposento estrecho, tuvo dolores hasta echarle fuera. Concibió por la oreja; parió el pecho por la boca, y fue el parto de manera que, cuando el sol doraba el mediodía, ya toda Avero la traición sabía. Prendió al parlero mozo la justicia, y Ruy Lorenzo huyó con un criado, cómplice en las traiciones y malicia que el delincuente preso ha confesado. De esto te vengo a dar, señor, noticia. DUQUE: Veis, conde, cómo el cielo ha averiguado todo el caso y mi honra satisfizo? Ruy Lorenzo mi firma contrahizo. Averiguar primero las verdades, conde, que despeñarse, fue prudencia de sabias y discretas calidades. CONDE: No sé qué le responda a vueselencia. Sólo que, de un ministro, en falsedades diestro, pudo causar a mi impaciencia el engaño que agora siento en suma; mas, ¿qué no engañará una falsa pluma? DUQUE: Yo miraré desde hoy a quien recibo por secretario. CONDE: Si el fiar secretos importa tanto, ya yo me apercibo a elegir más leales que discretos. DUQUE: Milagro, conde, fue dejaros vivo. CONDE: La traición ocasiona estos efetos. [Huyó] la deslealtad y la luz pura de la verdad, señor, quedó segura. ¡Válgame el cielo! ¡Qué dichoso he sido! DUQUE: Para un traidor que en esto se desvela, todo es poco. CONDE: Perdón humilde os pido. DUQUE: A cualquiera engañara su cautela. Disculpado estáis, conde. CONDE: Aquesto ha urdido Aparte la mujeril venganza de Leonela; pero importa que el duque esté ignorante de la ocasión que tuvo, aunque bastante. DUQUE: Pésame que el autor de aqueste exceso huyese. Pero vamos; que buscarle haré de suerte que, al que muerto o preso le trujere, prometo de entregarle la hacienda que dejó. CAZADOR 2: Si ofreces eso no hará quien no le siga. DUQUE: Verá darle todo este reino un ejemplar castigo. CONDE: La vida os debo. Pagaréla, amigo. Vanse. Salen TARSO y MELISA, pastores MELISA: ¿Así me dejas, traidor? TARSO: Melisa, domá otros potros; que ya no me hace quillotros en el alma vueso amor. Con la ausencia de medio año que ha que ni os busco ni os veo curó el tiempo mi deseo, la enfermedad de un engaño. Dándole a mis celos dieta, estoy bueno, poco a poco; ya, Melisa, no so loco porque ya no so poeta. Las copras que a cada paso os hice! Huego de Dios en ellas, en mí y en vos! Si de subir al Parnaso por sus musas de alquiler me he quedado despeado! Qué de nombre que os he dado: luna, estrella, locifer...! Qué tenéis bueno, Melisa, que no alabase mi canto? Copras os compuse al llanto, copras os hice a la risa, copras al dulce mirar, al suspirar, al toser, al callar, al responder, al asentarse, al andar, al branco color, al prieto, a vuesos desdenes locos, al escopir y a los mocos pienso que os hice un soneto. Ya me salí del garlito do me cogistes, par Dios; que no se me da por vos, ni por vueso amor, un pito. MELISA: Ay Tarso, Tarso, en efeto hombre, que es decir olvido! Que una ausencia haya podido hacer perderme el respeto a mí, Tarso? TARSO: A vos y a Judas! Sois mudable. Qué queréis, si en señal de eso os ponéis en la cara tantas mudas? MELISA: Así, mis prendas me torna, mis cintas y mis cabellos. TARSO: Luego pensáis que con ellos mi pecho o zurrón se adorna? Qué boba! Que a estar yo ciego trujera conmigo el daño. Ya, Melisa, habrá medio año que con todo di en el huego. Cabellos que fueron lazos de mi esperanza crueles, listones, rosas, papeles, baratijas y embarazos, todo el huego lo deshizo porque hechizó mi sosiego; pues suele echarse en el huego porque no empezca, el hechizo. Hasta el zurrón di a la brasa do guardé mis desatinos; que por quemar los vecinos se pega huego a la casa. Llora [MELISA] MELISA: ¿Esto he de sufrir? ¡Ay, cielo! TARSO: Aunque lloréis un diluvio; tenéis el cabello rubio. No hay que fiar de ese pelo. Ya os conozco, que sois fina. Pues no me habéis de engañar, par Dios, aunque os vea llorar los tuétanos y la orina! MELISA: ¡Traidor! TARSO: Verá la embinción! Enjugad los arcaduces; que hacéis el llanto a dos luces como candil de mesón. MELISA: Yo me vengaré, cruel. TARSO: ¿Cómo? MELISA: Casándome, ingrato. TARSO: Eso es tomar el zapato y daros luego con él. MELISA: Vete de aquí. TARSO: Que me place. MELISA: ¿Que te vas de esa manera? TARSO: ¿No lo veis? Andando. MELISA: Espera. ¿Mas que sé de dónde nace tu desamor? TARSO: ¿Mas que no? MELISA: Celillos son de Mireno. TARSO: ¿Yo celillos? Oh, qué bueno! Ya ese tiempo se acabó. Mireno, el hijo de Lauro, a quien sirvo, y cuyo pan como, es discreto y galán, y como tal le restauro vuestro amor; mas yo le miro tan libre, que en la ribera no hallaréis quien se prefiera a hacerle dar un sospiro. Trújole su padre aquí pequeño, y bien sabéis vos que murmuran más de dos, aunque vive y anda así, que debajo del sayal que le sirve de corteza se encubre alguna nobleza con que se honra Portugal. No hay pastor en todo el Miño que no le quiera y respete, ni libertad que no inquiete como a vos; mas ved qué aliño, si la muerte hacerle quiso tan desdeñoso y cruel, que hay dos mil Ecos por él de quien es sordo Narciso. Como os veis de él despreciada, agora os venís acá; mas no entraréis porque está el alma a puerta cerrada. MELISA: En fin, ¿no me quieres? TARSO: No. MELISA: Pues, para ésta, de un ingrato, que yo castigue tu trato. TARSO: ¿Castigarme a mí vos? MELISA: ¡Yo! Presto verás, fementido, si te doy más de un cuidado; que nunca el hombre rogado ama como aborrecido. TARSO: ¡Bueno! MELISA: Verás lo que pasa. Celos te dará un pastor; que, cuando se pierde amor, ellos le vuelven a casa. Vase [MELISA] TARSO: ¿Sí? Andad. Échome a temer alguna burla, aunque hablo; que no tendrá miedo al diablo quien no teme a una mujer. Sale MIRENO, pastor MIRENO: ¿Es Tarso? TARSO: Oh, Mireno! Soy tu amigo fiel, si este nombre merece tener un hombre que te sirve. MIRENO: Todo hoy te ando a buscar. TARSO: Melisa me ha detenido aquí una hora; y cuanto más por mí llora, más me muero yo de risa. Pero, ¿qué hay de nuevo? MIRENO: Amigo, la mucha satisfacción que tengo de tu afición me obliga a tratar contigo lo que, a no quererte tanto, ejecutará sin ti. TARSO: De ver que me hables así por ser tan nuevo, me espanto. Contigo, desde pequeño, me crió Lauro, y aunque, según mi edad, ya podré gobernar casa y ser dueño, quiero más, por el amor que ha tanto que te he cobrado, ser en tu casa criado que en la mía ser señor. MIRENO: En fe de haber descubierto mi experiencia que es así y hallar, Tarso, ingenio en ti, puesto que humilde, despierto, pre

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Sale doña MADALENA, sola MADALENA: ¿Qué novedades son éstas, altanero pensamiento? ¿Qué torres sin fundamento tenéis en el aire puestas? ¿Cómo andáis tan descompuestas, imaginaciones locas? Siendo las causas tan pocas, ¿queréis exponer mis menguas a juicio de las lenguas y a la opinión de las bocas? Ayer guardaban los cielos el mal de vuestra esperanza con la tranquila bonanza que agora inquietan desvelos. Al conde de Vasconcelos, o a mi padre di, en su nombre, el sí; mas, porque me asombre, sin que mi honor lo resista se entró al alma, a escala vista, por la misma vista un hombre. Vióle en ella, y fuera exceso, digno de culpa mi error, a no saber que el Amor es niño, ciego y sin seso. ¿A un hombre extranjero y preso, a mi pesar, corazón, habéis de dar posesión? ¿Amar al conde no es justo? ¡Mas, ay! Que atropella el gusto las leyes de la razón. Mas, pues, a mi instancia está por mi padre libre y suelto, mi pensamiento resuelto bien remediarse podrá. Forastero es; si se va, con pequeña resistencia podrá sanar la paciencia el mal de mis desconciertos; pues son médicos expertos de Amor el tiempo y la ausencia. Pero, ¿con qué rigor trazo el remedio de mi vida? Si puede sanar la herida, crueldad es cortar el brazo. Démosle a Amor algún plazo, pues su vista me provoca; que, aunque es la efímera loca, ninguno al enfermo quita el agua que no permita siquiera enjaguar la boca. Hacerle quiero llamar. ¡Ah, doña Juana! Teneos, desenfrenados deseos, si no os queréis despeñar. ¿Así vais a publicar vuestra afrenta? La vergüenza mi loco apetito venza; que, si es locura admitirlo dentro del alma, el decirlo es locura o desvergüenza. Sale doña JUANA JUANA: Aquel mancebo dispuesto que ha estado preso hasta agora y a tu intercesión, señora, ya en libertad está puesto, pretende hablarte. MADALENA: Aparte ¡Qué presto valerse el Amor procura de la ocasión y ventura que ha de ponerse en efeto! Mas hace como discreto; que Amor todo es coyuntura. ¿Sabes qué quiere? JUANA: Pretende al favor que ha recibido por ti, ser agradecido. MADALENA: Áspides en rosas vende. Aparte JUANA: ¿Entrará? MADALENA: Aparte ¡Si preso prende, si maltratado maltrata, si atado las manos ata las de mi gusto resuelto, ¿qué ha de hacer presente y suelto, quien ausente y preso mata? Dile que vuelva a la tarde; que agora ocupada estoy. Mas oye. No vuelva. JUANA: Voy. MADALENA: Escucha. Di que se aguarde, mas, váyase; que ya es tarde. JUANA: ¿Hase de volver? MADALENA: ¿No digo que sí? Ve. JUANA: Tu gusto sigo. MADALENA: Pero torna. No se queje. JUANA: ¿Pues qué diré? MADALENA: Que me deje. Aparte ¡Y que me lleve consigo. Anda. Di que entre. JUANA: Voy, pues. Vase [doña JUANA] MADALENA: Que, aunque venga a mi presencia, vencerá la resistencia hoy del valor portugués. El desear y ver es en la honrada y la no tal, apetito natural; y si deferencia se halla, es en que la honrada calla y la otra dice su mal. Callaré, pues que presumo cubrir mi desasosiego, si puede encubrirse el fuego, sin manifestarle el humo. Mas bien podré, si consumo el tiempo a palabras vanas; pero las llamas tiranas del Amor, es cosa cierta que, en cerrándolas la puerta, se salen por las ventanas. Cuando les cierren la boca, por los ojos se saldrán; mas no las conocerán callando la lengua loca; que, si ella a Amor no provoca, nunca amorosos despojos dan atrevimiento a enojos si no es en cosas pequeñas; porque al fin hablan por señas cuando hablan solos los ojos. Sale MIRENO, galán, y dice de rodillas MIRENO: Aunque ha sido atrevimiento el venir a la presencia, señora, de vueselencia mi poco merecimiento, ser agradecido trato al recibido favor; porque el pecado mayor es el que hace un hombre ingrato. Por haber favorecido de un desdichado la vida, que al noble es deuda debida, me vi preso y perseguido; pero en la misma moneda me pagó el cielo, sin duda, pues libre, con vuestra ayuda, mi vida, señora, queda. ¿Libre dije? Mal he hablado; que el noble, cuando recibe, cautivo y esclavo vive, que es lo mismo que obligado. Y, ojalá mi vida fuera tal que, si esclava quedara, alguna parte pagara de esta merced, que ella hiciera excesos; pero, entre tantas que mi humildad envilecen y como esclavos ofrecen sus cuellos a vuestras plantas, a pagar con ella vengo la mucha deuda en que estoy; pues no os debo más si os doy, gran señora, cuanto tengo. MADALENA: Levantaos del suelo. MIRENO: Así estoy, gran señora, bien. MADALENA: Haced lo que os digo. Aparte ¿Quién me ciega el alma? ¡Ay de mí! ¿Sois portugués? Levantándose MIRENO: Imagino que sí. MADALENA: ¿Que lo imagináis? ¿De esa suerte incierto estáis de quién sois? MIRENO: Mi padre vino al lugar adonde habita, y es de alguna hacienda dueño, trayéndome muy pequeño; mas su trato lo acredita. Yo creo que en Portugal nacimos. MADALENA: ¿Sois noble? MIRENO: Creo que sí, según lo que veo en mi honrado natural, que muestra más que hay en mí. MADALENA: ¿Y darán la obras vuestras fuere menester, muestras que sois noble? MIRENO: Creo que sí. Nunca de hacerlas dejé. MADALENA: Creo, decís a cualquier punto. ¿Creéis, acaso, que os pregunto artículos de la fe? MIRENO: Por la que debe guardar a la merced recibida de vueselencia mi vida, bien los puede preguntar, que mi fe su gusto es. MADALENA: ¡Qué agradecido venís! ¿Cómo os llamáis? MIRENO: Don Dionís. MADALENA: Ya os tengo por portugués y por hombre principal; que en este reino no hay hombre humilde de vuestro nombre, porque es apellido real; y sólo el imaginaros por noble y honrado ha sido causa que haya intercedido con mi padre a libertaros. MIRENO: Deudor os soy de la vida. MADALENA: Pues bien; ya que libre estáis, ¿qué es lo que determináis hacer de vuestra partida? ¿Dónde pensáis ir? MIRENO: Intento ir, señora, donde pueda alcanzar fama que exceda a mi altivo pensamiento. Sólo aquesto me destierra de mi patria. MADALENA: ¿En qué lugar pensáis que podéis hallar esa ventura? MIRENO: En la guerra; que el esfuerzo hace capaz para el valor que procuro. MADALENA: ¿Y no será más seguro que la adquiráis en la paz? MIRENO: ¿De qué modo? MADALENA: Bien podéis granjearle si dais traza que mi padre os dé la plaza de secretario, que veis que está vaca agora, a falta de quien la pueda suplir. MIRENO: No nació para servir mi inclinación, que es más alta. MADALENA: Pues cuando volar presuma, las plumas la han de ayudar. MIRENO: ¿Cómo he de poder volar con solamente una pluma? MADALENA: Con las alas del favor; que el vuelo de una privanza mil imposibles alcanza. MIRENO: Del privar nace el temor, como muestra la experiencia; y tener temor no es justo. MADALENA: Don Dionís, éste es mi gusto. MIRENO: ¿Gusto es de vuesa excelencia que sirva al duque? Pues, alto. Cúmplase, señora, ansí, que ya de un vuelo subí al primer móvil más alto. Pues, si en esto gusto os doy, ya no hay que subir más arriba; como el duque me reciba, secretario suyo soy. Vos, señora, lo ordenad. MADALENA: Deseo vuestro provecho, y ansí lo que veis he hecho; que, ya que os di libertad, pesárame que en la guerra la malograrais. Yo haré cómo esta plaza se os dé porque estéis en nuestra tierra. MIRENO: Mil años el cielo guarde tal grandeza. MADALENA: Aparte ¡Honor, huír que revienta por salir por la boca, Amor cobarde.! Vase MIRENO: Pensamiento ¿en qué entendéis? Vos, que a las nubes subís, decidme, ¿qué colegís de lo que aquí visto habéis? Declaraos, que bien podéis. Decidme, ¿tanto favor nace de sólo el valor que a quien honra ennoblece, o erraré si me parece que ha entrado a la parte Amor? ¡Jesús! ¡Qué gran disparate! ¡Temerario atrevimiento es el vuestro, pensamiento! Ni se imagine ni trate. Mi humildad el vuelo abate con que sube el deseo vario; mas, ¿por qué soy temerario si imaginar me prometo que me ama en lo secreto quien me hace su secretario? ¿No estoy puesto en libertad por ella? Y, ya sin enojos, por el balcón de sus ojos, ¿no he visto su voluntad? ¡Amor me tiene! Callad, lengua loca; que es error imaginar que el favor de su nobleza nace, y generosa me hace, está fundado en amor. Mas el desear saber mi nombre, patria y nobleza, ¿no es amor? Ésa es bajeza. Pues, alma, ¿qué puede ser? Curiosidad de mujer. Sí; mas, ¿dijera, alma, advierte, a ser eso de esa suerte sin reinar amor injusto, Don Dionís, éste es mi gusto? Este argumento, ¿no es fuerte? Mucho; pero mi bajeza no se puede persuadir que vuele y llegue a subir al cielo de tal belleza; pero, ¿cuándo hubo flaqueza en mi pecho? Esperar quiero; que siempre el tiempo ligero hace lo dudoso cierto; pues mal vivirá encubierto el tiempo, amor y dinero. Sale TARSO TARSO: Ya que como a Daniel del lago, nos han sacado de la cárcel, donde he estado con menos paciencia que él, siendo la ira del duque nuestro profeta Habacú, ¿qué aguardas más aquí tú a que el tiempo nos bazuque? ¿Tanto bien nos hizo Avero que en él con tal sorna estás? Vámonos; pero dirás que quieres ser caballero. Y poco faltó, por Dios, para ser en Portugal caballeros a lo asnal; pues que supimos los dos que el duque mandado había que, por las acostumbradas nos diesen las pespuntadas orden de caballería. MIRENO: ¡Brito, amigo! TARSO: No soy Brito sino Tarso. MIRENO: Escucha necio. TARSO: Estas calzas menosprecio que me estorban infinito. Ya que en Brito me transformas, sácame de aquestos grillos; que no fui yo por novillos para que me pongas cormas. Quítamelas, y no quieras que alguna vez huela mal. MIRENO: ¡Peregrino natural! ¿Que nunca has de hablar de veras? Digo que estás temerario. TARSO: Braguirroto di que estoy. ¿Pero qué hay de nuevo? MIRENO: Soy, por lo menos, secretario del duque de Avero. TARSO: ¿Cómo? MIRENO: La que nos dio libertad de esta liberalidad es la autora. TARSO: Mejor tomo tus cosas; ya estás en zancos. MIRENO: Pues aún no lo sabes bien. TARSO: Darte quiero el parabién; y pues con los amos francos si algún favor me has de hacer y mi descanso permites, lo primero es que me quites estas calzas, que sin ser presidente, en apretones, después que las he calzado, en ellas he despachado mil húmedas provisiones. Vanse. Salen don ANTONIO y doña JUANA ANTONIO: Prima, a quedarme aquí mi amor me obliga, aguarde el rey o no; que mi rey llamo sólo mi gusto; que el pesar mitiga que me ha de consumir, si ausente amo. Pájaro soy; sin ver de Amor la liga. Curiosamente me asenté en el ramo de la hermosura, donde preso quedo; volar pretendo pero más me enredo. El conde de Estremoz sirve y merece a doña Serafina; yo he sabido que el duque sus intentos favorece, y hacerla esposa suya ha prometido. Quien no parece, dicen que perece. Si no parezco, pues, y ya ni olvido ni ausencia han de poder darme reposo, ¿qué he de esperar ausente y receloso? Si mi adorado serafín supiera quién soy, y con decírselo aguardara recíprocos amores con que hiciera mi dicha cierta y mi esperanza clara, más alegre y seguro me partiera, y de su fe mi vida confiara; si se puede fiar el que es prudente del sol de enero y de mujer ausente. No me conoce y mi tormento ignora, y así en quedarme mi remedio fundo; que me parta después, o vaya agora a la presencia de don Juan Segundo, importa poco. Prima mía, señora, si no quieres que llore y sepa el mundo el lastimoso fin que ausente espero, no me aconsejes el salir de Avero. JUANA: Don Antonio, bien sabes lo que estimo tu gusto, y que el amor que aquí te enseño al deudo corresponde que de primo nuestra sangre te debe, como a dueño; si en que te quedes ves que te reprimo, es por ser este pueblo tan pequeño que has de dar nota en él. ANTONIO: Ya yo procuro cómo sin que la dé, viva seguro. Nunca me ha visto el duque, aunque me ha escrito. Yo sé que busca un secretario experto, porque al pasado desterró un delito. JUANA: Con risa el medio que has buscado advierto. ANTONIO: ¿No te parece, si en palacio habito con este cargo, que podré encubierto entablar mi esperanza, como acuda el tiempo, la ocasión y más tu ayuda? JUANA: La traza es extremada, aunque indecente, primo, a tu calidad. ANTONIO: Cualquiera estado es noble con amor. No esté yo ausente que con cualquiera oficio estaré honrado. JUANA: Bú

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  1. 01Full text
  2. 02Acto I
  3. 03Acto II
  4. 04Acto III

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