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Spanisch Ausgabe

Literatur

La incógnita

BooksWhale-Ausgabe auf Spanisch von Benito Pérez Galdós

A través de cartas, Galdós convierte un misterio sentimental en una investigación sobre lo que podemos saber de los demás.

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La incógnita

La incógnita adopta la forma epistolar para seguir a Manolo Infante mientras intenta descifrar una relación amorosa y los motivos ocultos de quienes le rodean. La distancia entre lo que el narrador cree comprender y lo que las cartas dejan sin resolver convierte la novela en un juego de perspectivas y una reflexión sobre la incertidumbre.

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The original work was first published in 1889; Benito Pérez Galdós died in 1920. The source text is in the public domain under the applicable author-life-plus-term rules. This edition is the original-language text.

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La incógnita

Benito Pérez Galdós

Á D. EQUIS X, EN ORBAJOSA

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Madrid, 11 de Noviembre.

Querido Equis: Allá va mi primera carta. La empiezo recordándote la condición sine qua non de mi compromiso epistolar, y es que esto no ha de leerlo nadie más que tú. Sólo con la seguridad de que humanos ojos, fuera de los tuyos de ratón, no han de ver el contenido de estas cartas, puedo ser, como me propongo, absolutamente sincero al escribirlas. Á cambio de la solemne promesa de tu discreción, nada te ocultaré, ni aun aquello que recelamos confiar verbalmente al amigo más íntimo.

Ya que por tus pecados, de los cuales más vale no hablar, te ves recluído en la estrechez carcelaria de ese lugarón, donde todas las murrias del alma humana tienen su asiento, quiero enviarte la sal de estas cartas para que sazones con ella el pan desabrido de tu destierro forzado ó voluntario, que esto es harina de otro costal. En ellas verás personas, sucesos, chismes y trapisondas de esta pícara Corte, cuya confusión y bullicio tanto te agradan, como buen gato madrileño; y la sociedad que has dejado con pena, la vida ésta, entretenidísima, variada y estimulante, revivirán en tu espíritu, descritas sin galanura, pero con veracidad, por tu mejor amigo.

Hemos cambiado nuestros papeles, como trocamos nuestra residencia. Yo perdí de vista á la gran Orbajosa, muy á gusto mío, para venirme acá, y tú abandonas tu patria intelectual para confinarte en lo que fué mi destierro durante cinco años de faenas tan necesarias como fastidiosas, arreglando dos testamentarías, midiendo y partijando fincas, pleiteando con medio pueblo, deshaciendo enredos de curiales y líos de lugareños astutos, deslindando pertenencias mineras, con otras muchas fatigas y trabajos que me permiten hombrearme con Hércules, y tener por niños de teta á los héroes más templados de la antigüedad.

Yo resucito, y tú mueres; yo salgo á la luz, y tú caes en ese pozo de ignorancia, malicia y salvaje ruindad. Y así como en mi largo cautiverio me distraje contándote las marrullerías y gansadas de esos lugareños, capaces de marear á Cristo, si Nuestro Señor tuviera el mal gusto de meterse con ellos; ahora que en Madrid estoy, libre, gozoso, rico, sin otra pena que no tenerte á mi lado; ahora que me agasajan y miman más de lo que merezco, y que la vida, con mi posición independiente y el cargo de diputado (obtenido de momio y por mi linda cara), es para mí como una racha favorable, que ojalá no se quede corta; ahora, querido Equis, estoy obligado á cuidar de que no te aburras ó desesperes, y te escribiré con verdadero ensañamiento, á fin de alegrar algunos instantes de tu existencia solitaria.

Lo peor es que no sabré contar la historia de mi vida en Madrid de un modo que te interese y cautive. Ni poseo el arte de vestir con galas pintorescas la desnudez de la realidad, ni mi conciencia y mi estéril ingenio, ambos en perfecto acuerdo, me han de permitir invenciones que te entretengan con graciosos embustes. Conoces á casi todas las personas de quienes he de hablarte. Mal podría yo, aunque quisiera, desfigurarlas; y en cuanto á los sucesos, que de fijo serán comunes y nada sorprendentes, el único interés que han de tener para tí es el que resulte de mi manera personal de verlos y juzgarlos. La última vez que hablamos me anticipaste la opinión que yo había de formar de ciertas personas. Ya puedo anunciarte que has acertado con respecto á algunas. Otras hay que conoces poco, ó al menos no las has visto tan de cerca como ahora las veo yo. Por éstas quiero empezar, y creo darte agradable sorpresa estrenándome con mi buen tío y padrino don Carlos María de Cisneros, cuya fama de estrafalario justamente incita tu curiosidad. Sé que has deseado tratarle, y que le admiras, por lo que de él se cuenta, como uno de los tipos más singulares de nuestra sociedad y de nuestra raza. Yo te le presentaré. Verás su casa y sus costumbres; le oirás exponer sus ideas, que á las de ningún mortal se parecen, y será tu amigo como lo es mío.

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13 de Noviembre.

Pues volviendo á lo mismo, Equis de mis pecados, te diré que encuentro á mi padrino más viejo de lo que yo me lo figuraba. ¡Pero qué chispa en aquel rostro, qué ojos de lince, y qué gracia de dicción la suya! Su cara es enjuta, morena, bien afeitadita; el labio superior enérgico y velloso, casi negro de la fuerza del pelo bien descañonado; la nariz tajante, corta, y unida al labio como si quisiera hacerlo suyo; la mandíbula robusta y saliente; los ojos vivos, bajo cejas tan pobladas que parecen dos tiras de terciopelo negro; la cabeza de perfectísima hechura; sin calva; el pelo con bastantes canas y cortado al rape. Si te digo que su perfil se me parece al del insigne cardenal de su mismo nombre y que tal vez es su pariente, no te digo más que la verdad. No lo creas si no quieres, hombre sin fe. Pertenece á la más genuína cepa castellana ó extremeña; es seco como la tierra, agudo con toda la agudeza de la raza, duro y flexible como el clima de aquel país; mezcla de sagaz lugareño y de señor magnánimo, con no sé qué de fraile que lleva pistolas debajo del hábito. No te puedo expresar bien mis impresiones acerca de esta figura eminentemente nacional. Trae á tu imaginación aquellos guerreros afeitados que parecían curas, aquellos señores que semejaban labriegos vestidos de seda, los comuneros de rostro recurtido por el sol y los hielos de Castilla; piensa en el obispo Acuña, en el conde de Tendilla, en Torquemada, en San Pedro Alcántara, que sólo comía dos veces por semana; reconstruye el cuño de la raza y tipo de la madre Castilla, y podrás decir: «Vamos, ya le tengo.»

Habrás oído que mi padrino posee una buena colección de cuadros y antigüedades, parte por herencia de su hermano don Diego, parte allegada por él. Y aquí, ¡oh ínclito Equis! mi sinceridad me hace soltar una herejía, que de seguro leerás con indignación. Mas no me importa, y allá va: Me cargan las antigüedades. No iré tan lejos como el poeta, que, cuando se estaba muriendo, reunió á sus hijos y deudos en torno al lecho del dolor, para decirles con mucho misterio que le cargaba el Dante. Pero sí te aseguro que no tengo maldito entusiasmo por las colecciones de bric-à-brac, pues si bien reconozco que en algunas figuran objetos de extraordinario mérito, la mayor parte de ellas sólo tiene un valor convenido. Á eso me dirás, ya lo estoy oyendo, que la historia del arte... y que patatín, y que patatán... Estamos conformes: me tomo, antes que me lo des, el diploma de bruto. Es que no lo entiendo, y tengo la franqueza de decirlo, mientras que otros, sin entenderlo más que yo, fingen extasiarse delante de cualquier roñoso cachivache ó de un trapo descolorido y mugriento. Excuso decirte que me guardaré muy bien de decir esto al amigo don Carlos, quien, al segundo día de nuestro conocimiento, empleó no sé cuántas horas en enseñarme su galería. Si te descuidas, te hará creer con sus aspavientos y ponderaciones que el Kensington de Londres es, en comparación de lo que él posee, un puesto del Rastro. Indudablemente, la colección es grande, y á mi parecer, de tí para mí, muy poco selecta. Apenas cabe en aquel enorme principal de la plaza del Progreso, el cual tiene veinticinco balcones y da á tres calles; casa de tal amplitud, que pocas he visto en Madrid con tanta luz y desahogo.

Salí de la visita artística con una mediana jaqueca, y si he de decirte la verdad, fuera de algunos tapices, de media docena de cuadros, de tres ó cuatro piezas de armería y herraje, todo me aburrió soberanamente, y más que nada, aquello en que el anticuario funda su orgullo, que es la colección copiosísima de tablas del siglo XV. Repito que soy muy bruto, y declaro que mi antipatía á las tales tablas no es inferior á la que me inspiran los códices en lengua sabia, de esas que no entiende ya ningún cristiano. Juzga de mi apuro al tener que asombrarme y entusiasmarme á cada rato cuando Cisneros á ello me incitaba mostrándome las maldecidas tablas, sin perdonar una, y explicándome su asunto.

Inhaltsverzeichnis

In dieser Ausgabe

  1. 01Full text
  2. 02I
  3. 03II
  4. 04III
  5. 05IV
  6. 06V
  7. 07VI
  8. 08VII
  9. 09VIII
  10. 10IX
  11. 11X
  12. 12XI
  13. 13XII
  14. 14XIII
  15. 15XIV
  16. 16XV
  17. 17XVI
  18. 18XVII
  19. 19XVIII
  20. 20XIX
  21. 21XX
  22. 22XXI
  23. 23XXII
  24. 24XXIII
  25. 25XXIV
  26. 26XXV
  27. 27XXVI
  28. 28XXVII
  29. 29XXVIII
  30. 30XXIX
  31. 31XXX
  32. 32XXXI
  33. 33XXXII
  34. 34XXXIII
  35. 35XXXIV
  36. 36XXXV
  37. 37XXXVI
  38. 38XXXVII
  39. 39XXXVIII
  40. 40XXXIX
  41. 41XL
  42. 42XLI
  43. 43XLII

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