
Spanisch Ausgabe
Literatur
El idilio de un enfermo
BooksWhale-Ausgabe auf Spanisch von Armando Palacio Valdés
amor, enfermedad, retiro, fragilidad y sensibilidad realista.
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El idilio de un enfermo
El idilio de un enfermo, de Armando Palacio Valdés, es un clásico de dominio público centrado en amor, enfermedad, retiro, fragilidad y sensibilidad realista. Esta edición en español destaca su contexto, sus temas, su estilo y su valor literario o histórico.
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Armando Palacio Valdés murió en 1938, y El idilio de un enfermo se publicó por primera vez en 1884. Estas fechas sustentan la base de dominio público de esta edición original española.
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El idilio de un enfermo
VorschaukapitelDEDICATORIAVorschau
A mi hijo.
Con grata sorpresa pude averiguar que algunas de las obras que he lanzado a la publicidad estaban agotadas y otras a punto de estarlo. Fue pasión incontrastable de mi ánimo, no esperanza de lucro o de gloria, la que me arrastró a novelar en esta edad tan poco feliz para las musas. Desde que, recién salido de las aulas, entregué mis primeras cuartillas a la imprenta, vi claramente que no era ésa la vía para lograr los halagos de la vanidad ni los regalos del cuerpo.
Nuestra nación se halla desde hace algunos años con disposición indiferente, más bien hostil, hacia todas las manifestaciones del espíritu. La pasión de lo _útil_, un sensualismo omnipotente, invade a la sociedad española, y muy singularmente a esa clase media que en la primera mitad del siglo tantas y tan gallardas muestras dio de su amor a lo justo y a lo bello. La juventud, de quien suelen partir los impulsos generosos, los anhelos espirituales, no se ocupa actualmente sino en abrirse paso a codazos para llegar al poder, a la influencia, a la comodidad. Mi padre me decía que, en su tiempo, viendo un joven errar solitario con un libro entre las manos, se podía apostar a que este libro era de versos. El tuyo te dice que actualmente hay seguridad de que el libro es la ley municipal o un compendio de Derecho administrativo. ¿Caminamos por este sendero a la civilización y al engrandecimiento de la patria, o vamos derechos a la barbarie y al desprecio de las naciones cultas? Tú o tus hijos lo sabréis. Yo moriré antes de que se averigüe.
De todos modos, a nadie se le oculta que las letras cuentan con pocos apasionados en España. La prensa periódica, en vez de difundirlas y alentarlas, contribuye no poco con su desvío a la tristeza y languidez en que vegetan. Es más; la facilidad que el primer advenedizo logra (a condición de solicitarlo) para ver sus producciones, malas o buenas, ensalzadas hasta las nubes, demuestra mejor aún el desdén con que se miran.
Pero como no existe en este mundo tan relativo nada absolutamente bueno o malo, pienso que hay en tal desvío algún motivo para regocijarse. Cuando las letras se hallan en auge y agitan y apasionan al público y engendran disputas y encienden la cólera de los críticos, me parece punto menos que imposible que el escritor se sustraiga a la influencia nociva de tanto ruido. El anhelo del aplauso y las ventajas materiales que consigo arrastra por una parte, y por otra el temor a las censuras de los críticos, le turban, le excitan, le impiden, en suma, escribir con aquella serenidad sin la cual se hace imposible la producción de una obra de arte duradera. Ya no consulta libremente el oráculo de la naturaleza, sino las aficiones de un público tornadizo o el gusto de algún crítico irascible, pedante y ramplón.
Por fortuna, de tales plagas, que abundan en Francia y en otras naciones, nos vemos libres los escritores españoles. Aquí, ni el interés con que el público acoge nuestras obras puede seducirnos, ni el látigo de la crítica debe inspirarnos cuidado alguno. Disfrutamos de envidiable libertad. El literato español sabe de antemano que, escriba en una forma o en otra, sea osado o comedido, páguese del arte y la medida, o escriba cuantos desatinos le acudan a la mente, sea realista, o romántico, o clásico, el resultado ha de ser poco más o menos él mismo.
Y si alguna rara vez el público y la prensa tejen coronas, no son ciertamente para los que cultivan su arte con amor y respeto, sino para quienes le ofrecen manjares picantes y llamativos. El vulgo no agradece que se le deleite suavemente, que se le haga pensar y sentir. Para otorgar su aplauso es preciso que el escritor le deslumbre o por el número de obras, o por su desmesurada magnitud, o por el relumbrón de los efectos, o con descripciones aparatosas y prolijos análisis de caracteres, tan prolijos como falsos, o con un lenguaje arcaico y pedantesco. El vulgo desprecia lo sincero, lo natural, lo armónico. Para obtener su admiración precisa ser un poco charlatán y cursi. Escritores conozco de indisputable mérito, tanto en España como fuera de ella, a quienes si se les quitase los granitos de charlatanería con que sazonan sus obras, dejarían en el mismo punto de ser populares.
VorschaukapitelIIIVorschau
Cuando el joven Heredia se acercó al despacho del ferrocarril minero que enlaza el puerto de Sarrió con la villa de Lada, solicitando un billete de primera, el expendedor le clavó una mirada honda y escrutadora, y le examinó detenidamente de la cabeza a los pies, preguntándose con curiosidad:--¿Quién será este joven? Me parece que no le he visto hasta ahora. ¿Algún nuevo ingeniero que hayan traído los Iturraldes? Está bien flaquito el pobre.
En la vasta sala de espera, negra por el polvo de carbón, no había nadie. El expendedor pudo examinar largo rato aún al viajero. Al cabo de un cuarto de hora de pasear por aquel inmenso y sucio camaranchón, apareció un mozo con el rostro embadurnado también de carbón, empuñando una campana de bronce que hizo sonar con fuerza; y encarándose al propio tiempo con nuestro joven, gritó reciamente:
--¡Viajeros al tren!
--Oye, Perico--gritó el expendedor desde la taquilla.--¿Quién te ha mandado dar la señal?
--Es la hora--repuso el mozo, malhumorado.
--Y ¿quién te ha dicho a ti que era la hora?
--El reloj.
--Pues aquí no hay más reloj que yo; ¿lo entiendes, mastuerzo?--dijo el expendedor con voz colérica, sacando cuanto pudo el airado rostro por la ventanilla.--¡Vaya, vaya! ¡Pues no faltaba más que estuviésemos aquí sujetos a la voluntad de los señores mozos!--Usted dispense, caballero--prosiguió volviendo los ojos a Andrés;--pero este mozo es más animal que el andar a pie... Hoy no podemos salir a la hora en punto, porque va el señor gerente con el ingeniero a reconocer unas minas... De todos modos, no será cosa lo que nos retrasemos...
Andrés levantó la mano, como diciendo:--¡Por mí no se molesten ustedes!
Y siguió paseando por la sala con la misma calma.
--¿Quiere usted facturar el baúl?
--¡Ah! Sí, señor; se me olvidaba.
Facturado el baúl, creyó que podía salir a dar algunas vueltas fuera de la estación.
--No se aleje usted mucho, caballero: el señor gerente no tardará en llegar: suele ser puntual.
En efecto, el gerente y el ingeniero tardaron poco en aparecer, conversaron unos instantes con el expendedor y se metieron en un coche reservado, algo menos sucio que el que a Andrés le tocó en suerte. El hombre de la taquilla, después de apretar la mano repetidas veces al gerente y al ingeniero y de hacer un sinnúmero de saludos con su gorra galoneada, se dirigió en voz alta al maquinista:
--Ya puedes arrancar, Manuel.
Silbó la locomotora, prolongada, triste, agudamente; lanzó después sordos bufidos de angustia, cual si le costase esfuerzos supremos remover el cortejo de vagones que le seguían; por último, empezó a caminar suave y majestuosamente; después con más celeridad, aunque no mucha.
El valle en que estaban asentados el pueblo y la estación de Navaliego, intermedia entre la villa marítima y la carbonífera, y adonde había llegado nuestro joven desde la capital con sólo hora y media de diligencia, era amplio y dilatado: la vista se derramaba por él sin topar obstáculo en algunas leguas: el terreno solamente hacía leves ondulaciones. En el país donde nos hallamos, el más quebrado y montuoso de la Península, el valle de Navaliego constituye una feliz o desdichada excepción, según el gusto de quien lo mire. Es más árido que el resto de la provincia; hay poco arbolado. No obstante, sembrados aquí y allá, se ofrecen muchos y blancos caseríos que resaltan sobre el verde pálido del campo y rompen alegremente la monotonía del paisaje.
El tren o trenecillo donde Andrés iba empaquetado lo atravesó todo lo prontamente que le fue posible, y se detuvo a la falda de una montaña, delante de otra estación. Allí se subió al mismo coche un matrimonio obeso que saludó cortésmente a nuestro viajero. Un hombre, calzado de almadreñas, gorro de paño negro y bufanda, que se paseaba por delante de la estación y dictaba órdenes en calidad de jefe, hizo señal con la mano, y el tren tornó a silbar y a bufar y a partir.
Inhaltsverzeichnis
In dieser Ausgabe
- 01Full text
- 02DEDICATORIA
- 03III
- 04VII
- 05VIII
- 06XII
- 07XIII
- 08XIV
- 09XVI
- 10XVII
- 11FIN
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