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Memorias de un solterón

西班牙语 BooksWhale 版本 · Emilia Pardo Bazán

Una novela de Pardo Bazán sobre matrimonio, independencia femenina, costumbres y mirada social.

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图书简介

Memorias de un solterón

Memorias de un solterón presenta, desde una voz masculina observadora, los cambios de sensibilidad ante la educación, el matrimonio y la autonomía de las mujeres. Emilia Pardo Bazán combina ironía, realismo y debate social en una obra clave.

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Emilia Pardo Bazán murió en 1921, y Memorias de un solterón se publicó por primera vez en 1896. Estas fechas sostienen el dominio público de esta edición original en español.

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Memorias de un solterón

Emilia Pardo Bazán

预览章节I Capítulo I预览

A mí me han puesto de mote el Abad. En esta Marineda tienen buena sombra para motes, pero en el mío no cabe duda que estuvieron desacertados. ¿Qué intentan significar con eso de Abad? ¿Que soy regalón, amigo de mis comodidades, un poquito epicúreo? Pues no creo que estas aficiones las hayan demostrado los abades solamente. Además, sospecho que el apodo envuelve una censura, queriendo expresar que vivo esclavo de los goces menos espirituales y atendiendo únicamente a mi cuerpo. Para vindicarme ante la posteridad, referiré, sin quitar punto ni coma, lo que soy y cómo vivo, y daré a la vez la clave de mi filosofía peculiar y de mis ideas. Yo friso en los treinta y cinco años, edad en que, si no se han perdido enteramente las ilusiones, al menos los huesos empiezan a ponerse durillos, y vemos con desconsoladora claridad la verdadera fisonomía de las cosas. -En lo físico soy alto, membrudo, apersonado, de tez clara y color mate, con barba castaña siempre recortada en punta, buenos ojos, y anuncios apremiantes de calvicie que me hacen la frente ancha y majestuosa. En resumen, mi tipo es más francés que español, lo cual justifican algunas gotas de sangre gala que vienen por el lado materno.

-He formado costumbre de vestir con esmero y según los decretos de la moda; mas no por eso se crea que soy de los que andan cazando la última forma de solapa, o se hacen frac colorado si ven en un periódico que lo usan los gomosos de Londres. Así y todo, mi indumentaria suele llamar la atención en Marineda, y se charló bastante de unos botines blancos míos. Lo atribuyo a que en las personas de amplias proporciones y que se ven de lejos, es más aparente cualquier novedad. Mis botines blancos tenían las dimensiones de una servilleta. No crean, señores, que me acicalo por afeminación. Es que practico (sin fe, pero con fervor) el culto de mi propia persona, y creo que esta persona, para mí archiestimable, merece no andar envuelta en talegos o en prendas, ¿Voy a vestirme como un cesante? Mil veces no. Me atrae todo lo que es confort, bien estar, pulcritud, decoro. Como que de estas condiciones externas pende y se deriva, en muchos casos, la paz del espíritu y la armonía del carácter. Soy solterón, y lo soy con deliberado propósito y casi diría que por convicción religiosa. Ya explanaré detenidamente mis teorías sobre tan delicado punto.

Libre de familia, vivo, no en una fonda, donde me tratarían a puntapiés, me entregarían la ropa sin botones y no me barrerían el cuarto, sino en una casa de huéspedes muy especial que he descubierto, y donde me agazapé mientras no arreglo la garçonnière con que sueño, y a la cual me llevaré probablemente, en calidad de ama de llaves, a mi patrona actual, la mismísima doña Consolación Fontán y Guripe, a quien por ahorrar saliva llamo doña Consola. En España, la peor casa de huéspedes es siempre preferible a un hotel; pero la mía merece el dictado de la perla del género. Fue doña Consola, en sus juventudes, doncella de confianza de una notable mujer marinedina, la ilustre viuda del guerrillero Esteva, a quien Isabel II hizo merced del título de duquesa de la Piedad. En la larga emigración de la dama, que pasó a Inglaterra acompañando a su esposo perseguido por liberal, doña Consola no se apartó de ella, y mientras hincaba el diente al negro pan consabido, aprendió muchas cosas que se ignoran por aquí: a asar bien, a servir un té en punto, a preparar las tostadas del desayuno como un ángel (si los ángeles se dedicasen a tales menesteres); a tener la ropa blanca lo mismo que un monte de nieve; a cultivar las virtudes del orden, de la puntualidad, de la formalidad, del aseo...

预览章节II Capítulo II预览

En verano dejo las ociosas plumas a la metálica voz del French, cuando lanza ocho estridentes notas en la soñolienta atmósfera de la sala, contigua al dormitorio. Me lavo a escape, me visto de negligé y corro a la playa del Rial a tomar un baño. Salgo del chapuzón regenerado, con la sangre fresca, dispuesto a resistir bien el calor del día. Desde el baño hago rumbo al Casino de la Amistad, muy próximo a mi casa (vivo en la calle Mayor, el corazón de Marineda), y me arrellano en una butaca, a leer la prensa de la corte, a abrir y gulusmear Ilustraciones y Revistas. La de Ambos Mundos, decadente y todo, sigue siendo mi predilecta; devoro sus novelas interesándome mucho en la ficción; tampoco me desagradan los reposados y agudos estudios críticos de Lemaître y Brunetière, ni ciertos artículos de carácter biográfico: con los administrativos, económicos y científicos no me atrevo nunca de puro respeto que me infunden. No descuido el movimiento literario ameno, el que no fatiga el cerebro ni lo atolla en indigestas e insolubles cuestiones: leo a unos autores porque me divierten y estimulan (como Gyp), a otros porque me causan grata fiebre, (como Bourget), y a otros, (como Prevost), porque me tocan en el corazón. A las doce o doce y media vuelvo a mi domicilio, termino las operaciones de aseo, me pongo a gusto, en batín, y salgo al comedor. No me tengan Vds.

por glotón; al contrario: en las horas de la mañana soy excesivamente sobrio, y guardo extraño régimen. Lo que me sirve con sus secas manos doña Consola, es buenamente ancha bandeja donde campea un tazón, no chinesco sino de nítida loza británica, rebosando de hirviente chocolate; un vidrio de agua cristalina y pura; un blanco azucarillo; unas rebanadas de dorado pan, y una limpia y bien planchada servilleta... Ni más ni menos. ¿Me dices, ¡oh lector abogado de la santa coyunda!, que es triste eso de sentarse a la mesa solo? ¡Bah! Lo de la soledad es según se entienda. No me falta compañía. La ex doncella de la heroína se encarga a veces de distraerme contándome las proezas y glorias de su ama, y cómo en aquella casa se vieron reunidos a la mesa el Gobernador, el Capitán general, el señor de Picavia y D. Salustiano Olózaga. «Si el general Espartero viene a Marineda -acostumbra añadir la buena mujer- a la mesa le tenemos seguro». Ni es la compañía de doña Consola mi único solaz. Poseo un amigo, un repolludo gato, negro, lucio, manso, con redondas pupilas de esmeralda, que al sentirme entrar acude enarcando el lomo, entiesando el rabo y fregándose contra las paredes. Llégase a mi asiento y se pone a hacer carretilla, alargando delicadamente una pata de terciopelo, a fin de avisarme de su presencia. Yo le arrojo bolitas de pan, y él juguetea con los proyectiles.

Sus brincos, zapatetas y zarpazos me divierten, como me divertirían las gracias de un rapazuelo. Raro es también que a la hora del chocolate no parezca algún conocido a traerme la chismografía de la ciudad: quién se casa, quién se muere, quien está tronado, a quién destinaron a Filipinas... Yo confieso que soy aficionado, no precisamente a arrancar a tiras el pellejo, pero sí a llevar un alta y baja de observación de las vidas ajenas, que ofrece sorpresas más entretenidas que novela alguna. Así, mientras chupo un excelente Henry Clay, traído en dechura de la Habana por un capitán de barco, me entero de cuanto ocurre en Marineda. Mi mejor reporter es el festivo maldiciente de la Pecera, Primo Cova (el que ha sentado y defendido la teoría de que la murmuración es el pan del espíritu). Volviendo al Henry Clay, afirmo que es uno de los más exquisitos goces que debo a mi soltería. ¿Conocen Vds. algún hombre casado que a los ojos de su mujer tenga derecho a invertir peseta y media o dos pesetas en un puro? Apenas prendiese la cerilla, saldría, mi dulce compañera con que los niños necesitan esto, y que ella carece de lo otro, y que es no tener vergüenza ni corazón derrochar en humo y vicios el pan de la casa. Después del chocolate, al trabajo, a recorrer mis obras o a levantar mis planitos.

目录

本版本内容

  1. 01Full text
  2. 02I Capítulo I
  3. 03II Capítulo II
  4. 04III Capítulo III
  5. 05IV Capítulo IV
  6. 06V Capítulo V
  7. 07VI Capítulo VI
  8. 08VII Capítulo VII
  9. 09VIII Capítulo VIII
  10. 10IX Capítulo IX
  11. 11X Capítulo X
  12. 12XI Capítulo XI
  13. 13XII Capítulo XII
  14. 14XIII Capítulo XIII
  15. 15XIV Capítulo XIV
  16. 16XV Capítulo XV
  17. 17XVI Capítulo XVI
  18. 18XVII Capítulo XVII
  19. 19XVIII Capítulo XVIII
  20. 20XIX Capítulo XIX
  21. 21XX Capítulo XX
  22. 22XXI Capítulo XXI
  23. 23XXII Capítulo XXII
  24. 24XXIII Capítulo XXIII
  25. 25XXIV Capítulo XXIV
  26. 26XXV Capítulo XXV
  27. 27XXVI Capítulo XXVI

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