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Torquemada en la cruz
西班牙语 BooksWhale 版本 · Benito Pérez Galdós
El usurero Torquemada busca convertir su riqueza en respetabilidad, pero cada ascenso social revela el precio humano de su codicia.
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图书简介
Torquemada en la cruz
En Torquemada en la cruz, Benito Pérez Galdós continúa la historia de Francisco Torquemada, un prestamista enriquecido que intenta entrar definitivamente en la aristocracia. El dinero, el matrimonio, la enfermedad y la religión se convierten en instrumentos de una lucha por el reconocimiento. Con ironía realista, Galdós retrata una sociedad donde la respetabilidad puede comprarse, aunque la conciencia y la memoria de los abusos no desaparezcan tan fácilmente.
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Benito Pérez Galdós died in 1920 and the original Spanish work was published in 1893; these dates support its public-domain status.
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Torquemada en la cruz
Benito Pérez Galdós
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PRIMERA PARTE
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Pues señor..., fué el 15 de Mayo, día grande de Madrid (sobre este punto no hay desavenencia en las historias), del año... (esto sí que no lo sé: averígüelo quienquiera averiguarlo), cuando ocurrió aquella irreparable desgracia, que, por más señas, anunciaron cometas, ciclones y terremotos, la muerte de doña Lupe _la de los Pavos_, de dulce memoria.
Y consta la fecha del tristísimo suceso, porque D. Francisco Torquemada, que pasó casi todo aquel día en la casa de su amiga y compinche, calle de Toledo, número... (tampoco sé el número, ni creo que importe), cuenta que, habiendo cogido la enferma, al declinar la tarde, un sueñecico reparador que parecía síntoma feliz del término de la crisis nerviosa, salió él al balcón por tomar un poco el aire y descansar de la fatigosa guardia que montaba desde las diez de la mañana, y allí se estuvo cerca de media hora contemplando el sin fin de coches que volvían de la Pradera, con estruendo de mil demonios, los atascos, remolinos y encontronazos de la muchedumbre, que no cabía por las dos aceras arriba, los incidentes propios del mal humor de un regreso de feria, con todo el vino y el cansancio del día convertidos en fluido de escándalo. Entreteníase oyendo los dichos germanescos que, como efervescencia de un líquido bien batido, burbujeaban sobre el tumulto, revolviéndose con doscientos mil pitidos de pitos del Santo, cuando...
—Señor—le dijo la fámula de doña Lupe, dándole tan tremendo palmetazo en el omoplato, que el hombre creyó que se le caía encima el balcón del piso segundo;—señor, venga, venga acá... Otra vez el accidente. De ésta me parece que se nos va.
Corrió á la alcoba D. Francisco, y en efecto, á doña Lupe le había dado la pataleta. Entre el amigo y la criada no la podían sujetar; trincaba la buena señora los dientes; en sus labios hervía una salivilla espumosa, y sus ojos se habían vuelto para dentro, como si quisieran cerciorarse por sí mismos de que ya las ideas volaban dispersas por esos mundos. No se sabe el tiempo que duraron aquellas fieras convulsiones. Pareciéronle á D. Francisco interminables, y que se acababa el día de San Isidro y le seguía una larguísima noche sin que doña Lupe entrase en caja. Mas no habían sonado las nueve cuando la buena señora se serenó, quedándose como lela. Diéronle de un brebaje, cuya composición farmacológica no consta en autos, como tampoco el nombre de la enfermedad; se mandó recado al médico, y hallándose la enferma en completa quietud de miembros, precursora de la del sepulcro, con toda la vida que le restaba asomándose á los ojos, otra vez vivos y habladores, comprendió Torquemada que su amiga quería hablarle y no podía. Ligera contracción de los músculos de la cara indicaba el esfuerzo para romper el lúgubre silencio. La lengua al fin, pellizcada por la voluntad, se despegó, y allá fueron algunas frases, que sólo D. Francisco, con su sutil oído y su conocimiento de cuanto pudiera pensar y decir _la de los Pavos_, podía entender.
—Sosiéguese ahora...—le dijo.—Tiempo tenemos de hablar todo lo que nos dé la gana sobre esa incumbencia.
—Prométame hacer lo que le dije, D. Francisco—murmuró la enferma alargando una mano como si quisiera tomar juramento.—Hágalo por Dios...
—Pero, señora... ¿Usted sabe...? ¿Cómo quiere que...?
—¿Y cree usted que yo, su amiga leal—dijo la viuda de Jáuregui, recobrando como por milagro toda su facilidad de palabra,—puedo engañarle? En ningún caso le aconsejaría cosa contraria á sus intereses; menos ahora, cuando veo las puertas de la eternidad abiertas de par en par delante de mí..., cuando siento dentro de mi pobre alma la verdad, sí, la verdad, Sr. D. Francisco, pues desde que recibí al Señor... Si no me falla la memoria, ha sido ayer por la mañana.
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本版本内容
- 01Full text
- 02PRIMERA PARTE
- 03I
- 04II
- 05III
- 06IV
- 07V
- 08VI
- 09VII
- 10VIII
- 11IX
- 12X
- 13XI
- 14XII
- 15XIII
- 16XIV
- 17XV
- 18XVI
- 19SEGUNDA PARTE
- 20I
- 21II
- 22III
- 23IV
- 24V
- 25VI
- 26VII
- 27VIII
- 28IX
- 29X
- 30XI
- 31XII
- 32XIII
- 33XIV
- 34XV
- 35XVI