BooksWhaleBooksWhale
El obispo leproso cover

Spanisch Ausgabe

Literatur

El obispo leproso

BooksWhale-Ausgabe auf Spanisch von Gabriel Miró

En Oleza, Miró explora la educación, la autoridad religiosa y los deseos individuales mediante una novela de intensa atención sensorial.

Vorschau
Auszug aus dem vorbereiteten Text
Formate
Online-Reader, EPUB, PDF
Zugriff
Bibliotheks-Claim

Bucheinführung

El obispo leproso

Gabriel Miró sitúa la novela en Oleza, una ciudad provinciana donde las familias y las instituciones religiosas condicionan la vida cotidiana. Pablo Galindo crece entre vigilancias, relaciones afectivas y expectativas sociales, mientras la figura del obispo enfermo atraviesa el mundo narrado. La prosa atiende a sonidos, aromas, luz y gestos para examinar educación, deseo, compasión y autoridad en la experiencia de sus personajes.

BooksWhale-Ausgabe

Wie diese Ausgabe vorbereitet wurde

Diese Ausgabe basiert auf einem gemeinfreien Text und wurde von BooksWhale für digitales Lesen vorbereitet.

Public-Domain-Grundlage

Warum diese Ausgabe geteilt werden kann

Gabriel Miró murió en 1930; la obra se publicó por primera vez en 1926. Esta edición presenta el texto original español de dominio público.

Vorschau lesen

Auszug aus dem vorbereiteten Text

Vorschau aus dem vorbereiteten Lesetext.

VorschaukapitelFull textVorschau lesen

El obispo leproso

VorschaukapitelI. Palacio y colegio — I. PabloVorschau

Se dejó entornada la puerta de la corraliza.

¡Acababa de escaparse otra vez! Y corrió callejones de sol de siesta. Se juntó con otros chicos para quebrar y amasar obra tierna de las alfarerías de Nuestra Señora, y en la costera de San Ginés se apedrearon con los críos pringosos del arrabal.

Pablo era el más menudo de todos, y al huir de la brega buscaba el refugio del huerto de San Bartolomé, huerto fresco, bien medrado desde que don Magín gobernaba la parroquia.

La mayordoma le daba de merendar, y don Magín, sus vicarios y don Jeromillo, capellán de la Visitación, le rodeaban mirándole.

Pablo les contaba los sobresaltos de su madre, el recelo sombrío de su padre, los berrinches de tía Elvira, la vigilancia de don Cruz, de don Amancio, del padre Bellod, ayos de la casa.

—...¡Y yo casi todas las siestas me escapo por el trascorral!

—¡Te dejan que te escapes!

Y don Magín se lo llevó a la tribuna del órgano.

Se maravillaba el niño de que por mandato de sus dedos —sus dedos cogidos por los de don Magín— fuera poblándose la soledad de voces humanas, asomadas a las bóvedas, sin abrir las piedras viejecitas. Siempre era don Jeromillo el que entonaba o «manchaba», gozándose en su susto de que los grandes fuelles del órgano se lo llevasen y trajesen colgando de las sogas.

Se enterraban en la cámara del reloj para sentirse traspasados por el profundo pulso. Allí latían las sienes de Oleza. Luego, otra vez, torciéndose por la escalerilla, llegaban bajo la cigüeña de las campanas; y desde los arcos, entre aleteos de falcones y jabardillos de vencejos, veían el atardecer, que don Magín comparaba a un buen vecino que volvía, de distancia en distancia, al amor de su campanario. Toda la ciudad iba acumulándose a la redonda. Su silencio se ponía a jugar con una esquila que sonaba, tomándola y deshaciéndola en la quietud de las veredas. Golpes foscos de aperador; golpes frescos de legones; tonadas y lloros; el bramido del Segral. Arreciaba la bulla de las ranas.

—¿Las oyes, Pablo? ¡Las chafaría todas con mis pies, pero con los pies descalzos del padre Bellod, poniéndomelos como botas para andar por los fangales! Oyendo un cántico se piensa en algo que está más lejos que ese cántico. Los grillos parecen de plata. En estas noches olorosas de cosechas se sienten como rebaños que pasturan a lo lejos, como cascabeles de una diligencia que viene por todos los campos. Un grillo, sólo un grillo, vibra en muchas leguas. Pasa un pájaro, y nos abre más la tarde. En cambio, principian a croar las ranas y no vemos sino agua de balsa.

Don Jeromillo se dormía. Solía dormirse en todo reposo, en cualquier rincón apacible de un diálogo; y al despertar se atolondraba de verse súbitamente despierto.

Revolviose el párroco y con el codo tocó los bordes de la «Abuelona», la campana gorda, que se quedó exhalando un vaho de resonido.

—Deja tu mano encima y te latirá en los dedos la campana. Parece que le circule la sangre de las horas y de los toques de muchos siglos. ¿Verdad que tiene también su piel con sus callos y todo?

Pablo decía que sí, y palpaba los costados de bronce, calientes de sol. Se presentían los clamores en lo hondo de la copa enorme y sensitiva.

—Tienes miedo de que suene, y a la vez estás deseando empujarla. Todo el silencio del pueblo y de la vega es una mirada que se fija en tu mano y en tu voluntad. No nos atrevemos a remover la campana porque la tarde duerme dentro y se levantaría toda preguntándonos.

VorschaukapitelII. Consejo de familiaVorschau

Todavía de pañales el hijo, cerraron los condes de Lóriz su casa, trasladándose a Madrid. Ya podían abrirse confiadamente las celosías de don Álvaro. Su calle se internaba de nuevo en un silencio de pureza; verdadero recinto suyo. Y en abril, casi todos los años en abril, volvía esa gente con sus criados señoriles y el ama del condesito, una pasiega grande, magnífica de ropas de colores de frutas y de collares, de dijes, de abalorios y dingolondangos. Parecía un ídolo rural. Elvira la miraba desde su persiana con rencor y con asco. De seguro que en aquellos pechos, tantas veces desnudos, y en aquellos ojos dulces de becerra se escondía la deshonestidad de una mala mujer. Más tarde, la nodriza se trocó en ama seca, y a su lado principió a caminar la cigüeña de un aya, cansada de idiomas y de virtudes antiguas.

Elvira la aborreció. ¡Qué perversidades no habría detrás de sus impertinentes laicos!

Don Álvaro y sus amigos también la miraban desde la reja del escritorio. En la pared, donde colgaba un trofeo y un retrato del «señor» desterrado, se estampaba el escandaloso resol de una vidriera de los Lóriz. De allí salía, como una fuente musical, la risa de la condesa.

—¡Pero cuándo se irán! —clamaba don Álvaro.

Se iban; y la ausencia de esa gente de elegancias y claridades gozosas entornaba la vida de Oleza. Entornada y todo, la ciudad se quedaba lo mismo. Lo reconocía don Amancio (Carolus Alba-Longa), ordeñándose su barba nueva, lisa, barrosa. Lo mismo desde todos los tiempos, con su olor de naranjos, de nardos, de jazmineros, de magnolios, de acacias, de árbol del Paraíso. Olores de vestimentas, de ropas finísimas de altares, labradas por las novias de la Juventud Católica; olor de panal de los cirios encendidos; olor de cera resudada de los viejos exvotos. Olor tibio de tahona y de pastelerías. Dulces santificados, delicia del paladar y del beso; el dulce como rito prolongado de las fiestas de piedad. Especialidades de cada orden religiosa: pasteles de gloria y pellas, o manjar blanco, de las clarisas de San Gregorio; quesillos y pasteles de yema de la Visitación; crema de las agustinas; hojaldres de las verónicas, canelones, nueces y almendras rellenas de Santiago el Mayor; almíbares, meladas y limoncillos de las madres de San Jerónimo.

Dulcerías, jardines, incienso, campanas, órgano, silencio, trueno de molinos y de río; mercado de frutas; persianas cerradas; azoteas de cal y de sol; vuelos de palomos; tránsito de seminaristas con sotanilla y beca de tafetán; de colegiales con uniforme de levita y fajín azul; de niñas con bandas de grana y cabellos nazarenos; procesiones; Hijas de María; camareras del Santísimo; Horas Santas; tierra húmeda y caliente; follajes pomposos; riegos y ruiseñores; nubes de gloria; montes desnudos... Siempre lo mismo; pero quizá los tiempos fermentasen de peligros de modernidad. Palacio mostraba una indiferencia moderna. Don Magín paseaba por el pueblo como un capellán castrense. Y esos Lóriz, de origen liberal, y otros por el estilo, se ancionaban al ambiente viejo y devoto como a una golosía de sus sentidos, imaginando suyo lo que sólo era de Oleza. En cambio, todo eso que nada más era de Oleza: sus piadosas delicias, su sangre tan especiada, sus esencias de tradición, el fervor y el olor vegetal, arcaico y litúrgico, se convertían para los tibios en elementos y convites de pecado. Los años aún no descortezaban los colores legítimos de la ciudad; ¡pero las gentes...! (Don Amancio, el padre Bellod, don Cruz, don Álvaro, preveían un derrumbamiento). Las gentes, esas gentes de ahora, las nuevas; los hijos... Don Álvaro tenía un hijo: Pablo. ¡Y ese hijo...!

Inhaltsverzeichnis

In dieser Ausgabe

  1. 01Full text
  2. 02I. Palacio y colegio — I. Pablo
  3. 03II. Consejo de familia
  4. 04III. «Jesús»
  5. 05IV. Grifol y Su Ilustrísima
  6. 06II. María Fulgencia — I. El señor deán y María Fulgencia
  7. 07II. María Fulgencia y los suyos
  8. 08III. El Ángel
  9. 09III. Salas de Oleza — I. Vuelven los Lóriz
  10. 10II. Antorchas de pecado
  11. 11III. Las Catalanas
  12. 12IV. Tertulia de doña Corazón
  13. 13IV. Clausura y siglo — I. Conflictos
  14. 14II. Miércoles y jueves
  15. 15III. Viernes Santo
  16. 16IV. Mauricio
  17. 17V. Corpus Christi — I. La víspera
  18. 18II. Monseñor Salom y su familiar
  19. 19III. Monseñor, su cortejo y despedidas
  20. 20IV. Pablo, Elvira, don Álvaro
  21. 21V. Final de Corpus
  22. 22VI. Pablo y la Monja — I. Tribulaciones
  23. 23II. Jesús y el hombre rico
  24. 24III. Estampas y graja
  25. 25IV. La Monja
  26. 26V. Ella y él
  27. 27VII. La felicidad — I. Un último día
  28. 28II. La salvación y la felicidad
  29. 29III. María Fulgencia y Pablo
  30. 30IV. F-O—C-E

Sprachverfügbarkeit

Andere Sprachen

Weitere Sprachausgaben sind noch nicht veröffentlicht. Sobald verfügbar, werden sie hier verlinkt.

Andere Sprache anfragen

El obispo leproso

Mitgliedschaft $9.99 / Jahr · Claim-Zugriff

VorschauBeitreten