Spanisch Ausgabe
Literatur
Flor de mayo
BooksWhale-Ausgabe auf Spanisch von Vicente Blasco Ibáñez
Una novela valenciana de pescadores, mar, familia, deseo, pobreza y fatalismo naturalista.
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Flor de mayo
Flor de mayo retrata la vida marinera valenciana con la fuerza narrativa de Blasco Ibáñez. El puerto, las barcas, el trabajo, los celos, la pobreza y el mar forman un drama naturalista de pasión familiar y destino trágico.
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Vicente Blasco Ibáñez murió en 1928 y Flor de mayo fue publicada en 1895; estos datos sostienen el dominio público del texto español.
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Flor de mayo
Vicente Blasco Ibáñez
VorschaukapitelFLOR DE MAYOVorschau
I
Al amanecer cesó la lluvia. Los faroles de gas reflejaban sus inquietas luces en los charcos del adoquinado, rojos como regueros de sangre, y la accidentada línea de tejados comenzaba á dibujarse sobre el fondo ceniciento del espacio.
Eran las cinco. Los vigilantes nocturnos descolgaban sus linternas de las esquinas, y golpeando con fuerza los entumecidos pies se alejaban después de saludar con perezoso _¡bòn día!_ á las parejas de agentes encapuchados que aguardaban el relevo de las siete.
Á lo lejos, agrandados por la sonoridad del amanecer, desgarraban el silencio los silbidos de los primeros trenes que salían de Valencia. En los campanarios, los esquilones llamaban á la misa del alba, unos con una voz cascada de vieja, otros con inocente balbuceo de niño, y repetido de azotea en azotea vibraba el canto del gallo con su estridente entonación de diana guerrera.
En las calles desiertas y mojadas, despertaban extrañas sonoridades los pasos de los primeros transeuntes. Por las puertas cerradas escapábase, al través de las rendijas, la respiración de todo un pueblo en las últimas delicias de un sueño tranquilo.
Aclarábase el espacio lentamente, como si arriba fuesen rasgándose una por una las innumerables gasas tendidas ante la luz. Penetraba en las encrucijadas, hasta en los últimos rincones, una claridad gris y fría, que sacaba de la sombra los pálidos contornos de la ciudad; y como un esfumado paisaje de linterna mágica con el foco de luz fija lentamente en sus perfiles, aparecían las fachadas mojadas por el aguacero, los tejados brillantes como espejos, los aleros destilando las últimas gotas y los árboles de los paseos, desnudos y escuetos como escobas, sacudiendo el invernal ramaje, con el tronco musgoso destilando humedad.
La fábrica del gas lanzaba sus postreros estertores, cansada del trabajo de toda la noche. Los gasómetros caían con desmayo entre sus férreos tirantes como estómagos fatigados por la nocturna indigestión, y la colosal chimenea de ladrillo lanzaba en lo alto sus últimas bocanadas negras y densas, que se esparcían por el espacio con caprichoso serpenteo, cual un borrón resbalando sobre una hoja de papel gris.
Junto al puente del Mar, los empleados de consumos paseaban para librarse de la humedad, escondiendo la nariz en la bufanda; tras los vidrios del fielato, los escribientes recién llegados mostraban sus soñolientas cabezas.
Esperaban la entrada de los vendedores, chusma levantisca, educada en el regateo y agriada por la miseria, que por un céntimo soltaba la compuerta al caudal inagotable de injurias, y antes de llegar á sus puestos del mercado sostenía un sinnúmero de riñas con los representantes de los impuestos.
Ya habían pasado en la penumbra del amanecer los carros de las verduras y las vacas de leche con su melancólico cencerreo. Sólo faltaban las pescaderas, el rebaño revuelto, sucio y pingajoso que ensordecía con sus gritos é impregnaba el ambiente con el olor de pescado podrido y el aura salitrosa del mar, conservada entre los pliegues de sus zagalejos.
Llegaron cuando ya era de día, y la luz cruda y azulada de una mañana de invierno recortaba vigorosamente todos los objetos sobre el fondo gris del espacio.
Oíase, cada vez más próximo, un indolente cascabeleo, y una tras otra fueron entrando en el puente del Mar cuatro tartanas, arrastradas por horribles jamelgos, que parecían sostenerse por los tirones de riendas de los tartaneros, encogidos en sus asientos y con el tapabocas arrollado hasta los ojos.
Eran negros ataúdes, que saltaban sobre los baches como barcos viejos y despanzurrados á merced de las olas. El toldo con cuero agrietado y tremendos rasguños, por donde asomaba el armazón de cañas; pegotes de pasta roja cubriendo las goteras; el herraje roto y chirriante, atado con hilos; las ruedas, guardando en sus capas de suciedad el barro del invierno anterior, y todo el carruaje, de arriba abajo, hecho una criba, como si acabase de sufrir las descargas de una emboscada.
VorschaukapitelVIIIVorschau
Volvía Pascual á su casa después de pasar la tarde en Valencia, y al llegar á la Glorieta detúvose frente al palacio de la Aduana.
Eran las seis. El sol daba un tinte anaranjado a la crestería del enorme caserón, suavizando la sombra verdinegra que las lluvias depositaban en los respiraderos de las buhardillas. La estatua de Carlos III bañábase en el ambiente azul y diáfano, saturada de luz tibia, y por los enrejados balcones escapábase un rumor de colmena laboriosa, gritos, canciones ahogadas y el ruido metálico de las tijeras, cogidas y abandonadas á cada instante.
Por el ancho portalón comenzaban a salir como rebaño revoltoso las operarias de los primeros talleres; una invasión de rameada indiana, brazos arremangados y robustos con la cesta como eterno apéndice, y menudos e incesantes pasos de gorrión. Era un confuso vocerío de llamamientos y desvergüenzas, extendiéndose ante la puerta, en el espacio donde paseaban los soldados de la guardia y se levantaban algunos aguaduchos.
_El Retor_ quedó parado en la acera de la Glorieta, entre los vendedores de periódicos. Atraíale la algazara de las cigarreras, aquel rebaño revoltoso que, con sus blancos pañuelos avanzados sobre la frente, tenía un aspecto de comunidad rebelde, de monjas impúdicas que con sus negros ojos medían á los hombres de pies á cabeza como si los desnudaran con la desdeñosa mirada.
_El Retor_ vió á Roseta que, apartándose de un grupo, fué en busca de él. Sus compañeras esperaban á otras de diferente taller, que tardarían algunos minutos en salir. ¿Iba él á casa? Bueno; harían el camino juntos: á ella no le gustaba esperar.
Y emprendieron la marcha por el camino del Grao; él, pesado, como marinero patizambo, haciendo esfuerzos por conservarse siempre en la misma línea que aquel diablo de chica que no sabía andar más que de prisa, con garboso contoneo, haciendo ondear su falda como una bandera de regatas.
Su hermano quería descansarla llevándola la cesta. Muchas gracias; pero estaba tan acostumbrada á sentirla en su brazo, que sin ella no sabía moverse.
El patrón, antes de llegar al puente del Mar, hablaba ya de su barca, de aquella _Flor de Mayo_, por la cual hasta se olvidaba de Dolores y su Pascualet.
Al día siguiente comenzaba la pesca del _bòu_ y salían todas las barcas. Ahora se vería de lo que era capaz la suya. ¡Barca más hermosa!... El día anterior la habían arrastrado los bueyes al agua, y ahora estaba en el puerto confundida con las demás. ¡Pero qué diferencia, chica! Llamaba la atención, lo mismo que una señorita de Valencia metida entre las zaparrastrosas de la playa.
Había estado en la ciudad para comprar lo que le faltaba en su equipo de mar, y apostaba un duro á que todos los ricachos del Cabañal, los amos que se comían lo mejor de la pesca sin exponer la piel, no presentaban una barca tan maja como la suya.
Pero como todo tiene término, á pesar de los entusiasmos del _Retor_, se agotó el capítulo de las excelencias de la barca, y al llegar frente al horno de Figuetes callaba ya, oyendo á Roseta, que se lamentaba de las perrerías de las maestras de la fábrica.
Abusaban de una y hasta daban motivo para que á la salida se las agarrara del moño. Y menos mal que ella y su madre podían pasar con poca cosa; pero ¡ay de otras infelices! otras que habían de trabajar como negras para mantener á un marido vago y á las polladas de chiquillos que esperaban en la puerta con unas bocas que nunca tragaban bastante pan.
Parecía imposible que con tanta miseria aun tuviesen algunas mujeres ganas de broma. Y siempre grave, con ademán pudoroso, la virgen rubia é inabordable, criada entre la pillería de la playa, contó á su hermano una historia escabrosa, empleando los términos más crudos, como mujer que lo sabe todo, pero con tal pulcritud de acento, que las palabras más duras parecían resbalar por sus rojos labios sin dejar rastro alguno. Tratábase de una compañera de taller, una mala piel que ahora no podía trabajar por tener un brazo roto. Era á consecuencia de una paliza del marido, que la había pillado con uno de sus muchos amigos. ¡Qué escándalo! ¡Y aquella _púa_ tenía cuatro hijos!
Inhaltsverzeichnis
In dieser Ausgabe
- 01Full text
- 02FLOR DE MAYO
- 03VIII
- 04CUENTOS VALENCIANOS
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