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Spanisch Ausgabe

Literatur

Juanita la Larga

BooksWhale-Ausgabe auf Spanisch von Juan Valera

Valera’s late novel blends Andalusian society, wit, romance, reputation, and a nuanced portrait of female intelligence.

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Juanita la Larga

Juanita la Larga is a graceful late work by Juan Valera, set in Andalusian social life and driven by wit, courtship, class perception, and reputation. The novel’s portrait of Juanita gives elegance and intelligence to a story about desire, social judgment, and personal dignity.

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Juanita la Larga

Don Juan Valera no fue solamente novelista. Escribió mucho, Algo de todo, según reza el título de uno de sus libros, y lo hizo a despecho de vacilaciones y desengaños. «Varias veces me di ya por vencido, y hasta por muerto; mas, apenas dejé de ser escritor, cuando reviví como tal bajo diversa forma. Primero fui poeta; luego periodista; luego crítico; luego aspiré a filósofo; luego tuve mis intenciones y conatos de dramaturgo, y al cabo traté de figurar como novelista.... Bajo esta última forma es como la gente me ha recibido menos mal; pero, aun así, no las tengo todas conmigo.» Hoy, Valera es un autor clásico reconocido en toda historia de nuestra literatura, pero la frase final de la cita transcrita no es sólo fórmula de buena crianza para evitar la propia ponderación, sino confidencia íntima de un hombre que ha corrido mucho pero sin asiento ni rumbo seguro. Pues, además de tantear la carrera de

escritor, cultivando tan diversos géneros literarios, empeñó su tiempo en otras profesiones. En su larga vida (muere cumplidos los ochenta y uno) residió muchos años fuera de España--en Nápoles, Lisboa, Río, Dresde, Moscú, Francfort, Washington, Bruselas, Viena--, con cargos diplomáticos que le confería o retiraba el Gobierno según estuviese regido por amigos o enemigos políticos. Y él quiso y logró intervenir activamente en la política, como diputado en varias legislaturas, y aun llegó a Subsecretario de Estado, pero por muy poco tiempo y al favor de la Revolución de Septiembre de 1868, tan gloriosa como fugaz. Tenía, además, algo de hacienda propia, heredada, en tierras de Córdoba, con lo que a veces salía de apuros y otras se veía envuelto en obligaciones. Casó ya cuarentón con una joven a la que doblaba en edad y cuyo carácter resultó poco acordado a sus gustos. «Mi casa--escribe a un

amigo--es el rigor de las desdichas. No me ha valido la posición que aquí tengo (de embajador, en Lisboa), los dineros, tal vez más de lo conveniente, que gasto, ni nada, para que mi mujer esté alegre y satisfecha y no me muela.... En suma, yo estoy archifastidiado. No se case usted nunca. Razón tuvo la Iglesia católica en establecer el celibato para los clérigos, y clérigos somos usted y yo» (Valera se dirigía a Menéndez Pelayo). Su vida fue, pues, movediza, con paréntesis y alternativas, y a los giros de la biografía personal hay que sumar los grandes cambios que en la sociedad española le tocó presenciar y compartir, desde el siniestro Fernando VII--nació en 1824--a las frivolidades de don Alfonso XIII--muere en 1905--. Sufrió, además, algunos pesares acerbos: la muerte de su hijo primogénito y predilecto, cuando él estaba lejos y solo, en Washington; el caso de una distinguida joven americana tan perdidamente enamorada, cuando él tenía cumplidos

los sesenta años, que se suicidó al abandonar Valera aquellas tierras. Y, sin embargo, creo difícil hallar en toda la literatura castellana un autor que pueda ofrecer tantas páginas risueñas, divertidas y penetradas por un amor a la vida que anega las desventuras y limitaciones inevitables en una comprensión optimista que, al cabo, valora más la complacencia en lo realmente existente que en los defectos y ausencias que se echan de menos. No es que don Juan Valera fuese hombre bondadoso y contentadizo; por el contrario, sus dotes de crítico, su inteligencia penetrante e irónica fueron superlativas, aunque embozadas, porque el tiempo que le tocó vivir lo requería. Pero siempre el _panfilismo_--el «amor a todo»--, como él decía, sobrenada en sus páginas. Y principalmente en su labor, tardía, de novelista.

Vorschaukapitelparte, don Andrés temblaba al pensar en el furor de doña Inés cuandoVorschau

descubriese que Juanita, con su hipocresía y sus embustes, la había estado engañando, y que en vez de meterse monja se casaba con don Paco, y daba por madrastra a ella, enlazada ya con la familia más noble de toda aquella comarca después de la familia del duque, a la hija ilegítima de una mondonguera.

Doña Inés, si tal cosa se realizase, sería capaz de tener un ataque de rabia o de estallar como una bomba.

Calculaba don Andrés que él podía prestar dos muy importantes servicios: uno, a doña Inés, impidiendo que su padre la avergonzase casándose con una muchacha de tan ruin y humilde clase, y otro a don Paco, abriéndole los ojos, para que al fin comprendiese que Juanita no le quería sino por interés, y que él no debía casarse con ella por ser indigna de su cariño.

El desengaño sería cruel para don Paco; pero don Andrés se disculpaba la crueldad recordando aquello de «quien bien te quiere te hará llorar» y lo otro de «la letra con sangre entra».

Al prestar estos dos servicios no se le ocultaba a don Andrés lo mucho que él se exponía. Se exponía, por una parte, a que doña Inés llegase a saber que él quería seducir o había seducido a Juanita, lo cual enfurecería a doña Inés por dos razones: porque contrariaba sus planes místicos de que Juanita fuese monja y porque deslucía o manchaba el amor, sin duda platónico, con que el propio don Andrés la estaba, hacía más de siete años, complaciendo, tal vez poetizándole la vida y consolándola de tener un marido tan perdulario. Y se exponía, además, a que don Paco no quisiese aguantar la lección, prescindiese de todos los favores que le debía y le buscase camorra.

Don Andrés no se arredraba ante la previsión de un duelo. Manejaba bien la espada y la pistola, y don Paco no sabía de esgrima y jamás había tomado una pistola en la mano; pero bien podía don Paco, como lugareño que era y nada acostumbrado a perfiles y a ceremonias, perder un día la cabeza y rompérsela a él, porque tenía la mano pesada y manejaba bien el garrote, de lo cual, aunque pacífico, había dado ya diversas pruebas, además de la que salió tan cara a Antoñuelo.

La primera vez huyó don Paco porque se juzgaba desdeñado de Juanita y razonablemente no podía darse por ofendido ni de que ella favoreciese a otro, ni tampoco del amante favorecido.

El caso era muy diferente; don Andrés, aunque no lo sabía, sospechaba que Juanita y don Paco se verían o se habrían visto y estarían de acuerdo. Cualquier favor, por consiguiente, que a él hiciera Juanita sería una infidelidad de esta, y para don Paco un agravio, que probablemente no se resignaría a sufrir y del que resolvería tomar venganza.

A pesar de tales inconvenientes, don Andrés no se arredraba. Se sentía picado de que a él, omnipotente en Villalegre, se le desdeñase de aquel modo. El mismo desdén estimulaba más su deseo. Hasta por amor propio quería a toda costa triunfar de Juanita. Ardua era la empresa, pero él no se la figuraba tan ardua. Juanita había coqueteado con él y le había provocado. Era cierto que, cuando la besó en la antesala, ella le rechazó con furia; pero ¿no fue, acaso, furia fingida porque entró don Paco y le vio entrar ella? Don Andrés dio por seguro que fue furia fingida.

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  2. 02parte, don Andrés temblaba al pensar en el furor de doña Inés cuando

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