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Geschichte

Recuerdos de provincia

BooksWhale-Ausgabe auf Spanisch von Domingo Faustino Sarmiento

Una obra autobiográfica e histórica clave sobre familia, provincia, política y nación argentina.

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Recuerdos de provincia

Recuerdos de provincia combina memoria personal, genealogía, historia regional y reflexión política. Esta edición española original de Sarmiento es esencial para lectores de literatura hispanoamericana, historia argentina, autobiografía, educación y formación nacional.

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Domingo Faustino Sarmiento murió en 1888 y Recuerdos de provincia se publicó en 1850; estas fechas respaldan el dominio público de esta edición española original.

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Recuerdos de provincia

Domingo Faustino Sarmiento

Recuerdos de provincia

Recuerdos de provincia (1850) de Domingo Faustino Sarmiento Nota: Se respeta la ortografía original de la época Recuerdos de provincia Recuerdos de provincia 1850 Autor:Domingo Faustino Sarmiento Santiago de Chile C Recuerdos de provincia Se respeta la ortografía original de la época

RECUERDOS

PROVINCIA,

POR EL AUTOR

CIVILIZACION I BARBARIE,

VIAJES POR EUROPA, AFRICA I AMERICA

I EDUCACION POPULAR.

It is a tale, told by a fool with sound and fury, signifying nothing! ( Shakespeare , Hamlet .)

De dire moins de soy qu'il n'y en a c'est sottise non modestie; se payer de moins qu'on ne vault, c'est lnscheté et pasillanimité seton Aristote. ( Montaigne , Essaix .)

Santiago,

IMPRENTA DE JULIO BELIN I COMPAÑIA.

DE LAS PRINCIPALES MATERIAS

Recuerdos de provincia de Domingo Faustino Sarmiento A mis compatriotas solamente A mis compatriotas solamente A mis compatriotas solamente Domingo Faustino Sarmiento A mis compatriotas solamente Es éste un cuento que, con aspavientos y gritos, refiere un loco, y que no significa nada.

SHAKESPEARE,

Hamlet Decir de sí menos de lo que hay, es necedad y no modestia; tenerse en menos de lo que uno vale, es cobardía y pusilanimidad, según Aristóteles.

MONTAIGNE,

Essais La palabra impresa tiene sus límites de publicidad como la palabra de viva voz. Las páginas que siguen son puramente confidenciales, dirigidas a un centenar de personas, y dictadas por motivos que me son propios. En una carta escrita a un amigo de infancia en 1832, tuve la indiscreción de llamar bandido a Facundo Quiroga. Hoy están todos los argentinos, la América y la Europa, de acuerdo conmigo sobre este punto. Entonces mi carta fue entregada a un mal sacerdote, que era presidente de una sala de Representantes. Mi carta fue leída en plena sesión, pidióse un ejemplar castigo contra mí, y tuvieron la villanía de ponerla en manos del ofendido, quien, más villano todavía que sus aduladores, insultó a mi madre, llamóla con torpes apodos, y le prometió matarme dondequiera y en cualquier tiempo que me encontrase.

Este suceso, que me ponía en la imposibilidad de volver a mi patria, por siempre , si Dios no dispusiese las cosas humanas de otro modo que lo que los hombres lo desean, este suceso, decía, vuelve a reproducirse dieciséis años más tarde con consecuencias al parecer más alarmantes. En mayo de 1848 escribí también una carta a un antiguo bienhechor, en la cual también tuve la indiscreción, de que me honro, de haber caracterizado y juzgado el gobierno de Rosas según los dictados de mi conciencia; y esta carta, como la de 1832, fue entregada al hombre mismo sobre quien recaía este juicio.

Lo que se ha seguido a aquel paso, sábenlo hoy todos los argentinos. El gobernador de Buenos Aires publicó aquella carta, entabló un reclamo contra mí cerca del gobierno de Chile, acompañó la nota diplomática y la carta con una circular a los gobernadores confederados; "el gobierno de Chile respondió a la solicitud, replicó Rosas, se repitieron las circulares, vinieron las contestaciones de los gobernadores del interior, continuó el sistema de dar publicidad a todas aquellas miserias que deshonran, más que a un gobierno, a la especie humana"; y parece que continuará la farsa, sin que a nadie le sea posible prever el desenlace. La prensa de todos los países vecinos ha reproducido las publicaciones del gobierno de Buenos Aires, y en aquellas treinta y más notas oficiales que se han cruzado, el nombre de D. F. Sarmiento ha ido acompañado siempre de los epítetos de infame , inmundo , vil , salvaje , con variantes a este caudal de ultrajes que parecen el fondo nacional, de otros que la sagacidad de los gobernadores de provincia ha sabido encontrar, tales como: traidor , loco , envilecido , protervo , empecinado , y otros más.

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En 1841 se batían como hoy los partidos chilenos en víspera de las elecciones; como hoy y con más razón, se presentaba al gobierno como un tirano, como el único obstáculo para el progreso del país. Yo salía de aquel infierno de la República Argentina; frescas estaban aún las amorataduras que el despotismo me había hecho al echarme garra. Con mi educación libre, con mis treinta años llenos de virilidad, las ideas liberales debían ser un hechizo, cualquiera que fuere el que las pronunciara. El partido pipiolo me envió una comisión para inducirme a que tomase en la prensa la defensa de sus intereses, y, para asegurar el éxito, el general Las Heras fue también intermediario. Pedí ocho días para responder, y en esos ocho días medité mucho, estudié a ojo de pájaro los partidos de Chile y saqué en limpio una verdad que confirmaron las elecciones de 1841, saber: que el antiguo partido pipiolo no tenía elementos de triunfo, que era una tradición y no un hecho que entre su pasada existencia y el momento presente, mediaba una generación para representar los nuevos intereses del país. Pasados los ocho días reuní a varios argentinos cuya opinión respetaba, entre ellos a Oro, y haciéndoles larga exposición de mi manera de mirar la cuestión, les pedía su parecer. En cuanto a mi carácter de argentino había otras consideraciones de más peso que tener presente. Estábamos acusados por el tirano de nuestra patria de perturbadores sediciosos y anarquistas, y en Chile podían tomarnos por tales, viéndonos en oposición, siempre a los gobiernos. Necesitábamos, por el contrario, probar a la América que no era utopía lo que nos hacía sufrir la persecución y que, dada la imperfección de los gobiernos americanos, estábamos dispuestos a aceptarlos como hechos, con ánimo decidido, yo al menos de inyectarles ideas de progreso. últimamente que, estando para decidirse por las elecciones el rumbo que tomaría la política en Chile, sería fatal para nuestra causa habernos concitado la animadversión del partido que gobernaba en aquel momento, si triunfaba, como era mi convicción íntima que debía suceder. Oro, que había sido encarcelado y perseguido por ese gobierno, fue el primero en tomar la palabra y aprobar mi resolución, y así apoyado en el asentimiento de mis compatriotas, me negué, a la solicitud de los liberales chilenos.

Entonces podía acercarme a los amigos del gobierno a quienes estaba encargado de introducirme aquel don Rafael Minvielle, que acertó a encontrarme en un cuarto desmantelado, debajo del Portal, con una silla y dos cajones vacíos que ni servían de cama. Fui, pues introducido a la presencia de don Manuel Montt, ministro entonces, y jefe del partido que de pelucón había pasado, rejuveneciéndose en su persona e ideas, a llamarse moderado. Es don del talento y del buen tino político arrojar una palabra como al acaso, y herir con ella la dificultad. "Las ideas, señor, no tienen patria", me dijo el ministro al introducir la conversación, y todo desde aquel momento quedaba allanado, entre nosotros, y echado al vínculo que debía unir mi existencia y mi porvenir al de este hombre. Estaba en 1841 curado ya, o afectaba estarlo, que es un tributo rendido a la verdad, de la fea mancha de las preocupaciones americanas, contra las cuales he combatido diez años; y de las que no se mostraban libres hasta 1843, Tocornal, García Reyes, Talavera, Lastarria, Vallejo y tantos jóvenes chilenos que, en El Semanario , estampaban este concepto exclusivo: " Todos los redactores somos chilenos, y lo repetimos, no nos mueven otros alicientes que el crédito y la prosperidad de la patria". Ellos dirán hoy si todos ellos han hecho en la prensa más por la prosperidad de esta patria, que el solo extranjero a quien se imaginaban excluir del derecho de emitir sus ideas, sin otro aliciente tampoco que el amor del bien.

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En la tarde del 25 de septiembre yo y tres amigos más asomábamos sucesivamente las cabezas sobre la arista principal de la cordillera de los Andes. El penoso ascenso de un día a pie, hundiéndonos en la nieve reblandecida por los débiles rayos del sol, nos traía fatigados, y reclamaban nuestros miembros un momento de reposo en aquel páramo batido por la brisa glacial que ha desenvuelto el deshielo del día. La vista descubre hacia el oriente cadenas de montañas, que achican y orlan el horizonte, valles blancos como cintas que fueran serpenteando por entre peñascos negros que brillan al reflejarse el sol; y abajo, al pie de la eminencia, como una cabeza de alfiler, la casucha de ladrillo que ofrece amparo y abrigo al viajero. ¡Salud, República Argentina!, exclamábamos cada uno, saludándola en el horizonte y tendiendo hacia ella nuestros brazos.

En aquel piélago blanco y estrecho que se extiende abajo, divisó uno de nosotros bultos de caminantes, y este encuentro de seres humanos, que tan bien venido es siempre en aquellas soledades, nos conturbó instintivamente a todos, y nos miramos unos a otros sin atrevemos a comunicar la idea siniestra que había atravesado nuestro espíritu. Descendimos hacia el lado argentino menos gozosos que antes, y apenas, y aun antes de llegar a la casucha, la palabra derrota hizo de dolor zumbar largo rato mis oídos. Los restos del ejército de La Madrid venían a poco marchando a pie, a asilarse en Chile.

Era preciso obrar. Despaché en el acto un propio a los Andes para que subieran mulas a la cordillera; y después de hablar con los primeros prófugos, volvimos a remontar aquella montaña que creí haber dejado atrás para siempre. Llegamos a los Andes, establecí mi oficina en casa de un amigo, desde la una de la tarde, fui un poder público para favorecer a los infelices argentinos que quedaban comprometidos en la cordillera. Un anciano, vecino de los Andes, respetable por sus cualidades morales, mi amigo íntimo desde la edad en que yo tenía veinte años y él sesenta, don Pedro Bari, era mi secretario general. He aquí los actos de aquel gobierno de doce horas de trabajo: buscar, contratar y despachar a la cordillera esa misma tarde doce peones de cordillera para auxiliar a los que se fatigasen; comprar, reunir y despachar seis cargas de cueros de carnero para forro de pies y piernas, sogas, charqui, ají, carbón, algunas velas, tabaco, yerba, azúcar, etc., etc.; despachar un propio a San Felipe avisando al intendente la catástrofe ocurrida, y pidiendo protección para los necesitados; hablar a varios vecinos con el objeto de mover su filantropía; un expreso a la comisión argentina para ponerla en movimiento; carta al ministro Montt, reclamando la asistencia del gobierno, pidiendo médicos y otros auxilios; carta a los Viales y al señor Gana para que excitasen la caridad pública; al director del teatro para que se diese una función a beneficio de los que sufrían; un artículo a El Mercurio de Valparaíso para alarmar a la nación entera y despertar la piedad. Cuando todo estuvo hecho, las cargas en marcha, los correos despachados y agotada la bolsa hasta el último maravedí, yo resigné el puesto buscando el reposo que reclamaban el pasar y repasar la cordillera como por apuesta, descender corriendo desde los Ojos de Agua hasta los Andes para sentarme a escribir largo y tendido. Contestáronme dos días después el señor Gana y el general Las Heras, en términos que recuerdo para su honra.

Cuando llegué más tarde a Santiago, tuve que responder en la prensa al cargo de haberme quejado de la dureza de muchos, al mismo tiempo que hacía el elogio de cuantos lo habían merecido; y después, al haber malversado aquellos escasísimos fondos destinados para acudir a tantas necesidades. El hombre que me hacía este cargo no era mi compatriota, no había contribuido a aquella suma, no sabía qué uso había yo hecho de ella, y sólo por la más exquisita mala intención me inventaba aquella calumnia para dañarme. El general Las Heras contestó vindicándome, y yo quedé largo tiempo espantado de aquel acto gratuito, espontáneo, de depravación, y helado como si me hubiesen echado un jarro de agua fría.

Inhaltsverzeichnis

In dieser Ausgabe

  1. 01Part 1
  2. 02Part 2
  3. 03Part 3
  4. 04Part 4
  5. 05Part 5
  6. 06Part 6
  7. 07Part 7
  8. 08Part 8
  9. 09Part 9
  10. 10Part 10
  11. 11Part 11
  12. 12Part 12
  13. 13Part 13
  14. 14Part 14
  15. 15Part 15
  16. 16Part 16
  17. 17Part 17
  18. 18Part 18
  19. 19Part 19
  20. 20Part 20
  21. 21Part 21
  22. 22Part 22
  23. 23Part 23
  24. 24Part 24
  25. 25Part 25
  26. 26Part 26
  27. 27Part 27
  28. 28Part 28

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