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Letteratura
El clavo
Edizione BooksWhale in spagnolo di Pedro Antonio de Alarcón
Clásico de Pedro Antonio de Alarcón: El clavo, una obra de misterio publicada por primera vez en 1853.
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El clavo
Lee El clavo de Pedro Antonio de Alarcón, un clásico en español de misterio, tradición literaria y memoria cultural.
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Pedro Antonio de Alarcón murió antes de 1926 y El clavo se publicó antes de 1931; estos datos respaldan una comprobación conservadora del dominio público de la edición original.
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El clavo
Pedro Antonio de Alarcón
PRÓLOGO
* * * * *
Felipe encendió un cigarro y habló de esta manera:
FIN DEL PRÓLOGO
Capitolo in anteprimaIAnteprima
El número 1.
Lo que más ardientemente desea todo el que pone el pie en el estribo de una diligencia para emprender un largo viaje es que los compañeros de _departamento_ que le toquen en suerte sean de amena conversación y tengan sus mismos gustos, sus mismos vicios, pocas impertinencias, buena educación y una franqueza que no raye en familiaridad.
Porque, como ya han dicho y demostrado Larra, Koch, Soulié y otros escritores de costumbres, es asunto muy serio esa improvisada e íntima reunión de dos o más personas, que nunca se han visto ni quizá han de volver a verse sobre la tierra, y destinadas, sin embargo, por un capricho del azar, a codearse dos o tres días, a almorzar, comer y cenar juntos, a dormir una encima de otra, a manifestarse, en fin, recíprocamente, con ese abandono y confianza que no concedemos ni aun a nuestros mayores amigos, esto es, con los hábitos y flaquezas de casa y de familia.
Al abrir la portezuela acuden tumultuosos temores a la imaginación. Una vieja con asma, un fumador de mal tabaco, una fea que no tolere el humo del bueno, una nodriza que se maree de ir en carruaje, angelitos que lloren y demás, un hombre grave que ronque, una venerable matrona que ocupe asiento y medio, un inglés que no hable el español (supongo que vosotros no habláis el inglés), tales son, entre otros, los tipos que teméis encontrar.
Alguna vez acariciáis la dulce esperanza de hallaros con una hermosa compañera de viaje; por ejemplo, con una viudita de veinte a treinta años (y aun de treinta y seis), con quien sobrellevar a medias las molestias del camino; pero no bien os ha sonreído esta idea cuando os apresuráis a desecharla melancólicamente, considerando que tal ventura sería demasiada para un simple mortal en este valle de lágrimas y despropósitos.
Con tan amargos recelos ponía yo el pie en el estribo de la diligencia de Granada a Málaga, a las once menos cinco minutos de una noche de otoño de 1844, noche oscura y tempestuosa, por más señas.
Al penetrar en el coche, con el billete número 2 en el bolsillo, mi primer pensamiento fue saludar a aquel incógnito número 1, que me traía inquieto antes de serme conocido.
Es de advertir que el tercer asiento de la berlina no estaba tomado, según confesión del mayoral en jefe.
--¡Buenas noches! --dije, no bien me senté, enfilando la voz hacia el rincón en que suponía a mi compañero de jaula.
Un silencio tan profundo como la oscuridad reinante siguió a mis buenas noches.
--¡Diantre! --pensé--: ¿si será sordo... o sorda mi epiceno cofrade?
Y alzando más la voz, repetí:
--¡Buenas noches!
Igual silencio siguió a mi segunda salutación.
--¿Si será mudo? --me dije entonces.
A todo esto, la diligencia había echado a andar, digo, a correr, arrastrada por diez briosos caballos.
Mi perplejidad subía de punto.
¿Con quién iba? ¿Con un varón? ¿Con una hembra? ¿Con una vieja? ¿Con una joven? -- ¿Quién, quién era aquel silencioso _número 1_?
Y fuera quien fuese, ¿por qué callaba? ¿Por qué no respondía a mi saludo? ¿Estaría ebrio? ¿Se habría dormido? ¿Se habría muerto? ¿Sería un ladrón?
Era cosa de encender luz. Pero yo no fumaba entonces, y no tenía fósforos...
¿Qué hacer?
Por aquí iba en mis reflexiones, cuando se me ocurrió apelar al sentido del tacto, pues que tan ineficaces eran el de la vista y el del oído.
Con más tiento, pues, que emplea un pobre diablo para robarnos el pañuelo en la Puerta del Sol, extendí la mano derecha hacia aquel ángulo del coche.
Capitolo in anteprimaIIAnteprima
Escaramuzas.
Luego que hube dado la mano a la desconocida, para ayudarla a subir, y que ella tomó asiento a mi lado, murmurando un _Gracias... Buenas noches..._ que me llegó al corazón, ocurrióseme esta idea tristísima y desgarradora:
--¡De aquí a Málaga solo hay diez y ocho leguas! ¡Que no fuéramos a la península de Kamchatka!
Entre tanto se cerró la portezuela y quedamos a oscuras.
Esto significaba ¡_no verla_!
Yo pedía relámpagos al cielo, como el Alfonso Munio de la señora Avellaneda cuando dice:
¡Horrible tempestad, mándame un rayo!
Pero ¡oh dolor! la tormenta se retiraba ya hacia el mediodía...
Y no era lo peor _no verla_, sino que el aire severo y triste de la gentil señora me había impuesto de tal modo, que no me atrevía a cosa ninguna.
Sin embargo, pasados algunos minutos le hice aquellas primeras preguntas y observaciones _de cajón_ que establecen poco a poco cierta intimidad entre los viajeros:
--¿Va usted bien?
--¿Se dirige usted a Málaga?
--¿Le ha gustado a usted la Alhambra?
--¿Viene usted de Granada?
--¡Está la noche húmeda!
A lo que respondió ella:
--Gracias.
--Sí.
--No, señor.
--¡Oh!
--¡Pchis!
Seguramente, mi compañera de viaje tenía poca gana de conversación.
Dediqueme, pues, a coordinar mejores preguntas, y viendo que no se me ocurrían, me puse a reflexionar.
¿Por qué había subido aquella mujer en el primer relevo de tiro y no desde Granada?
¿Por qué iba sola?
¿Era casada?
¿Era viuda?
¿Era...?
¿Y su tristeza? ¿_Quare causa_?
Sin ser indiscreto no podía hallar la solución de estas cuestiones, y la viajera me gustaba demasiado para que yo corriese el riesgo de parecerle un hombre vulgar dirigiéndole necias preguntas.
¡Cómo deseaba que amaneciera!
De día se habla con justificada libertad... mientras que la conversación a oscuras tiene algo de tacto, va derecha al bulto, es un abuso de confianza.
La desconocida no durmió en toda la noche, según deduje de su respiración y de los suspiros que lanzaba de vez en cuando...
Creo inútil decir que yo tampoco pude coger el sueño.
--¿Está usted indispuesta? --le pregunté una de las veces que se quejó.
--No, señor; gracias. Ruego a usted que se duerma descuidado... --respondió con seria afabilidad.
--¡Dormirme! --exclamé.
Luego añadí:
--Creí que padecía usted.
--¡Oh! no..., no padezco --murmuró blandamente, pero con un acento en que llegué a percibir cierta amargura.
El resto de la noche no dio de sí más que breves diálogos como el anterior.
Amaneció al fin...
¡Qué hermosa era!
Pero ¡qué sello de dolor sobre su frente! ¡Qué lúgubre oscuridad en sus bellos ojos! ¡Qué trágica expresión en todo su semblante! Algo muy triste había en el fondo de su alma.
Y, sin embargo, no era una de aquellas mujeres excepcionales, extravagantes, de corte romántico, que viven fuera del mundo devorando algún pesar o representando alguna tragedia...
Era una mujer a la moda, una elegante mujer, de porte distinguido, cuya menor palabra dejaba traslucir una de esas reinas de la conversación y del buen gusto que tienen por trono una butaca de su gabinete, una carretela en el Prado o un palco en la Ópera; pero que callan fuera de su elemento, o sea fuera del círculo de sus iguales.
Con la llegada del día se alegró algo la encantadora viajera, y ya consistiese en que mi circunspección de toda la noche y la gravedad de mi fisonomía le inspirasen buena idea de mi persona, ya en que quisiera recompensar al hombre a quien no había dejado dormir, fue el caso que inició a su vez las cuestiones de ordenanza:
--¿Dónde va usted?
--¡Va a hacer buen día!
Indice
In questa edizione
- 01Full text
- 02I
- 03II
- 04III
- 05IV
- 06V
- 07I
- 08II
- 09III
- 10VI
- 11VII
- 12VIII
- 13IX
- 14X
- 15XI
- 16XII
- 17XIII
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- 19XV
- 20XVI
- 21XVII
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