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Letteratura
José
Edizione BooksWhale in spagnolo di Armando Palacio Valdés
vida social, afectos, conflicto, costumbres y realismo español.
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Introduzione al libro
José
José, de Armando Palacio Valdés, es un clásico de dominio público centrado en vida social, afectos, conflicto, costumbres y realismo español. Esta edición en español destaca su contexto, sus temas, su estilo y su valor literario o histórico.
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Armando Palacio Valdés murió en 1938, y José se publicó por primera vez en 1885. Estas fechas sustentan la base de dominio público de esta edición original española.
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José
Si algún día venís a la provincia de Asturias, no os vayáis sin echar una ojeada a Rodillero. Es el pueblo más singular y extraño de ella, ya que no el más hermoso. Y todavía en punto a belleza considero que se las puede haber con cualquier otro, aunque no sea ésta la opinión general. La mayoría de las personas, cuando hablan de Rodillero, sonríen con lástima, lo mismo que cuando se mienta en la conversación a un cojo o corcovado o a otro mortal señalado de modo ridículo por la mano de Dios. Es una injusticia. Confieso que Rodillero no es gentil, pero es sublime, lo cual importa más.
Figuraos que camináis por una alta meseta de la costa, pintoresca y amena como el resto del país: desparramados por ella vais encontrando blancos caseríos, medio ocultos entre el follaje de los árboles, y quintas, de cuyas huertas cuelgan en piños sobre el camino las manzanas amarillas sonrosadas: un arroyo cristalino serpea por el medio, esparciendo amenidad y frescura; delante tenéis la gran mancha azul del océano; detrás las cimas lejanas de algunas montañas que forman oscuro y abrupto cordón en torno de la campiña, que es dilatada y llana. Cerca ya de la mar, comenzáis a descender rápidamente, siguiendo el arroyo, hacia un barranco negro y adusto: en el fondo está Rodillero. Pero este barranco se halla cortado en forma de hoz, y ofrece no pocos tramos y revueltas antes de desembocar en el océano. Las casuchas que componen el pueblo están enclavadas por entrambos lados en la misma peña, pues las altas murallas que lo cierran no dan espacio más que para el arroyo y una estrecha calle que lo ciñe: calle y arroyo van haciendo eses, de suerte que algunas veces os encontraréis con la montaña por delante, escucharéis los rumores de la mar detrás de ella y no sabréis por dónde seguir para verla: el mismo arroyo os lo irá diciendo. Salváis aquel tramo, pasáis por delante de otro montón de casas colocadas las unas encima de las otras en forma de escalinata, y de nuevo dais con la peña cerrándoos el paso. Los ruidos del océano se tornan más fuertes, la calle se va ensanchando: aquí tropezáis con una lancha que están carenando, más allá con algunas redes tendidas en el suelo; percibiréis el olor nauseabundo de los residuos podridos del pescado; el arroyo corre más sucio y sosegado, y flotan sobre él algunos botes: por fin, al revolver de una peña os halláis frente al mar. El mar penetra, al subir, por la oscura garganta engrosando el arroyo. La playa que deja descubierta al bajar no es de arena, sino de guijo. No hay muelle ni artefacto alguno para abrigar las embarcaciones: los marineros cuando tornan de la pesca se ven precisados a subir sus lanchas a la rastra hasta ponerlas a seguro.
Rodillero es un pueblo de pescadores. Las casas, por lo común, son pequeñas y pobres y no tienen vistas más que por delante; por detrás se las quita la peña a donde están adosadas. Hay algunas menos malas, que pertenecen a las pocas personas de lustre que habitan en el lugar, enriquecidas la mayor parte en el comercio del escabeche; suelen tener detrás un huerto labrado sobre la misma montaña, cuyo ingreso está en el piso segundo. Hay, además, tres o cuatro caserones solariegos, deshabitados, medio derruidos; se conoce que los hidalgos que los habitaban han huido hace tiempo de la sombría y monótona existencia de aquel pueblo singular. Cuando lo hayáis visitado, les daréis la razón. Vivir en el fondo de aquel barranco oscuro donde los ruidos de la mar y del viento zumban como en un caracol, debe de ser bien triste.
Capitolo in anteprimaIIIAnteprima
--Buena marea hoy ¿eh José?
--A última hora. Bien pensé no traer veinte libras a casa.
--¿Cuántas pesó el pescado?
--No lo sé... allá la señá Isabel.
Ésta, que debía de saberlo perfectamente, levantó, sin embargo, la vista hacia Elisa, y preguntó:
--¿Cuántas, Elisa?
--Mil ciento cuarenta.
--Pues estando a real y medio, tú debes de levantar hoy muy cerca de veinte duros--dijo el primer interlocutor, que era el juez de paz de Rodillero en persona.
Elisa, al oír estas palabras, se encendió de rubor otra vez. José bajó la cabeza algo confuso y dijo entre dientes:
--No tanto, no tanto.
La señá Isabel siguió impasible cosiendo.
--¿Cómo no tanto?--saltó D. Claudio recalcando fuertemente las sílabas, según tenía por costumbre.--Me parece que aun se ha quedado corto el señor juez. Nada más fácil que justipreciar exactamente lo que te corresponde; es una operación sencillísima de aritmética elemental. Espera un poco--añadió dirigiéndose a un estante y sacando papel y pluma de ave.
La señá Isabel le clavó una mirada fría y aguda que le hubiera anonadado a no encontrarse en aquel instante de espaldas. Sacó del bolsillo un tintero de asta y lo destornilló con trabajo.
--Vamos a ver. Problema. Mil ciento cuarenta libras de bonito a real y medio la libra, ¿cuántos reales serán? Debemos multiplicar mil ciento cuarenta por uno y medio. Es la multiplicación de un entero por un mixto. Necesitamos reducir el mixto a quebrado... uno por dos es dos. Tenemos dos medios más un medio. Tienen el denominador común: sumemos los numeradores. Dos y uno tres; tres medios. Multipliquemos ahora el entero por el quebrado: tres por cero es cero; tres por cuatro doce, llevo uno...
--¿Quieres dejarnos en paz, querido?--interrumpió la señá Isabel, conteniendo a duras penas la cólera.--Estamos cansados de que lleves y traigas tantos quebrados y tantos mixtos para nada.
--Mujer... ¿quieres que yo cuente por los dedos?... La ciencia...
--¡Bah, bah, bah!... aquí no estás en la escuela: hazme el favor de callar.
D. Claudio hizo una mueca de resignación, volvió a atornillar el tintero, lo sepultó en el fondo de la levita y se puso de nuevo a partir jabón.
Después de una pausa, el juez municipal mitigó el desaire de D. Claudio haciendo una apología acabada de la aritmética; para él no había mas ciencias que las exactas. Pero D. Claudio, aunque agradecido al socorro, se mostró contrario a las afirmaciones de la autoridad, y se entabló disputa acerca del orden y dignidad de las ciencias.
El juez municipal de Rodillero era un capitán de Infantería, retirado hacía ya bastantes años: vivía o vegetaba en su pueblo natal con los escasos emolumentos que el Gobierno le pagaba tarde y de mal modo: una hermana, más vieja que él, cuidaba de su casa y hacienda: era hombre taciturno, caviloso y en grado sumo susceptible; gozaba fama de pundonoroso y justificado: se le achacaban como defectos la sobrada rigidez de carácter y el apego invencible a las propias opiniones.
A su lado estaba un caballero anciano, de nobles y correctas facciones, con grandes bigotes blancos y perilla prolongada hasta el medio del pecho; el cabello largo también y desgreñado, los ojos negros y ardientes, la mirada altiva y la sonrisa desdeñosa: su figura exigua y torcida no era digno pedestal para aquella hermosa cabeza; además, la levita sucia y raída que gastaba, los pantalones de paño burdo y los zapatos claveteados de labrador, contribuían mucho a menoscabar su prestigio. Llamábase D. Fernando de Meira, y pertenecía a una antigua y noble familia de Rodillero, totalmente arruinada hacía ya muchos años. Los hijos de esta familia se habían desparramado por el mundo en busca del necesario sustento: el único que permanecía pegado al viejo caserón solariego como una ostra era D. Fernando, al cual su carrera de abogado no le había servido jamás para ganarse la vida, o por falta de aptitudes para ejercerla, o por el profundo desprecio que al noble vástago de la casa de Meira le inspiraba toda ocupación que no fuese la caza o la pesca. Vivía en una de las habitaciones menos derruidas de su casa, la cual se estaba viniendo abajo por diferentes sitios no hacía ya poco tiempo: servíanle de compañeros en ella los ratones que escaramuzaban y batallaban libremente por todo su ámbito, las tímidas lagartijas que anidaban en las grietas de las paredes, y una muchedumbre de murciélagos que volteaba por las noches con medroso rumor. Nadie le conocía renta o propiedad de donde se sustentase, y pasaba como artículo de fe en el pueblo que el anciano caballero veía el hambre de cerca en bastantes ocasiones.
Capitolo in anteprimaVIIAnteprima
El daño causado en Rodillero por aquella gran «vaga de mar» (así llaman los pescadores a la mar alta), fue harto considerable: cuatro o cinco lanchas desbaratadas, y mucha parte de las otras con avería. Los vizcaínos, a quienes se suponía causantes de él, y lo eran en realidad, aunque de un modo inocente, andaban confusos y avergonzados; en cuanto la mar se aplacó, a los dos días del suceso, izaron vela para su tierra, dejando el puerto más despejado y el lugar tranquilo.
La lancha de José había sido la única arrastrada por el agua, lo cual llamó un poco la atención, porque las amarras de tierra no estaban rotas, sino que habían marchado enteras con el barco; esto no era fácil de explicar, suponiendo, como es lógico, que estuviesen anudadas. Cuando en la baja mar sacó José del agua el ancla de cuatro lengüetas que usan las lanchas, fue grande su sorpresa al ver que el cable no estaba roto por la fuerza de un tirón, sino por medio de cuchillo o navaja. En vano trató de explicarse de un modo natural aquel extraordinario fenómeno; todo el trabajo de su cerebro era inútil ante la realidad que tenía delante. Al fin, y bien a su pesar, brotó en su alma la sospecha de que allí había andado una mano alevosa. Pero esto le causaba aún mayor sorpresa. ¿De quién podía ser aquella mano? Solamente de un enemigo, y él no tenía ninguno; en el pueblo no había, a su entender, persona capaz de tal villanía. Y para no calumniar mentalmente a nadie, obrando con su acostumbrada lealtad, determinó no pensar más en ello, ni dar noticia del terrible descubrimiento. Guardolo, pues, en el fondo de su espíritu, haciendo lo posible por olvidarlo enteramente. La pérdida de la lancha no abatió su ánimo, ni mucho menos; pero las consecuencias que consigo trajo le llenaron de amargura.
La señá Isabel mostró tomar parte muy principal en su pesadumbre; se deshizo en quejas y lamentos; rompió en apóstrofes violentísimos contra los vizcaínos. En todas sus palabras dejaba, sin embargo, traslucir que consideraba muy grave el contratiempo.
--¿No es una vergüenza que esos zánganos forasteros sean los causantes de la ruina de los vecinos de Rodillero?...
Y dirigiéndose a José:
--No te apures, querido, no te apures por quedar arruinado... No te faltará Dios, como no te ha faltado hasta ahora... Trabaja con fe, que mientras uno es joven, siempre hay esperanza de mejorar de fortuna.
Estas palabras de consuelo, dejaban profundamente desconsolado a nuestro marinero, pues le advertían bien claramente de que no había que hablar de matrimonio por entonces. Y, en efecto, dejó correr los días sin soltar palabra alguna referente a él, ni delante de la maestra ni a solas con su novia. Pero la tristeza que se reflejaba en el rostro, acusaba perfectamente el pesar que embargaba su alma: hacía esfuerzos por aparecer sereno y risueño en la tienda del maestro, y procuraba intervenir alegremente en la conversación; mas a lo mejor quedaba serio sin poderlo remediar, y se pasaba la mano por la frente con abatimiento. Algo semejante le acontecía a Elisa: también comprendía que era inútil hablar de boda a su madre, y trataba de ocultar su desazón sin conseguirlo. En las breves conversaciones que con José tenía, ni uno ni otro osaban decirse nada de aquel asunto; pero en lo inseguro de la voz, en las tristes y largas miradas que se dirigían y en el ligero temblar de sus manos al despedirse, manifestaban sin necesidad de explicarse más claramente que la misma idea los hacía a ambos desgraciados. Lo peor de todo era que no podían calcular ya cuándo se calmarían sus afanes, pues pensar en que José ahorrase de nuevo para comprar otra lancha, valía tanto como dilatar su unión algunos años.
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