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Letteratura
La Pródiga
Edizione BooksWhale in spagnolo di Pedro Antonio de Alarcón
Un drama de amor y reputación examina el precio social que una mujer paga por desafiar las convenciones.
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Introduzione al libro
La Pródiga
Alarcón construye un conflicto sentimental en torno a Julia, una mujer independiente cuya vida pasada pesa sobre sus posibilidades de amar y ser aceptada. La novela contrapone deseo, reputación y normas sociales en una de las últimas obras narrativas del autor.
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Publicada en 1882. Pedro Antonio de Alarcón murió en 1891; el original español es de dominio público conforme a los plazos de los principales mercados considerados. Mantener fuera prólogos o anotaciones modernos protegidos.
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Capitolo in anteprimaFull textLeggi anteprima
La Pródiga
dedicatoria se leyese en edades futuras, sería por contribuir á la duración de tu justa fama!...
Pero veo que te ponen colorado mis elogios...Dejémonos ya de lo que, en suma, es vano y contingente, como todo lo tocante á grandezas humanas, y recibe al contado, ó por de pronto, un abrazo de fraternal cariño de tu paisano, amigo y compadre,
Pedro.
Madrid, 10 de Febrero de 1882.
Libro I. Campaña electoral
Capitolo in anteprimaI. Política recreativaAnteprima
Hace ya de esto quince ó veinte años.—Preparábase en nuestra siempre revuelta España una elección general de Diputados á Cortes. La batalla debía reñirse aquella vez por circunscripciones , y los tres candidatos de embozada oposición que aspiraban á representar la parte Nordeste de cierta provincia andaluza, donde eran mucho menos conocidos que en Madrid, bien que en ella tuviesen tal ó cual deudo y alguna finca, andaban recorriendo, juntos y á caballo, villas, aldeas y cortijos, en busca de votos contrarios al Ministerio;—oficio divertidísimo si los hay, cuando uno es todavía joven y poco ambicioso, aficionado á montar, indiferente á los peligros ó dado á correrlos, más devoto de la Naturaleza que de la política, y más amante de las buenas mozas, del rico vino y de las fatigas corporales que de todas las formas de gobierno habidas y por haber.
Tal acontecía en aquel entonces á los candidatos referidos, y muy especialmente al que entre ellos hacía cabeza, del cual hablaremos luego más despacio. Llevaban, pues, muchos días de asordar agrestes soledades con sus risas y bromas, reservando la formalidad para cuando entraban en poblado; de escalar y salvar montes y breñas, á todo el correr de sus alquilados corceles, en demanda de ocultos y desprevenidos lugarejos; de entrar en éstos como asoladora tromba, interrumpiendo la fastidiosa paz de la rutina y la pobreza; de comerse la matanza de alcaldes, estanqueros y otras personas de viso (que no la prueban nunca, sino que la guardan para tales casos de honra), y de dejarlos en cambio llenos de perturbadoras especies madrileñas, que cada labriego traducía al tenor de sus pasiones y apetitos, con detrimento y mengua de antiguos respetos sociales...
Dicho se está que no iban solos aquellos tres futuros ministros , así reputados, cuando menos, por sus partidarios, como todo candidato primerizo á la diputación... Poderosos ó bullidores hijos del país, muy más interesados que ellos en la contienda, aunque nada se les alcanzase de ideas políticas ó no políticas, los acompañaban en rabicortas jacas con albardilla moruna, ó en paridoras yeguas con aparejo redondo, amén de la servidumbre propia y de Los espoliques voluntarios que, á pie y con escopetas, iban dando á la expedición carácter y colorido de verdadera algarada...—Renovábase casi todo este séquito en cada pueblo visitado: allí esperaban á los candidatos comisiones avanzadas del pueblo siguiente, y se despedía la que llamaremos escolta póstuma del pueblo anterior; de modo que el entusiasmo y los obsequios no decaían nunca, sino que antes bien, aquellos agasajos que los hospedadores sucesivos presenciaban en la residencia ajena, les servían de estímulo para echar la casa por la ventana en la residencia propia, habiéndose llegado ya más de una vez al extremo de poner á los viajeros unas camas con tantísimos colchones, que apenas les dejaban sitio, entre las almohadas y el techo, para santiguarse después de acostados.
Capitolo in anteprimaII. Una gran electoraAnteprima
En tal guisa, los tres jóvenes aspirantes á legisladores, á quienes, para entendernos de algún modo, llamaremos Enrique, Miguel y Guillermo, llegaron á cierto pueblecillo de donde nadie había salido á esperarlos, y en el cual, si bien fueron decorosamente recibidos y tratados... por el Ayuntamiento, en virtud de recomendaciones eficacísimas... del Gobernador (más adicto á ellos que al Gobierno de S. M.), tuvieron en cambio el disgusto de oir de boca del Alcalde, ó, mejor dicho, de boca del Secretario (única persona que, además del Cura, sabía allí leer y escribir, y aun pudiera añadirse que hablar y pensar), las siguientes desagradables razones:
—¡Mal pleito traen ustedes por aquí si no cuentan con la Señora Marquesa ! ¡Ni el Gobernador ni nadie conseguirá que estos electores voten ni hagan otra cosa que lo que ella diga! ¡Hasta los individuos del Ayuntamiento se mirarán mucho en disgustarla!... Procuren, pues, que Su Excelencia diga algo en favor de la candidatura de ustedes y yo me encargo de lo demás...
—¡No sabemos de qué Señora Marquesa nos habla usted!—respondió con mucho énfasis el llamado Enrique.—Según nuestros apuntes, este pueblo, que, efectivamente, fué de señorío en la antigüedad, y perteneció por completo al marquesado del mismo nombre, ha pasado, con la desvinculación, y con las locuras de los últimos Marqueses, á ser propiedad de los antiguos colonos, quienes han ido comprando poco á poco las desamortizadas tierras, sin que hoy exista, ni aun de nombre, aquel ilustre título, por no haber sacado el último heredero..., ó heredera, la indispensable carta de sucesión, previo los pagos correspondientes... ¡Ya ve usted que conocemos á palmos el distrito!
—Todo eso es verdad...—replicó el Secretario con mansedumbre;—pero no lo es menos que de aquella arruinada familia de Grandes de España de primera clase nos queda una señora, á quien todos aquí llaman la Marquesa , por ser la única hermana del último que llevó el título de Marqués..., el cual se pegó un tiro en Francia cuando perdió al juego cuanto poseía.
Los madrileños, que, aunque de buena familia y muy acomodados por su casa y por las carreras literarias ó científicas en que habían sabido ganar honra ó provecho, no pertenecían á la aristocracia de la sangre, ni frecuentaban los círculos nobiliarios de la villa y corte, se miraron con cierto empacho, como diciéndose que ninguna noticia tenían de aquellas catástrofes no citadas en sus apuntes; y, en tal perplejidad, el más joven de los tres, ó sea el llamado Guillermo, famoso ingeniero de caminos y no menos célebre abogado, cabeza y alma de la expedición, por tener también mucho de poeta y de artista, y ser el de carácter más vivo y enérgico, el más valiente, el más gastador y hasta el mejor mozo, arguyó en esta forma al Licurgo de aquel municipio:
—¡Pero bien! Si esa denominada Marquesa no es tal Marquesa, ni tiene aquí labradores ni fincas, ¿por qué la obedecen todos los electores como á señora de horca y cuchillo? ¿Por qué puede más que el propio Gobierno?
—Ahí verá usted... ¡Cosas del mundo!—respondió el Secretario, bajando la vista y dándole vueltas á su sombrero hongo.—Yo mismo me he hecho esa pregunta muchas veces... Porque les advierto que no participo de la adoración que todos tienen aquí á la tal señora... Antes al contrario, creo que sólo se le debe reprobación y desprecio por la mala vida que ha llevado toda su juventud...¡Yo no soy hijo de este país, ni tan bárbaro como sus habitantes, aunque mi oficio de Secretario del Ayuntamiento me obligue á contemporizar con innumerables sandeces!...
—¿De modo—preguntó Miguel—que la Marquesa no es ya joven?
—¡Lo es... y no lo es!... Tendrá de treinta y cinco á cuarenta años. Pero, si he de hablar en verdad, se conserva hermosísima!... ¡Pertenece á aquella clase de demonios vestidos de mujer que no envejecen nunca!
Indice
In questa edizione
- 01Full text
- 02I. Política recreativa
- 03II. Una gran electora
- 04III. El Cortijo del Abencerraje
- 05IV. La señora marquesa
- 06V. José
- 07VI. Resonancias de la vida
- 08VII. Una mujer que se conocía a sí misma
- 09VIII. Dos vencedores y un vencido
- 10IX. A la Excma. Sra. Doña Julia...
- 11I. Para verdades... Madrid
- 12II. Una sesión de Cortes
- 13III. Segunda carta de Guillermo á Julia
- 14IV. En el fondo del alma
- 15V. Metamorfosis
- 16VI. Pura
- 17VII. Idilio madrileño
- 18VIII. Un diplomático
- 19IX. Verdadera historia de Julia
- 20X. Perplejidad
- 21XI. Decisión
- 22XII. El don Lucas de siempre
- 23XIII. Otras dos lágrimas
- 24XIV. El horizonte sensible
- 25I. Lobos y perros
- 26II. PERROS Y LOBOS
- 27III. El juramento
- 28I. Auto de fe en la chimenea
- 29II. Nube de primavera
- 30III. Tormenta en verano
- 31IV. Celajes de otoño
- 32I. Los novios
- 33II. Los amorcillos de zinc
- 34III. Hablar por hablar
- 35IV. La vuelta de la boda
- 36VI. Modus vivendi
- 37VII. Cuentas atrasadas
- 38VIII. Sin música
- 39IX. Con música
- 40X. El indulto de «La Época»
- 41XI. Cartas y retratos
- 42XII. En el que José vuelve a llevar en brazos a Julia
- 43X. El perro y el lobo
- 44XIV. Epílogo
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