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Letteratura
La piedra angular
Edizione BooksWhale in spagnolo di Emilia Pardo Bazán
Pardo Bazán confronta la justicia, la pena de muerte y la conciencia moral en una novela que rehúye respuestas fáciles.
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Introduzione al libro
La piedra angular
La piedra angular convierte un debate público en un conflicto íntimo: médicos, juristas y ciudadanos deben enfrentarse a las consecuencias humanas del castigo legal. Con su atención al ambiente urbano y a las contradicciones de la modernidad, Pardo Bazán combina observación naturalista y pregunta ética en una de sus novelas más incisivas.
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The original work was first published in 1891; Emilia Pardo Bazán died in 1921. The source text is in the public domain under the applicable author-life-plus-term rules. This edition is the original-language text.
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La piedra angular
Emilia Pardo Bazán
Capitolo in anteprimaCapítulo IAnteprima
Rendido ya de lo mucho que se prolongara la consulta aquella tarde tan gris y melancólica del mes de marzo, el Doctor Moragas se echó atrás en el sillón; suspiró arqueando el pecho; se atusó el cabello blanco y rizoso, y tendió involuntariamente la mano hacia el último número de la Revue de Psychiatrie, intonso aún, puesto sobre la mesa al lado de cartas sin abrir y periódicos fajados. Mas antes de que deslizase la plegadera de marfil entre las hojas del primer pliego, abriose con estrépito la puerta frontera a la mesa escritorio, y saltando, rebosando risa, batiendo palmas, entró una criatura de tres a cuatro años, que no paró en su vertiginosa carrera hasta abrazarse a una pierna del Doctor.
-¡Nené! -exclamó él alzándola en vilo-. ¡Si aún no son las dos! A ver cómo se larga usted de aquí. ¿Quién la manda venir mientras está uno ocupado?
Reía a más y mejor la chiquilla. Su cara era un poema de júbilo. Sus ojuelos, guiñados con picardía deliciosa, negros y vivos, contrastaban con la finura un tanto clorótica de la tez. Entre sus labios puros asomaba la lengüecilla color de rosa. El rubio y laso cabello le tapaba la frente y se esparcía como una madeja de seda cruda por los hombros. Al levantarla el Doctor, ella pugnó por mesarle las barbas o el pelo, provocando el regaño cómico que siempre resultaba de atentados por el estilo.
Desde la entrada de la criatura, parecía menos severo el aspecto de la habitación, alumbrada por dos ventanas que dejaban paso a la velada claridad del sol marinedino. Bien conocía Nené los rincones de aquel lugar austero, y sabía adónde dirigir la mirada y el dedito imperioso con que los niños señalan la dirección de su encaprichada voluntad. No era a los tupidos cortinajes; no a las altas estanterías, al través de cuyos vidrios se transparentaba a veces el tono rojo de una encuadernación flamante; menos aún a la parte baja de las mismas estanterías, donde, relucientes de limpieza y rigurosamente clasificadas, brillaban las herramientas quirúrgicas: los trocares, bisturíes, pinzas y tijeras de misteriosa forma en sus cajas de zapa y terciopelo; los fórceps presentando la concavidad de acero de mi terrible cuchara; los espéculos, que recuerdan a la vez el instrumento óptico y el de tortura...
Tampoco atraían a la inocente los medrosos bustos que patentizaban los sistemas nervioso y venoso, y que miraban siniestramente con su ojo blanco, descarnado, sin párpados; ni aquella silla tan rara, que se desarticulaba adoptando todas las posiciones; ni la ancha palangana rodeada de esponjas y botecitos de ácido fénico; ni los objetos informes, de goma vulcanizada; ni nada, en fin, de lo que allí era propiamente ciencia curativa. ¡No! Desde el punto en que atravesaba la puerta, dirigíase flechada Nené hacia una esquina de la habitación, a la izquierda del sillón del Doctor, donde, suspendida de la pared por cordones de secta, había una ligera canasta forrada de raso. Era la famosa báscula pesa-bebés, el mejor medio de comprobar si la leche de las nodrizas reúne condiciones, nutre o desnutre al crío; y en su acolchado hueco, a manera de imagen o símbolo del rorro viviente, veíase un cromo, un nene de cartón, desnudo, agachado, apoyadito con las manos en el fondo de la canasta, alzando la cara mofletuda y abriendo sus enormes ojazos azules. El cromo era el ídolo de Nené, que tendía las manos para alcanzar a su altura, chillando: «Nino selo, Nino selo». «Vamos a ver -contestaba el Doctor- ¿qué quieres tú que te traiga hoy el Niño del cielo?». Había minutos de duda, de incertidumbre, de combate entre diversas tentaciones igualmente fascinadoras. -«Tayamelos... rotilas... amendas... no, no, galetas... Un chupa-chupa...». El chupa-chupa prevalecía al fin, y el Doctor, levantándose ágilmente y ejecutando con limpieza suma el escamoteo, deslizaba del bolsillo de su batín al fondo de la canasta un trozo de piñonate. Aupando después a Nené, el hallazgo de la deseada golosina era una explosión de gritos de gozo y risotadas mutuas.
Capitolo in anteprimaCapítulo IIAnteprima
Telmo, al despertar, se metió los puños en los ojos, lamentando haber perdido el sueño, que era bonito. ¡Como que se trataba de revistas, paradas y simulacros, y él se había visto a sí propio convertido en Capitán General de Cantabria, luciendo un uniforme todavía más majo que el de gala, ostentando plumeros, penachos, galones, cordones, estrellas, caracoleando sobre brioso alazán tostado, y con un sable formal, formal, no de palo, sino de reluciente acero!
El despertar no podía ser más distinto de lo soñado. El niño vio a su alrededor lo de todos los días, cuadro feo y triste: el camaranchón sórdido, descuidado, inmundo, que sudaba por todos sus poros desaliño y abandono. ¡Cuánta melancolía transpiraban las paredes con su revoque negruzco; el piso de baldosa desigual y cenicienta, mal cubierto aquí y allí por viejísimos ruedos; las prendas de ropa, bastas, de mal corte y paño burdo, más sucias que raídas, pendientes de clavos; las dos camas de hierro pintadas de un azul carcelario, frío, con sus mantas de tonos apagados y terrosos, y sus sábanas agujereadas, divorciadas del agua y del jabón!
Telmo recordaba, como se recuerda un dulce ensueño, que antes, cuando era pequeñito, había tenido, si no precisamente colchas de seda y palacios por morada, al menos un interior bien cuidado, cuco, limpio: él suponía que debió de ser así, porque le había quedado, de aquella época ya difumada entre nieblas, una sensación de calor tibio, de nido de plumón que envuelve: y abriga. Entonces sus ropas eran aseadas y se adaptaban a sus carnes; la comida estaba sazonada y gustosa; en invierno un brasero calentaba la habitación; en verano se percibía un conjunto claro y fresco, de cortinas planchadas y de visillos que tamizaban la luz. Todo esto no lo detallaba el muchacho con precisión absoluta; sus reminiscencias se confundían, y sólo se destacaba, con pleno realce, un rostro de mujer, que, si diésemos voto a Telmo en materias de hermosura, diríamos que era de belleza soberana. ¿Rubia o morena? ¿Muy joven o en principios de madurez? Eso no lo sabía Telmo: sólo sí que era preciosa, y esparcía en torno suyo bienestar, un ambiente de espliego.
No la vio a su cabecera aquel día tampoco. Quien andaba por allí era el padre, descolgando el sombrero ruin, para encasquetárselo sin previo manejo de cepillo. Mientras el padre se cubría, Telmo recibió la amonestación, a que ya estaba habituado.
-A ver si te levantas. No haraganees más. Allí en la cocina te quedan las sopas. A eso de las dos ve por la calle del Arroyal, que estaré saliendo de casa de don Pelayo Moragas... tú bien la sabes, ¿eh? Pues aguárdame allí, que te llevaré a casa de Rufino.
Dijo esto último a tiempo que ya salía, y el pestillo de la puerta cayó con agrio chirrido.
El muchacho no hizo gran caso al consejo de «no haraganear». Constábale que tanto sacaría en limpio de levantarse, como de quedarse otro rato en la cama. Justamente el problema que todos los días necesitaba resolver, era en qué se invierte una jornada, no teniendo deberes ni distracciones de ninguna especie. Para él no había escuelas, colegios, ni estudios; y tampoco serían los amigos quienes le embobasen, porque ese gran aliciente de la niñez, primera manifestación de las necesidades afectivas y primer desahogo del instinto de sociabilidad, le era desconocido. Quedábale el recurso de vagabundear sin tregua por las calles, de ir como ánima en pena, buscando algún rincón donde no le conociesen.
Permaneció cerca de media hora entre sábanas, cerrando los ojos para volver a soñar, si era posible, más cosas bonitas de aquellas del género bélico. Lo que es él, así se empeñase el demonio, militar sería. No de tropa, no; jefe, y de los de alta graduación. Lo menos coronel. Y con montura. ¡Dónde habrá placer como regir un caballo gallardo, fogoso! Eso será la misma gloria.
Indice
In questa edizione
- 01Full text
- 02Capítulo I
- 03Capítulo II
- 04Capítulo III
- 05Capítulo IV
- 06Capítulo V
- 07Capítulo VI
- 08Capítulo VII
- 09Capítulo VIII
- 10Capítulo IX
- 11Capítulo X
- 12Capítulo XI
- 13Capítulo XII
- 14Capítulo XIII
- 15Capítulo XIV
- 16Capítulo XV
- 17Capítulo XVI
- 18Capítulo XVII
- 19Epílogo
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