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Letteratura
La sirena negra
Edizione BooksWhale in spagnolo di Emilia Pardo Bazán
Gaspar de Montenegro, un aristócrata cansado de la vida, ve alterada su indiferencia por la llegada de un niño huérfano.
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Introduzione al libro
La sirena negra
En esta novela tardía, Pardo Bazán explora el hastío, la responsabilidad y la posibilidad de transformación moral. Gaspar se mueve entre el deseo de escapar de la existencia y el vínculo inesperado con Rafaelín, cuyo cuidado lo obliga a mirar más allá de sí mismo. La prosa combina introspección psicológica y crítica de la decadencia aristocrática.
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The original work was first published in 1908; Emilia Pardo Bazán died in 1921. The source text is in the public domain under the applicable author-life-plus-term rules. This edition is the original-language text.
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La sirena negra
Emilia Pardo Bazán
Capitolo in anteprimaCapítulo IAnteprima
En la esquina de la Red de San Luis y el de Gracia, me separé del grupo que venía conmigo desde el teatro de Apolo, donde acabábamos de asistir a un estreno afortunado. Si hablase en alta voz, hubiese dicho «grupo de amigos», pero, para mi sayo, ¿qué necesidad tengo de edulcorar la infusión? Espero no poseer amigo ninguno; no tanto por culpa de los que pudieran serlo, cuanto por la mía. Si alguna vez me he dejado llevar del deseo de comunicación, de expansión, de registrarme el alma y enseñar un poco de su oscuro contenido a la media hora de hacerlo estaba corrido y pesaroso, según estaría un sacerdote hebreo que hubiese permitido a un profano tocar al arca de alianza.
Por lo mismo, me guardé de terciar en la polémica que armaron sobre «la idea» de la obra. La tal idea es ya para mí una persona de toda confianza: por sexta vez en este invierno la aprovecha un autor. Según los recitados, cantares y diálogos de la zarzuelilla, la vida es buena, la alegría es santa y los que no andan por ahí chorreando satisfacción son unos porros. No sé por qué (acaso por efecto de la discusión trabada entre los del grupo, y que me golpeó en el cerebro con redoble de martillazos secos y ligeros sobre una placa sonora), la cuestión, en aquel momento, me preocupaba. Ningún problema, para el que vive, revestirá mayor interés que este de la calidad de la vida.
Y, aunque preocupado, mediante la facultad de desdoblamiento que poseemos los meditativos sensuales, no dejaba yo de notar una serie de insignificantes circunstancias. Bajo mis pisadas, la acera resonaba metálicamente. La noche era límpida; el frío, puñalero; y al abrigo del tapabocas de malla de seda, mi respiración se liquidaba en gotitas glaciales, humedeciendo la barba. Se me ocurrió tomar un coche; después opté por seguir andando. El frío duro me activaba el pensar, y en aquel mismo instante decidí plantearme yo el problema, aprovechando todas las ocasiones de caminar hacia su resolución, no en beneficio del género humano, sino para mi gobierno tan sólo. El «género humano» es el vocablo más vacío de sentido; no hay humanidad, hay hombres. Si algo se afirma del género humano, los hombres se encargan de desmentir al punto la afirmación. Rumiando estas afirmaciones, saqué el pañuelo y sequé las esférulas que me aljofaraban la barba, impregnada de brillantina olorosa.
Al entrar en la calle de Jacometrezo, interrumpió mis cavilaciones una criatura de mantón gris, de ojeras carbonadas. ¿Qué opinará del vivir esta mujer, a quien rechazo con fastidio como a una mosca? No necesito preguntar: si hay algo previsto, conocido, de psicología rudimentaria, es el poso del ánimo de estas galantes callejeras. Las llaman de la vida, por antonomasia, y, a más, de la vida alegre. Para olvidar un instante lo alegre de su vida, fuman, gritan, riñen, se embeodan, insultan -y su ideal, su dorado sueño, es acostarse temprano y dormir a pierna suelta.
Cien pasos más allá, el sereno se inclina sobre un hombre espatarrado en el suelo. A mi ademán auxiliador y a mi pregunta, el vigilante responde solícito para mí y compasivamente desdeñoso para el caído. «Nada, lo diario: un borracho que todas las noches se tumba exactamente en esa rinconada misma... Nunca llega a su casa, que dista dos pasos... Y es lástima de él: un carpintero, perito en su oficio, con cinco chiquillos que caben debajo de una cesta...»
Cuando le enderezamos, algo líquido, viscoso, resbaló por mi mano, que sacudí con repugnancia. Era sangre. «Está herido», advertí al sereno; y le llevamos con mayores precauciones a su morada, edificio angosto y caduco, de esos que abundan en las vías más céntricas del Madrid viejo. Salió la esposa, abotagada de sueño, desgreñada: vio la rotura de la cabeza de su marido, y maldijo y se desdichó: «¡Gaste usted ahora en médicos y botica!» Al oír los consuelos negativos del sereno -en vez de un herido, pudiéramos traer un difunto, si el filo de la acera le coge de otro modo- renegó la comadre: «A un difunto no le duele ná. Él dice siempre que los pobres nunca estamos mejor que difuntos...»
Capitolo in anteprimaCapítulo IIAnteprima
Mi hermana Camila tiene, acerca de mí, proyectos matrimoniales. Creo que es el caso general de todas las hermanas, a menos que sea el contrario -un odio corso a cualquier ser femenino que su hermano distinga.
Propala mi hermana que ha sido muy feliz en su matrimonio; y no lo dudo, entre otras razones porque la unión duró cinco o seis años, y mi cuñado estuvo dos de ellos en Cuba, arreglando negocios pendientes. Si Camila fuese franca, confesaría que es ahora cuando lo pasa bien; pero, ¿y la pose de viuda inconsolable? ¿Quién se la quita? Una vez, anualmente, inconsolable la proclama la cuarta plana de La Correspondencia, en la esquela más cara y espaciosa de las que allí se publican. Aquel día, la viuda encarga misas en diversas parroquias. Por la tarde, una docena de amigos y parientes vienen a hacer el duelo a Camila; un duelo en que no se alude al finado, en que se murmura sin mostaza y se planean combinaciones de abonos para la temporada de primavera. Ya el año pasado, que acudió más gente, se sirvió té, con galletas (auténticas de Londres), y un revistero de sociedad anunció elfive. Ese día no falta ella nunca; y, generalmente, la veo cada semana dos o tres veces, en el Real o en mi casa, donde almuerza bastantes domingos.
He subrayado ella, únicamente por no singularizarme; por conformarme a los usos establecidos en tales materias. Si miro hacia mi corazón, o adonde se cobijen los efectos, allí no la llamo ella, sino buenamente Trini.
¿Su retrato? Ni bonita, ni fea. Hay menos beldades por ahí adelante de lo que las novelas y las planas a todo color de los semanarios harían suponer. Tiene un defecto, la cara redonda; un atractivo peculiar, la boca húmeda de juventud y dentada a maravilla. Es hija de un magistrado que fue íntimo de mi padre, que caso con una heredera opulenta de Aragón, y hubo de sus legítimas nupcias una hembra y dos varones. Si al fin me uno a Trini, deberé a la gran Segadora verme libre de suegra y suegro. Los padres de Trini son honrados; les han hecho las honras, por cierto a todo lujo. Trini manda en sí y en su caudal y es modelo de «señoritas formales». Unas cuantas dueñas cotorronas, tertulianas de Camila, no se sacian de repetirlo, y protegen instintivamente la candidatura. A pesar de mi espíritu crítico y minucioso, conozco que Trini será una gran ama, no sólo de llaves, sino de sala y gabinete. Es fina, lista, limpia, primorosa.
Yo me acerco, me dejo caer, la hago unos asomos de corte; pero ni me derrito, ni acabo de decidirme a meter el pie en el agua. ¿Es que quiero a otra? -El lenguaje es una tela teñida de los colores primarios, chillones y sin degradación. ¿Existe, acaso, la escala de los matices verbales, justos, imperceptibles, que correspondan al matizado riquísimo del sentir? ¿Cómo denominar lo que no he definido?
La casualidad me ha puesto en relación con una criatura miserable y desquiciada, a quien encontré en la antesala de un médico varias veces. Para dar idea del tipo de esta mujer, sería preciso evocar las histéricas de Goya, de palidez fosforescente, de pelo enfoscado en erizón, de pupilas como lagos de asfalto, donde duerme la tempestad romántica. El modesto manto de granadina, negro marco de la enflaquecida faz, adquiere garbo de mantilla maja al rodear el crespo tejaroz que deja en sombra la frente. De la mano de la mujer se cuelga un niño como de cuatro a cinco años; un niño hechicero, travieso y cariñoso, por medio del cual entré en trato con la madre. El primer día en que les vi, su turno de consulta precedió al mío, y antes de dar pormenores de mi gastralgia, me enteré de si era grave el padecimiento de la cliente.
Indice
In questa edizione
- 01Full text
- 02Capítulo I
- 03Capítulo II
- 04Capítulo III
- 05Capítulo IV
- 06Capítulo V
- 07Capítulo VI
- 08Capítulo VII
- 09Capítulo VIII
- 10Capítulo IX
- 11Capítulo X
- 12Capítulo XI
- 13Capítulo XII
- 14Capítulo XIII
- 15Capítulo XIV
- 16Capítulo XV
- 17Capítulo XVI
- 18Capítulo XVII
- 19Capítulo XVIII
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