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Letteratura
Torquemada y San Pedro
Edizione BooksWhale in spagnolo di Benito Pérez Galdós
El último ascenso de Torquemada lo enfrenta con la fragilidad de su poder, la religión y una conciencia que no puede silenciar con dinero.
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Introduzione al libro
Torquemada y San Pedro
En Torquemada y San Pedro, Benito Pérez Galdós lleva a su protagonista hacia el desenlace de su carrera social y política. Francisco Torquemada ha acumulado riqueza y títulos, pero la seguridad exterior se deshace ante la enfermedad, la muerte y el juicio moral. La novela cierra la trilogía con una sátira amarga sobre la ambición, la caridad interesada, la religión y el deseo de comprar una absolución.
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Benito Pérez Galdós died in 1920 and the original Spanish work was published in 1895; these dates support its public-domain status.
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Torquemada y San Pedro
Benito Pérez Galdós
Capitolo in anteprimaPRIMERA PARTEAnteprima
PRIMERA PARTE
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Las primeras claridades de un amanecer lento y pitañoso, como de Enero, colándose por claraboyas y tragaluces en el interior del que fué palacio de Gravelinas, iban despertando todas las cosas del sueño de la obscuridad, sacándolas, como quien dice, de la nada negra á la vida pictórica... En la armería, la luz matinal puso el primer toque de color en el plumaje de yelmos y morriones; modeló después con trazo firme los petos y espaldares, los brazales y coseletes, hasta encajar por entero las gallardísimas figuras, en quien no es difícil ver catadura de seres vivos, porque la costra de bruñido hierro, cuerpo es de persona monstruosa y terrorífica, y dentro de aquel vacío, ¡quién sabe si se esconde un alma!... Todo podría ser. Los de á caballo, embrazando la adarga, en actitud de torneo más que de guerra, tomaríanse por inmensos juguetes, que fueron solaz de la Historia cuando era niña... En alguno de los guerreros de á pie, cuando ya la luz del día determinaba por entero sus formas, podía observarse que los maniquís vestidos del pesado traje de acero, se aburrían soberanamente, hartos ya de la inmovilidad que desencajaba sus músculos de cartón, y del plumero que les limpiaba la cara un sábado y otro, en miles de semanas. Las manos podridas, con algún dedo de menos, y los demás tiesos, no habrían podido sostener la lanza ó el mandoble, si no se los ataran con un tosco bramante. En lo alto de aquel lindo museo, las banderas blancas con la cruz de San Andrés colgaban mustias, polvorosas, deshilachadas, recordando los tiempos felices en que ondeaban al aire, en las bizarras galeras del Tirreno y del Adriático.
Del riquísimo archivo se posesionó la claridad matutina en un abrir de ojos, ó de ventanas. En la cavidad espaciosa, de elevado techo, fría como un panteón, y solitaria como templo de la sabiduría, rara vez entraba persona viviente, fuera del criado encargado de la limpieza, y de algún erudito escudriñador de rarezas bibliográficas. La estantería de alambradas puertas cubría toda la pared hasta la escocia, y por los huequecillos de la red metálica confusamente se distinguían lomos de pergamino, cantos de ceñidos legajos amarillentos, y formas diversas de papelorio rancio, que despedía olor de Historia. Al entrar la vigilante luz, retirábase cauteloso á su domicilio el ratón más trasnochador de aquellas soledades: contento y ahito iba el muy tuno, seguido de toda la familia, pues entre padres, hijos, sobrinos y nietos, se habían cenado en amor y compaña una de las más interesantes cartas del Gran Capitán al Rey Católico, y parte de un curiosísimo _Inventario de alhajas y cuadros_ pertenecientes al Virrey de Nápoles, D. Pedro Téllez Girón, _el Grande Osuna_. Estos y otros escandalosos festines ocurrían por haberse muerto de cólico miserere el gato que allí campaba, y no haberse cuidado los señores de proveer la plaza, nombrando nuevo gato, ó gobernador de aquellos obscuros reinos.
Los rasgados ventanales del archivo y armería daban á un patio, medianero entre aquéllos y el cuerpo principal del palacio, el cual, por dormir en él mucha y diversa gente, tardó algo más en ser invadido por los resplandores del día. Pero al fin, la grande y suntuosa mansión revivió toda entera, y la quietud se trocó casi de súbito en movimiento, el silencio nocturno en mil rebullicios que de una y otra parte salían. El patio aquel comunicaba por un luengo pasadizo, que más bien parecía túnel, con el departamento de las cocheras y cuadras, que el último duque de Gravelinas, concienzudo _sportman_, había construído de nueva planta, con todos les refinamientos y perfiles del gusto inglés en estas graves materias. Por allí se iniciaron los primeros ruidos y desperezos del diario trajín, patadas de hombres y animales, el golpe de la pezuña suave y el chapoteo duro de los zuecos sobre los adoquines encharcados, voces, ternos y cantorrios.
Indice
In questa edizione
- 01Full text
- 02PRIMERA PARTE
- 03I
- 04II
- 05III
- 06IV
- 07V
- 08VI
- 09VII
- 10VIII
- 11IX
- 12X
- 13XI
- 14XII
- 15XIII
- 16XIV
- 17XV
- 18SEGUNDA PARTE
- 19I
- 20II
- 21III
- 22IV
- 23V
- 24VI
- 25VII
- 26VIII
- 27IX
- 28X
- 29XI
- 30TERCERA PARTE
- 31I
- 32II
- 33III
- 34IV
- 35V
- 36VI
- 37VII
- 38VIII
- 39IX
- 40X
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