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文学
La batalla de los Arapiles
スペイン語 BooksWhale エディション · Benito Pérez Galdós
Una gran novela de batalla que mezcla estrategia, peligro, romance y el destino político de España.
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本の紹介
La batalla de los Arapiles
La batalla de los Arapiles lleva al lector al momento decisivo de una campaña militar. Galdós alterna maniobras, miedo, vínculos personales y consecuencias políticas para convertir la historia bélica en una experiencia humana y narrativa.
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Benito Pérez Galdós died in 1920, and La batalla de los Arapiles was published in 1875; the Spanish source text is public domain.
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La batalla de los Arapiles
I
Las siguientes cartas, supliendo ventajosamente mi narración, me permitirán descansar un poco:
«Madrid, 14 de marzo.
»Querido Gabriel: Si no has sido más afortunado que yo, lucidos estamos. De mis averiguaciones no resulta hasta ahora otra cosa que la triste certidumbre de que el comisario de policía no está ya en esta Corte, ni presta servicio a los franceses, ni a nadie, como no sea al demonio. Después de su excursión a Guadalajara, pidió licencia, abandonó luego su destino, y al presente nadie sabe de él. Quién le supone en Salamanca, su tierra natal; quién en Burgos o en Vitoria, y algunos aseguran que ha pasado a Francia, antiguo teatro de sus criminales aventuras. ¡Ay, hijo mío, para qué habrá hecho Dios el mundo tan grande, tan sumamente grande, que en él no es posible encontrar el bien que se pierde! Esta inmensidad de la creación solo favorece a los pillos, que siempre encuentran donde ocultar el fruto de sus rapiñas.
»Mi situación aquí ha mejorado un poco. He capitulado, amigo mío; he escrito a mi tía contándole lo ocurrido en Cifuentes, y el jefe de mi ilustre familia me demuestra en su última carta que tiene lástima de mí. El administrador ha recibido orden de no dejarme morir de hambre. Gracias a esto y al buen surtido de mi antiguo guardarropas, no pedirá limosna la pobre condesa. He tratado de vender las alhajas, los encajes, los tapices y otras prendas no vinculadas; pero nadie las quiere comprar. En Madrid no hay una peseta, y cuando el pan está a catorce y dieciséis reales, figúrate quién tendrá humor para comprar joyas. Si esto sigue, llegará día en que tenga que cambiar todos mis diamantes por una gallina.
»Para que comprendas cuán glorioso porvenir aguarda a mi histórica casa, uno de los astros más brillantes del cielo de esta gran monarquía, me bastará decirte que el pleito entre nuestra familia y la de Rumblar se ha entablado ya, y la Cancillería de Granada ha dado a luz con este motivo una montaña de papel sellado, que, si Dios no lo remedia, crecerá hasta lo sumo y nuestros nietos veranla con cimas más altas que las de la misma Sierra Nevada. La de Rumblar se engolfa con delicia en este mar de jurisprudencia. Me parece que la veo. Convertiría el linaje humano en jueces, escribas, alguaciles y roe-pandectas para que todo cuanto respira pudiese entender en su cuita.
»El licenciado Lobo, que frecuentemente me visita con el doble objeto de ilustrarme en mi asunto y de pedirme una limosna (hoy en Madrid la piden los altos servidores del Estado), me ha dicho que en el tal pleito hay materia para un ratito, es decir, que no pasará un par de siglos mal contados sin que la Sala dé su sentencia o un auto para mejor proveer, que es el colmo de las delicias. Me asegura también el susodicho Lobo, que si nos obstinamos en transmitir a Inés los derechos mayorazguiles, es fácil que perdamos el litigio dentro de algunos meses, pues para perder no es preciso esperar siglos. Las informalidades que hubo en el reconocimiento, y la indiscreción de mi pobre tío, que ya bajó al sepulcro, ponen a nuestra heredera en muy mala situación para reclamar su mayorazgo. Nuestro papel se reduce hoy, según Lobo, a reclamar la no transmisión del mayorazgo a la casa de Rumblar, fundándonos en varias razones de posesión civilísima, agnación rigurosa, masculinidad nuda, emineidad, saltuario, con otras lindas palabras, que voy aprendiendo para recreo de mi triste soledad y entretenimiento de mis últimos días.
»Mi tía dice que yo tengo la culpa de este desastre y cataclismo en que va a hundirse la más gloriosa casa que ha desafiado siglos y afrontado el desgaste del tiempo, sin criar hasta ahora ni una sola carcoma, y funda su anatema en mi oposición al proyectado himeneo de nuestro derecho con el derecho de los Rumblar. Verdaderamente, no carece de razón mi tía, y sin duda se me preparan en el Purgatorio acerbos tormentos por haber ocasionado con mi tenacidad este conflicto.
プレビュー章XXXIプレビュー
Haciendo mucho ruido, llamándome a voces y azotando con su látigo las puertas y los muebles, entró en la casa Miss Fly. Recibila en la sala, y al verme sonrió con gracia incomparable, no exenta en verdad de coquetería. Llamó mi atención ver que se había acicalado y compuesto, cosa verdaderamente extraña en aquel lugar y ocasión. Su rostro resplandecía de belleza y frescura. Habíase peinado cual si tuviese a mano los más delicados enseres de tocador, y el vestido, limpio ya de polvo y lodo, disimulaba sus desgarrones y arrugas no sé por qué arte singular, solo revelado a las mujeres. ¿Por qué no decirlo? Detesto las gazmoñerías y melindres. Sí, lo diré: Athenais estaba encantadora, hechicera, lindísima.
Como le manifestase mi sorpresa por aquella restauración de su interesante persona, me dijo:
—Caballero Araceli, después que vuestros soldados han apagado el incendio, quedó un poco de agua para mí. En casa de unos aldeanos me proporcionaron lo preciso para peinarme... Pero, señor comandante, ¿así cumplís con vuestros deberes? ¿No estaríais mejor al frente de vuestras tropas? Hace un rato que ha llegado Leith con su división, y pregunta por vos...
Al saber la noticia, no quise detenerme. Despedime de Inés, y después de asegurar bien la entrada de la casa y de encomendar a Tribaldos que cuidase a los dos prisioneros, bajé a la plaza, donde Miss Fly se separó de mí sin motivo aparente. Empezaban a llegar tropas inglesas. El general Leith, a quien indiqué que España me había mandado perseguir a los franceses, me ordenó que esperase hasta la noche.
—Es imposible perseguir a los franceses de cerca —dijo—. Van muy adelantados, y nos será difícil hacerles daño. Nuestras tropas están cansadas.
Quedeme allí, no sin gozo, y dispuse lo necesario para que Santorcaz y su hija fuesen trasladados a Salamanca. Felizmente regresaba aquella tarde, para quedar allí de guarnición, Buenaventura Figueroa, mi más íntimo y querido amigo, y le di instrucciones prolijas sobre lo que debía de hacer con mis prisioneros en la ciudad y durante el viaje. Verificose este por la noche en un convoy que se envió a Roma la chica: no sin trabajo logré un carromato de regular comodidad, en cuyo interior acomodé a padre e hija, acompañados de Tribaldos y de buen repuesto de víveres para el viaje. Quise darles también dinero; mas rehusolo Inés, y a la verdad no lo necesitaban, porque el Sr. Santorcaz (no sé si lo he dicho), que un año antes heredara íntegro su patrimonio, poseía regular hacienda, sobrada para su modesto traer.
Di también a Inés instrucciones para que contribuyese a impedir nuevas salidas de su infeliz padre al campo de Montiel de las masónicas aventuras, y ella prometiome con inequívoca seguridad que le encarcelaría convenientemente sin mortificarle; con lo cual, muy apenados, nos despedimos los dos: yo por aquella nueva separación, cuyos límites no sabía, y ella por presentimientos del peligro a que expuesto quedaba en la terrible campaña emprendida. En esto, y en escribir a la condesa lo que el lector supone, entretuve gran parte de las últimas horas del día.
Partimos al amanecer del siguiente, persiguiendo a los franceses, que no pararon hasta pasar el Duero por Tordesillas, extendiéndose hasta Simancas. Allí reforzó Marmont su ejército con la división de Bonnet, y nosotros le aguardamos en la orilla izquierda, vigilando sus movimientos. La cuestión era saber por qué sitio quería el francés pasar el río, para venir al encuentro del ejército aliado, cuyo cuartel general estaba en La Seca.
No quería Marmont, como es fácil suponer, darnos gusto, y sin avisarnos, cosa muy natural también, partió de improviso hacia Toro... ¡En marcha todo el mundo hacia la izquierda, ingleses, españoles, lusitanos; en marcha otra vez hacia el Guareña y hacia los perversos pueblos de Babilafuente y Villoria!
プレビュー章XXXIIプレビュー
Antes de referir lo que hablamos, conviene que diga algo del lugar y momento en que tales hechos pasaban, porque una cosa y otra interesan igualmente a la historia y a la relación de los sucesos de mi vida que voy refiriendo. El 21 por la tarde pasamos el Tormes, los unos por el puente de Salamanca, los otros por los vados inmediatos. Los franceses, según todas las conjeturas, habían pasado el mismo río por Alba de Tormes, y se encontraban al parecer en los bosques que hay más allá de Cavarrasa de Arriba. Formamos nosotros una no muy extensa línea, cuya izquierda se apoyaba junto al vado de Santa Marta, y la derecha en el Arapil Chico, junto al camino de Madrid. Una pequeña división inglesa con algunas tropas ligeras ocupaba el lugar de Cavarrasa de Abajo, punto el más avanzado de la línea anglo hispano-portuguesa.
En la falda del Arapil Chico, y al borde del camino, fue donde se me apareció Athenais, que volvía a caballo de Cavarrasa, y pocos instantes después la señora condesa, mi adorada protectora y amiga. Corrí hacia ella, como he dicho, y con la más viva emoción besé sus hermosas manos, que aún asomaban por la portezuela. El inmenso gozo que experimenté apenas me dejó articular otras voces que las de «Madre y señora mía», voces en que mi alma, con espontaneidad y confianza sumas, esperaba iguales manifestaciones cariñosas de parte de ella. Mas, con amargura y asombro, advertí en los ojos de la condesa desdén, enojo, ira, ¡qué sé yo!... una severidad inexplicable que me dejó absorto y helado.
—¿Y mi hija? —preguntó con sequedad.
—En Salamanca, señora —repuse—. No podría usted llegar más a tiempo. Tribaldos, mi asistente, acompañará a usted. Ha sido casualidad que nos hayamos encontrado aquí.
—Ya sabía que estabas en este sitio que llaman el Arapil Chico —me dijo con el mismo tono severo, sin una sonrisa, sin una mirada cariñosa, sin un apretón de manos—. En Cavarrasa de Abajo, donde me detuve un instante, encontré a Sir Thomas Parr, el cual me dijo dónde estabas, con otras cosas acerca de tu conducta, que me han causado tanto asombro como indignación.
—¡Acerca de mi conducta, señora! —exclamé con dolor tan vivo como si una hoja de acero penetrara en mi corazón—. Yo creía que en mi conducta no había nada que pudiera desagradar a usted.
—Conocí en Cádiz a Sir Thomas Parr, y es un caballero incapaz de mentir —añadió ella con indecible resplandor de ira en los ojos, que tanta ternura habían tenido en otro tiempo para mí—. Has seducido a una joven inglesa; has cometido una iniquidad, una violencia, una acción villana.
—¡Yo, señora, yo!... ¿Este hombre honrado que ha dado tantas pruebas de su lealtad?... ¿Este hombre ha hecho tales maldades?
—Todos lo dicen... No me lo ha dicho solo Sir Thomas Parr, sino otros muchos: me lo dirá también Wellesley.
—Pues si Wellesley lo afirmara —repliqué con desesperación—; si Wellesley lo afirmara, yo le diría...
—Que miente...
—No: el primer caballero de Inglaterra, el primer general de Europa, no puede mentir; es imposible que el Duque diga semejante cosa.
—Hay hechos que no pueden disimularse —añadió con pena—, que no pueden desfigurarse. Dicen que la persona agraviada se dispone a pedir que se te obligue al cumplimiento de las leyes inglesas sobre el matrimonio.
Al oír esto, una hilaridad expansiva y una terrible indignación cruzaron sus diversos efectos en mi alma, como dos rayos que se encuentran al caer sobre un mismo objeto, y por un instante se lo disputan. Me reí y estuve a punto de llorar de rabia.
目次
このエディションの内容
- 01Full text
- 02XXXI
- 03XXXII
- 04XXXIII
- 05XXXIV
- 06XXXV
- 07XXXVI
- 08XXXVII
- 09XXXVIII
- 10XXXIX
- 11XL
- 12XLI
- 13XLII
- 14XLIII
- 15FIN DE «LA BATALLA DE LOS ARAPILES»