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文学
La campana de Huesca
スペイン語 BooksWhale エディション · Antonio Cánovas del Castillo
Una novela histórica sobre poder, rebelión y leyenda en la Aragón medieval.
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本の紹介
La campana de Huesca
La campana de Huesca recrea un episodio legendario de la monarquía aragonesa para explorar la autoridad, el miedo y la violencia política. Cánovas combina color histórico, intriga cortesana y la fuerza simbólica de una leyenda nacional.
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Antonio Cánovas del Castillo died in 1897, and La campana de Huesca was published in 1852; the Spanish source text is public domain.
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La campana de Huesca
プレビュー章Capítulo Iプレビュー
En que se habla, a manera de prólogo, con el lector El mentir de las estrellas es muy seguro mentir, porque ninguno ha de ir a preguntárselo a ellas. ( Quevedo ) A orillas de la Isuela hallé esta crónica: en una de aquellas huertas de suelo verde, y pobladas de árboles frutales, cuyas bardas y setos se sustentaban en las piedras robadas a los muros de Huesca. Y en verdad que es triste crónica para hallada en lugar tan apacible. Mas si de él quitamos los ojos y los ponemos en la ciudad, harto se ve que allí debieron de vivir doña Inés y don Ramiro: el rey monje, y la reina ni esposa, ni viuda, ni doncella. Aún quedan en pie algunas de sus noventa y nueve torres, oscuras unas y fatídicas risueñas otras y esbeltas, con el disfraz de miradores o azoteas cuidadosamente blanqueadas, a lo largo del Coso. La puerta Desircata está allí arrimada a un gótico convento de monjas. Allí está también el torreón ochavado, cuya ancha bóveda sostuvo ha siete siglos la famosa campana de Huesca. Menos alto está que entonces, pero no menos firme y oscuro. Las bizantinas columnas de San Pedro, viejas ya en el siglo XI, dan sombra aún al peregrino y piadoso recogimiento al penitente. Y amenazan el llano todavía las lejanas torres de Mont-Aragón, no menores en fortaleza que las vecinas montañas, donde fue el Salto de Roldán. Ciudad lóbrega y triste para quien sólo busque el placer de los ojos: agradable para los que prefieren la meditación y el silencio; para los que gustan de ver las tumbas de los héroes y de visitar los lugares donde acontecieron las altas hazañas; para los que se apacientan en la memoria, y sienten el amor de lo antiguo. Sin duda esta crónica se compuso dentro de la melancólica Huesca, y mano descuidada la dejó perdida en las alamedas de la Isuela. Y, a no dudarlo, fue hombre de verdad quien la compuso: porque, si bien se registran otras historias viejas, y los romanceros, y los pergaminos de los archivos, y los discursos de los doctos, sobre personas y cosas oscuras, no se hallará hecho o dicho muy opuesto a lo que aquí sucede, o a lo que dice aquí y hace el rey monje. Ni está menos ajustado que el de este a las crónicas y otros papeles antiguos el carácter del conde de Barcelona don Ramón Berenguer IV, que tan notable parte tuvo en los sucesos que relata el presente libro. Sólo de doña Inés y Castana dan los documentos escasa noticia; mas, tales como ellas, se hallan todavía mujeres en Huesca, de modo que es también de creer cuanto de ellas dice este cronista. Muchas pasean aún los días festivos por el campo glorioso del Alcoraz, lánguidas y sensibles como doña Inés, alegres y bulliciosas como Castana. Aznar fue, con efecto, muy servidor de aquellos reyes; y a andar entre almogávares, como cuenta la crónica, bien pudo ser como en ella parece: que nadie tendrá por sobrados sus hechos, si ha registrado las páginas de Muntaner, Desclot o Moncada. Y recorriendo asimismo de uno en uno cuantos monumentos derruidos cubren las silenciosas calles y la verde campiña de Huesca y cuantos sucesos ha hecho famosos la historia de aquella época turbulenta, el ánimo se inclina a dar bastante crédito al cronista porque ni se halla en su relación mentira que parezca dicha a sabiendas, ni en nombre o cosa se advierte error craso o digno de fundar en él desconfianza. Lejos de eso, no se habla aquí de nombre o, cosa cuyo ser no justifiquen papeles antiguos. No quiere esto decir ciertamente que de todo cuanto al fin cuenta bajo fe ajena pueda afirmar o defender la verdad, como hombre honrado, el autor o más bien compendiador y editor de este libro. Más relata quizá que cree, como otros historiadores de mucha fama, que han vivido antes que él; y que gozan crédito y nombre de verídicos y graves. Así son de suyo estas historias y crónicas antiguas; y hay que creerlas o dar con ellas al traste, privándose de saber muchas cosas verdaderas y buenas, por temor de conservar en la memoria, algunas de dudosa o flaca certidumbre. Porque, en suma, la memoria de los hombres es grande y capaz de contener más números de sucesos singulares y extraños que los que han acontecido de veras desde el principio del mundo, por lo cual no parece que sea muy censurable el dedicar alguna parte de aquella facultad preciosa de la mente humana a recoger también y conservar otras cosas, que, al no sucedieron tales como se dicen, no hay duda que pudieron suceder, y lo mismo deleitan y enseñan, o poco menos, que las que se tienen por más indubitables y claras. Lo que bien puede creerse es que tan falaces o más que la presente son todas las crónicas o cronicones antiguos, que tratan de los reinos pirenaicos, principalmente de Aragón y Cataluña, y que si en esta aparece bastante confusión de años, sucesos y lugares, trocándose unos por otros con frecuencia, eso mismo cabalmente sucede en todas cuantas pueden consultarse con fruto para poner en claro la historia patria. Ni se tengan fácilmente tampoco por fabulosas muchas de las aventuras de reyes, condes, señores, sacerdotes o gente común que aquí se relatan; que expuestas están, y aun defendidas lo propio que en este en los más estimados libros de Historia de los siglos que tenemos por ingenuos, verídicos, eruditos y doctos. Hartos sucesos menos probados, y aun probables, que los que aquí ofendan la crítica, creemos, o tenemos que hacer como que creemos, muchos de los que gustamos de saber las cosas pasadas. Y ni el propio fray Gauberto Fabricio de Vagad, ni Pero Antón Beuter, ni Briz Martínez, ni Diago, ni Ainsa mismo, ni otros ciento que sería fácil nombrar, de los historiadores de Aragón y Castilla, con ser bastante más modernos y sabios, mostraron ser mucho más severos en su crítica que el pobre mozárabe que originalmente compuso esta crónica parece serlo. Pero él hablaba ya de oídas, como todos hablamos de tantas cosas pasadas; ¿qué tiene de extraño, pues, que de buena fe errara en no pocas ocasiones? Y si él era hombre, por lo que se ve, sencillo y honrado, ¿cómo no había de creer, sin meterse en más honduras, la mayor parte de las cosas que sus vecinos y conocidos, o sus mismos venerables padres le contaron? ¡Filósofos, y sabios, y repúblicos son o parecen muchos que no se enteran con más profundidad ni exactitud de los propios sucesos actuales! Justo y oportuno era, pues, el conservar y dar a luz este libro, supuesto que otros y otros semejantes se han dado a la estampa ya, y algunos no muy diversos se dan y se darán aún a luz cada día, sin omitir en él nada de lo que, verdadero o no, ha merecido crédito de tal en los tiempos antiguos. Por lo mismo la tarea del copista se ha limitado a descifrar y poner en claro los confusos pergaminos donde por tantos siglos ha estado desconocida esta crónica, y a descargar el estilo de voces y frases ha mucho ausentes de los labios de los españoles. No era fácil lo primero, porque los pergaminos son de los que hoy llamamos palimpsestos, y no deja de notarse todavía en ellos el viso y señal de las letras primeras, como que acaso tengan en sí embebidos algunos de aquellos libros que tanto echamos de menos en Tácito, Salustio, Livio y otros que parece que fueron sabios, aunque idólatras; y no fue otra la causa de que saliese incompleta y oscura la primitiva copia, y de que haya sido forzoso publicar otras más extensas y claras, y ajustadas al verdadero texto. Ni lo segundo era hacedero, como acaso muchos imaginan, que no suelen acomodarse hechos tan viejos a los novísimos giros y palabras, y las opiniones y discursos de tales cronistas como el que nos ocupa, se resisten a entrar hartas veces en la pobre y afrancesada lengua que hoy habla España. Mucho son de antigüedad ha perdido en la copia el estilo; pero alguno queda y había de quedar, so pena de desnaturalizar y corromper totalmente la índole de la obra. Quizá no fuera ocioso dar alguna cuenta del autor de ella, apuntando principalmente su origen, patria y nombre, y el motivo que tuvo para escribirla. Pero sólo se sabe que fue de los muzárabes o mozárabes, porque en diversos capítulos y lugares se da por cristiano y residente en Huesca, antes de la reconquista, cuando sólo en San Pedro el Viejo oraban y eran enterrados los hijos de los cristianos vencidos, y el obispo de la diócesis andaba quizá fugitivo por los húmedos riscos que forman el verde valle de Tena, y las selvosas vertientes de la peña de Oroel, la cual se alza con el propio perfil y apariencia que tendría un león inconmensurable, recostado por detrás, y como en guarda de las viejas y rotas almenas de Jaca. Y con ser mozárabe podía venir de padres españoles como de padres romanos, y proceder de algún duumviro o magistrado de municipio, lo mismo que de aquel Filimer, que, al decir de Jornandes, gobernaba a los godos cuando salieron de la Escancia. Que es como decir que nada consta acerca de su persona. Algo más sabemos ciertamente de la época en que vivió y sucesos a que se refiere en su libro; por lo cual no sería perdida para muchos la ocasión que aquí se ofrece de ostentarse filósofo y político alargando este primer capítulo, puesto que es de los añadidos por el impresor moderno, con noticias y reflexiones extensas acerca de aquella nación, fundada con las salvajes tribus del Pirineo, por unos cuantos monjes y guerreros fugitivos, al pie del monte Pano, que aún hoy coronan melancólicas las reliquias de los sepulcros y celdas de San Juan de la Peña. Tal vez no pareciera inútil recordar en estas páginas, con algún mayor detenimiento que en las del mozárabe, cómo creciendo y dilatándose de día en día, con estos o los otros caudillos, primero por los riscos y montañas, luego por los valles y llanuras, había llegado a ser reina y señora aquella gente del anchuroso Ebro, cuando poco antes se contentaba con dominar el cauce del humilde río Francés o Gallicum en la lengua de entonces y Gállego ahora, que ofreció a sus rebaños macilentos una fuentecilla escondida en las entrañas del Pirineo; y cómo recibió al fin, con orgullo del Aragón, menos río siempre que torrente, un nombre eterno. Ni estaría de más decir cómo los fundadores del nuevo reino, recelosos de los principios, por aquel quizá que tan mala cuenta dio de sí en Guadalete, trocaron a la postre en un género de república su gobierno, donde poco más de nada era el rey, algo el pueblo, todo los seniores, o grandes, o ricoshombres. Ni se tendría por importuna mayor memoria de las dichas y desdichas a que dieron ocasión tales recelos en los vasallos, y el deseo natural en los príncipes de vivir y obrar a su voluntad y albedrío. Pero de esto, y de las cosas de Cataluña, que también se mezclan en el relato, dirán lo indispensable las pláticas y sucesos que el mozárabe narra, y si por más anhelase alguno, gruesos volúmenes in folio han de instruirle, que no tan diminuta crónica como la que hoy sale al público. Baste, pues, con decir que ella comienza, a lo que se deduce de los pergaminos del mozárabe, en el año 1134 de Cristo, cuarenta y tantos de la era de Mont-Aragón, pues lo último no puede claramente deletrearse: primero del glorioso reinado del buen don Ramiro I y de la honestísima reina doña Inés de Poitiers. Y habla ya de por sí, como es razón, desde el capítulo que sigue, el autor verdadero de esta cierta y curiosa historia que es lo que debe apetecer el lector en adelante.
プレビュー章Capítulo IIプレビュー
Que largamente trata ya de una famosa fiesta y ceremonia que tuvo lugar en la grande ciudad de Huesca ... Et que se levante Rey en sedieylla de Roma o de Arzobispo o de Obispo; et que sea areido la noche en su vigilia: et oya su missa en la eglesia... etc. (Fuero que dicen de Sobrarbe) De no mentir desde las primeras letras el dicho mozárabe, el día era de los mejores de diciembre, y grande, grandísimo el júbilo con que los honrados burgueses de Huesca inundaban calles y plazas, a la hora en que él cortó su pluma y comenzó a escribir esta crónica. Quemaba el sol como en lo riguroso de estío, dejando entender que no andaban lejos las nubes; y en tanto, su luz vivísima embellecía el más maravilloso de los espectáculos. Que fuera toda júbilo Huesca aquel día, cosa es que bien pudo equivocarse el mozárabe que lo afirma, porque no siempre dan de ello señales ciertas las galas en la persona y la algazara en los labios; el correr de los unos y el gritar de los otros; los rumores y ecos de una muchedumbre que anda y siente y clama a su albedrío. Más veces son estas muestras de curiosidad que no de júbilo; que lo propio se nota el día de la coronación de un rey que aquel en que se ejecuta una sentencia de muerte, si es famoso el reo por la enormidad de su crimen. Pero en cuanto a lo maravilloso del espectáculo, no es posible que errara el cronista, como que cuenta lo que vio, aunque viejo, por sus propios ojos, y tocó con sus trémulas manos. No hay duda, por lo mismo, que aquel día todas las casas de Huesca estaban engalanadas con cortinas de colores varios y ramas de ciprés recién cortadas; y alfombradas las calles con juncias y siemprevivas, y con arcos a mucha altura levantados, y compuestos con hojas de álamos y castaños, arrancadas en los sotos de la Isuela. Los villanos (rustici) de la famosa hoya de Huesca acudían a las puertas de la muralla de tierra, que a la sazón cercaba los arrabales; y, reuniéndose en ella con los cultos oscenses, que al propio tiempo desocupaban sus casas, agolpábanse todos en tumulto a los robustos arcos, flanqueados por altas y fortísimas torres redondas que a lo interior de la ciudad daban entrada. Oíanse allí palabras y frases de muy distinto origen y sonido. Quiénes hablaban entre sí a solas la extraña y solitaria lengua éuscara que conserva aún en alguna de sus vertientes el Pirineo; quiénes, y no eran los menos, se comunicaban con unos y otros en el latín corrupto de los hispanorromanos; quiénes parecía que pusieran particular cuidado en pronunciar ciertas voces germánicas, como para dar a entender origen godo; quiénes ostentaban su carácter de francos o extranjeros con su frecuente afirmación en oc, o su marcado acento bearnés. A algunos se les escapaba de cuando en cuando tal o cual exclamación en pura lengua árabe; otros se solían lamentar, entre dientes, de los percances ordinarios del bullicio, en el habla misma con que Isalas y Jeremías de mayores desdichas se lamentaron; muchos de la plebe corrían de acá para allá, procurando que todos entendiesen por igual una especie de jerga o jerigonza que algo sonaba ya al moderno romance castellano; no pocos, por último, de los hombres buenos y bien portados, que en sus maneras y trajes claramente parecían aragoneses, con cierta afectación de superioridad y buen gusto deletreaban un dialecto que tenía el propio dejo del lemosín, que todavía usan gentes españolas. Poco menos que la del idioma era la diversidad de los trajes, que por aquí y por allá distinguía la curiosidad, sin duda insaciable, del cronista mozárabe. Ocupaban las pequeñas y mal repartidas ventanas de las casas las damas principales; todo el señorío, podía decirse, de Huesca y de las vegas del Gállego, del Aragón y del Ebro. Y sería muy de ver seguramente aquella multitud de mujeres alegres con sus mantos de bruneta, que era tela de fina lana, y sus manteletas forradas de piel de conejo, con sus vestidos de cendat, donde ya campeaba la rica seda, y de escarlata; con sus ojos y sus rostros que acaso produciría no menos lindos que ahora el arte inagotable de la Naturaleza. Mas el gentío y variedad mayor estaban, como era natural, en las estrechas plazas y calles. Allí revueltos y confundidos en aquella multitud, se miraban los caballeros (milites) con sus garnachas o balandranes, y sus capirones o gorras rematadas por la parte inferior en esclavinas que caían sobre los hombros. Allí los ciudadanos y gente común (burgueses) con sombreros y capas guarnecidas con pieles de cordero. Allí los moros mudéjares, todavía recién conquistados, con sus resplandecientes albornoces y turbantes. Allí el almogávar, que por primera vez bajaba acaso de la montaña, o vascón, o godo, o hispanorromano, que no era fácil, por cierto, averiguar el origen de ninguno de ellos; pero siempre y por igual cubierto con el ancho capuchón de malla que le caía de la cabeza hasta las rodillas, y la piel de toro o de lobo amarrada con una soga a la cintura; desnudo el pecho y los brazos y piernas; armado con su corta y ancha espada, sujeta entre la piel y la soga; provisto, además, de dos dardos, enganchados en esta, de menos que mediana labor, pues consistían en palos de encina o roble sin descortezar, y puntas de hierro de cuatro lados, agudísimas y limpias, como si sus dueños se ejercitasen continuamente en afilarlas contra las piedras. Gente esta última de mal ver y de poco cristiana catadura, que andaba con singular desembarazo, mirando, con más desprecio que asombro, las pintadas telas y el limpio metal que ostentaban otros del concurso. -¿Adónde vamos, Fortuñón? Así dijo uno de tales almogávares a otro, de harta más edad, con quien venía. -A la Misleida -respondió este. -¡Misleida! No he oído nunca mentar eso, Fortuñón. -Ni es de extrañar, hijo Aznar, que tanto ignores. Tú no debías de ser nacido cuanto tu padre y yo peleamos uno contra veinte en aquella llanura que al frente miras, la llanura del Alcoraz. Pues sábete que de resultas de tal jornada, la más sangrienta que hayan visto los pecadores, se rindió esta ciudad, tan fuerte como la ves, con sus noventa y nueve torres, que son casi tan altas como los cerros que cierran el llano de Jaca. -Pero, ¿y la Misleida, Fortuñón? -repuso el otro almogávar, que no debía de ser hombre de espera. -Paso, hijo mío, paso -contestó Fortuñón-. A vosotros, los que sois mozos, debe de daros envidia que los viejos sepamos de tales hazañas. La Misleida era la iglesia principal de aquellos perros infieles que ocupaban esta ciudad hermosa. Mírala, Aznar, mira esta ciudad y considera cuánto dolor no sería que estuviese aún en poder de aquel perro de Ebn-Hud y de sus malditos vasallos. -Eres prolijo, Fortuñón. Dime, si te place, por qué hemos de ir a esa condenada mezquita de moros, y no a la iglesia de los cristianos donde hoy se celebra la jura y coronación del buen rey don Ramiro; que eso y no otra cosa pregunto. -¿Qué sabes tú de buenos reyes? -dijo Fortuñón con acento un tanto dolorido-. ¡Buenos reyes! Desde que una mala flecha quitó la vida a nuestro invicto rey y señor Sancho Ramírez, temiéndome he estado yo que no los viésemos tan buenos. Y aunque don Pedro y don Alfonso lo fueron y... -Pero, ¿qué tiene que ver eso con la Misleida? Por la espada de San Miguel y la lanza de San Jorge, que, a no ser quien eres, no pudiera ya refrenar la cólera que me causan tus digresiones. Responde a lo que te pregunto o no respondas; pero no me atormentes con cosas que sé tan bien como tú a fuerza de oírlas a todas horas. -Paso, paso te digo, Aznar -repuso con calma su compañero-. No envidies mi pericia y conocimiento en esto de buenos reyes. Cabalmente vamos allá, a la Misleida, a ver la jura y coronación de don Ramiro, porque has de saber que el rey don Pedro (aquel sí que era buen rey, Aznar) convirtió la mezquita de los moros en santa catedral de cristianos. Y a tiempo dijo esto Fortuñón, que llegaban entrambos a la estrecha plaza en donde se levantaba la rica Misleida, templo querido y venerado de los moros a la par de las grandes mezquitas de Córdoba y de la Meca, y, a la sazón, tenido de los cristianos por uno de los mejores donde se adorase al Dios verdadero. En la plaza era innumerable el gentío, y las puertas del templo estaban ocupadas de tal suerte, que no parecía posible hallar entrada. Fortuñón y Aznar lograron, sin embargo, abrirse camino por en medio de todos hasta las numerosas columnas, de capiteles varios, del templo, que no parecía con ellas sino que era un bosque de mármol simétricamente plantado. Lo extraño de su continente y lo espantoso de sus armas y apostura, al propio tiempo que la fama de ásperos y violentos que alcanzaban los almogávares, eran parte a que los pacíficos burgueses abriesen a aquellos ancha calle, no bien intentaban el paso. De esta suerte lograron cosa que, a tales horas, no era fácil que otros lograsen. La ceremonia andaba ya bien comenzada. El nuevo rey don Ramiro, después de haber velado las armas toda la noche, según ordenaba la ley del Fuero, había oído misa y comulgado, ofreciendo luego ante el altar púrpura y oro en monedas, las primeras batidas en su reinado. En el momento de entrar los almogávares, la comitiva, compuesta de muchos prelados y caballeros, estaba plantada delante del altar mayor. Ocho ricoshombres de los mejores del reino alzaron sobre un largo pavés a don Ramiro, gritando al propio tiempo muy esforzadamente: -Real, Real, Real. Y los circunstantes repitieron todas tres veces el grito. Entonces el rey, desde lo alto del pavés, arrojó a la muchedumbre copia de monedas nuevas, que podrían valer hasta cien sueldos de Jaca. Luego pusieron el pavés en tierra los ricoshombres. Y acercándose el rey al altar, tomó de allí primero la corona, toda resplandeciente de piedras verdes y rojas, que debían de ser muy preciosas, sin duda, y la espada hecha a semblante de cruz, según el cronista; ciñéndose por sí mismo una y otra como en señal de que ningún otro rey terrenal tenía poder sobre él, ni a nadie en el mundo era en deber de su autoridad y soberanía. Y aquí advierte el mozárabe que don Ramiro anduvo un tanto torpe en el ceñir de la espada, como si no estuviese acostumbrado a ello; verdad es que, a darle crédito, en toda la ceremonia se mostró el rey embarazado y con menos majestad que convenía. Pero, bien o mal, ello es que se puso la espada y corona, y luego se encaminó a un tablado, dispuesto a la mano derecha del altar, y ricamente forrado de tela de seda, con las primitivas armas de Aragón aquí y allá bordadas. Encima del tablado había una silla de ébano, con primorosas labores de nácar y marfil, y una tal cual de plata, en la que el rey se sentó, aguardando que llegase el reino a tomarle juramento. Subió primero el arzobispo de Zaragoza, acompañado de otros dos prelados, y, poniéndole delante la cruz y los Santos Evangelios, dijo: -¿Juráis ser fiel a la Santa Iglesia Católica, y obediente a sus príncipes y prelados? -Sí, juro -respondió el rey. -¿Juráis respetar las decisiones de la Iglesia en sus Concilios, y las sentencias de los Santos Padres en todo lo que atañe al dogma y a la interna y externa disciplina? -Sí, juro -volvió a responder el rey. -Pues si tal hacéis -concluyó el prelado-, Dios os lo premie, y si no os lo demande, que si os lo demandaría, así en esta vida como en la otra. Bajó el arzobispo del tablado, y subieron tres ricoshombres, que fueron Roldán, Gil de Atrosillo y García de Vidaura; y el primero de ellos, presentándole también la cruz y los Santos Evangelios, habló al rey de esta suerte: -¿Juráis respetar los fueros y privilegios que nosotros los señores y ricoshombres del reino disfrutamos ab initio, por la gracia de Dios, es a saber, desde que en las montañas empezaron a repartirse los bienes a los más esforzados? -Sí, juro -respondió el rey. -¿Juráis devolver a todos y cada uno de los ricoshombres del reino los castillos y lugares de que injustamente los han desposeído vuestros predecesores? -Sí, juro -dijo de nuevo el rey. -Pues si todo ello lo cumplís
目次
このエディションの内容
- 01Full text
- 02Capítulo I
- 03Capítulo II
- 04Capítulo III
- 05Capítulo IV
- 06Capítulo V
- 07Capítulo VI
- 08Capítulo VII
- 09Capítulo VIII
- 10Capítulo IX
- 11Capítulo X
- 12Capítulo XI
- 13Capítulo XII
- 14Capítulo XIII
- 15Capítulo XIV
- 16Capítulo XV
- 17Capítulo XVI
- 18Capítulo XVII
- 19Capítulo XVIII
- 20Capítulo XIX
- 21Capítulo XX
- 22Capítulo XXI
- 23Capítulo XXII
- 24Capítulo XXIII
- 25Capítulo XXIV
- 26Capítulo XXV
- 27Capítulo XXVI
- 28Capítulo XXVII
- 29Capítulo XXVIII
- 30Capítulo XXIX
- 31Capítulo XXX
- 32Capítulo XXXI
- 33Capítulo XXXII
- 34Capítulo XXXIII
- 35Capítulo XXXIV