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Literatura
Una cristiana
Edição BooksWhale em espanhol por Emilia Pardo Bazán
Una novela clásica sobre religión, deseo, matrimonio, educación y libertad femenina.
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Introdução do livro
Una cristiana
Una cristiana presenta una historia de religión, deseo, matrimonio, educación y libertad femenina. La obra combina conflicto íntimo, observación social y personajes enfrentados a las normas de su tiempo.
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Emilia Pardo Bazán died in 1921, and Una cristiana was first published or composed in 1890. These dates support the public-domain basis for this original-language edition.
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Una cristiana
Emilia Pardo Bazán
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Verán ustedes las asignaturas que el Estado me obligó a echarme al cuerpo con objeto de prepararme a ingresar en la Escuela de Caminos. Por supuesto, Aritmética y Álgebra; sobra decir que Geometría. A más, Trigonometría y Analítica; y por contera Descriptiva y Cálculo diferencial. Luego (prendidito con alfileres, si he de ser franco) idioma francés; y cosido a hilván, muy deprisa, el inglés, porque al señor de alemán no quise meterle el diente ni en broma: me inspiraban profundo respeto los caracteres góticos. A continuación, los infinitos «dibujos»: el lineal, el topográfico y también el de paisaje, que supongo tendrá por objeto el que al manejar el teodolito y la mira, pueda un ingeniero de caminos distraerse inocentemente rasguñando en su álbum alguna vista pintoresca, ni más ni menos que las _mises_ cuando viajan.
Siguió al ingreso el cursillo, llamado así en diminutivo para que no nos asustemos. En él no entran sino cuatro asignaturas para hacer boca: Cálculo integral, Mecánica racional, Física y Química. Durante el año del cursillo no nos metimos en más dibujos; pero al siguiente (que es el primero de la carrera propiamente dicha) nos tocaban --aparte de profundizar los Materiales de construcción, la Mecánica aplicada, la Geología y la Estereotomía-- dos dibujitos nuevos: el dibujo a pluma, «de sólidos», y el «lavado».
Yo no fuí de los alumnos más exageradamente _empollones_, pero como tampoco era de los más lerdos (aunque me esté mal el decirlo), supe machacar el hierro según convenía que se machacase, y acudir a la paciencia y a la tenacidad en asignaturas donde no bastando el ejercicio del entendimiento hay que forzar el automatismo de la memoria. Tuve algún tropiezo, pues no es fácil evitarlos al seguir una carrera en que deliberadamente se aprietan las clavijas a los alumnos, con el fin de sacar el número justo para cubrir las plazas vacantes. Año arriba o abajo, era seguro el éxito, y mi madre, que costeaba mi carrera ayudada por su único hermano, llevaba con relativa resignación, cuanta permitía su carácter, mis fracasos, por constarle que no eran muchos, y que al salir ingeniero hecho y derecho, tenían en el bolsillo los nueve mil... y dietas. Ni todos los tropiezos fueron de los que pueden evitarse, aun desplegando la mayor asiduidad del mundo. Un año estuve enfermo de anemia, complicada después con viruelas locas; y este incidente y otros que no hacen al caso, explicarán cómo, gozando fama de joven estudioso y persona medianamente culta, hube de encontrarme a los ventiún años cursando el segundo de la carrera; es decir, faltándome tres para terminarla.
El año anterior, o sea el primero de la carrera propiamente dicha, me ví precisado a dejar alguna asignatura para los exámenes de Septiembre. Atribuyo este incidente, siempre desagradable, a la influencia maléfica de cierta posada donde me alojé por tentación del diablo. El tiempo pasado allí me dejó indelebles recuerdos que me traen risa a los labios y vislumbres de indiscreto júbilo al alma cuando los evoco. Algo referiré de esta posada, y ustedes dirán si Arquímedes en persona sería capaz de estudiar en semejante madriguera.
Hay todavía en Madrid tres o cuatro casas --verbigracia, la de los Corralillos, la de los Cuartelillos, la de Tócame Roque-- muy semejantes a la que voy a describir. En su recinto se apiñaba el vecindario de un mediano poblachón; tenía sus tres patios con balconada, sobre la cual se abrían las puertas de los cuchitriles o tabucos, numeradas en los dinteles; y no faltaban sus inquilinas desvergonzadas y reñidoras, sus ciegos entonando coplejas al son de destemplado guitarrillo, sus gatos atacados de neurosis correteando de bohardilla a bohardilla y de baranda a baranda --ya a impulsos de amorosas emociones, ya en virtud de algún tremendo ladrillazo--, sus tiestos de clavellinas y albahaca, sus pañales puestos a secar en compañía de desflecados refajos y remendadas camisas; en fin, todo lo que abunda en este género de guaridas de la villa y corte, mil veces retratadas por los novelistas y los pintores de costumbres. El cuarto tercero de la derecha había sido alquilado a Josefa Urrutia, vizcaína, ex doncella de la Marquesa de Torres-Nobles, y ex doncella en otro sentido, por culpa de «uno de minas». De los devaneos de la Josefa había resultado lo de costumbre: al principio muchas carantoñas, luego frutos de bendición sin la del cura, luego hastío del seductor, lágrimas de la víctima, abandono, juramentos de venganza y planes de exterminio, escándalos callejeros con presentación de rorro en mantillas, reclamación ante el juez, y providencia de éste a favor de la ofendida, señalando una pensión de seis reales diarios a cada vastaguito. Sólo que ¡vaya por Dios! de pago andábamos muy mal. Por fas o por nefas, hoy que el papá se encuentra en Montevideo y la letra no ha llegado; mañana que el cambio sobre España está por las nubes y no se puede girar, ello es que la desdichada Pepa no hubiera conseguido valerse y sacar adelante a los dos críos, si no tiene la feliz ocurrencia de arrendar el consabido piso tercero, arañar unos cuantos muebles en las prenderías y el Rastro, y con sábanas y almohadas de desecho, regalo de la señora marquesa, instalar la casa de huéspedes, nido de estudiantes y de chinches.
Capítulo de préviaIIPrévia
Duraron mis saudades menos de lo que temí. Cada sér prefiere su elemento natural, y el mío no era el desorden, el galimatías de la posada bohemia. Mi nuevo parador estaba sito en la calle del Clavel: un cuarto cuarto, soleado y con habitaciones no tan mezquinas como suelen ser las que se ofrecen por trece reales diarios. También era vizcaína la patrona, porque lo son la mitad de las patronas de España; pero bien distinta de la Pepa Urrutia: limpia como los chorros del oro, excelente guisandera de bacalao con tomate, callos, paella y demás sabrosas porquerías de la cocina nacional, y exenta de pasiones devastadoras, al menos que estuviesen a la vista, por lo cual todos los huéspedes saldaban sus cuentas o salían pitando.
En la casa de doña Jesusa --por ser de edad madura le aplicábamos el doña-- las camas, aunque empedernidas y angostas, eran aseadas; la criada argandeña, hacía sábado a menudo; en el pasillo, delante de la cocina, cantaba, enjaulado, un jilguero; la noche de Navidad se comía sopa de almendra y besugo, y no faltaban, en suma, ciertos toques de humilde bienestar y paz burguesa. Verdad que todo andaba muy apurado y justo: de ordinario, los cinco o seis estudiantes que nos sentábamos a la mesa, nos levantábamos mal satisfechos, porque la pitanza salía tasadita. No quiero murmurar del chocolate, que era engrudo tiznado de ladrillo; ni de la tortilla coriácea; ni de las manzanas y peras del postre, que parecían contrahechas en cera, según la abstención que con ellas observábamos. «Debían darnos siquiera el postre de los sentenciados a muerte; pasas y almendras» decía mi paisano Luis Portal, que era, a lo serio, bastante guasón. Pasaré también por alto la eterna monotonía de la sopa de pasta, calificada por Luis de «alfabética» o «astronómica», según representaba letras o estrellitas. Prescindiré de la penuria del cocido, con su tocino oculto detrás de un garbanzo y partido ya en raciones para que un huésped solo no se engullese las de los demás; y no delataré las gusaneras del pescado, ni las flacideces de la carne. A mi edad es raro que el sibaritismo y la gula den mucha guerra. Por otra parte, los días del santo de cada pupilo o de fiestas muy señaladas y de repique gordo, doña Jesusa nos obsequiaba con algún guisote en que había puesto los cinco sentidos, y entonces nos desquitábamos. Siempre observaba doña Jesusa los días clásicos, y los distinguía con algún refinamiento en la mesa, y estos extraordinarios ayudaban a conllevar la habitual estrechez, remedando las gratas alternativas del hogar doméstico.
Luis Portal, que era hijo de un cafetero de Orense y muy regalón y habilidoso, ideó que podíamos, sin gran dispendio, tomar café mañana y tarde. Compró de lance, en el Rastro, una cafetera para seis tazas; por los mismos medios agenció un molinillo; procuróse del mejor café tostado y sin moler, dos libras de azúcar morena, y repartidos los gastos a prorrata, resultó en efecto baratísimo el delicioso brebaje. Si pudiésemos llegar a la media copita de _fine_ o de _mono_... Pero ahí nos estrellábamos; ahí no alcanzaban nuestros recursos. El coñac era ruinoso. Portal tenía una botella traída de su casa en el fondo del baúl; nos impusimos la obligación de estirarla, bebiendo sólo un dedalito, y la consigna se observó tan bien, que al cabo de dos días le vimos el fondo a la botella.
Resumiendo, y para ser sinceros: en la casa de doña Jesusa se podía estudiar. Había horas, silencio, quietud. Alguna que otra vez nuestra patrona regañaba a la criada; pero este ruído familiar y previsto no alcanzaba a distraernos. Cada cual según la extensión de sus facultades, empollábamos todos, procurando no tener que _excusarnos_ cuando los profesores nos preguntasen. El de Máquinas nos inspiraba un poquillo de miedo, por su gran afición a _salir de pesca_, o sea a alterar el orden establecido para preguntar la lección. Ya he dicho que yo no sobresalía entre mis compañeros por extremar la asiduidad, ni Luis Portal tampoco: ambos nos dábamos maña para poner en ejercicio el entendimiento, sacándole a flote hábilmente, no dejándolo sucumbir bajo el peso de la memoria, porque temíamos la depresión especial que causan estos estudios áridos y rigurosos en los cerebros pobres, y que Luis llamaba «la guilladura matemática». En cambio, dos chicos de los que vivían con nosotros estaban tan rendidos y agotados, que recelábamos que al acabar la carrera (si la acababan) parasen en un tonticomio. Era el uno de ellos un cubano, dotado de prodigioso memorión. Con ayuda de esta facultad inferior, pero tan indispensable y que de tal suerte cubre las faltas del entendimiento, se tragaba los libros, y siempre que no se tratase de discurrir, ni de poner o quitar al texto, se presentaba con admirable brillantez. Sólo que la más mínima objeción, la interrupción más leve, cualquiera circunstancia de esas que obligan a apelar a la inteligencia, le mataban; aturrullábase todo y no había manera de que contestase derecho ni a la cosa más sencilla. Portal le llamaba «el lorito», y se reía mucho de su calma, de su dejo lánguido, de verle siempre tiritando, hasta encima del brasero. Cuando soltaba los libros, era el antillano lo mismo que pájaro a quien le desprenden un collar de plomo. Entonces, a falta del vigor mental necesario para manejar garbosamente las pesas y las barras de hierro de las ciencias exactas, mostraba el pobre desterrado las galas de una brillante fantasía, toda luz y colores, o por mejor decir, toda lentejuelas y fuegos fatuos. En boca suya, la frase más vulgar revestía forma poética; rimaba sin sentirlo y al sonsonete; era capaz de estarse una hora hablando en verso bien medido y armonioso; pero el satírico Portal decía que los versos del cubano tenían exactamente tanto valor artístico como la música que componemos y tarareamos al extender distraídamente por los carrillos el jabón para afeitarnos, y que hacían el mismo sentido leídos de arriba abajo que de abajo arriba. «Vamos a llamarle el sinsonte, en vez del lorito», añadía cada vez que el cubano nos endilgaba sus poéticas sartas de cuentas de vidrio, lo cual solía ocurrir después que se atiborraba de café.
Sumário
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- 17XVI
- 18XVII
- 19XVIII
- 20XIX
- 21XX
- 22XXI
- 23XXII
- 24FIN
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