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El juguete rabioso
西班牙语 BooksWhale 版本 · Roberto Arlt
Una novela urbana de iniciación sobre delito, pobreza, fracaso, deseo y Buenos Aires moderno.
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图书简介
El juguete rabioso
El juguete rabioso sigue a Silvio Astier entre lecturas, invenciones, empleos miserables, delito y humillación. Roberto Arlt ofrece una voz áspera y moderna para la ciudad, la marginalidad y la imaginación frustrada.
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El juguete rabioso se publicó por primera vez en 1926. Su publicación anterior a 1931 respalda el dominio público del texto español original en los Estados Unidos.
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El juguete rabioso
Roberto Arlt
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Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca, un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia.
Decoraban el frente del cuchitril, las polícromas carátulas de los cuadernillos que narraban las aventuras de Montbars el Pirata y de Wenonga el Mohicano. Nosotros los muchachos al salir de la escuela, nos deleitábamos observando los cromos que colgaban en la puerta, descoloridos por el sol.
A veces entrábamos a comprarle medio paquete de cigarrillos Barrilete, y el hombre renegaba de tener que dejar el banquillo, para mercar con nosotros. Era cargado de espaldas, carisumido y barbudo, y por añadidura algo cojo, una cojera extraña, el pié redondo como el casco de una mula con el talón vuelto hacia afuera.
Cada vez que le veía recordaba este proverbio que mi madre acostumbraba a decir: "Guárdate de los señalados de Dios".
Solía echar algunos parrafitos conmigo, y en tanto escogía un descalabrado botín entre el revoltijo de hor
mas y rollos de cuero, me iniciaba con amarguras de fracasado en el conocimiento de los bandidos más famosos en las tierras de España, o me hacía la apología de un parroquiano rumboso a quien lustraba el calzado y que le favorecía con veinte centavos de propina.
Como era codicioso sonreía al evocar al cliente, y la sórdida sonrisa que no acertaba a hincharle los carrillos arrugábale el labio sobre sus negruscos dientes.
Cobróme simpatía a pesar de ser un cascarrabias y por algunos cinco centavos de interés me alquilaba sus libacos adquiridos en largas suscripciones. Así entregándome la historia de la vida de Diego Corrientes, decía:
—Ezte que chaval, hijo... que chaval... era ma lindo que una rroza y lo mataron lo miguelete...
Temblaba de inflexiones broncas la voz del menestral:
—Ma lindo que una rroza... zi er tené mala zombra... Recapacitaba, luego:
—Figúrate tú... daba ar pobre lo que quitaba ar rico... tenía mugé en toos los cortijo... si era ma lindo que una rroza...
En la mansarda apestando con olores de engrudo y de cuero, su voz despertaba un ensueño con montes reverdecidos. En las quebradas había zambras gitanas... todo un país montañero y rijoso aparecía ante mis ojos llamado por la evocación.
—Si era má lindo que una rroza y el cojo desfogaba su tristeza reblandeciendo la suela a martillazos encima de una plancha de hierro que apoyaba en las rodillas. Después, encogiéndose de hombros como si desechara una idea inoportuna, escupía por el colmillo a un rincón, afilando con movimientos rápidos la lezna en la piedra.
Mas tarde agregaba:
—Verá tú que parte má linda cuando lleguez a doña Inezita y ar ventorro der tío Pezuña y observando que me llevaba el libro me gritaba a modo de advertencia:
—Cuidarlo niño que dineroz cuesta... y tornando a sus menesteres, inclinaba la cabeza cubierta hasta las orejas de una gorra color ratón, hurgaba con los dedos mugrientos de cola en una caja, y llenándose la boca de clavillos continuaba haciendo con el martillo, toc... toc... toc... toc...
Dicha literatura que yo devoraba en las "entregas" numerosas, era la historia de José María, el Rayo de Andalucía, o las aventuras de Don Jaime el Barbudo y otros perillanes más o menos auténticos y pintorescos en los cromos que los representaban de esta forma:
Caballeros en potros estupendamente enjaezados, con renegridas chuletas en el sonrosado rostro, cubierta la colilla torera por un cordobés de siete reflejos y trabuco naranjero en el arzón. Por lo general ofrecían con magnánimo gesto una bolsa amarilla de dinero a una viuda con un infante en los brazos, detenida al pié de un altozano verde.
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CAPITULO II
目录
本版本内容
- 01Full text
- 02LOS LADRONES
- 03CAPITULO II
- 04LOS TRABAJOS Y LOS DIAS
- 05CAPITULO III
- 06EL JUGUETE RABIOSO
- 07CAPITULO IV
- 08JUDAS ISCARIOTE