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文学
La Montálvez
西班牙语 BooksWhale 版本 · José María de Pereda
Una novela sobre educación sentimental, aristocracia, viajes y decadencia moral, construida alrededor de una mujer atrapada entre deseo y reputación.
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图书简介
La Montálvez
Pereda sigue la formación y las decisiones de una protagonista cuya vida queda marcada por el mundo aristocrático y sus códigos de apariencia. La novela combina análisis social, paisaje y drama íntimo para criticar una sociedad fascinada por el lujo.
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Publicado en 1888; José María de Pereda murió en 1906. El texto original español está en el dominio público conforme a los plazos de protección aplicables.
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La Montálvez
José María de Pereda
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Parte I
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Pulcro y rollizo; suave y risueño, y, al mismo tiempo, solemne y espetado; vulgar obscuro de meollo; rico, huérfano y libre; sin nervios ni hieles en el cuerpo, ni señal de polvo de las aulas en la ropa; vicioso a la chita callando; enamorado de su estampa, de su talento, de su elocuencia, y especialmente de los timbres de su linaje, y dejándose correr, con todas estas ventajas, a lo largo de la vida en lo más substancioso de ella, sin otros fines que el regalo de la querida persona, con la satisfacción de todos los apetitos, pero sin prefacios de grandes desvelos, ni epílogos de incómodas harturas... eso era el caballero marqués de Montálvez (título con polillas, de puro rancio); eso era en los tiempos de su mocedad; y así fue tirando el pobre, sin visible quebranto en la salud, aunque con muchos y muy gordos en el caudal, hasta que le apuntaron la calvicie en el cogote y la pata de gallo en los ojos. Entonces se decidió a casarse; y contra lo que era de esperar de sus devociones y pujos aristocráticos, partió su blasonado lecho con la hija única de un rico ex contratista de carreteras y suministros, rozagante y frescachona, eso sí, pero no tan hermosa, seguramente, como él la pintaba, quizás en su empeño de justificar con la ley irresistible de una pasión desinteresada, una caída desde lo más alto de las cumbres de su vanidad.
El mundo, del cual era el marqués uno de los más brillantes sustentáculos, lo vela muy de otro modo; pero el recién casado no paraba mientes en ello, o fingía no pararlas. Lo cierto es que la hija del rico ex contratista hacía a maravilla el papel de marquesa; que el marqués alimentó no poco la extenuada corriente de sus caudales con el copioso manantial del bolsón de su suegro; que éste parecía muy complacido viendo cómo lucían sus prodigalidades en la flamante jerarquía de su hija; que la encopetada sociedad de la corte, a pesar de sus escrúpulos y reparos de estirpe, propalados de oreja en oreja a escondidas de los despellejados, abría de par en par a éstos las puertas de sus salones, y que no eran las galas, ni el esplendor, ni el natural donaire de la advenediza, lo que menos se aplaudía en ellos.
Cerca de dos años llevaba de consumado este matrimonio, y aún no daba señales de lo que el marqués anhelaba con un ansia y un afán tan poco disimulados, que más de una vez dieron motivo a los ingeniosos epigramas de la gente encopetada, los cuales caían después, sin saberse cómo, en medio de la vía pública, donde los recogían estudiantes, gacetilleros y otras gentes nocivas, que los propalaban y esparcían por toda la capital, y aun fuera de ella. Es muy singular el don que tiene Madrid, con ser tan grande en comparación con una aldea, para vulgarizar tipos, acreditar frases y poner motes.
Lo que el marqués deseaba con tan descomedidas ansias, era un hijo varón; pero llegaron a pasar tres años, y lo deseado no venía. Al cumplirse los cuatro hubo grandes barruntos de algo. Pero ¿qué sería? Y esto se preguntaba a cada instante el buen marqués, y esto le preguntaban a cada hora sus amigos y conocidos; y por adivinarlo, aceptaba y rechazaba, según que se ajustaran o no a sus deseos, cuantos síntomas y fenómenos internos y externos acepta como artículos de fe la observación del vulgo, cuando la marquesa dio a luz una hembra.
Dudo mucho que se reciba con peor talante a un huésped desconocido que se mete a las dos de la mañana en casa de su prójimo, robándole el sueño y alborotándole el hogar, que a la recién nacida en el de sus padres, en cuanto el doctor proclamó, en voz desfallecida y con gesto de terciana, el sexo que la había tocado en suerte.
目录
本版本内容
- 01Full text
- 02Parte I
- 03I
- 04II
- 05III
- 06IV
- 07V
- 08VI
- 09VII
- 10VIII
- 11IX
- 12X
- 13XI
- 14XII
- 15XIII
- 16XIV
- 17XV
- 18XVI
- 19XVII
- 20Parte II
- 21I
- 22II
- 23III
- 24IV
- 25V
- 26VI
- 27VII
- 28VIII
- 29IX
- 30X
- 31XI
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