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Spanish Edition

Literature

Aita Tettauen

Spanish BooksWhale Edition by Benito Pérez Galdós

La guerra de África reúne destinos españoles y marroquíes en una novela que contrasta campañas militares, creencias y vida cotidiana.

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Book introduction

Aita Tettauen

En Aita Tettauen, Benito Pérez Galdós sitúa a sus personajes en la guerra hispano-marroquí de 1859 y 1860. La campaña militar se entrelaza con encuentros culturales, intereses políticos y distintas formas de interpretar la religión y la patria. Cuatro partes y treinta y cuatro capítulos ofrecen una narración histórica que alterna perspectivas y cuestiona las certezas de los protagonistas.

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Benito Pérez Galdós murió en 1920. La obra se publicó por primera vez en 1905. Esta edición utiliza el texto histórico original en español de Wikisource, sin añadidos editoriales modernos.

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Primera parte

Preview chapterCapítulo IPreview

Madrid, Octubre-Noviembre de 1859

Antes de que el mundo dejara de ser joven y antes de que la Historia fuese mayor de edad, se pudo advertir y comprobar la decadencia y ruina de todas las cosas humanas, y su derivación lenta desde lo sublime a lo pequeño, desde lo bello a lo vulgar, cayendo las grandezas de hoy para que en su lugar grandezas nuevas se levanten, y desvaneciéndose los ideales más puros en la viciada atmósfera de la realidad. Decaen los imperios, se desmedran las razas, los fuertes se debilitan y la hermosura perece entre arrugas y canas... Mas no suspende la vida su eterna función, y con los caminos que descienden hacia la vejez, se cruzan los caminos de la juventud que van hacia arriba. Siempre hay imperios potentes, razas vigorosas, ideales y bellezas de virginal frescura; que junto al sumidero de la muerte están los manantiales del nacer continuo y fecundo... En fin, echando por delante estas retóricas, os dice el historiador que la hermosura de la sin par Lucila, hija de Ansúrez, se deslucía y marchitaba, no bien cumplidos los treinta años de su existencia.

Quien hubiera visto aquel primoroso renuevo del árbol celtíbero en la edad de su primaveral desarrollo, cuando con ella volvían al mundo las gracias y la donosura de la princesa Illipulicia, secundum Miedes, soberano arqueólogo; quien gozara del aspecto helénico, de la estatuaria majestad de aquella figura transportada de la edad homérica y emigrante de Troya, no la habría reconocido en la dama campesina de 1859, cuyo rostro y talle iban embutiendo sus líneas en la grasa invasora, producto en aquel cuerpo, como en otros, de la vida regalona y descuidada, del comer metódico, del matrimonio sin glorias ni afanes, con cinco alumbramientos y el trajín de labradora rica, que más convida al desgaire que a la compostura... A poco de casarse, dio Lucila en engordar, con gran regocijo de su esposo el buen Halconero, que a menudo la pesaba (en el aparato que le servía para el romaneo de sus carneros, destinados al Matadero de Madrid), y celebraba triunfante las libras que en cada trimestre iba ganando aquel lozano cuerpo. ¡Adiós ideal; adiós, leyenda; clásicas formas, adiós!

Cinco vástagos, reducidos a cuatro por muerte del segundo, componían la prole de Halconero y Lucila en 1859. Sólo en las facciones del primogénito, nacido en Diciembre del 52, se reprodujo la hermosura de la madre; los otros tres, una niña y los dos varoncitos menores, sacaron las narices romas y aplastadas, características de la raza de Halconero, y no apuntaba en sus rostros un tipo de atávica belleza. Más que de la gallarda familia de los autrigones, según Ptolomeo, o allotriges, como los designaron Strabón y don Ventura Miedes, parecían reproducción de los feos y rudos turmodigos, que designa Plinio como pobladores de la comarca llamada conventus cluniensis (hoy Coruña del Condado). El niño mayor, Vicente como su papá, sí que se traía todos los rasgos étnicos de los autrigones; y si viviera el gran anticuario de Atienza, le diputaría por acabado tipo de la tribu de los Segisamunculenses, que habitaron en Osma, no lejos de la ciudad donde hubo de ver la luz Jerónimo Ansúrez el Grande, en quien revivió la más potente y hermosa casta de españoles. Por desgracia suya y de la familia, el gallardo niño, que se criaba como un rollo de manteca hasta cumplir los tres años, desde esta edad dio en encanijarse, sin que acertaran a combatir el raquitismo con sus consumadas artes y buena voluntad el médico y boticario de la Villa del Prado.

Cayendo y levantándose llegó Vicentito al 59, el rostro como de un ángel, torcido y desaplomado el cuerpo, y así estaba cuando, de resultas de la caída de un caballo (de cartón), se le formó un bulto en la pierna, y este se resolvió en tumor, que hubieron de sajarle los doctores del pueblo con éxito equívoco, pues luego se reprodujo con mala traza y acerbos sufrimientos de la criatura. Afligidos los padres, y temerosos de que su primogénito, si curaba, se les quedase cojo, acordaron trasladarse a Madrid para emprender allí nuevo tratamiento con asistencia de los mejores facultativos de la capital. Ved aquí la razón de que en el verano y otoño del 59 les halláramos instalados en Madrid, plazuela de la Concepción Jerónima, atentos marido y mujer a las opiniones de diferentes médicos famosos, y a la probatura de variadas preparaciones farmacéuticas.

Preview chapterCapítulo IIPreview

Había sufrido el rico labrador de la Villa del Prado un ataque ligero de parálisis, meses antes de lo que ahora se cuenta. Fue un aviso de su naturaleza apoplética recomendándole que se moderase en el comer. Sujeto a un régimen de sobriedad por su cara esposa, tasaba sus atracones en la comida y particularmente en la cena, con lo que se le compuso aquel desarreglo, quedándole sólo el achaque de tartamudear en los momentos de viva emoción o de coraje, y la inseguridad de piernas... La prudente Lucila le recomendó aquella tarde (22 de Octubre, si no miente la Historia) que no tomase tan a pecho la guerra que se anunciaba, pues él no estaba para bromas, ni podían hacerle provecho los malos ratos que suelen darse los patriotas por saber quién gana o pierde las batallas. No podía someterse el buen señor a este criterio, porque las glorias de su patria le importaban más que la vida, y prefería morir de un reventón de gusto a vivir en la indiferencia de estas glorias ahora refrescadas. Aquella noche, cenando y empinando más de lo determinado por la discreta Lucila, se dejó decir que España entraría en Marruecos por una punta y saldría por otra, no dejando títere ni moro con cabeza en todo el imperio. Y no debían los españoles contentarse con hacer suya toda la tierra de berberiscos, y abatir sus mezquitas y apandar sus tesoros, sino que al volverse para acá victoriosos, debían dejarse caer como al descuido sobre Gibraltar, y apoderarse de la inexpugnable plaza antes que la Inglaterra pudiese traer acá sus navíos. Una vez dueños del famoso peñasco, quedaría bien zurcido aquel jirón de la capa nacional, y ya podíamos los españoles embozarnos muy a gusto en ella.

También en el viejo Ansúrez hervía la efusión patriótica; mas no eran sus demostraciones tan infantiles como las de Halconero. Su espíritu reflexivo, dotado de tanta claridad y agudeza que fácilmente penetraba hasta la entraña de todas las cosas, ponía en el examen de la anunciada guerra el sentido más puro de la realidad. «Buena será esta campaña -decía-, y debemos alabar al señor de O'Donnell por la idea de llevar nuestros soldados al África; que así echamos la vista y el rostro fuera de este patio de Tócame Roque en que vivimos. ¡Con doscientos y el portero, que ya nos apesta la política, siempre el mismo sainete representado en los mismos corredores de vecindad! Bien, muy bien... Pero esta guerra será dura, y nos ha de costar trabajo volver con provecho y gloria. No es el moro enemigo de poca cuenta, y en su tierra cada hombre vale por cuatro... Otra cosa les digo para que se pongan en lo cierto al entender de guerras africanas, y es que el moro y el español son más hermanos de lo que parece. Quiten un poco de religión, quiten otro poco de lengua, y el parentesco y aire de familia saltan a los ojos. ¿Qué es el moro más que un español mahometano? ¿Y cuántos españoles vemos que son moros con disfraz de cristianos? En lo del celo por las mujeres y en tenerlas al por mayor, allá se van unos con otros; que aquí el que más y el que menos no se contenta con la suya, y corre tras la del vecino. Los harenes de aquí se distinguen de los de allá en que están abiertos, y así nuestras moras salen y entran cuando les da la gana, y hacen su santo gusto. No hay cosa más fácil que venir acá un moro, aprender el habla en poco tiempo y hacerse pasar por español neto. Yo he conocido un moro de Larache, que aquí se llamaba Pablo Torres, y ni el diablo conocía el engaño. Las caras y los modos de accionar son los mismos acá y allá; y si se pudiera cambiar fácilmente de lengua como de vestidos, vendría la confusión de pueblos... Yo he visto el parentesco muy cerca de mí. Mi segunda mujer, alpujarreña, me tenía siempre la casa llena de sahumerios, y sabía poner el alcuzcuz. Contábame que su madre se pintaba de amarillo las uñas, y que su padre se sentaba siempre en el suelo con las piernas cruzadas. Era mi señora suegra mujer humilde, y según me contaron, no se incomodaba porque su marido, mi señor suegro, se regalase con otras dos mujeres de añadidura. Con que ya ven... Otros ejemplos sacaré si por lo que he dicho no me confiesan que esta guerra que ahora emprendemos es un poquito guerra civil... Pero civil o de naciones, adelante con ella, y veamos otra vez a Cristo vencedor de Mahoma. Yo digo... oigan esto... yo digo que entre un vascongado que se deja matar por don Carlos y por la Virgen, su Generalísima, y un andaluz de los que por la Libertad se metieron con Torrijos en la trampa de González Moreno, hay más diferencia que entre el malagueño y el berberisco que ahora van a pelearse por una brizna de honor... o por el viceversa de quítate tú, Alcorán, para ponerme yo, Evangelio...».

Table of contents

Inside this edition

  1. 01Primera parte
  2. 02Capítulo I
  3. 03Capítulo II
  4. 04Capítulo III
  5. 05Capítulo IV
  6. 06Capítulo V
  7. 07Capítulo VI
  8. 08Capítulo VII
  9. 09Segunda parte
  10. 10Capítulo I
  11. 11Capítulo II
  12. 12Capítulo III
  13. 13Capítulo IV
  14. 14Capítulo V
  15. 15Capítulo VI
  16. 16Capítulo VII
  17. 17Capítulo VIII
  18. 18Capítulo IX
  19. 19Capítulo X
  20. 20Capítulo XI
  21. 21Capítulo XII
  22. 22Capítulo XIII
  23. 23Tercera parte
  24. 24Capítulo I
  25. 25Capítulo II
  26. 26Capítulo III
  27. 27Capítulo IV
  28. 28Capítulo V
  29. 29Capítulo VI
  30. 30Capítulo VII
  31. 31Capítulo VIII
  32. 32Capítulo IX
  33. 33Capítulo X
  34. 34Cuarta parte
  35. 35Capítulo I
  36. 36Capítulo II
  37. 37Capítulo III
  38. 38Capítulo IV

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