Spanish Edition
Literature
Amalia
Spanish BooksWhale Edition by José Mármol
A foundational Argentine romantic-political novel set amid dictatorship, exile, danger, and love.
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Book introduction
Amalia
“Amalia” combines romance, political persecution, urban danger, and anti-Rosas resistance in nineteenth-century Argentina. José Mármol’s novel is a key work of Latin American fiction and a vivid narrative of love under authoritarian rule.
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This edition is based on a public domain text and has been prepared for digital reading by BooksWhale.
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Amalia is a public-domain work: the author died in 1871, and the text was first published in 1851. This edition uses the original Spanish text.
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Amalia
Preview chapterAmalia en presencia de la policíaPreview
Daniel llegó a su casa, montó en su soberbio alazán, partió a gran galope para Barracas, tomando las peores calles de la ciudad para no encontrar obstáculos de tránsito que lo detuviesen, pues los del terreno los salvaba siempre sin dificultad el superior caballo que montaba; pero todo era inútil, porque iba a llegar tarde a la quinta.
Cuando a las nueve de la mañana Daniel había dejado a su prima, para dirigirse a la ciudad, había dado orden a Fermín que lo esperase en Barracas, previniéndole las casas en que lo encontraría en caso que ocurriese alguna novedad.
Una ocurrió en efecto. Poco rato después de su partida llegó a la quinta una carta para Amalia, en que se le anunciaba una visita de la policía; y la joven mandó dar aviso a Daniel de este suceso, por cuanto ella desconfiaba de su prudencia en presencia del insulto que iba a hacerse a su casa.
Pasó inmediatamente al cuarto que ocupaba Eduardo. Tomó de sobre una mesa algunas traducciones del inglés en que solía entretenerse el joven; y convencida de que no había un solo objeto que pudiese revelar en ese aposento lo que probablemente venía a buscar la policía, volvió a la sala, echó los papeles a la chimenea, y se paseaba con esa inquietud natural a los que esperan de un momento a otro ser actores en una escena desagradable, cuando sintió parar varios caballos a la puerta de la quinta. Y esto sucedió cinco o seis minutos después de la partida de Fermín; mucho antes, pues, de lo que Amalia creía.
Mujer, sola, rodeada de peligros que se extendían desde ella hasta el ser amado de su corazón, la Naturaleza se expresó en ella con sinceridad: pálida y débil, se echó en un sillón, haciendo esfuerzos, sin embargo, para sobreponerse a sí misma.
Don Bernardo Victorica, un comisario de policía y Nicolás Mariño se presentaron en la sala, introducidos por Pedro.
Victorica, ese hombre aborrecido y temido de todos los que en Buenos Aires no participaban de la degradación de la época, era, sin embargo, menos malo de lo que generalmente se creía. Y sin faltar jamás a la severidad que le prescribían las órdenes del dictador, se portaba, toda vez que podía hacerlo sin comprometerse, con cierta civilidad, con una especie de semitolerancia, que hubiera sido un delito a los ojos de Rosas, pero que era empleada por el jefe de policía, especialmente cuando tenía que ejercer sus funciones sobre personas a quienes creía comprometidas por alguna delación interesada, o por el excesivo rigorismo del gobierno(2).
Con el sombrero en la mano, y después de hacer una profunda reverencia, dijo a Amalia:
-Señora, soy el jefe de policía: tengo que cumplir el penoso deber de hacer un escrupuloso registro en esta casa: es una orden expresa del Señor Gobernador.
-¿Y estos otros señores vienen también a registrar mi casa? -preguntó Amalia señalando hacia Mariño y al comisario de policía.
-El señor, no -contestó Victorica indicando a Mariño-, este otro señor es un comisario de policía.
-¿Y puedo saber a quién, o qué se viene a buscar a mi casa, de orden del Señor Gobernador?
-Dentro de un momento se lo diré a usted -respondió Victorica, con una fisonomía muy seria, pues que él y sus compañeros estaban de pie, sin haber recibido de Amalia la mínima indicación de sentarse.
Ella tiró del cordón de la campanilla, y dijo a Luisa, que apareció al momento:
-Acompaña a este señor, y ábrele todas las puertas que te indique.
Preview chapterApariciónPreview
Según las órdenes de Amalia ninguna luz se veía en la casa. Las puertas de las habitaciones estaban cerradas, a excepción de las que daban al río, porque por ese lado era seguro que no pasaba nadie de noche.
A su entrada a la pequeña sala Luisa vino a recibir a su señora, y el viejo Pedro asomó su cabeza por una ventana interior para ver que volvía sin novedad la hija de su coronel.
-¿No ha venido Daniel?
-No, señora: nadie ha venido después del señor Don Eduardo.
Pocos momentos hacía que la linda viuda y su gallardo amante conversaban siempre de sus amores y de sus promesas para lo futuro, cuando Pedro, que vigilaba el camino desde una ventana de su cuarto a oscuras, se asomó a la puerta de la sala, y dijo:
-Ahí vienen.
-¡Vienen! ¿Quiénes? -preguntó Amalia sobresaltada.
-El señor Don Daniel y Fermín.
-¡Ah! Bien, cuidado con los caballos.
-Daniel es nuestro ángel custodio, Eduardo.
-¡Oh, Daniel, Daniel no tiene semejante entre los hombres! -dijo el joven con cierto aire de vanidad, al tributar aquel homenaje de justicia al amigo de su infancia.
Vivo, alegre, desenvuelto como siempre, Daniel entró a la sala de su prima, cubierto con un pequeño poncho que le llegaba al muslo solamente, atada al cuello una cinta negra sobre la que caían los cuellos de su camisa, descubriendo su varonil garganta.
-Los amantes no comen; y esta bobería es una felicidad para mí -dijo, haciendo desde la puerta una cortesía a su prima, otra a su amigo, y otra a la mesa en que, como sabe el lector, estaban prontos tres cubiertos.
-Te esperábamos -dijo la joven sonriendo.
-¿A mí?
-Con usted se habla, señor Don Daniel -dijo Eduardo.
-¡Ah! ¡Muchas gracias! Son ustedes las criaturas más amables del mundo. ¡Y cómo se habrán cansado de esperarme! ¡Qué fastidiados habrán pasado el tiempo!
-Así, así -le respondió Eduardo meneando la cabeza.
-¡Ya ustedes no pueden estar solos un momento sin fastidiarse...! ¡Pedro!
-¿Qué quieres, loco?
-La comida, Pedro -dijo Daniel quitándose su poncho, sus guantes de castor, sentándose a la mesa y echando un poco de vino de Burdeos en un vaso.
-¡Pero, señor, eso es una impolítica! Se ha sentado usted a la mesa antes que esta señora.
-¡Ah! Yo soy federal, señor Belgrano, y pues que nuestra santa causa se sentó sin cumplimiento en el banquete de nuestra revolución, bien puedo yo sentarme sin ceremonia en una mesa que es otra perfecta revolución: platos de un color, fuentes de otro; vasos, sin copas de champagne; la lámpara casi a oscuras, y una punta del mantel cayendo al suelo, como el pañuelo de mi íntima amiga la señora Doña Mercedes Rosas de Rivera.
Amalia y Eduardo, que sabían ya la aventura de Daniel, dieron libre curso a su risa y vinieron a sentarse a la mesa donde Pedro acababa de poner la comida, a las diez de la noche, en aquella casa en que todo era romanesco y extraño.
-Y bien; antenoche te comprometiste con esa señora a hacerla ayer una visita y oír sus memorias; según nos lo dijiste anoche, ayer faltaste a tu palabra de caballero, pero supongo que hoy habrás reconquistado tu buen nombre.
-No, mi querida prima -dijo Daniel trinchando una ave.
-Has hecho mal.
-Puede ser; pero no iré a casa de mi entusiasta amiga, hasta no tener el honor de presentarme en ella con Eduardo.
-¿Qué? -preguntó Amalia frunciendo las cejas.
-¡Conmigo! -exclamó Eduardo.
-Pues no creo que haya aquí otro que se llame Eduardo.
-No pierda usted esa ocasión, señor Belgrano -dijo Amalia con ese tono y ese gestito que emplean las mujeres cuando quieren decir a su querido: «Dios lo libre a usted de hacer tal cosa.»
Table of contents
Inside this edition
- 01Full text
- 02Amalia en presencia de la policía
- 03Aparición
- 04Asilo inglés
- 05Así fue
- 06Conferencias
- 07Continuación del anterior
- 08Cómo Don cándido se decide a emigrar, y cuáles fueron las consecuencias de su primera tentativa
- 09Cómo sacamos en limpio que Don Cándido Rodríguez se parecía a Don Juan Manuel Rosas
- 10Cómo una sola puerta tenía tres llaves
- 11Daniel Bello
- 12De cuarenta, sólo diez
- 13De cómo Don Felipe Arana explicaba los fenómenos del magnetismo
- 14De cómo don Cándido Rodríguez era pariente de Cuitiño
- 15De cómo empezó para Daniel una aventura de fábulas
- 16De cómo era y no era gobernador delegado don Felipe
- 17De cómo se leen cosas que no están escritas
- 18Después del baile
- 19Donde aparece el hombre de la caña de la India
- 20Capítulo XI.
- 21Donde aparece, como aparece siempre, nuestro Don Cándido Rodríguez
- 22Donde continúan las escenas de un baile
- 23Doña María Josefa Ezcurra
- 24El 16 de agosto
- 25El amanecer
- 26Capítulo VIII.
- 27El caballero Juan Enrique Mandeville
- 28Capítulo VII.
- 29El comandante Cuitiño
- 30Capítulo V.
- 31El contrabandista de hombres
- 32El despertar del cura Gaete
- 33El gobernador delegado
- 34El jefe de día
- 35El jefe de ronda
- 36El presidente Salomón
- 37Capítulo XIII.
- 38El primero acto de un drama
- 39El reloj del alma
- 40El traje de boda
- 41El tálamo nupcial
- 42El velo de la novia
- 43El ángel y el diablo
- 44Capítulo IX.
- 45En Montevideo
- 46Escenas de la mesa
- 47Escenas de un baile
- 48Especie de epílogo
- 49Explicación
- 50Florencia y Daniel
- 51Capítulo XII.
- 52Indiscreciones
- 53La ballenera
- 54La casa sola
- 55La guardia de Luján y Santos Lugares
- 56La hora de comer
- 57Capítulo IV.
- 58La ley de hambre
- 59La pareja
- 60La primera curación
- 61Capítulo II.
- 62La ronda federal
- 63La rosa blanca
- 64Las cartas
- 65Capítulo III.
- 66Los dos amigos
- 67Manuela Rosas
- 68Monólogo en el mar
- 69Mr. Slade
- 70Patria, amor y amistad
- 71Preámbulo de un drama
- 72Primavera de sangre
- 73Promesas de la imaginación
- 74Pílades enojado
- 75Quinientas onzas
- 76Santos Lugares
- 77Setiembre
- 78Sor Marta del Rosario
- 79Todos comprometidos
- 80Traición
- 81Parte Primera
- 82Capítulo I.
- 83Treinta y dos veces veinte y cuatro
- 84Un vaso de sangre
- 85Una agente de Daniel
- 86Capítulo X.
- 87Una noche toledana
- 88Veinte y cuatro
- 89Victorica
- 90Capítulo VI.
- 91X. Continuación del anterior
- 92XI. Continuación del anterior
- 93XVI. Continuación del anterior
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