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Spanish Edition

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Aves sin nido

Spanish BooksWhale Edition by Clorinda Matto de Turner

Aves sin nido es un clásico de dominio público sobre indigenismo, injusticia social y poder local andino.

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Book introduction

Aves sin nido

Aves sin nido de Clorinda Matto de Turner es una obra original en español centrada en indigenismo, injusticia social y poder local andino. Esta edición BooksWhale selecciona un texto clásico, útil para búsqueda y lectura, con base de dominio público revisada bajo criterio global conservador.

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This edition is based on a public domain text and has been prepared for digital reading by BooksWhale.

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El autor murió en 1909 y la obra original se publicó en 1889; seleccionada con un criterio conservador de dominio público global: fallecimiento no posterior a 1925 y primera publicación no posterior a 1930.

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Aves sin nido

Clorinda Matto de Turner

Aves sin nido

Clorinda Matto de Turner

Proemio

Si la historia es el espejo donde las generaciones por venir han de contemplar la imagen de las generaciones que fueron, la novela tiene que ser la fotografía que estereotipe los vicios y las virtudes de un pueblo, con la consiguiente moraleja correctiva para aquéllos y el homenaje de admiración para éstas.

Es tal, por esto, la importancia de la novela de costumbres, que en sus hojas contiene muchas veces el secreto de la reforma de algunos tipos, cuando no su extinción.

En los países en que, como el nuestro, la Literatura se halla en su cuna, tiene la novela que ejercer mayor influjo en la morigeración de las costumbres, y, por lo tanto, cuando se presenta una obra con tendencias levantadas a regiones superiores a aquéllas en que nace y vive la novela cuya trama es puramente amorosa o recreativa, bien puede implorar la atención de su público para que extendiéndole la mano la entregue al pueblo.

¿Quién sabe si después de doblar la última página de este libro se conocerá la importancia de observar atentamente el personal de las autoridades, así eclesiásticas como civiles, que vayan a regir los destinos de los que viven en las apartadas poblaciones del interior del Perú?

¿Quién sabe si se reconocerá la necesidad del matrimonio de los curas como una exigencia social?

Para manifestar esta esperanza me inspiro en la exactitud con que he tomado los cuadros, del natural, presentando al lector la copia para que él juzgue y falle.

Amo con amor de ternura a la raza indígena, por lo mismo que he observado de cerca sus costumbres, encantadoras por su sencillez, y la abyección a que someten esa raza aquellos mandones de villorrio, que, si varían de nombre, no degeneran siquiera del epíteto de tiranos. No otra cosa son, en lo general, los curas, gobernadores, caciques y alcaldes.

Llevada por este cariño, he observado durante quince años multitud de episodios que, a realizarse en Suiza, la Provenza o la Saboya, tendrían su cantor, su novelista o su historiador que los inmortalizase con la lira o la pluma, pero que, en lo apartado de mi patria, apenas alcanzan el descolorido lápiz de una hermana.

Repito que al someter mi obra al fallo del lector, hágolo con la esperanza de que ese fallo sea la idea de mejorar la condición de los pueblos chicos del Perú; y

aun cuando no fuese otra cosa que la simple conmiseración, la autora de estas páginas habrá conseguido su propósito, recordando que en el país existen hermanos que sufren, explotados en la noche de la ignorancia, martirizados en esas tinieblas que piden luz; señalando puntos de no escasa importancia para los progresos nacionales y haciendo, a la vez, literatura peruana.

Clorinda Matto de Turner.

Primera parte

Preview chapterCapítulo IPreview

Era una mañana sin nubes, en que la Naturaleza, sonriendo de felicidad, alzaba el himno de adoración al Autor de su belleza.

El corazón, tranquilo como el nido de una paloma, se entregaba a la contemplación del magnífico cuadro.

La plaza única del pueblo de Kíllac mide trescientos catorce metros cuadrados, y el caserío se destaca confundiendo la techumbre de teja colorada, cocida al horno, y la simplemente de paja con alares de palo sin labrar, marcando el distintivo de los habitantes y particularizando el nombre de casa para los notables y choza para los naturales.

En la acera izquierda se alza la habitación común del cristiano, el templo, rodeado de cercos de piedra, y en el vetusto campanario de adobes, donde el bronce llora por los que mueren y ríe por los que nacen, anidan también las tortolillas cenicientas de ojos de rubí, conocidas con el gracioso nombre de cullcu. El cementerio de la iglesia es el lugar donde los domingos se conoce a todos los habitantes, solícitos concurrentes a la misa parroquial, y allí se miente y se murmura de la vida del prójimo como en el tenducho y en la era, donde se trilla la cosecha en medio de la algazara y el copeo.

Caminando al Sur media milla, escasamente medida, se encuentra una preciosa casa-quinta notable por su elegancia de construcción, que contrasta con la sencillez de la del lugar; se llama «Manzanares», fue propiedad del antiguo cura de la doctrina, don Pedro de Miranda y Claro, después obispo de la diócesis, de quien la gente deslenguada hace referencias no santas, comentando hechos realizados durante veinte años que don Pedro estuvo a la cabeza de la feligresía, época en que construyó «Manzanares», destinada, después, a residencia veraniega de Su Señoría Ilustrísima.

El plano alegre rodeado de huertos, regado por acequias que conducen aguas murmuradoras y cristalinas, las cultivadas pampas que le circundan y el río que le baña, hace de Kíllac una mansión harto poética.

La noche anterior cayó una lluvia acompañada de granizo y relámpagos, y, descargada la atmósfera dejaba aspirar ese olor peculiar a la tierra mojada en estado de evaporación: el sol, más riente y rubicundo, asomaba al horizonte, dirigiendo sus rayos oblicuos sobre las plantas que, temblorosas, lucían la gota cristalina que no alcanzó a caer de sus hojas. Los gorriones y los tordos, esos alegres

moradores de todo clima frío, saltaban del ramaje al tejado, entonando notas variadas y luciendo sus plumas reverberantes.

Auroras de diciembre espléndidas y risueñas, que convidan al vivir: ellas, sin duda, inspiran al pintor y al poeta de la patria peruana.

Preview chapterCapítulo IIPreview

En aquella mañana descrita, cuando recién se levantaba el sol de su tenebroso lecho, haciendo brincar, a su vez, al ave y a la flor, para saludarle con el vasallaje de su amor y gratitud, cruzaba la plaza un labrador arreando su yunta de bueyes, cargado de los arreos de labranza y la provisión alimenticia del día. Un yugo, una picana1 y una coyunta2 de cuero para el trabajo, la tradicional chuspa3 tejida de colores, con las hojas de coca y los bollos de llipta4 para el desayuno.

Al pasar por la puerta del templo, se sacó reverente la monterilla franjeada, murmurando algo semejante a una invocación: y siguió su camino, pero, volviendo la cabeza de trecho en trecho, mirando entristecido la choza de la cual se alejaba.

¿Eran el temor o la duda, el amor o la esperanza, los que agitaban su alma en aquellos momentos?

Bien claro se notaba su honda impresión.

En la tapia de piedras que se levanta al lado Sur de la plaza, asomó una cabeza, que, con la ligereza del zorro, volvió a esconderse detrás de las piedras, aunque no sin dejar conocer la cabeza bien modelada de una mujer, cuyos cabellos negros, largos y lacios, estaban separados en dos crenchas, sirviendo de marco al busto hermoso de tez algo cobriza, donde resaltaban las mejillas coloreadas de tinte rojo, sobresaliendo aún más en los lugares en que el tejido capilar era abundante.

Apenas húbose perdido el labrador en la lejana ladera de Cañas, la cabeza escondida detrás de las tapias tomó cuerpo saltando a este lado. Era una mujer rozagante por su edad, y notable por su belleza peruana. Bien contados tendría treinta años, pero su frescura ostentaba veintiocho primaveras a lo sumo. Estaba vestida con una pollerita5 flotante de bayeta azul oscuro y un corpiño de pana café, adornado al cuello y bocamangas con franjas de plata falsa y botones de hueso, ceñía su talle.

Sacudió lo mejor que pudo la tierra barrosa que cayó sobre su ropa al brincar la tapia y en seguida se dirigió a una casita blanquecina cubierta de tejados, en cuya puerta se encontraba una joven, graciosamente vestida con una bata de granadina color plomo, con blondas de encaje, cerrada por botonadura de concha de perla, que no era otra que la señora Lucía, esposa de don Fernando Marín, matrimonio que había ido a establecerse temporalmente en el campo.

La recién llegada habló sin preámbulos a Lucía y le dijo:

-En nombre de la Virgen, señoracha6, ampara el día de hoy a toda una familia desgraciada. Ese que ha ido al campo cargado con las cacharpas7 del trabajo, y que pasó junto a ti, es Juan Yupanqui, mi marido, padre de dos muchachitas. ¡Ay señoracha!, él ha salido llevando el corazón medio muerto, porque sabe que hoy será la visita del reparto, y como el cacique hace la faena del sembrío de cebada, tampoco puede esconderse porque a más del encierro sufriría la multa de ocho reales por la falla, y nosotros no tenemos plata. Yo me quedé llorando cerca de Rosacha que duerme junto al fogón de la choza y de repente mi corazón me ha dicho que tú eres buena; y sin que sepa Juan vengo a implorar tu socorro, por la Virgen, señoracha, ¡ay, ay!

Las lágrimas fueron el final de aquella demanda, que dejó entre misterios a Lucía, pues residiendo pocos meses en el lugar, ignoraba las costumbres y no apreciaba en su verdadero punto la fuerza de las cuitas de la pobre mujer, que desde luego despertaba su curiosidad.

Era preciso ver de cerca aquellas desheredadas criaturas, y escuchar de sus labios, en su expresivo idioma, el relato de su actualidad, para explicarse la simpatía que brota sin sentirlo en los corazones nobles, y cómo se llega a ser parte en el dolor, aun cuando sólo el interés del estudio motive la observación de costumbres que la mayoría de peruanos ignoran y, que lamenta un reducido número de personas.

Table of contents

Inside this edition

  1. 01Full text
  2. 02Capítulo I
  3. 03Capítulo II
  4. 04Capítulo III
  5. 05Capítulo IV
  6. 06Capítulo V
  7. 07Capítulo VI
  8. 08Capítulo VII
  9. 09Capítulo VIII
  10. 10Capítulo IX
  11. 11Capítulo X
  12. 12Capítulo XI
  13. 13Capítulo XII
  14. 14-¿Y
  15. 15Capítulo XIII
  16. 16Capítulo XIV
  17. 17Capítulo XV
  18. 18Capítulo XVI
  19. 19Capítulo XVII
  20. 20Capítulo XVIII
  21. 21Capítulo XIX
  22. 22Capítulo XX
  23. 23Capítulo XXI
  24. 24-¿Y
  25. 25Capítulo XXII
  26. 26-¿A
  27. 27Capítulo XXIII
  28. 28Capítulo XXIV
  29. 29Capítulo XXV
  30. 30Capítulo XXVI
  31. 31Capítulo I
  32. 32Capítulo II
  33. 33-A, X,
  34. 34Capítulo III
  35. 35Capítulo IV
  36. 36Capítulo V
  37. 37Capítulo VI
  38. 38Capítulo VII
  39. 39Capítulo VIII
  40. 40Capítulo IX
  41. 41Capítulo X
  42. 42Capítulo XI
  43. 43Capítulo XII
  44. 44Capítulo XIII
  45. 45Capítulo XIV
  46. 46Capítulo XV
  47. 47Capítulo XVI
  48. 48-¿Y?...
  49. 49Capítulo XVII
  50. 50-¿Y?...
  51. 51Capítulo XVIII
  52. 52Capítulo XIX
  53. 53Capítulo XX
  54. 54SEÑOR DON FEDERICO GUZMÁN.
  55. 55Capítulo XXI
  56. 56Capítulo XXII
  57. 57Capítulo XXIII
  58. 58Capítulo XXIV
  59. 59Capítulo XXV
  60. 60Capítulo XXVI
  61. 61Capítulo XXVII
  62. 62Capítulo XXVIII
  63. 63Capítulo XXIX
  64. 64Capítulo XXX
  65. 65Capítulo XXXI
  66. 66Capítulo XXXII

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