Spanish Edition
Literature
Sangre y arena
Spanish BooksWhale Edition by Vicente Blasco Ibáñez
Una novela de toros, fama, deseo, espectáculo, ascenso social y caída trágica.
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Book introduction
Sangre y arena
Sangre y arena sigue a Juan Gallardo, torero convertido en ídolo popular, atrapado entre familia, ambición, deseo y la violencia del espectáculo. Blasco Ibáñez combina crítica social, drama pasional y escenas taurinas para retratar la fama como una fuerza tan seductora como destructiva.
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Vicente Blasco Ibáñez murió en 1928, y Sangre y arena se publicó en 1908. Estas fechas respaldan el dominio público del texto español original.
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Sangre y arena
Vicente Blasco Ibáñez
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Como en todos los días de corrida, Juan Gallardo almorzó temprano. Un
pedazo de carne asada fue su único plato. Vino, ni probarlo: la botella
permaneció intacta ante él. Había que conservarse sereno. Bebió dos
tazas de café negro y espeso, y encendió un cigarro enorme, quedando con
los codos en la mesa y la mandíbula apoyada en las manos, mirando con
ojos soñolientos a los huéspedes que poco a poco ocupaban el comedor.
Hacía algunos años, desde que le dieron «la alternativa» en la Plaza de
Toros de Madrid, que venía a alojarse en el mismo hotel de la calle de
Alcalá, donde los dueños le trataban como si fuese de la familia, y
mozos de comedor, porteros, pinches de cocina y viejas camareras le
adoraban como una gloria del establecimiento. Allí también había
permanecido muchos días--envuelto en trapos, en un ambiente denso
cargado de olor de yodoformo y humo de cigarros--a consecuencia de dos
cogidas; pero este mal recuerdo no le impresionaba. En sus
supersticiones de meridional sometido a continuos peligros, pensaba que
este hotel era «de buena sombra» y nada malo le ocurriría en él.
Percances del oficio; rasgones en el traje o en la carne; pero nada de
caer para siempre, como habían caído otros camaradas, cuyo recuerdo
turbaba sus mejores horas.
Gustaba en los días de corrida, después del temprano almuerzo, de
quedarse en el comedor contemplando el movimiento de viajeros: gentes
extranjeras o de lejanas provincias, rostros indiferentes que pasaban
junto a él sin mirarle y luego volvíanse curiosos al saber por los
criados que aquel buen mozo de cara afeitada y ojos negros, vestido como
un señorito, era Juan Gallardo, al que todos llamaban familiarmente el
_Gallardo_, famoso matador de toros. En este ambiente de curiosidad
distraía la penosa espera hasta la hora de ir a la plaza. ¡Qué tiempo
tan largo! Estas horas de incertidumbre, en las que vagos temores
parecían emerger del fondo de su ánimo, haciéndole dudar de sí mismo,
eran las más amargas de la profesión. No quería salir a la calle,
pensando en las fatigas de la corrida y en la precisión de mantenerse
descansado y ágil; no podía entretenerse en la mesa, por la necesidad de
comer pronto y poco para llegar a la plaza sin las pesadeces de la
digestión.
Permanecía en la cabecera de la mesa con la cara entre las manos y una
nube de perfumado humo ante los ojos, girando éstos de vez en cuando con
cierta fatuidad para mirar a algunas señoras que contemplaban con
interés al famoso torero.
Su orgullo de ídolo de las muchedumbres creía adivinar elogios y halagos
en estas miradas. Le encontraban guapo y elegante. Y olvidando sus
preocupaciones, con el instinto de todo hombre acostumbrado a adoptar
una postura soberbia ante el público, erguíase, sacudía con las uñas la
ceniza del cigarro caída sobre sus mangas y arreglábase la sortija que
llenaba toda la falange de uno de sus dedos, con un brillante enorme
envuelto en nimbo de colores, cual si ardiesen con mágica combustión sus
claras entrañas de gota de agua.
Sus ojos paseábanse satisfechos sobre su persona, admirando el terno de
corte elegante, la gorra con la que andaba por el hotel caída en una
silla cercana, la fina cadena de oro que cortaba la parte alta del
chaleco de bolsillo a bolsillo, la perla de la corbata, que parecía
iluminar con lechosa luz el tono moreno de su rostro, y los zapatos de
piel de Rusia dejando al descubierto, entre su garganta y la boca del
recogido pantalón, unos calcetines de seda calada y bordada como las
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Cuando a la señora Angustias se le murió su esposo, el señor Juan
Gallardo, acreditado remendón establecido en un portal del barrio de la
Feria, lloró con el desconsuelo propio del caso; pero al mismo tiempo,
en el fondo de su ánimo latía la satisfacción del que reposa tras larga
marcha, librándose de un peso abrumador.
--¡Probesito de mi arma! Dios lo tenga en su gloria. ¡Tan güeno!... ¡Tan
trabajaor!
En veinte años de vida común no la había dado otros disgustos que los
que sufrían las demás mujeres del barrio. De las tres pesetas que unos
días con otros venía a sacar de su trabajo, entregaba una a la señora
Angustias para el sostén de la casa y la familia, destinando las otras
dos al entretenimiento de su persona y gastos de representación. Había
que corresponder a las «finezas» de los amigos cuando convidan a unas
cañas; y el vino andaluz, por lo mismo que es la gloria de Dios, cuesta
caro. También debía ir a los toros inevitablemente, porque un hombre que
no bebe ni asiste a las corridas... ¿para qué está en el mundo?
La señora Angustias, con sus dos hijos, Encarnación y Juanillo, tenía
que aguzar el ingenio y desplegar múltiples habilidades para llevar la
familia adelante. Trabajaba como asistenta en las casas más acomodadas
del barrio, cosía para las vecinas, correteaba ropas y alhajas en
representación de cierta prendera amiga suya y hacía pitillos para los
señores, recordando sus habilidades de la juventud, cuando el señor
Juan, novio entusiasta y zalamero, venía a esperarla a la salida de la
Fábrica de Tabacos.
Nunca pudo quejarse de infidelidades o malos tratos de su difunto. Los
sábados, cuando el remendón volvía borracho a casa a altas horas de la
noche, sostenido por los amigos, la alegría y la ternura llegaban con
él. La señora Angustias tenía que entrarlo a empellones, pues se
obstinaba en permanecer a la puerta batiendo palmas y entonando con voz
babosa lentas canciones de amor dedicadas a su voluminosa compañera. Y
cuando al fin se cerraba la puerta tras él, privando a los vecinos de un
motivo de regocijo, el _señó_ Juan, en plena borrachera sentimental, se
empeñaba en ver a los pequeños, que ya estaban acostados, los besaba,
mojándolos con gruesos lagrimones, y repetía sus trovas en honor de la
señora Angustias--¡olé! ¡la primera hembra del mundo!--, acabando la
buena mujer por desarrugar el ceño y reírse, mientras lo desnudaba y
manejaba como si fuese un niño enfermo.
Este era su único vicio. ¡Pobrecillo!... De mujeres y de juego, ni
señal. Su egoísmo, que le hacía ir bien vestido, mientras la familia
andaba harapienta, y su desigualdad en el reparto de los productos del
trabajo, compensábalos con iniciativas generosas. La señora Angustias
recordaba con orgullo los días de gran fiesta, cuando Juan la hacía
ponerse el pañolón de Manila, la mantilla de casamiento, y llevando los
niños por delante marchaba a su lado, con blanco sombrero cordobés y
bastón de puño de plata, dando un paseo por las Delicias, con el mismo
aire de una familia de comerciantes de la calle de las Sierpes. Los días
de toros baratos la obsequiaba rumbosamente antes de ir a la plaza,
ofreciéndola unas cañas de manzanilla en La Campana o un café en la
plaza Nueva. Este tiempo feliz no era ya mas que un pálido y grato
recuerdo en la memoria de la pobre mujer.
El señor Juan enfermó de tisis, y durante dos años la esposa tuvo que
Table of contents
Inside this edition
- 01Full text
- 02I
- 03II
- 04III
- 05IV
- 06V
- 07VI
- 08VII
- 09VIII
- 10IX
- 11X
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