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Spanish Edition

Literature

El caballero encantado

Spanish BooksWhale Edition by Benito Pérez Galdós

Galdós combina fantasía, crítica social e historia nacional en una fábula novelística de la España moderna.

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El caballero encantado

El caballero encantado transforma la aventura fantástica en una reflexión sobre España, sus clases sociales, su memoria histórica y sus posibilidades de regeneración. Es una obra tardía y muy significativa de Galdós.

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Benito Pérez Galdós murió en 1920; la obra se publicó en 1909. Estas fechas respaldan la base de dominio público de esta edición.

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El caballero encantado

Benito Pérez Galdós

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De la educación, principios y ociosa juventud del caballero.

El héroe (por fuerza) de esta fábula verdadera y mentirosa, don Carlos de Tarsis y Suárez de Almondar, Marqués de Mudarra, Conde de Zorita de los Canes, era un señorito muy galán y de hacienda copiosa, criado con mimo y regalo como retoño único de padres opulentos, sometido en su adolescencia verde a la preceptoría de un clérigo maduro, que debía enderezarle la conciencia y henchirle el caletre de conocimientos elementales. Por voces públicas se sabe que quedó huérfano a los veinte años, desgracia lastimosa y rápida, pues padre y madre fallecieron con diferencia tan solo de tres meses, dejándole debajo de la autoridad de un tutor ni muy blando ni muy riguroso; sábese que en este tiempo Carlitos se deshizo del clérigo, despachándole con buen modo, y se dedicó a _desaprender_ las insípidas enseñanzas de su primer maestro, y a llenar con ávidas lecturas los vacíos del cerebro.

Lo que se decía del señor Marqués de Torralba de Sisones, padrino y tutor de Carlitos, es como sigue: Aunque el buen señor vivía en continuo metimiento con gente de sotana y hocicaba con el Nuncio y el Marqués de Yébenes, estaba, como quien dice, forrado por dentro de tolerancia y benignidad, virtudes que no eran más que formas de pereza. Por esta razón gastó manga muy ancha con su pupilo, y no le puso ningún reparo para que leyese cuanto le pidieran el cuerpo y el alma, ni para mantener constante trato con muchachos de ideas ardorosas y atropellada condición, despiertos, redichos, incrédulos como demonios. Pero en estas menudencias o chiquilladas no paraba mientes el Marqués tutor, caballero de cortas luces. A su ahijado no exigía más que un cumplimiento exacto de las fórmulas y reglas del honor, la cortesía, el decoro en las apariencias. Nada de escándalos, nada de singularizarse en sitios públicos; evitar en todo caso la nota de cursi; proceder siempre con distinción; divertirse honestamente; al teatro a ver obras morales, cuando las hubiere; a misa los domingos por el _que no digan_, y por las noches, a casita temprano.

Mayor de edad, se halló Carlos de Tarsis entregado a sí mismo, libre, con dinero, que es doble riqueza y libertad doble, ventajas realzadas por la personal belleza y elegancia. Mirando a lo del alma, aparecían en don Carlos las virtudes caballerescas, y además la gracia, el ingenio, el don de simpatía, y por último, se despertó en él furiosamente el ansia de satisfacer todos los goces de la vida, sin poner en ello tasa ni freno.

El primer impulso de don Carlos, apurados los gustos de Madrid, fue irse en busca de los de París, donde se engolfó en diversiones sin cuento, y en los variados deleites de que es maestra la grande y espiritual Metrópoli. Bélgica, Londres y algunas partes de Alemania le tuvieron después de París, y en todos aquellos reinos y en la capital de Inglaterra, que forma como un reino por sí sola, gozó y estudió el de Tarsis, con más goce que estudio; pues este fue siempre somero y sin método, hartazgo de ideas que se desmentían unas a otras, y atarugaban el cerebro de un picadillo de mil substancias diferentes. Cuando a Madrid volvía, encontraba el caballero a nuestra capital muy provinciana, como arrabal distante que recibía de lejos la irradiación de la cultura europea; pero se acomodaba sin esfuerzo al ambiente social de esta Villa, por los muchos amigos que aquí le bailaban el agua, por el sinnúmero de señoras guapas, de señoritas muy monas y de lindas muchachas plebeyas que son preservativo contra el aburrimiento, y por la franqueza democrática con que nos juntamos y comemos en este magnífico bodegón.

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Que trata de las amistades y relaciones del caballero.

Muchos y buenos amigos contaba Tarsis. Si de todos habláramos, se nos consumiría sin grande utilidad el papel de esta historia. Se hará enumeración sucinta de los más notables por su posición social, y de los que en altas, medianas o bajas posiciones influían más directamente en la vida y costumbres del caballero. Los segundones de la casa de Ruydíaz, César y Jaime, eran los que arrastraban a Tarsis a los devaneos esportivos, al vértigo del automóvil, y a las cacerías o juegos cinegéticos, ajetreo vano y ruidoso. Aunque don Carlos ponía muy escasa atención en la cosa pública, designamos como amigos políticos a Luis y Raimundo Pinel, que le hicieron diputado, sacándole _como una seda_ por un distrito de cuya existencia geográfica tenía solo vagas noticias. Los Pineles eran sus maestros en el arte parlamentario, y le ayudaban a mantener la concomitancia caciquil con los manipuladores de la fácil elección.

Relaciones más sociales que políticas tenía Tarsis con otros individuos de la burguesía enriquecida en negocios de los que no exigen grandes quebraderos de cabeza: López Arnau, el flamante Marqués de Albanares, el de Casa la Encina, don Camilo Rodríguez Codes, don Alberto Samaniego, opulentos almacenistas, y otros que llegaron a la redondez económica, por inmediata herencia de padres laboriosos o por combinaciones mercantiles favorecidas de la ocasión o del acaso. Muchos de estos plebeyos enriquecidos ostentaban ya título de marqueses o condes, y a otros les tomaban las medidas para cortarles la investidura aristocrática; que la Monarquía constitucional gusta de recargar su barroquismo con improvisados ringorrangos chillones. Los villanos ennoblecidos recibían por título el lugar de su nacimiento, como don Alberto Samaniego, Marqués de Camuñas; o bien, como don Blas Núñez Urruñaga, titulaban añadiendo un _Casa_ como una casa a su primer apellido. Este buen señor, tonto de capirote y lleno de dinero, ganado en la compra-venta de granos y en la usura campesina, tenía un hijo despabilado, instruidillo, de natural amable y risueño, Ramirito Núñez, que pretendía imitar a Tarsis en los modales, en la ropa, y en la personal y no estudiada soltura con que la llevaba. La imitación del uno y la simpatía del otro labraron cordial amistad. La diferencia de edades dio al Marqués de Mudarra superioridad en el trato de su amiguito: le tuteaba, bromeaba con él y se permitía poner en solfa el título del padre, llamándole _Marqués de su Casa_.

Aficionado a las letras, Ramirito espigaba en ellas sin pretensión de fama ni de lucro, y a lo mejor se salía con alguna croniquita, o arreglaba del francés tal cual pieza berrenda en verde, dándola con nombre supuesto en algún escenario de tercer orden. El teatro era su pasión. No perdía ningún estreno, y de estas duras batallas entre el público y los autores daba cuenta al amigo, que también era maestro y concluía siempre por tener razón en las peleas de crítica. Si vemos en Ramiro el amigo más grato al Marqués de Mudarra, el más tenaz y pegadizo era un sabio machacón llamado José Augusto del Becerro, que desde sus tiernos años se dedicó a la enmarañada ciencia de los linajes, a desenredar las madejas genealógicas, y a bucear en el polvoroso piélago de los archivos. Su apellido era una predestinación, pues el hombre sabía de memoria los _becerros_ de todas las ciudades, monasterios y behetrías.

Las evacuaciones eruditas de Pepe Augusto en presencia del caballero escondían con poco disimulo el móvil de adulación, pues cuando le demostraba la ranciedad de su abolengo, sosteniendo que su primer apellido venía en línea directa de Tarsis, hijo de Túbal, nieto de Japhet y biznieto del patriarca y curda Noé, solicitaba directamente un socorro en metálico, que don Carlos nunca le negaba. Descender de Noé y no aprontar doscientas o más pesetas para el amigo necesitado, sería desmentir la nobleza más rancia que se podría imaginar.

Table of contents

Inside this edition

  1. 01Full text
  2. 02I
  3. 03II
  4. 04III
  5. 05IV
  6. 06V
  7. 07VI
  8. 08VII
  9. 09VIII
  10. 10IX
  11. 11X
  12. 12XI
  13. 13XII
  14. 14XIII
  15. 15XIV
  16. 16XV
  17. 17XVI
  18. 18XVII
  19. 19XVIII
  20. 20XIX
  21. 21XX
  22. 22XXI
  23. 23XXII
  24. 24XXIII
  25. 25XXIV
  26. 26XXV
  27. 27XXVI
  28. 28XXVII
  29. 29FIN DE EL CABALLERO ENCANTADO

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