
Spanish Edition
Literature
El cuarto poder
Spanish BooksWhale Edition by Armando Palacio Valdés
Palacio Valdés convierte la prensa de una villa costera en escenario de rivalidades políticas, aspiraciones sociales y conflictos íntimos.
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Book introduction
El cuarto poder
En Sarrió, una villa costera, los periódicos y las reuniones de sus vecinos articulan disputas de prestigio y de poder. Armando Palacio Valdés enlaza la sátira de la prensa local con las relaciones afectivas de Gonzalo y Cecilia. Esta edición en español contiene los diecinueve capítulos de la novela, desde la presentación del pueblo hasta su desenlace.
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Armando Palacio Valdés murió en 1938. Esta edición utiliza el texto original español conservado por Project Gutenberg, sin estudios editoriales posteriores ni notas separadas.
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Preview chapterCAPITULO PRIMERORead preview
Se levanta el telón, por esta vez sin metáfora
En Sarrió, villa famosa, bañada por el mar Cantábrico, existía hace algunos años un teatro no limpio, no claro, no cómodo, pero que servía cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus pacíficos e industriosos moradores. Estaba construído, como casi todos, en forma de herradura. Constaba de dos pisos a más del bajo. En el primero los palcos, así llamados Dios sabe por qué, pues no eran otra cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada colocados en torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso empujar el respaldo, que tenía bisagras de trecho en trecho, y levantar al propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez el asiento, se volvía el respaldo a su sitio y se acomodaba la persona del peor modo que puede estar criatura humana fuera del potro de tormento. En el segundo piso bullía, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chusma del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo el marinero de altura que el que pescaba muergos en la bahía o el peón de descarga; la señá Amalia la revendedora igual que las que acarreaban «el fresco» a la capital. Llamábase a aquel recinto «la cazuela». Las butacas eran del mismo aborrecible pelote que los palcos y el forro debió ser también del mismo color, aunque no podía saberse con certeza. Detrás de ellas había, a la antigua usanza, un patio para ciertos menestrales que, por su edad, su categoría de maestros u otra circunstancia cualquiera, repugnaban subir a la cazuela y juntarse a la turba alborotadora. Del techo pendía una araña, cuajada de pedacitos de vidrio en forma prismática, con luces de aceite. Más adelante se substituyó éste con petróleo, pero yo no alcancé a ver tal reforma. Debajo de la escalera que conducía a los palcos había un nicho cerrado con persiana que llamaban «el palco de don Mateo». De este don Mateo ya hablaremos más adelante.
Pues ha de saberse que en tal lacería de teatro se representaban los mismos dramas y comedias que en el del Príncipe y se cantaban las óperas que en la Scala de Milán. ¿Parece mentira, eh? Pues nada más cierto. Allí ha oído por vez primera el narrador de esta historia aquellas famosas coplas:
Si oyes contar de un náufrago la historia, Ya que en la tierra hasta el amor se olvida...
Por cierto que le parecían excelentes, y el teatro una maravilla de lujo y de buen gusto. Todo en el mundo depende de la imaginación. Ojalá la tuviese tan viva y tan fresca como entonces para entretenerles a ustedes agradablemente algunas horas. También ha visto el Don Juan Tenorio. Y sus difuntos untados de harina de trigo, su comendador filtrándose por una puerta atada con cuerdas, su infierno de espíritu de vino y su apoteosis de papel de forro de baúles, le impresionaron de tal modo que aquella noche no pudo dormir.
En la sala pasaba, poco más o menos, lo mismo que en los más suntuosos teatros de la Corte. No obstante, por regla general se atendía más al espectáculo que en éstos. Aun no habíamos llegado a ese grado superior de perfeccionamiento, mediante el cual las acciones deben formar grato contraste con el lugar donde se ejecutan; verbigracia, charlar en los teatros, reirse en las iglesias, ir graves, y silenciosos, y patéticos en el paseo, como sucede, afortunadamente, en Madrid. Ignoro si en Sarrió han subido ya a la hora presente este peldaño de la civilización.
Ni se crea que faltaban por eso algunos espíritus lúcidos que se adelantaban a su época y presentían lo que había de ser el teatro andando el tiempo. Pablito Belinchón era uno de ellos. Tenía abonado siempre, en compañía de otros tres o cuatro amigos, el palco de proscenio. Desde allí dirigía la palabra a otros señores de más edad, abonados en el palco de enfrente: se decían cuchufletas, se burlaban de la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por cierto que el público de las butacas, ajeno todavía a estos refinamientos de la civilización, solía hacerles callar bárbaramente con un enérgico chicheo. Las familias más importantes acostumbraban a entrar en aquellos palcos fementidos después de abierto el telón, con la misma solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por de contado con mucho más ruido. No es posible figurarse bien el horrísono traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al dejarlo caer con ánimo de llamar la atención.
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Del feliz arribo de la «Bella-Paula»
El pelotón de espectadores corrió por las calles en dirección al muelle. Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los comentarios de sus acompañantes, que los pronunciaban con la voz entrecortada por la fatiga.
—Tiene suerte don Domingo; llega con más de media marea—dijo un marinero aludiendo al capitán de la Bella-Paula.
—¿Qué sabes tú si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la tarde—respondió otro.
—¿Dónde?
—¿Dónde ha de ser, mamón? en la concha—replicó el otro enfureciéndose.
—Si hubiera estado se vería, tío Miguel.
—¿Cómo lo habías de ver, papanatas?... ¿Has estado por si acaso en la peña Corvera?
—La bandera de la Bella-Paula se ve por encima de la peña, tío Miguel.
—¡Qué bandera ni qué mal rayo que te parta!
—¿Qué carga trae, don Rosendo?—preguntóle al armador uno de los que le acompañaban.
—Cuatro mil quintales.
—¿Escocia?
—No; todo Noruega.
—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?
Don Rosendo no contestó. Al cabo de un momento de marcha cada vez más precipitada, se volvió diciendo:
—A ver; es necesario avisar a don Melchor que está entrando la Bella-Paula.
—Yo iré—respondió un marinero destacándose del pelotón y marchando a internarse otra vez en el pueblo.
Llegaron al muelle. La noche estaba fría, sin estrellas: el viento acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se dirigieron a la punta del Peón recién construída que avanzaba bastante más por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los barcos anclados. Apenas se advertía la espesa red de su jarcia. Los cascos aparecían como una masa negra informe.
Los recién llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se apiñaba en la punta misma del malecón hasta que dieron sobre él. Todos guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzándose por advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que rompían blandamente contra las peñas más próximas, blanqueaban de vez en cuando en la obscuridad.
—¿Dónde está?—preguntaron varios de los espectadores del teatro sacándose los ojos por ver algo.
—Allí.
—¿Dónde?
—¿No ve usted aquí, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga usted mi mano.
—¡Ah, sí, ya la veo!
Don Rosendo subió al segundo cuerpo del paredón, y encontró allí ya a don Melchor de las Cuevas. Era éste un caballero alto, muy alto, enjuto, afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el cuello como una venda. Tenía más razón para ello que la mayoría de los vecinos de Sarrió que se afeitaban de este modo, pues pertenecía al honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los puertos de mar, particularmente cuando la población es pequeña, como la en que nos hallamos, el elemento marítimo predomina y se infiltra de tal modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los marinos.
Habría sido apuesto y galán el señor de las Cuevas en sus tiempos juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro años, es un hombre brioso, erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguileña, noble y descubierta frente. Toda su figura anuncia energía y decisión.
Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredón, con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que brillaba con intermitencias allá a lo lejos. Era con mucho la figura más elevada que salía del grupo de espectadores.
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En el que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido
Salían ya del teatro los que habían quedado. Gonzalo tropezó con la ola de gente que vomitaba la puerta, y así como fué reconocido, se apresuraron a rodearle y saludarle sus antiguos amigos. El primero que le echó los brazos al cuello fué don Mateo, después vino don Pedro Miranda y su hijo Periquito, en seguida el alcalde don Roque, después don Victoriano y su esposa doña Rosario y sus tres hijas. En un instante se formó círculo en torno del joven, quien se apresuraba a contestar con efusión a los plácemes, abrazos y apretones de manos que de todos sitios le venían. Los marineros, las mujeres del pueblo tomaban parte en aquellas manifestaciones de cariño lo mismo que los señores. No se oían más que exclamaciones de admiración y alegría.
—Cuánto has engordado, Gonzalito.—¡Vaya un real mozo!—¿Por qué no creces como él, Periquito?—Don Gonzalo, les come usted las sopas en la cabeza a todos los mozos de Sarrió.—Crecer no ha crecido, lo que ha hecho es doblar de cuerpo.—Ven acá, granadero, dame un abrazo apretado.
Un patrón de barco afirmó que se parecía como una gota de agua a otra al Príncipe de Gales. Acaso Gonzalo fuese un poco más alto.
El robusto corpachón de éste, alzábase sobre el grupo. Daba la mano por encima de las cabezas a los amigos que no podían llegarse a él, y su noble y bondadosa fisonomía sonreía a todos.
Don Mateo, alzándose sobre la punta de los pies y tirándole del brazo para que se doblase, pudo decirle al oído:
—¡Qué función te has perdido, Gonzalo! Lástima que no hayas llegado por la tarde. La tiple cantó como un ángel... ¡Y el baile!... El baile te digo, chico, que ni en Bilbao ni en la Coruña lo sacan mejor... Pero no te disgustes, que yo haré que se repita antes que se vaya la compañía... o poco he de poder.
Pero Gonzalo no atendía. Con los ojos clavados en la puerta, esperaba inquieto y afanoso la salida de la familia de Belinchón, que como principal y de las más encopetadas, se retrasaba siempre para no confundirse con la plebe. Por fin a la luz del farol que ardía sobre el marco de la puerta, divisó la fisonomía de doña Paula y en seguida la de Cecilia. Abalanzóse trémulo a saludarlas. La hija se puso colorada como un pavo (es natural), y la madre también (esto es menos natural). ¿Qué le tocaba hacer a él? Ruborizarse igualmente; y esto fué lo que llevó a cabo de un modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y después de preguntarse por la salud, no supieron qué decirse. Las miradas cargadas, de curiosidad de la gente contribuían a embarazarlos. Felizmente llegó Pablito con Ventura, que se habían rezagado, y nuestro joven saludó al primero afectuosamente y dirigió a la segunda una ceremoniosa cabezada.
Pablo sonrió.
—Qué, ¿no la conoces? Es mi hermana Ventura.
—¡Oh! ¿Cómo había de conocerla? Es una mujer... ¿Cómo está usted, Ventura?
La niña le alargó la mano mirándole con expresión maliciosa y burlona que acabó de desconcertarle.
Pusiéronse en marcha hacia casa. Venturita echó a correr delante arrastrando a su hermano. Detrás marchaban doña Paula, Cecilia y Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro Miranda. Las calles estaban obscuras. Sólo ardían a aquellas horas los faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fué haciendo cada vez mayor.
Gonzalo comenzó a hacer esfuerzos desesperados por sostener la conversación con su futura esposa y suegra; pero aquélla no despegaba los labios, dominada, sin duda, por la vergüenza, y doña Paula andaba muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco él había colaborado en el Diccionario de la Conversación, el resultado era que ésta no prosperaba. Por cartas había llegado a tener confianza. Doña Paula ponía a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida había hablado con la señora de Belinchón, y con Cecilia sólo había cruzado las palabras que hemos dicho. Luego, allá delante, Venturita reía a carcajadas con su hermano, y los novios presumían fundadamente que estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban a casa, la plática fué tomando calor y había algunos síntomas para creer que muy pronto iba a reinar la confianza.
Table of contents
Inside this edition
- 01CAPITULO PRIMERO
- 02II
- 03III
- 04IV
- 05V
- 06VI
- 07VII
- 08VIII
- 09IX
- 10X
- 11XI
- 12XII
- 13XIII
- 14XIV
- 15XV
- 16XVI
- 17XVII
- 18XVIII
- 19XIX
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