
Spanish Edition
Literature
El papa del mar
Spanish BooksWhale Edition by Vicente Blasco Ibáñez
La figura de Benedicto XIII y el cisma de la Iglesia se entrelazan con viajes, recuerdos y conflictos personales contemporáneos.
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Book introduction
El papa del mar
Vicente Blasco Ibáñez conecta una historia sentimental con la evocación de Pedro de Luna, el papa Benedicto XIII. Aviñón, las cortes europeas y el castillo de Peñíscola forman el marco de una reflexión sobre la obstinación, la autoridad y la derrota. Las tres partes de la novela alternan la experiencia de sus personajes con la reconstrucción narrativa del cisma.
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Vicente Blasco Ibáñez falleció en 1928. Esta edición utiliza el texto original español publicado antes de 1931, sin notas editoriales modernas, ilustraciones ni publicidad de la edición de origen.
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El papa del mar
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PARTE PRIMERA LA CIUDAD DE LAS TRES LLAVES
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Ella dudó un instante, mientras exploraba mentalmente su pasado. Luego se apresuró á decir sonriendo, como si le regocijasen sus propias palabras:
—Le reconozco. Usted es el caballero Tannhäuser, que tuvo amores con Venus.
Esto fué en el «Select Hotel» de Aviñón, á las ocho de la noche. Claudio Borja, que la había observado de lejos durante la comida, abandonó su mesa para apostarse junto al hall, y al verla llegar preguntó en español:
—¿No es usted la señora de Pineda?... Tuve el honor de que me presentasen en Madrid... Tal vez no se acuerda usted.
Pero ella no le había olvidado, y después de reir unos instantes pareció pedirle perdón con sus ojos por esta alegría espontánea.
Los dos evocaron en su memoria cómo se habían visto por primera vez. Fué luego de una comida en casa del señor Bustamante, senador español, que explotaba por vanidad personal las relaciones entre los pueblos hispanoamericanos. Los comensales habían hablado en el salón de sus personajes predilectos en la literatura y en la historia. Cada uno iba manifestando qué héroe hubiese querido ser.
Estela, la hija del dueño de la casa, joven de ademanes encogidos y voz tímida, sentía no haber sido la Ofelia de Shakespeare; su padre, el solemne don Arístides, dudaba entre Licurgo y el cardenal Jiménez de Cisneros; un viejo general optaba por Julio César.
Todos desearon conocer el personaje predilecto de la hermosa Rosaura Salcedo, viuda de Pineda, rica dama argentina, en cuyo honor daba Bustamante su banquete; pero esta señora, de paso en Madrid, que residía gran parte del año en París ó viajaba por el resto de Europa, se negó modestamente á revelar su heroína. No tenía ninguna. Estaba contenta de ser lo que era. Y casi todas las señoras presentes, exuberantes en deseos no cumplidos y envidias no satisfechas, rencorosas contra la mediocridad de su situación, la miraron fijamente, notándose en su sonrisa algo turbio y verdoso, semejante al color de la bilis. La aprobaban con amargura. «¡Qué más podía desear! ¡Qué no había recibido de la suerte!» Su riqueza resultaba enorme: una riqueza americana, de millones y millones. Además era libre, podía cumplir todos sus gustos, y su belleza se renovaba incesantemente, como una primavera sin término, gracias al lujo y á una higiene costosa.
Después de ella le llegó el turno á Claudio Borja, que el señor Bustamente consideraba como de su propia familia, por ser huérfano de un compañero de su juventud. Muchos creían á este joven sin ocupación determinada, pero poseedor de una apreciable fortuna, el futuro esposo de Estela Bustamante.
Claudio Borja, cual si desafiase con sus palabras á la respetable concurrencia, afirmó enérgicamente que lamentaba no haber sido el caballero Tannhäuser.
Algunos, para alardear de sus lecturas, se apresuraron á reconocer muy acertado tal deseo. Tannhäuser era un poeta errante, un caballero cantor, y Borja hacía versos.
—No—dijo el joven—; si lo envidio, es porque tuvo amores con Venus.
Un silencio de asombro y de incomprensión al mismo tiempo. Al fin acabaron por reir, reconociendo que Borja tenía «cosas raras», como todos los que escriben para el público.
—Es natural que no le haya olvidado—siguió diciendo la hermosa argentina, mientras avanzaban juntos hacia el salón del hotel—. Un hombre que da esa respuesta es alguien. Aquella noche no pudimos hablarnos. ¡El señor Bustamante acapara tan afectuosamente á sus invitados!... A los pocos días me marché de Madrid. Tal vez fué al día siguiente. No lo sé con certeza. Para mí el pasado cuenta muy poco; sólo pienso en el mañana. Pero le aseguro que muchas veces me he acordado de usted. Siempre que oigo música de Wágner surge en mi memoria la cara de un joven que vi una sola vez en mi vida, y me pregunto: «¿Qué habrá sido del Tannhäuser de Madrid? ¿Se habrá unido con Ofelia, cansado de esperar la llegada de Venus?»
Table of contents
Inside this edition
- 01Full text
- 02PARTE PRIMERA LA CIUDAD DE LAS TRES LLAVES
- 03I El caballero Tannhäuser
- 04II La viuda del «rey de los campos»
- 05III La gran cautividad de Babilonia
- 06IV El castillo de los Papas
- 07V El hijo de micer Petracco
- 08VI El nacimiento del cisma
- 09PARTE SEGUNDA LA GUERRA DE LOS TRES PAPAS
- 10I
- 11II Las navegaciones de la flota papal
- 12III Maestro Vicente
- 13IV Donde aparece por primera vez el general-doctor
- 14V El alba del protestantismo
- 15PARTE TERCERA EN EL ARCA DE NOÉ
- 16I Yo te hice lo que eres y tú me envías al desierto
- 17II
- 18III
- 19IV En el arenal donde quemaron al fraile por «envenenador y nigromante»
- 20V ¡Santa Bárbara bendita!...
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