Spanish Edition
Literature
El sabor de la tierruca
Spanish BooksWhale Edition by José María de Pereda
Pereda’s regional novel of Cantabrian rural life, local speech, land, family, custom, and social change.
- Preview
- A sample from the prepared text
- Formats
- Online reader, EPUB, PDF
- Access
- Library claim
Book introduction
El sabor de la tierruca
El sabor de la tierruca offers José María de Pereda’s affectionate and critical vision of Cantabrian rural society. Through landscape, family networks, customs, dialect, and village tensions, the novel preserves a regional world while showing the pressures that disturb it.
BooksWhale edition
How this edition was prepared
This edition is based on a public domain text and has been prepared for digital reading by BooksWhale.
Public domain basis
Why this edition can be shared
José María de Pereda died in 1906, and El sabor de la tierruca was first published or composed in 1882; these dates support the public-domain basis for this edition.
Read preview
A sample from the prepared text
Preview selected from the prepared reader text.
Preview chapterFull textRead preview
El sabor de la tierruca
José María de Pereda
Y ahora que estamos solos, impaciente lector, en la antesala de un libro, esperando á que se nos abra la mampara del primer capítulo, voy á hablarte de aquel buen amigo, cuyo nombre viste, al entrar, estampado en el frontispicio de este noble alcázar de papel en que por ventura nos hallamos. Y no voy á hablarte de él porque su fama, que es grande, aunque no tanto como sus méritos, necesite de mis encomios, sino porque me mueve á ello un antojo, tenaz deseo quizás, ó más bien imperioso deber, nacido de impulsos diferentes. El motivo de que haya escogido esta ocasión ha sido puramente fortuito y no ha dependido de mí. Desde hace mucho tiempo tenía yo propósito de ofrecer á aquel maestro del arte de la novela un testimonio público de admiración, en el cual se vieran confundidos cariño de amigo y fervor de prosélito. Cada nueva manifestación del fecundo ingenio montañés me declaraba la oportunidad
y la urgencia de cumplir el compromiso conmigo mismo contraído; luego los quehaceres lo diferían, y por fin, solicitado de un activo editor, que incluye en su Biblioteca el último libro de Pereda, veo llegada la mejor coyuntura para decir parte de lo mucho que pienso y siento acerca del autor de las _Escenas Montañesas_; acepto con gozo el encargo, lo desempeño con temor, y allá va este desordenado escrito, que debiera ponerse al fin del libro, pero que, por determinación superior, se coloca al principio, contra mi deseo. Ni es prólogo crítico, ni semblanza, ni panegírico: de todo tiene un poco, y has de ver en él una serie de apreciaciones incoherentes, recuerdos muy vivos, y otras cosas que quizás no vienen á cuento; pero á todo le dará algún valor la escrupulosa sinceridad que pongo en mi trabajo y la fe con que lo acometo.
Preview chapterVeo que te haces cruces, ¡qué simpleza! pasmado de que al buen montañés le haya caído tal panegirista, existiendo entre el santo y el predicador tan grande disconformidad de ideas en cierto orden. Pero me apresuro á manifestarte que así tiene esto más lances, que es mucho más sabroso y, si se quiere, más autorizado. Véase por dónde lo que se desata en la tierra de las creencias, es atado en los cielos puros del Arte. Esto no lo comprenderán quizás muchos que arden, con _stridor dentum_, en el Infierno de la tontería, de donde no les sacará nadie.Preview
Tal vez lo lleven á mal muchos condenados de uno y otro bando, los unos encaperuzados á la usanza monástica, otros á la moda filosófica. Yo digo que _ruja la necedad_, y que en este piadoso escrito no se trata de hacer metafísicas sobre la gran disputa entre Jesús y Barrabás.
Quédese esto en lo más hondo del tintero, y _á quien Dios se la dió, Cervantes se la bendiga_.
Andando.
Preview chapterConocí á Pereda hace once años, cuando había escrito las _Escenas Montañesas_ y _Tipos y paisajes_. La lectura de esta segunda colección de cuadros de costumbres impresionó mi ánimo de la manera más viva. Fué como feliz descubrimiento de hermosas regiones no vistas aún, ni siquiera soñadas. Sintiéndome con tímida afición á trabajos semejantes, aquella admirable destreza para reproducir lo natural, aquel maravilloso poder para combinar la verdad con la fantasía, y aquella forma llena de vigor y hechizo, me revelaban la nueva dirección del arte narrativo, dirección que más tarde se ha hecho segura é invariable, obteniendo al fin un triunfo en el cual ha llevado su iniciador parte principalísima. Algunos de tales cuadros, principalmente el titulado _Blasones y talegas_, produjeron en mí verdadero estupor y esas vagas inquietudes del espíritu que se resuelven luego en punzantes estímulos ó en el cosquilleo de laPreview
Conocí á Pereda hace once años, cuando había escrito las _Escenas Montañesas_ y _Tipos y paisajes_. La lectura de esta segunda colección de cuadros de costumbres impresionó mi ánimo de la manera más viva. Fué como feliz descubrimiento de hermosas regiones no vistas aún, ni siquiera soñadas. Sintiéndome con tímida afición á trabajos semejantes, aquella admirable destreza para reproducir lo natural, aquel maravilloso poder para combinar la verdad con la fantasía, y aquella forma llena de vigor y hechizo, me revelaban la nueva dirección del arte narrativo, dirección que más tarde se ha hecho segura é invariable, obteniendo al fin un triunfo en el cual ha llevado su iniciador parte principalísima. Algunos de tales cuadros, principalmente el titulado _Blasones y talegas_, produjeron en mí verdadero estupor y esas vagas inquietudes del espíritu que se resuelven luego en punzantes estímulos ó en el cosquilleo de la
Table of contents
Inside this edition
- 01Full text
- 02Veo que te haces cruces, ¡qué simpleza! pasmado de que al buen montañés le haya caído tal panegirista, existiendo entre el santo y el predicador tan grande disconformidad de ideas en cierto orden. Pero me apresuro á manifestarte que así tiene esto más lances, que es mucho más sabroso y, si se quiere, más autorizado. Véase por dónde lo que se desata en la tierra de las creencias, es atado en los cielos puros del Arte. Esto no lo comprenderán quizás muchos que arden, con _stridor dentum_, en el Infierno de la tontería, de donde no les sacará nadie.
- 03Conocí á Pereda hace once años, cuando había escrito las _Escenas Montañesas_ y _Tipos y paisajes_. La lectura de esta segunda colección de cuadros de costumbres impresionó mi ánimo de la manera más viva. Fué como feliz descubrimiento de hermosas regiones no vistas aún, ni siquiera soñadas. Sintiéndome con tímida afición á trabajos semejantes, aquella admirable destreza para reproducir lo natural, aquel maravilloso poder para combinar la verdad con la fantasía, y aquella forma llena de vigor y hechizo, me revelaban la nueva dirección del arte narrativo, dirección que más tarde se ha hecho segura é invariable, obteniendo al fin un triunfo en el cual ha llevado su iniciador parte principalísima. Algunos de tales cuadros, principalmente el titulado _Blasones y talegas_, produjeron en mí verdadero estupor y esas vagas inquietudes del espíritu que se resuelven luego en punzantes estímulos ó en el cosquilleo de la
- 04vocación. Es que las obras más perfectas son las que más incitan, por su aparente facilidad, á la imitación. Luego viene, como diploma más alto de su mérito, la inutilidad del esfuerzo de los que quieren igualarlas, y tratándose de aquélla y otras obras de Pereda, hay que darles á boca llena, y sin género alguno de salvedad, el dictado de _desesperantes_. Son de privilegio exclusivo, y... ¡ay del infeliz que ponga la mano en ellas! No le quedarán ganas de volverlo á hacer.
- 05Como iba diciendo, la lectura de estas maravillas, después de la admiración que en mí produjo, infundióme un deseo ardiente de conocer el país, fondo ó escenario de tan hermosas pinturas. Suponía en él la misma originalidad, la propia frescura, gracia y acento de las _Escenas_, y figurábame que así como éstas no tienen rival, aquél no debía de tener semejante en el ramo de países. Esto me llevó á Santander: el simple reclamo de un prosista fué primer motivo y fundamento de esta especie de ciudadanía moral que he adquirido en la capital montañesa.
- 06de otro modo, y aun creo que se desfiguraría su personalidad vigorosa si perdiera la acentuada consecuencia y aquel tono admirablemente sombrío. En su manera de pensar hay mucho de su modo de escribir:
- 07Dicho esto, quiero añadir que Pereda es, como escritor, el hombre más revolucionario que hay entre nosotros, el más anti-tradicionalista, el emancipador literario por excelencia. Si no poseyera otros méritos, bastaría á poner su nombre en primera línea la gran reforma que ha hecho, introduciendo el lenguaje popular en el lenguaje literario, fundiéndolos con arte y conciliando formas que nuestros retóricos más eminentes consideraban incompatibles. Empresa es ésta que ninguno acometió con tantos bríos como él, y en realizarla todos se quedan tamañitos á su lado. Una de las mayores dificultades con que tropieza la novela en España, consiste en lo poco hecho y trabajado que está el lenguaje literario para reproducir los matices de la conversación corriente. Oradores y poetas lo sostienen en sus antiguos moldes académicos, defendiéndolo de los esfuerzos que hace la conversación para apoderarse de él; el terco régimen aduanero de los cultos le priva
- 08de flexibilidad. Por otra parte, la prensa, con raras excepciones, no se esmera en dar al lenguaje corriente la acentuación literaria, y de estas rancias antipatías entre la retórica y la conversación, entre la academia y el periódico, resultan infranqueables diferencias entre la _manera de escribir_ y la _manera de hablar_, diferencias que son desesperación y escollo del novelista. En vencer estas dificultades nadie ha adelantado tanto como Pereda: ha obtenido maravillosas ventajas, y nos ha ofrecido modelos que le hacen verdadero maestro en empresa tan áspera. Cualquiera hace hablar al vulgo, pero ¡cuán difícil es esto sin incurrir en pedestres bajezas! Hay escritores que al reproducir una conversación de duques, resultan ordinarios: Pereda, haciendo hablar á marineros y campesinos, es siempre castizo, noble y elegante, y tiene atractivos, finuras y matices de estilo que á nada son comparables. Por esto, por sus felicísimos atrevimientos en
- 09la pintura de lo natural, es preciso declararle porta-estandarte del realismo literario en España. Hizo prodigios cuando aún no habían dado señales de existencia otras maneras de realismo, exóticas, que ni son exclusivo don de un célebre escritor propagandista, ni ofrecen, bien miradas, novedad entre nosotros, no sólo por el ejemplo de Pereda, sino por las inmensas riquezas de este género que nos ofrece la literatura picaresca.
- 10Los contornos y tintas que ve, las particularidades que escudriña, los conjuntos y efectos totales que sorprende, maravilla son que nos revelan en él como un poder milagroso. En _Los hombres de pró_, en las páginas culminantes de _Don Gonzalo González de la Gonzalera_ y _De tal palo, tal astilla_, se muestran en toda su riqueza la facultad observadora, la invención sobria y fecunda, el culto de la verdad, de donde resultan los caracteres más enérgicamente trazados, y el diálogo más vivo, más exacto y humano que es posible imaginar.
- 11Ignoro la edad de mi amigo, y me falta con esto el primer dato para su biografía. Para su retrato me faltan colores. Sólo puedo decir que es hombre moreno y avellanado, de regular estatura, con bigote y perilla, de un carácter demasiadamente español y cervantesco. Posee un retrato suyo, buena pintura y gentil cabeza, con valona y ropilla, al cual es necesario dar el tratamiento de _usarcé_. Tratándose de temperamentos nerviosos, hay que postergarles á todos para dar diploma de honor al de mi amigo, á quien frecuentemente es preciso reprender como á los niños, para que se le quiten de la cabeza mil aprensiones y manías. Hay quien le dice que todas estas _ruineras_ son pretexto de la pereza, y se le receta para curarse una medicina altamente provechosa para el médico, es decir, que se tome medio millar de cuartillas y que nos haga una novela. Recuerdo una temporada en que dió en la flor de que se iba
- 12B. PÉREZ GALDÓS.
- 13MADRID, abril de 1882.
- 14EL ESCENARIO
- 15La cajiga aquélla era un soberbio ejemplar de su especie: grueso, duro y sano como una peña el tronco, de retorcida veta, como la filástica de un cable; las ramas horizontales, rígidas y potentes, con abundantes y entretejidos ramos; bien picadas y casi negras las espesas hojas; luégo otras ramas, y más arriba otras, y cuanto más altas más cortas, hasta concluir en débil horquilla, que era la clave de aquella rumorosa y oscilante bóveda.
- 16Crece con mucha lentitud; y como si la inacción le aburriera, estira y retuerce los brazos, bosteza y se esparranca, y llega á viejo dislocado y con jorobas; y entonces se echa el ropaje á un lado y deja el otro medio desnudo. Jamás se acicala ni se peina; y sólo se muda el vestido viejo, cuando la primavera se le arranca en harapos para adornarle con el nuevo; le nacen zarzas en los pies, supuraciones corrosivas en el tronco, musgo y yesca en los brazos, y se deja invadir por la yedra, que le oprime y le chupa la savia. Esta incuria le cuesta la enfermedad de algún miembro, que, al fin, se le cae seco á pedazos, ó se le amputa con el hacha el leñador; y en las cicatrices, donde la madera se convierte en húmedo polvo, queda un seno profundo, y allí crecen el muérdago y el helecho, si no le eligen las abejas por morada para elaborar ricos panales de miel que nadie saborea. Es, en suma, la cajiga, un verdadero salvaje entre el haya ostentosa; el argentino
- 17Más fino lo gastaba el gigante, pues asentaba los pies en verde y florido césped, y aun los refrescaba en el caudal, siempre abundante y cristalino, de una fuente que á su sombra nacía, y que el ingenio campesino había encajonado en tres grandes lastras, dejando abierto el lado opuesto al que formaba la natural inclinación del terreno, para que saliera el agua sobrante y entraran los cacharros á llenarse de la que necesitaban.
- 18La altura del observatorio nos permite examinar el paisaje en todas direcciones. ¡Hermoso cuadro, en verdad! La meseta llega, por el Oeste, á la zona de sierras, y con ellas se funde cerrando la vega por este lado. En el recodo mismo que forman la meseta y la sierra al unirse, hay otro pueblo, recostado en la vertiente y estribando con los pies en aquel extremo de la vega.
- 19Le envuelven por los flancos y la espalda espesos cajigales y castañeras, que hacia la parte de Cumbrales se desvanecen en la faja de arbustos ya descrita. Al Este, mengua la meseta, declina suavemente; y cargada de caseríos, huertos y solares, se agazapa y desaparece en el llano de la vega, la cual continúa en rápida curva hacia el Noroeste, con su barrera de montañas, bajas y redondas desde Oriente á Norte. Entre las _barriadas_ de Cumbrales, _llosas_ abrigadas; en el suave declive occidental de la meseta, brañas, turbas y junqueras; y en la llanura, otra vez prados y maizales, y el río, que, corriendo de Poniente á Levante, los recorta y hace en el valle un caprichoso tijereteo, mientras se bebe en un solo caño los varios regatos que vimos deslizarse al otro lado de la vega. Más allá del río y de las mieses, sierras y bosques; entre ellos y sobre los cerros cultivados, pueblecillos medio ocultos, en alegre anfiteatro, y caseríos dispersos;
- 20cencerreando el ganado, de intento voceado y apaleado entonces para que las reses corran y se atropellen, y de este modo sacudan de lo lindo los cencerros. Tómanlo á provocación los de Rinconeda, y vénganse propalando la especie de que ese lujo y otros tales hacen gastar al pueblo autónomo lo que no tiene, y vivir en perpetua trampa, como señor de pocas rentas y mucha _fantesía_.
- 21Como Cumbrales está tan alto, no bien el _ábrego_ (viento del Sur) arrecia, andan las tejas por las nubes y las chimeneas por los suelos, mientras los vecinos de Rinconeda, amparados del viento por la sierra, dicen (según la fama) sobándose las manos y pensando en los de arriba:--«¡Hoy sí que vuelan _aquéllos_!» Pero cesa el Sur y comienza á llover á mares, y son verdaderas cascadas las laderas de la meseta y de la sierra, con lo cual cada calleja del otro pueblo es un torrente, y una isla cada casa; y dice la gente de arriba, acordándose del dicho tradicional y malicioso de los de abajo:--«Esta vez _los_ barre el agua, por _peces_ que sean.»
- 22Á MODO DE SINFONÍA
- 23Comenzaba el mes de octubre; parecía el fresco retoño de la vega tapiz de terciopelo, y las ya amarillas panojas se oreaban en los maíces despuntados, dentro de la seca envoltura, que chasqueaba y crujía como estrujado papel al secar sobre ella el calor del sol el rocío de la noche. Andaba rayano el mediodía; inmóvil estaba el follaje mustio, mal adherido á las ramas; podían contarse los árboles en el monte, por lo cercanos que los fingía la vista, y el cielo, como barrido de nubes en lo alto, las tenía amontonadas hacia el horizonte, revueltas las blancas con las negras, las nacaradas y las rojas.
- 24Las témporas de San Mateo habían _quedado de Sur_; y, según el almanaque montañés, así debía seguir el tiempo hasta las de Navidad; lo cual vendría de perlas para secar el maíz y las castañas y asegurar una excelente _pación_ á los ganados al _derrotarse_ las mieses. Y el pronóstico se iba cumpliendo hasta entonces. Estaba, pues, el día como de Sur en calma: bochornoso y pesado. No es de extrañar que á aquellas horas gustara la sombra como en el mes de agosto.
- 25carga con la rastrilla; y la carga, sube que sube y crece que crece, hasta que debajo de ella no se ven ni el carro ni los bueyes; y eche usted las tres cordadas, y arrímese al testuz de las bestias, ahijada en mano, y lléveme á pulso aquella balumba por cuestas y callejones sin entornarla; y _empayémela_ usted con aquella porfía entre el que descarga la yerba y el hormiguero de gente que la toma al boquerón del pajar, y la lleva hacia dentro y la acalda, sin que pelo quede de una horconada al boquerón cuando otra nueva viene del carro; porque ignominia fuera para los que empayan, no dar abasto al descargador.
- 26Calló el joven, dicho esto; y cuando ya no había al alcance de su mano derecha flores ni yerbas que arrancar, cambió de postura en el asiento; recorrió vega y horizontes con la vista, y comenzó á golpear con las rodillas, estiradas las piernas, las manos y el sombrero que metió entre ellas. No había hablado para porfiar ni para convencer, sino para decir lo que sentía, y le tenía sin cuidado lo que pudiera replicarle don Baldomero.
- 27la mecánica... ¡afán, como te dije al principio, de meternos en todo lo que no nos importa! Que se acostumbre el hombre á vivir con lo que tiene á sus alcances, y verás cómo no se le da una higa por toda esa batahola de conquistas científicas con que tanto se pavonea el presente siglo.
- 28Mi padre, que todo lo funda en la ley del progreso porque estuvo en Luchana con Espartero, tuvo el mal acuerdo de gastar su paga de retirado y las rentas de su hacienda, en darme la carrera de abogado, porque tenía gran empeño en hacerme hombre de pluma y de palabra, para luchar por la causa de la libertad en el campo de las ideas, después de haber vencido él á la tiranía en el de batalla; pues no hay quien le saque de que entre el Duque y él, solitos, vencieron al «perjuro.» En vano le dije lo mismo que te he dicho á tí, y hasta le rogué que no me sacara de estos andurriales para meterme en aventuras que no cuadraban con mi carácter. Tuve que obedecerle; y á empujones y de mala gana, llegué á tener el título de abogado: como si me hubieran dado una copla de á dos cuartos. Si las causas eran feas, no me encargaba de ellas por repugnancia; si eran dudosas, porque no quería calentarme los cascos
- 29ALGO DEL ASUNTO
- 30menos ásperos y pedregosos, y sin las ortigas y jaramagos que hacían ingrato y peligroso al tacto lo que seducía y enamoraba á los ojos.
- 31parte vine.
- 32Miróle Ana por debajo de las cejas, fruncidas por efecto de una sonrisa burlona en que envolvió toda su hermosa y picaresca faz, y le tiró con otra hoja de malva que había arrancado poco antes del ramillete del pecho.
- 33Como su padre andaba aún fuera de casa, Pablo, antes de subir á ella, quiso darse una vuelta por las cuadras, á la sazón punto menos que vacías. Sólo dos parejas de bueyes y algunos ternerillos había al pesebre. El resto del ganado, pocos días antes llegado del puerto, andaba al pasto en el monte al cuidado del pastor del lugar, que lo recogía por la mañana y lo entregaba al anochecer. La disposición de aquellas cuadras era obra del magín de Pablo, y acuerdo suyo también el régimen á que en ellas estaba sometido el ganado. Natural era la satisfacción que el mozo sentía, viéndole tan gordo y lozano, en pasarle la mano por el lomo, en llamar á cada bestia por su nombre, en increpar duramente á la que no comía hasta limpiar el pesebre, y en confundirla con el ejemplo de la que no dejaba en el fondo ni la _grana_. Pues ¿y los becerrillos? Horas se pasaba con ellos rascándoles el testuz y dándoles palmaditas en la cara. ¡Y cómo se arrimaban ellos
- 34Mientras nuestro mozo se entregaba á estos entretenimientos, arriba aguardaban su madre y su hermana, con la mesa puesta y haciendo labor cerca de ella, el resultado de la entrevista de los dos compadres; lance que las tenía sumidas en graves aprensiones, bien reflejadas en el desasosiego de que ambas estaban poseídas.
- 35Cuanto puede parecerse una rama al tronco de que procede, se parecía nuestra joven á su madre, _señora de aldea_, sana y bien conservada, sin afeites ni aliños exagerados; antes bien, peinada y vestida con tal sencillez y modestia, que sólo en lo pulido de su cutis, señal de que éste andaba lejos de las injurias del trabajo al aire libre, revelaba la jerarquía. Verdad es ésta de la sencillez y modestia en el ordinario arreo, propia no sólo de las señoras de labradores ricos montañeses, sino también de las damas de alto copete, si son muy apegadas al terruño natal. Digámoslo en honra de la Montaña y de las montañesas.
- 36PELOS Y SEÑALES
- 37De este modo llegó á ser don Juan de Prezanes un cacique de gran empuje en el distrito, y un enredador de dos mil demonios; pues, conocido el flaco de su carácter, no solamente lograron los seductores interesarle con alma y vida en todo linaje de intrigas, sino hacerle creer que era capitán y bandera á la vez, cuando, en substancia, no pasaba de ser la mano del gato, menos que soldado de filas en aquella tropa de polillas del bien público.
- 38deben regirse los hombres que quieran tener derecho al pomposo título de _gentes de buena educación_. ¡Qué sandez tan triste! ¡Como si todos los hombres hubiéramos sido moldeados en una misma turquesa y con el barro en iguales dosis y calidades! ¡Como si el alfilerazo que apenas ensangrienta la epidermis de uno, no fuera en otro puñalada que penetra hasta el corazón!
- 39Métome sin permiso del lector en estas honduras fisiológicas, porque por ellas andaba muy á menudo don Juan de Prezanes buscando la razón y la justicia, ó, cuando menos, la disculpa de sus arrebatos geniales, y al mismo tiempo la sinrazón, y hasta la falta de caridad con que su amigo don Pedro Mortera le contrariaba; en lo cual don Juan de Prezanes se equivocaba en más de la mitad, porque su amigo nunca le contrarió sin grave causa ni por el vano afán de que valiera la suya á todo trance; pero era demasiado crudo en sus verdades, terco en sostenerlas, socarrón _aliquando_ y mordaz en ocasiones; y en esto no eran infundadas las quejas del irascible jurisconsulto.
- 40Con notorios intentos de asegurarle mejor y de chupar sus caudales, lograron sus comilitones de allende hacerle el favor (¡el único que lo fué de veras!) de una señorita pobre, que por casualidad salió buena y honrada y hacendosa, y hasta supo, durante dos años de matrimonio, dulcificar las ingénitas acritudes de su marido, y hacerle placentera la vida del hogar. No duró más su dicha, porque Dios se llevó á mejor destino la causa de ella, dejando en cambio al triste viudo una niña, que recibió el nombre de Ana de su padrino don Pedro Mortera. Dos meses antes se había bautizado un hijo de éste (cuyas bodas anduvieron muy cercanas á las de su amigo) con el nombre de Pablo, siendo padrino don Juan de Prezanes.
- 41Con esos vividores intrigantes, que te están chupando hasta la honra, jamás.
- 42maliciosa, y no negó la posibilidad del pecado. En honor de la verdad, no por ello dejó de querer entrañablemente á su amigo, ni volvió á hablarle más del asunto de la alianza; pero la actitud impasible de don Pedro y la repulsa consabida, causa fueron, aunque sorda y disimulada, de muchas y muy repetidas desavenencias entre los dos amigos, provocadas por las vidriosidades del jurisconsulto.
- 43ENTRE COMPADRES
- 44Detúvose en su paseo el hombre que era un manojo de nervios, miró á su amigo y compadre con ojos que lanzaban chispas, y dijo, ronco y tembloroso, dándose una manotada sobre el angosto pecho:
- 45Cuando, después de este triunfo, logró algún dominio sobre sus nervios desconcertados en la batalla, arrojó por la ventana la plegadera hecha una pelota; se enjugó el sudor con el pañuelo; dió algunas vueltas, relativamente sosegadas, en el gabinete, y, por último, se dejó caer en el sillón, apoyando los codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos. Momentos después se encaró con su amigo, que no apartaba los ojos de él, y le dijo con voz enronquecida, pero no destemplada:
- 46Muy necio tiene que ser el que desconozca que le engaña quien se le brinda con el remedio de todos sus males, como charlatán de feria, para desempeñar un cargo que, ejercido á conciencia, más es cruz de suplicio que ocasión de prosperidades. ¿Crees, Juan, que, pensando así, puedo rechazar tus planes por la pueril satisfacción de que tu aceptes los míos?
- 47Don Juan de Prezanes, desfogadas ya sus iras, estaba más para sentir que para hablar; y tal vez á esta excusa se agarró su genio quisquilloso para no dar el brazo á torcer todavía, aunque Dios sabe si en el fondo del alma lo deseaba.
- 48Con esto, se volvió á consolar al atribulado, y salió don Pedro Mortera, harto más pesaroso que complacido.
- 49DON VALENTÍN
- 50La casa á que llegó don Baldomero después de separarse de Pablo, estaba situada en lo más desabrigado, al vendaval de la barriada de la Iglesia. Era grande y vieja, sin portalada; con una accesoria, que en mejores tiempos había cumplido altos destinos, á un costado; al opuesto un nogal medio podrido, y en la trasera un huerto lóbrego.
- 51Don Baldomero tragaba y sorbía, y nada respondió á su padre. ¡Estaba tan hecho á oirle cantar aquella sonata!
- 52Don Valentín, mientras paladeaba el primer trozo de queso que se había llevado á la boca en la punta del cuchillo, continuó así:
- 53Ignoran que, en las corrientes del progreso, quien no va con ellas es arrollado y deshecho. Por eso mi voz es desoída aquí... por eso, en cuanto á los más, costra grosera del pobre terruño; y en cuanto á los menos, ¿qué excusa podrá salvarlos cuando la patria les pida cuenta de su conducta sospechosa? Sospechosa, sí, porque no todo es trigo limpio en Cumbrales, ¡vive el invicto Duque! Aquí también hay fósiles de los tiempos bárbaros; seres incomprensibles para quienes el tiempo no pasa, ni instruye, ni reforma, ni inventa, ni demuele. ¿En qué se conocería que vivimos en el siglo de la luz y del progreso, si ellos fueran los llamados á dirigir las corrientes de las ideas; si junto á esa raza obscurantista y retrógrada, no se alzara la de los hombres como yo?
- 54Cuando hubo dicho esto y liado el cigarro, púsole en la boca, restregóse las palmas de las manos para sacudir el polvillo del tabaco adherido á ellas, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
- 55Dejó la moza el braserillo clásico sobre la mesa, y marchóse, llevándose la olla vacía y la tartera con las sobras del potaje; y como ya no había qué comer ni qué beber á sus alcances, don Baldomero cogió la petaca de su padre, tomó de ella el tabaco necesario, y sin replicar ni siquiera prestar atención á lo que el veterano iba diciendo, hizo un cigarro con papel de su propio librillo, encendióle en las ascuas mortecinas de la chofeta, y comenzó á fumarle muy sosegadamente, entre eructos y carraspeos.
- 56Don Valentín continuó un buen rato todavía declamando contra la poca fe liberal de los tiempos, hasta que reparó en su hijo, de quien se había olvidado en el calor de su fiebre patriótica; y al verle dormilento y distraído, alzóse de la silla, y díjole en tono admirativo y corajudo:
- 57Momentos después roncaba don Baldomero con la apagada punta del cigarro pegada al labio inferior.
- 58MÁS ACTORES
- 59De una persona que tiene estrabismo, dicen las gentes aldeanas de por acá que _enguirla_ los ojos, ó simplemente que enguirla; y se llama la acción y efecto de enguirlar, _enguirle_. Ahora bien: Juan Garojos, hombre bien acomodado, trabajador, de sanas y honradas costumbres, alegre de genio y con sus puntas de socarrón, era un poco bizco; y como en esta tierra, lo mismo que en otras muchas, no bien se columbra el defecto en una persona, ya tiene ésta el mote encima, á Juan, desde que andaba á la escuela, dieron en llamarle Juan _Enguirla_; algunos, Juan _Enguirle_, y todos, al cabo de los años, _Juanguirle_, con el cual nombre se quedó por todos los días de su vida.
- 60minucioso, aunque tengo para mí que, en esto de pintar con verdad, y, por ende, con arte, no debe omitirse detalle que no huelgue, por lo cual he de añadir, aunque añadiéndolo quebrante aquel propósito, que debajo de la _pértiga_ dormitaba un perrazo de los llamados _de pastor_, blanco con grandes manchas negras, y que en el corral andaba desparramado un copioso averío, buscándose la vida á picotazos sobre el terreno que escarbaba.
- 61Volviendo á Juanguirle, añado que estaba en mangas de camisa, canturriando unas seguidillas á media voz, pero desentonada, mientras pulía el asta que acababa de echar á un dalle; obra de prueba que pocos labradores son capaces de ejecutar debidamente. Raspaba el hombre con su navaja donde quiera que sus ojos veían una veta sobresaliendo, y luégo aproximaba á sus ojos la más cercana extremidad del asta; y tocando el _pie_ del dalle en el suelo, enfilaba una visual por los dos puntos extremos; y vuelta después á raspar, y vuelta á las visuales, y vuelta también á probar su obra, empuñando las _manillas_ y haciendo que segaba.
- 62Cuando se convenció de que el asta no tenía pero, echó una seguidilla casi por todo lo alto; y acabándola estaba en un calderón mal sostenido, cuando el perro comenzó á gruñir sin levantarse, y se le presentó delante don Valentín Gutiérrez de la Pernía. Saludó al alcalde en pocas palabras, y en otras tantas, pero regocijadas y en solfa, fué respondido.
- 63Como que si uno fuera á creerlo según suena, cosa era de encomendarse á Dios. El _menistro_ (con perdón de usté) que fué con un oficio mío á Praducos, por lo resultante de los ultrajes de ellos en el monte de acá, entendió que le cortaban el andar; y, por venirse por atajos y despeñaderos, llegó sin resuello y aticuenta que pidiendo la unción.
- 64De la pasiega no se diga, que hasta el cuévano trajo esta mañana encogollado de supuestos al respetive, y entre ésta y el otro, y el de aquí y el de allá, que lo corren y avientan, y que dale y que tumba y que así ha de ser, hasta los pájaros del aire cantan hoy la mesma solfa. De modo y manera que yo me dije: ó don Valentín es sordo, ó no tarda en darse una vuelta por acá, al auto de lo de costumbre.
- 65parte de ella no volverá. Al rey serví en su día; y si hoy tengo el
- 66Como si le hubiera picado un tábano, salió corralada afuera don Valentín al oir estas palabras de Juanguirle. Celebró éste con fuertes risotadas el efecto de su chanza, y continuó raspando el asta del dalle.
- 67Dijo, y al mismo tiempo puso el dalle en manos del mancebo. Éste echó sobre el asta varias visuales, hizo también como que segaba, y, por último, arrimó el trasto á la pared, con la guadaña en lo alto. Marcó un punto con el _callo_ sin mover el asta, y haciendo centro con el extremo inferior de ésta, describió un arco hacia la derecha. La punta del dalle pasó entonces por la marca hecha con el callo.
- 68Con lo cual se marchó Nisco á casa de Pablo; y momentos después, medio tendido en el suelo, sobre las melenas de uncir los bueyes; apoyado el tronco sobre el codo del brazo izquierdo; el extremo del asta sobre la rodilla levantada, y el filo del dalle deslizándose, al suave empuje de la mano izquierda, por encima del yunque clavado en tierra, canturriaba una copla el bueno de Juanguirle, al compás del tic, tic de su martillo, sin acordarse más del cargo que ejercía en el pueblo ni de la visita de don Valentín, que del día en que le llevaron á bautizar.
- 69ÉGLOGA
- 70Caminando Nisco de su casa á la de Pablo, como las callejas eran angostas y sombrías y convidaban á meditar, andando, andando, meditaba y acicalábase el mozo, pues á ambas cosas era dado, como soñador y presumido que era; y ¡vaya usted á saber por dónde volaba su imaginación mientras se atusaba el pelo con la mano, y observaba la caída de las perneras sobre los zapatos, y estudiaba aires y posturas, sonrisas y ademanes!
- 71Con voz no tan firme como la mirada, dijo al mozo, cuando le vió delante de ella vacilando entre echarse á un lado para dejar el paso libre, ó detenerse para cumplir con la ley de cortesía:
- 72Desde que sé pensar, para tí ha sido día y noche el mi pensamiento:
- 73cortejantes me rondaron sin punto de sosiego... bien sabes tú que ninguno fué capaz de quebrantar la mi firmeza; y si la cara me lavaron á menudo por vistosa, por ser yo prenda tuya no tomé á embuste las alabanzas. Bienes tiene mi padre que han de ser míos: no dirás que por cubicia de los tuyos te perseguí. Señor fuiste de mi voluntad; y con serlo y todo, nunca en mi querer vistes obra que no fuera honrada y en ley de Dios... ¿Qué mejor escritura de mi parte! Y si no me engañabas cuando tanta firmeza me prometías, ¿por qué hace tiempo que de mí te escondes? Y si para mirarme á mí te puso Dios los ojos en la cara, como tantas veces me dijistes, ¿por qué no cegaron desde que no me miran? Si para mí eras en el porte la gala de Cumbrales, ¿para quién son ahora las prendas con que te emperejilas hasta para ir al monte?
- 74canto arrimado á la pared, estaba una vieja, flaca y apergaminada,
- 75Como según el tiempo iba pasando íbase la buena mujer enflaqueciendo, y sólo se la veía en el lugar para pedir limosna en casa de don Pedro Mortera ó en la de don Juan de Prezanes, para ir á misa cada día de fiesta, ó de paso para la villa, á donde hacía también sus excursiones á menudo; y como no se concibe entre las gentes campesinas una mujer vieja, flaca y encorvada, sola, pobre y taciturna, sin tratos con el demonio, cata á la de mi cuento, de la noche á la mañana, bruja _con todas sus consecuencias_, sin lo que el supuesto no tendría maldita la gracia. Dieron en morirse muchas gallinas en aquel entonces y en faltar otras del gallinero, alguien vió plumas junto á la choza de la pobre mujer; y esto bastó para que, creyendo á la bruja aficionada al averío, la llamaran las gentes de Cumbrales la _Rámila_; el cual mote le quedó por nombre... también _con todas sus consecuencias_.
- 76Llevábala á casa de la bruja, no la reflexión, sino un vértigo del espíritu, obra del reciente choque de su pasión generosa con el desdén brutal de Nisco. Sentía el dolor de la herida en lo más hondo del corazón, y buscaba algo que debía de haber para calmarle, aunque fuera el triste placer de la venganza. Sospechaba, pero no conocía, la verdadera causa del desvío de su novio, é ignoraba qué le dolía más, si el recelo de que otra mujer se le llevara, ó el temor de perderle ella; qué era lo que con mayor urgencia necesitaba, si reconquistar el bien perdido, ó hacer que _la otra_ no le adquiriera para sí. En cualquiera de estos casos, ¿cómo, cuándo y por qué camino, si no tenía otra luz para orientarse en el abismo en que se hallaba que el notorio desvío del ingrato? Filtros, adivinaciones, sortilegios, hechicerías por arte del diablo, noticias ciertas, consejos sanos por modo lícito y natural,
- 77LAS PRIMERAS CHISPAS
- 78disgustos que á él le habían acarreado, sin un solo beneficio; pero nada más que _cierto derecho_: no en la amplitud en que su compadre se le tomaba y le comprendía. Y por aquí andaba el punto doloroso.
- 79Lo que en rigor buscaba don Juan al tener á Ana toda la tarde á su lado, era el convencimiento de que si alguno de la otra casa iba á visitarle, lo haría por iniciativa propia, no por sugestiones, y quizá ruegos, de su hija, quien, hablando en rigor de verdad, en lo tocante á que se cumplieran sus promesas, no las tenía todas consigo.
- 80Lo probable es que se te pegue á tí su tosquedad, y no á él tu cultura.
- 81cásate.
- 82Dispúsose Ana á complacer á su padre; y con tal apresuramiento y tan de buena gana, por lo visto, que al recoger los avíos de costura en su primorosa canastilla, por cada cosa que guardaba ¡ella á quien jamás igualaron prestidigitadores en destreza y agilidad! dejaba caer media docena. Mas allí estaba Pablo, que se desvivía con desusado afán por recogerlas en el aire y ponerlas en las blancas y finas, pero desatinadas, manos de la azorada joven.
- 83LOS HUMOS DE NISCO
- 84María volvió á sonreirse, y continuó cosiendo.
- 85Digo yo que todas estas cosas contemplaría Nisco, porque, según la expresión que brillaba en sus ojos, más bien parecía sorber con ellos á la joven que mirarla. De vez en cuando echaba ésta una ojeada firme y serena al mozo; y entonces el hijo del alcalde de Cumbrales no cabía en la silla.
- 86Iban así corriendo los minutos, y Pablo no venía ni se marchaba Nisco, ni entre éste y María se cruzaba una palabra. Don Pedro estaba en el portal en plática con don Valentín, que había ido á visitarle «por un motivo muy urgente,» al decir del veterano; y su señora andaba disponiendo el agasajo con que habían de celebrarse las paces consabidas, si don Juan aceptaba la invitación que se le había hecho.
- 87De manera que los actores de la sala no podían esperar de afuera incidentes que rompieran la monotonía de la escena: tenían que romperla ellos mismos, si no la hallaban muy divertida.
- 88María, sin fijarse gran cosa en los desentonos de Nisco, volvió á decirle:
- 89Con esta pregunta le entró al mozo tal hormigueo, que en un buen rato no le dejó sosegar.
- 90Interesábale tanto á la joven la conversación en que se había empeñado con el bueno de Nisco, que ya no cosía. Apoyando sus brazos en la almohadilla que sobre sus rodillas tenía, jugueteaba con la tijera y mordía una hebrita de seda, cuyo extremo suelto asomaba húmedo entre sus labios frescos y rojos; miraba al mozo con no disimulada curiosidad, y estudiaba en él las impresiones que iba causándole el interrogatorio á que le tenía sometido; interrogatorio que acaso no hallen del todo verosímil las damas del _mundo elegante_ (si entre ellas las hay con el mal gusto de leerme), la crítica superficial y cuantos desconocen el modo de ser de estas gentes montañesas. En pueblos como Cumbrales, se sabe en cada casa lo que ocurre en las demás; y en salones como el de don Pedro Mortera, donde la familia cose y habla y reza, muy á menudo se oyen relatos harto más insubstanciales y pesados que la amorosa cuita del hijo del alcalde; porque allí van
- 91los pobres á llorar las suyas; los atropellados á pedir consejos... y más de una vecina á remendar la saya ó á que le corten una chaqueta ó le escriban una carta para el hijo ausente. Además, los unos son colonos de la casa, otros han servido en ella, y todos se codean en la iglesia, en la calle ó en el concejo. De esta mancomunidad de intereses y de afectos, nace la íntima cohesión, algo patriarcal, que existe entre todas las jerarquías de un mismo pueblo; cohesión que, no por ser fecunda en ingratitudes, rencillas y disgustos, deja de existir en lo principal, afirmada en el inquebrantable respeto de los de abajo á los de arriba, y en la cordial estimación de éstos á los de abajo. Así se explica que María, con su genio _parado_, poco expansiva, y corta y desconfiada en su trato con gentes extrañas y de su esfera, aun sin el estímulo de la _segunda intención_ que algún malicioso pudiera suponer
- 92Volviendo ahora al interrumpido diálogo, sépase que á la vehemente, apasionada y casi dramática exclamación del romántico hijo de Juanguirle, contestó María, mirándole de hito en hito:
- 93APUNTES PARA UN CUADRO
- 94Diéronle, por esto, el nombre de _Tablucas_, y con él se le llamaba y á él respondía, casi olvidado ya del verdadero.
- 95Contestábanle siempre que sí; y ya no necesitaba saber más.
- 96Detrás del mostrador estaba, llenándole de cuentas con tiza, Resquemín, el tabernero, hombre bien engrasado, algo viejo y de áspero y avinagrado humor.
- 97Después abrió los bastidores de un armarillo, y volvió á cerrarlos, y tornó á abrirlos, y al cabo cogió un vaso pequeño, le llenó de aguardiente y se lo llevó á don Baldomero.
- 98Chiscón y el Sevillano, sin hacerle maldito el caso, seguían comentando, medio en serio y medio en broma, los relatos de Tablucas.
- 99Don Baldomero, en tanto, fumaba, sorbía alguna que otra vez, y parecía no dar la menor importancia al relato de Tablucas.
- 100MEDIAS TINTAS
- 101Colmenas.
- 102Media hora después de anochecido, Ana y María estaban en un rincón de la solana, embutida entre los dos cortafuegos, muy salientes, de la fachada. El aire continuaba siendo seco y pesado, y no había que temer daños del relente. Ana se mecía sobre los pies traseros de una silla, apoyando las puntas de los suyos diminutos en los gruesos y torneados balaustres del balcón, para guardar el equilibrio, cuando no descansaba reclinando la silla contra la pared. María, sentada á su lado,
- 103contemplaba la luna, redonda y resplandeciente como un disco de oro
- 104María se echó á reir, y preguntó á su amiga:
- 105La voz de éste era recia y destemplada entonces.
- 106con el dedo para que nada pase inadvertido; diablo sin color ni formas, pero perfectamente visible á los ojos del espíritu excitado y vibrante.
- 107Celebró don Pedro con recias carcajadas la felicísima coincidencia, y aplaudiéronla los demás, excepto don Juan de Prezanes, que tuvo que morderse los labios porque no le _desautorizara_ la risa que le retozaba en ellos.
- 108Marcháronse, en efecto, tras una cordial despedida; y con marcharse estos personajes, se acabó el asunto del presente capítulo.
- 109LAS ALAS DE CERA
- 110Cuando Pablo y Nisco iban al cierro, su paso por las mieses de la vega era una continua observación y un incesante comentario.
- 111Cómo volaba el tiempo para Pablo mientras estaba allí metido con Nisco examinando el cierro planta á planta y yerba á yerba, ponderando esto y lamentándose de aquello, lo uno porque respondía fielmente á sus imaginaciones, y lo otro porque le había producido un desengaño, lo comprenderá el lector sin que yo se lo explique en largas consideraciones, que habrían de fatigarle, y á mí también. Y ahora le advierto que si digo todo lo que dicho queda en el presente capítulo, de los entusiasmos campestres de Pablo, no es porque yo me imagine que le sientan bien á un mozo de su edad estas formalidades precoces, pues bien sabe Dios que con ellas solas y sin las muchachadas por que le reprendió su padrino, y la sencillez y noble despreocupación de que nos ha dado muestras, más apto le juzgara para zagal de un idilio cursi, que para personaje de una novela realista; dígolo para que, teniéndolo en cuenta el que leyere, dé toda la significación que le corresponde
- 112Iban el uno en pos del otro, lentamente y pensativos. Pablo tronchando yerbas y flores con una varita que llevaba en la mano, y Nisco, con la chaqueta al hombro y el sombrero sobre las cejas, arrollando y desarrollando maquinalmente con sus índices una hoja de maíz. Pasaron junto á un maizal en que habían hozado puercos muy recientemente, y ni una palabra arrancó á los caminantes el suceso; más adelante hallaron á una familia _cogiendo_ una heredad, cosa que nadie pensaba hacer todavía en la vega, y ni siquiera se cansaron en preguntar si el maíz aquél se cogía por _tempraniego_ ó para secarlo en el horno... Aunque vieran cuervos picoteando las panojas, y maíces tronzados ó seturas entornadas, señales de haber entrado bestias en la mies, y tal cual prado todavía con el pelo de agosto, seco, podrido y ya sin jugos...
- 113Databan éstas, que no eran tristes por cierto, de la misma fecha. Las de Pablo nacieron del consejo que le dió su padrino delante de Ana; las de Nisco, de su conversación con María. Desde entonces andaban los dos camaradas como pareja de palominos atolondrados. Pablo, como quien despierta de un sueño agradable y se deleita en armonizar ideas no muy acordes, y en grabar en la mente imágenes fugaces y confusas; Nisco, viendo y palpando cuadros de bulto, con luz de colores y auras de tomillo y malva rosa.
- 114Diólas primero mirando con avidez aquí y allá, á pesar de sus cavilaciones; y, por último, rompiendo á hablar de esta manera:
- 115Calló Nisco porque se enmarañaba y perdía entre estas metafísicas, y acaso también porque Pablo parecía estar más atento que á escucharle, á contar los varazos que se daba en sus piernas estiradas sobre el campo.
- 116Con la cual pregunta sintióse el mozo tocado en lo más profundo del alma; sacudió el letargo en que yacía, enrojeciósele el semblante, y respondió, entre contrariado y satisfecho:
- 117Con este exordio se despertó un poquillo la curiosidad de Pablo. Miró éste á su amigo, y díjole para animarle:
- 118Me luce.
- 119Con las alas del corazón lacias y caídas le recibió el presuntuoso hijo del alcalde, que mayores alientos aguardaba de su amigo. ¡Y esa que Pablo sólo conocía hasta entonces el pecado! ¡Qué no se le ocurriera si también le fuera conocido el nombre de la pecadora!
- 120Cargóse Pablo de veras, y le enderezó estas razones:
- 121POR LO FINO
- 122mejillas, y aquel color era para Pablo algo como fuego en que iba fundiéndose poco á poco el hielo de sus pasadas frialdades.
- 123Cuando transcurrió una semana y vió el hijo de don Pedro Mortera que estos fenómenos continuaban en progresión creciente, declaró de gravedad el caso. El cual tenía para él dos aspectos muy distintos:
- 124Verdad es que, aunque sabía muy bien de qué se trataba, no debía responder mucho más que esto.
- 125clavando los ojos tímidos en Pablo y callándose la boca.
- 126Cavilando hoy en lo que he sido, en fuerza de asombrarme de lo que soy, acuérdome de que, en mis ausencias, era tu pensamiento el que más me asaltaba en ciertos actos de la vida: por ejemplo, si me ponderaban una mujer por aguda ó por hermosa, contigo la comparaba para calcular lo mucho que le faltaba para valer lo que decían; si algo me robaba la atención por nuevo ó por divertido, lamentábame de que tú no lo vieras también; si un trapo de moda caía con gracia en el cuerpo de una elegante de fama, pensaba yo lo mucho más que luciría en el tuyo... y así por este orden. Pero después se borraba el recuerdo con otros bien distintos. En fin, que, sin dejar de quererte mucho, pensaba yo que te quería... como quiero á mi hermana, supongamos. ¡Pero esto otro es muy distinto!
- 127Cruda fué la pregunta, y harto excusada, por cierto; pero ya se habrá notado que á Pablo le gustaba mucho que le pusieran los puntos sobre las _ii_, y Ana no tuvo otro remedio que responder clara, precisa y terminantemente, según el sentir de su corazón; sentir tan viejo en ella, por las trazas, como las ya fenecidas indiferencias de Pablo; con lo que éste se encalabrinó hasta el punto de que quiso hacer público el suceso y llevar las tramitaciones por la posta.
- 128Cuida mucho el tuyo; y cuando estemos seguros de que no ha de apagarse, yo te avisaré. Reparte el tiempo entre ese cuidado y tus quehaceres y diversiones, _lícitas_, se entiende; mucho juicio... y apártate allá ahora y haz que te paseas, que llega tu padrino.
- 129Desde aquel día ya supo á qué atenerse Pablo; penetró en los laberintos que le obstruían la senda, y halló la luz que echaba de menos; y sin descender con la fantasía del Olimpo á que le habían elevado sus nuevas impresiones, volvió á ser en Cumbrales el amigo de Nisco, el jugador de bolos, el cultivador del cierro, el amante incansable de la naturaleza y de las costumbres de su país... todo, menos el concurrente á zambras y bureos, como alguna vez lo fué, según nos dijo su padrino, en ocasión bien señalada para esta parejita de nuestros personajes. Es decir, que la pasión de Pablo dejó de ser impetuoso torrente, é iba transformándose en manso, rumoroso y cristalino arroyo (como dicen los poetas), con harto gusto y complacencia de Ana, que fundaba en el amor firme y arraigado de aquel noble mancebo todas las aspiraciones de su vida.
- 130VERDADES AMARGAS
- 131contemplado cara á cara sin deslumbrarse. Desde el suceso del cierro
- 132de su vida, dícele el enanuco al mozo:--«Pues, amigo, de todo eso era yo sabedor y noticioso; y porque lo era, te llamé para preguntarte qué deseas en premio de tu hombría de bien.» Á lo que respondió el mozo:--«Con que fuera mío lo que á renta y en aparcería llevo, y dos tantos más para vivir sin esta fatiga del monte, que es la que me quebranta, creyérame el más rico del lugar y no envidiara al rey de las Indias.--Pues tendrás lo que deseas, si eso te basta,» dijo el enanuco.
- 133despertar al otro día con el sol, abre el pañuelo, y ve que la tierra se ha convertido en ochentines y onzas de oro!... ¡más de mil había entre unos y otras! Como que el pobre zonchero pensó enloquecer de alegría. Pues, señor, que, entrando en su quicio poco á poco el mozo, empezó á echar sus cuentas: tantos carros de tierra así; tantos asao; tantas reses de esta clase; tantas de la otra; el carro de tal modo; la casa de cuál otro... Y cátale en poco tiempo con unas labranzas de lo mejor y unos ganados que tenían que ver; bien comido y bien trajeado, y con buenas onzas sobrantes al pico del arca; motivao á lo que las mejores mozas le persiguieron, echándole memoriales con los ojos. Y bien lo merecía, que, no por ser buen mozo y rico, dejaba de ser trabajador y honrado, como cuando era pobre. Pero, amigo de Dios, cátate que un día se le antoja ver un poco de mundo, cosa que jamás había visto, y plántase en la ciudad, de golpe y porrazo. ¡Él que allí
- 134vamos, que vivir así y vivir en la gloria, pata. De modo y manera, que volvió el mozo á su pueblo pensando ser la criatura más desgraciada del mundo. Volviendo así á su pueblo, cogió _duda_ á la borona, dió en aborrecer el trabajo, y los días enteros se pasaba pensando en aquello que había visto y en ser un caballero de los más regalones; y pensando de esta manera, quería una dama por mujer, y no había que mentarle las mozas de su lugar, que todas le parecían poco para un personaje como él. Pues, amigo de Dios, que abandonó las labranzas por entero, y tuvo que comer de lo agorrao, mientras le andaba cierta idea en el majín, que no se atrevía á poner por obra; pero cátate que no tuvo otro remedio que ponerla, porque lo agorrao iba á acabarse, y él no estaba por volver á trabajar las tierras que tenía en abandono. Un día unció los bueyes al carro, puso en él media docena de sacos vacíos, y arreó
- 135Caracol marino.
- 136Con lo que la Rámila se entró en la corralada de don Pedro Mortera, y Nisco tomó el camino de su casa, mustio y contrariado... y voy á lo que decíamos de los elementos conjurados contra los planes de este mozo: no bien abocó al estragal, encaróse con él Juanguirle, que iba á salir á _picar_ leña en la accesoria, y le echó un trepe que ardía. En conclusión le dijo:
- 137UNA DESHOJA
- 138Con la _secura_, que no cesaba por seguir el tiempo al Sur, las mieses se pusieron hechas una bendición de Dios, y en la última semana de octubre no quedaba una caña de alubias sin _pelar_ en las heredades, y las panojas, bien granadas y bien secas, iban á desprenderse ellas solas de los maíces, si muy pronto no las amontonaban sus dueños en el desván. Pero ¡con poco mimo las observaban éstos uno y otro día, para dejarlas expuestas á la voracidad de los cuervos, ó á los riesgos del temporal que podía presentarse á la hora menos pensada! ¡El fruto de tantas fatigas, el pan de todo el año!
- 139Menudeaban los cantares de las mozas; respondían los mozos con sus baladas lentas y cadenciosas; relinchaban, entre balada y cantar, los que sabían hacerlo con recio pulmón y adecuado gaznate; reíase acá, murmurábase allá; y, en tanto, las panojas deshojadas caían en los garrotes como lento pedrisco; y la montaña del centro descendía, socavada poco á poco, mientras crecía sin cesar la cordillera de hojas que iba formándose por detrás de la gente; desocupábanse á menudo los garrotes llenos, en un espacio despejado en conveniente lugar; y el ruido que aquellas cascadas de panojas producían al caer sobre el sonoro tablado, ruido semejante al de un tren de artillería en calles mal empedradas, era como el _bajo_ del incesante é infernal desconcierto... Y cuenta, lector filarmónico, que esto del desconcierto lo digo acordándome de lo fino de tu oreja; que, por lo que toca á las de aquella rústica gente, por muy grata y sabrosa reputaban la
- 140De nuestros conocidos, veíanse en la deshoja (estilo de revistero de salones) á Catalina, Nisco, el Sevillano y Chiscón, Pablo entraba y salía á menudo, porque su padrino y Ana estaban de tertulia en la sala con motivo de la solemnidad de la noche, solemnidad tormentosa, pero, al cabo, solemnidad, en que los buenos amigos debían tomar parte para tener por un lado aquellas largas horas de barullo y desgobierno.
- 141Cuando cesó lo más recio de la bulla, porque los gaznates se cansaron de gritar, comenzaron los dichos y los relatos á entretener á la gente. Se apuntó algo sobre si entraría ó no entraría _el facioso_ en Cumbrales; pero la mitad de los oyentes no creían en la existencia de él, y la otra mitad daba el riesgo por fraguado en la imaginación del ocioso don Valentín; por la cual este asunto dió poco entretenimiento.
- 142Cuando el de Rinconeda tomó por la vega el camino de su lugar, solo y casi á tientas, porque no había luna aquella noche, aún llegaban á sus oídos los moribundos ecos de alguna balada, el cansado latir de los perros alborotados, y hasta el alegre cantar de más de un gallo madrugador.
- 143Chiscón entonces soltó un relincho que repitieron todos los ecos de la vega; y ningún otro ruido turbó ya la negra soledad de su camino, sino el triste, lento y remoto gemir del cárabo en el monte, y el bufar de una lechuza que pasó volando hacia el campanario de Cumbrales.
- 144LA DERROTA
- 145Desaparecieron como por encanto los portillos y seturas de las mieses; y cada una de las brechas resultantes fué vomitando en la vega el ganado á borbotones, en abigarrada y pintoresca mezcla de especies, sexos, edades y tamaños: la mansa oveja y el retozón becerro; la cabra arisca y el perezoso buey; la dócil burra y la gentil novilla; la sosegada vaca, el inquieto potro de recría y el toro rozagante.
- 146Calmados los ímpetus poco á poco, los sesudos bueyes humillaron la cabeza sobre el elegido terreno para pacer de veras y á qué quieres estómago; trocóse en manso lago, sobre este prado ó aquella heredad, cada rebaño que antes fué torrente de ovejas; enderezóse el burro, harto de revolcarse, y sin sacudirse la basura, ahogó los últimos suspiros, roncos y desconcertados, entre cogollos de helechos arrancados á la sombra de una mimbrera terminal; los potros, dejando de correr, cruzaron de dos en dos los enjutos cuellos, se _espulgaron_ á dentelladas y por largo rato... y todo movimiento fué cesando en la vega, hasta que no se oyó en ella otro ruido que el sonoro y acompasado de las esquilas y los cencerrillos de las bestias, que los movían al pacer blanda y sosegadamente.
- 147Dicho lo cual, hizo unas rúbricas en el aire con la cachurra, y ¡plaf!... allá fué la brilla, rápida y zumbando, por encima de los dos ejércitos en expectativa.
- 148Corrieron debajo de ella siguiéndola, y Cerojas se dispuso á socorrerla con su cachurra para _pasarla_ sin que tocara el suelo; pero erró el golpe por ir muy alta; y Cabra, más sereno, dejándola perder fuerza y altura, la recogió en el aire y á su gusto, y la volvió de un cachiporrazo hasta muy cerca de la topera de donde había partido. Dos varas más, y pierden el juego los de Bodoques. Pero andaba éste muy alerta; la tomó con su cachurra apenas tocó el suelo, y la volvió al medio del prado. Como iba rastrera entonces, cayeron sobre ella las cachurras á manojos; y entre ruidoso machaqueo y discordante vocerío, tan pronto subía la catuna como bajaba. Hubo un instante en que más de diez cachurras la sujetaron contra el suelo, no queriendo nadie que su enemigo la arrastrara á su terreno. Entonces Bodoques, que era forzudo, tiró con brío, y un poco al sesgo, un cachurrazo al montón; y mientras
- 149la brilla salió rápida del atolladero, las cachurras saltaron como si las volara una mina; y cuál de ellas machacó la nariz del propietario; cuál la espinilla del colateral; otra levantó en la frente chichones como el puño, y alguien se quedó, tras de contuso, desarmado. Hubo, por ende, ayes y por vidas de dolor, amenazas y protestas; y lo de _soldado en tierra no hace guerra_, fué invocado por ambos ejércitos en apoyo de sus conveniencias respectivas. Mas como en la porfía no se lograba siquiera el armisticio, y entre tanto el juego continuaba más abajo con varia suerte, poco á poco, mitigándose los dolores de los contusos, fueron los ánimos entrando en caja; y aunque renqueando unos y palpándose otros los coscorrones, cada cual se arrimó á su bando y continuó con nuevo empeño la partida, que, al cabo, ganó la gente de Bodoques, metiendo la catuna en la heredad con que lindaba la cabecera
- 150Como el que gana es el que tiene derecho á brillar, y brilla desde el mismo sitio en que ha ganado, las dos hileras de combatientes cambiaron de terreno al brillar Bodoques; es decir, que jugaba prado arriba la que antes había jugado prado abajo, y viceversa.
- 151EL SECRETO DE MARÍA
- 152Los mejores mercados de la villa (porque en la villa se celebra uno cada semana) son los del _maíz nuevo_. En ese tiempo no hay pobres en el país, y cada cual acude á aquel concurridísimo centro de riqueza á proveerse de lo que no tiene, con un poco de lo que menos necesita. Al calorcillo de esta animación, hormiguean los tratantes y las mercancías de mil especies; y unidos todos estos estímulos á la suavidad de la temperatura, la belleza del lugar y la abundancia de las vías de comunicación, acontece que cada mercado es entonces una fiesta en que toman mucha parte las gentes desocupadas del contorno.
- 153Después de los sucesos referidos en los últimos capítulos; cogidas y derrotadas las mieses y comenzadas las deshojas donde había mucho que deshojar, y hasta desgranado el maíz donde éste era el pan y la moneda de la casa; hechos dos tórtolas Ana y Pablo, y no tan regocijada, pero sí muy animosa, María, acordaron los tres ir juntos al mercado el primer día que le hubiera en la villa, si el tiempo no se entornaba; y como el tiempo no se entornó, el acuerdo llegó á cumplirse.
- 154la fina y estirada media, Pablo, que iba detrás de Ana, con un pretexto mal urdido por ésta, pasó á la cabeza de la fila.
- 155Mientras así caminaban, por todos los senderos que desde el pueblo iban á parar al que nuestros amigos seguían, bajaban gentes con el mismo rumbo que ellos. Por lo común, mujerucas con la cestilla al brazo ó el saco lleno sobre la cabeza. Unas pasaban de largo después de saludar muy atentas, y otras se agregaban al grupo de las señoras:
- 156charlatanas insufribles, aduladoras sin medida, ó torpes y encogidas hasta la tartamudez. De las primeras era la _Cotorrona_, alta, seca y acartonada, alegre sin ser risueña, y relatora incansable de lo suyo, de lo ajeno y de otro tanto más. Nunca perdió un mercado, y jamás se supo á qué iba á ellos, con una cesta colgada del brazo izquierdo y cubierta con un refajo tirado sobre el hombro. Nada compraba ni vendía, aunque todo lo sobaba y ponía en precio; pero dejar de tomar á la salida, en una taberna de su devoción, el pucherete de potaje y dos cuartos de queso... antes faltaría el pedazo de borona para «el su hombre.»
- 157Dígote que onde menos se piensa... Bendito Dios, ¡cómo rejunde el buen sustento!... Y no me dejará doña María por mentirosa, aunque esa más á la vista lleva la rebustez. ¡El Señor las conserve tan majas y locías para salú propia y bien de los caballeros que tengan la suerte de merecerlas!
- 158Después, en espacios más anchos, los zapatos de Novales; las abarcas de Carmona; los yugos y _prisiones_ de Cieza; los montes de pan en roscos, en cruz y en tortas; los calderos y trébedes de Balmaseda; los puestos de baratijas, como dedales de acero, alfileteros de latón, navajas de poco más ó menos, cordones de estambre y gargantillas de cristal; las montañas de pimientos _morrones_ y _choriceros_; los corderos en capilla, quiero decir, atados de pies y manos, jadeantes, con los ojos revirados y la punta de la lengua fuera de la boca, ora en el suelo, ora danzando en el aire sopesados por el comprador; las ollas y cazuelas de barro; las cestas de mimbre; los garrotes de Peñamellera; la vasija valenciana; amoladores y zapateros ambulantes; gallineras de Asturias... y demonios colorados; y entre todo ello, los compradores y curiosos yendo y viniendo, oprimidos, casi prensados, guardando el equilibrio, bregando sin cesar y ayudándose unos á otros para
- 159Volviendo al asunto, digo que muy buen rato antes de mediodía, comenzaron á verse en el mercado las damas de la villa, en elegante arreo, husmeando los puestos de la plaza, con su cortejo de galanes de punta en blanco. Mirábanlos de reojo y con recelosa curiosidad los caballeretes de los pueblos, que braceaban en aquel mar, un tanto desaliñados y polvorientos á causa de la fatiga y estrago del camino, y dejábanse mirar los de la villa con piadosa complacencia, seguros de su importancia incomparable.
- 160María y el galán apuesto se despacharan á su gusto.
- 161RETAZOS
- 162detendría en estos enojosos pormenores un caballero como yo.
- 163Mortera. Era más pudiente que yo; subiólos en remate hasta donde él solo era capaz de alcanzarlos, y quedóse con ellos... hemos de ser justos, en buena ley. Pero yo no los perdí nunca la que les tuve, ni se la perderé en los días de mi vida, porque los ojos me llevan al mirarlos hechos un jardín. ¡Qué cierro, señor don Juan!... Pues ese cierro es lo que yo pido por servirle á usté en esta ocasión... Ya veo que usté se asombra, y es natural si se mira el caso por derecho; pero déjeme acabar. Están en regla los decumentos del remate; todo se hizo como la ley manda; pero yo le aseguro que si usté me ayuda á mover á estos concejales que son de usté, antes de ocho días no conoce aquel expediente la madre que le parió; se hace una denuncia á tiempo; la apoya don Rodrigo, que ya está en autos; se manda abrir el cierro; se encausa al Ayuntamiento que engañó á la Administración con decumentos _falsos_; se vuelve á sacar á remate del modo que yo diré, y, sin que
- 164lo que por él está usted haciendo ahora: defenderle?
- 165EMOCIONES FUERTES
- 166Don Juan de Prezanes no pudo más aquí, y soltó una carcajada que duró un buen rato.
- 167mi padre andan siempre á la greña porque mi padre se mete más de lo que debiera en esos enredos que arman el barón de Siete-Suelas, el marqués de la Cuérniga y otros tales que de eso viven, y está á matar con don Rodrigo Calderetas, porque don Rodrigo Calderetas también se mete en esto mismo... y en otro tanto más. Es de creer que cuando usted y mi padrino sean todos unos, por... por _eso_ que se ha arreglado hoy, mi padre tire más para los suyos que para los ajenos, y se acabe entre usted y él ese motivo tan viejo de discordias y desazones. Pues que se casa María con el hijo de don Rodrigo Calderetas, buen señor, por lo demás, y amigo de usted en otro tiempo: cátele usted ya de la familia y poniendo sus muchas influencias en el fondo común, para bien de estas pobres gentes, y á los barones y marqueses en manos de Asaduras, que es lo mismo que decir que no volverá á saberse de ellos en diez
- 168leguas á la redonda de Cumbrales. ¿Le parece á usted, padrino, de poca importancia el casamiento de María, aunque sólo se le mire por este lado?
- 169Continuaba paseando don Pedro, mirábale anheloso don Juan, y también quedaron sin respuesta estos razonamientos de Ana, que estaba muy lejos de chancearse al exponerlos. ¿Labraron algo en el ánimo de don Pedro Mortera? No pudo saberse por entonces, porque Ana no consiguió arrancar á su padrino otras palabras que éstas, dichas al despedirse poco después:
- 170Cuando volvió á la sala, dió otro más apretado á su hija que le esperaba allí. ¡Cuánto le dijo en aquella caricia, con las lágrimas de sus ojos y los latidos de su corazón!
- 171Iba de casa de don Pedro Mortera, y le preguntó su amigo don Juan, apenas le hubo saludado:
- 172de manera que este doble enlace nos une á usted, á don Pedro y á mí, íntima y estrechamente... Y á propósito: ¿conserva usted cierta carta que le escribí pocos días hace?
- 173PRÓLOGO DE UN DRAMA
- 174Chiscón, porque le corrían costas en el pleito, no se descuidó en rematarle cuanto antes.
- 175Volvió á Cumbrales al otro día, cerca ya del anochecer; y después de reforzar el ánimo con unos tragos en la taberna de Resquemín, donde le dijeron que Tablucas acababa de marcharse para meterse en casa antes de que llegara la noche, fuése á la de Catalina. Cabalmente, al entrar él, estaba toda la familia reunida, porque acababa de cenar.
- 176Chiscón, que no podía llamarse á engaño, porque á nada obliga en la Montaña á una moza soltera el abrir de noche la puerta al mozo que así lo desea para hablarla delante de la familia al amor de la lumbre, de los cuales términos él no había pasado allí, tragóse las calabazas sin meterse en más indagaciones; se despidió como pudo, y volvió á la taberna donde le esperaba el Sevillano. Llegó el hombre, que ahumaba, y pidió á Resquemín una azumbre de lo blanco para apagar el incendio.
- 177Conoció el Sevillano dónde le dolían á su amigo las quemaduras, puso el dedo sobre las llagas, bramó el doliente; y hablando, hablando, y bebiendo, bebiendo, desfogóse el de Rinconeda á sus anchas, pero sin decir pizca de verdad. Puso á Catalina y á toda su casta para pelar; fingió haber sido en él chanza y pasatiempo lo que á tales injusticias le arrastraba; supuso que se había negado á ser paño de las lágrimas vertidas por los desdenes de Nisco; pintó en la moza los deseos, y en él el desaire; y creyendo que por esta senda arriba se encaramaba muy alto, dió en despotricar por el estilo á medida que bebía y entraban gentes en la taberna.
- 178Como había sido tan mirado y visto el desaire, y en casos tales á nadie le gusta recoger lo que otro desecha, la moza invitada desairó también á Chiscón; dirigióse éste en seguida á la de más allá... y lo mismo, y así, de moza en moza, recorrió toda la fila el de Rinconeda, llevando tal carga de calabazas, que le abrumaron; con lo que perdió la poca serenidad que le quedaba y se largó de allí como perro con maza; mas no sin decir antes, con su voz de trueno, vuelto el airado rostro hacia la gente:
- 179Como la castañera estaba soltando el fruto de puro sazonado, y era de la pertenencia de varios vecinos de Cumbrales que tenían hijos mozos, autorizóse á éstos para que ofrecieran un sabroso regodeo á toda la gente joven con las castañas que se _sacudieran_ de los árboles, en vez de hacer la magosta con las compradas á escote, como ordinariamente acontece. De este modo tendría la fiesta un aliciente más en los lances de la sacudida, y una ventaja de consideración el ser la fruta regalada.
- 180Duró el baile hasta que las castañas se asaron. Entonces se sentaron en rueda mozos y mozas, y comenzó á circular la bota para remojar las castañas, que se repartieron á sombrerada por concurrente. Amenizábase el regodeo con dichos y risotadas, y se tiznaba la cara con pellejos quemados al que se distraía un instante; en el cual empeño, condición especial de las magostas, eran las mujeres las más tercas.
- 181De fiesta estamos y en nuestra casa; en ella entrastes y se te brindó con lo que había; de lo demás, tuya es la culpa por no escarmentar cuando debistes. Si buscas guerra, mal haces, que, sobre no ser justa ahora, á tí te conviene menos que á nosotros.
- 182Las últimas palabras de esta amenaza se perdieron entre el son de las panderetas y el cantar y el gritar desaforados de la gente de la magosta, que se largaba hacia su pueblo, mientras el sol trasponía el horizonte entre celajes de púrpura.
- 183Desde el siguiente día comenzó á circular por Cumbrales el rumor de que los de Rinconeda pensaban armar una que fuera sonada contra sus sempiternos enemigos. Los rumores crecieron durante la semana; el jueves se dijo que se trataba de una invasión de los mozos de abajo, para dar una batalla á los de arriba en el mismo Cumbrales; el viernes se contó que vendrían mozos y mozas en son de romería á bailar en el Campo de la Iglesia, y, por último, el sábado pudo asegurarse que al día siguiente habría de todo en el pueblo; es decir, baile en competencia y palos por remate. De todo ello tendría la culpa Chiscón, aconsejado por su amigo el Sevillano.
- 184ENTREACTO RUIDOSO
- 185Los que madrugaron al otro día (y cuenta que en Cumbrales se levanta al alba la gente) vieron que, mientras el sol salía embozado en crespones de escarlata, sobre las lomas del Sur relucía, fulguraba el celaje, como si fuera lago de cristal fundido; lago con islotes de nácar y grumos de oro; á trechos, ondas purpúreas, blancas vedijas inalterables, y _rabos de gallo_ más efímeros, sobrenadando; y por riberas y marco en toda la redondez de este espacio, moles de negras y plomizas nubes amontonadas. Entre una y otra mole, densas brumas cenicientas, valles fantásticos de aquellas raras montañas que se prolongaban, en contrapuestos sentidos, en forma de ásperas cordilleras. En lo más alto del cielo, tenues veladuras rotas; luégo el éter purísimo hasta el horizonte del Norte, donde el celaje era cárdeno, mate y estirado, como una inmensa lámina de acero sin bruñir.
- 186Cuando en la Montaña amanece entre estos fenómenos de la naturaleza, todo montañés sabe qué viento va á reinar aquel día; y entonces se llama al espacio brillante rodeado de nubarrones, _el agujero del ábrego_.
- 187Los campesinos montañeses, los de la región central, por lo menos, llaman ábrego al viento del Sur.
- 188Con esta tranquilidad en los espíritus y sin alterarse la de la naturaleza, comenzó la misa gorjeada y solemne.
- 189Metióse, forcejeó y se hartó de dar bufidos de coraje; pero no logró su intento. En venganza, con las ramas de los frutales de los huertos, azotó las viviendas de sus dueños. Entonces conocieron éstos que la cosa iba de veras; y los que no lo habían hecho todavía, se trancaron por dentro á llave y palanca. Esta actitud equivalía á un reto; y el enemigo, rugiendo amenazas, se retiró á sus antros, como para acabar de pertrecharse. La calma y el silencio volvieron á reinar en la naturaleza; pero por pocos momentos.
- 190Cuando reapareció el monstruo, temblaron hasta los más valientes.
- 191La tregua fué breve, y la embestida que le siguió, con el estruendo de cien batallas, espantosa.
- 192Con frecuencia terminan estos huracanes con una _virazón_ rápida al Noroeste, ó _galerna_: remedio mucho peor que la enfermedad; pues si no llega á ésta en la fuerza del empuje, la aventaja en estragos, por el agua demoledora que trae consigo; pero cuando el Sur es estacional, como en el caso de que se trata aquí, concluyen sus furores por cansancio, y el silencio y la inmovilidad reemplazan al fragoso desconcierto.
- 193contemplaron entonces los ojos! El Campo de la Iglesia y las corraladas
- 194GRIEGOS Y TROYANOS
- 195Continuaban la calma sofocante y el cielo cargado de nubes como peñascos, con unas intermitencias de sol que levantaba ampollas; los desperfectos del Sur, en tejados y cerrajas, iban poco á poco reparándose, y hasta se consolaban las gentes, unas á la fuerza y otras como podían; pero no se olvidaba un punto la anunciada invasión de los de Rinconeda; y hacia el camino de Rinconeda miraban todos los ojos de Cumbrales desde huertas, callejas y tejados, y á voces de Rinconeda sonaban todos los rumores en los oídos de la gente de arriba.
- 196Dió principio también el baile; rifaban ya las viejas sobre si se vió ó no se vió, si se hizo ó no se hizo la prohibida seña del _as_ ó del _tres_ del palo del triunfo; alzóse regocijada gritería en el corro de bolos por haber hecho Nisco un emboque á la segunda bolada; correteaban Bodoques por aquí, Lergato por allí y Lambieta por el otro lado, reclutando muchachos para jugar á la cachurra en la mies, silbando unas veces, voceando otras y estorbando siempre... en fin, que el corro, lleno, como quien dice, de bote en bote, se había normalizado ya...
- 197Venían delante una ringlera de mozas, dos de ellas con panderetas, y traían en medio á Chiscón con ramos en el sombrero y en los ojales de la chaqueta, y un gran lazo de cintas en la pechera de la camisa.
- 198Chiscón, después de dejar sentadas á sus cantadoras junto á las del pueblo (pues éstas no quisieron levantarse y él no cometió la descortesía de obligarlas á hacerlo), volvióse á colocar á los suyos en el mismo terreno en que acababan de bailar, y aún estaban, los de Cumbrales. Con esto creció el vocerío y Pablo bajó de la paredilla; llegóse á las cantadoras de Rinconeda y las preguntó secamente:
- 199Las dos mozas se dispusieron de nuevo á tocar.
- 200Cuando una sonrisa de las de Nisco era para ella, parecía decirle la gallarda moza con los ojos:--«¡Ánimo, valiente! que en cuanto las fuerzas y la serenidad te falten, aquí estoy yo para morir á tu lado defendiendo tu vida.» ¡Era digno de estudio y de admiración aquel bravo mozo! En su cara risueña, y mientras se acicalaba, entre embestida y sopapo, se leían claramente estos pensamientos:
- 201Como si callara. Volvió á patear el digno alcalde, y cambió de sitio, y tornó á mesarse los pelos. Dos mozos de Rinconeda, que no habían hallado con quién pelear, ó no lo habían intentado con gran empeño, le miraban de hito en hito.
- 202La misma desobediencia.
- 203Mientras así hablaba don Valentín, llegó por el extremo opuesto don Pedro Mortera buscando á su hijo.
- 204Vió que la sangre fluía en abundancia de la herida y pensó volverse loca.
- 205DEUS EX MÁCHINA
- 206Corrían, corrían los cuatro sujetos hacia casa de la bruja, y en un periquete llegaron allá. Sin detenerse á llamar á la puerta, abriéronla de un empellón, y vieron á la Rámila acurrucada junto al llar de la cocina, soplando unos carbones á los cuales estaba arrimado un pucherete cubierto con un casco de teja.
- 207La vieja se volvió hacia ellos y se estremeció. Ni aun en son de paz entraba allí nadie que no le armara guerra. ¡Qué intenciones no llevarían aquellos hombres que atropellaban su casa en ademán airado!
- 208La pobre anciana, que había cobrado algunas fuerzas de espíritu en el recelo que mostraban los cuatro invasores, que permanecían agrupados cerca del que con forzada valentía llevaba la voz, se desalentó mucho al oir la última respuesta de éste y al notar cierta resolución en la actitud de los otros tres. Intentó, sin embargo, sacar el posible
- 209Miráronse los hombres nada seguros de estar en lo cierto, y hasta recelosos de que aquel supuesto demonio, si le apuraban mucho, hiciera lo que hasta entonces no había hecho, sabe Dios por qué consideración.
- 210Cuando decía esto la infeliz, ya tenía encima las manazas de dos hombres que tiraban de ella y se disponían á arrastrarla.
- 211Dicho esto, salieron á buen paso. La lluvia, hasta entonces contenida, comenzaba á formalizarse; los achubascados celajes se extendían en todas direcciones, y el aire refrescaba. Sin levantarse del suelo, dió la Rámila gracias á Dios por haberla sacado con vida del primer trance, y discurrió el modo de conjurar el último y el más grave. Incorporóse después; se aliñó lo mejor que pudo; se echó otro refajo sobre la cabeza; cubrió con ceniza la mortecina lumbre, y salió de la choza. ¿Á dónde? Á donde hubiera un poco de caridad; á casa de don Pedro Mortera; á la del señor cura... á esconderse donde no la delataran si, al llegar los cuatro forajidos al Campo de la Iglesia, la batalla no se concluía.
- 212De pronto hubo una virazón al Noroeste; rugió el vendaval arisco; llevóse por delante el diluvio; azotó con él muros y terreros; revolcó las copas de los bardales en las charcas de las callejas; tumbó cuanto el Sur de la mañana había dejado vacilante y removido; la noche anticipó media hora su venida; y la Rámila, tranquila por entonces, cerró por dentro la puerta de su choza, volvió á atizar la lumbre y se acurrucó junto á la llama sin quitarse el refajo de encima de los hombros, porque empezaba á sentirse el primer frío del invierno.
- 213Cuando los cuatro sujetos que la habían atormentado llegaron, echando los bofes y calados hasta los huesos, á dar vista al Campo de la Iglesia, ni huellas de lo ocurrido quedaban en él. El agua corría por todas las camberas, se desbordaba en los senderos profundos, y saltaba y hervía en los llanos al impulso de la que seguía cayendo.
- 214La gente se amontonaba en el portal de la taberna y en el de la iglesia, y toda ella era de Rinconeda: los hombres, desgreñados, rotos, sucios de fango y de verdín, con las caras borrosas, hinchadas, tintas en lodo y en sangre; las mujeres, en refajo, con las sayas vueltas sobre la cabeza. Unas y otros inmóviles, taciturnos y con los ojos fijos en las goteras del corral y el oído atento al rumor de la lluvia.
- 215Del Sevillano nadie supo dar noticias ciertas. Aseguróse por la noche en la taberna de Resquemín que había desaparecido del corro tan pronto como se armó la sarracina. Muchos temieron entonces los estragos de su navaja; pero nadie le vió entre los combatientes. Sin embargo, se afirmó, con el testimonio de Bodoques que le columbró desde lejos, que él fué quien agazapado entre unos posarmos, detrás de la pared de un huerto, hirió á Nisco con la piedra arrojada desde allí; y aun juraba Bodoques, según el narrador, que el tiro no iba al hijo del alcalde, sino á Pablo, por el modo que tuvo el Sevillano de hacer la puntería. Verosímil pareció la hazaña en quien fué capaz de presentarse en Cumbrales al frente del enemigo invasor; y bien hizo aquella noche el traidorzuelo en no aportar por la taberna, porque toda su fama tremebunda no Je hubiera librado de una mano de leña como para él solo.
- 216MIEL SOBRE HOJUELAS
- 217las tres le contemplaban y le oían acongojadas y suspensas. La entrada del jurisconsulto fué airada y sombría, como celaje de tormenta.
- 218Increpó duramente al joven por haberse mezclado en un revoltijo tan indigno de un hombre de sus condiciones, y en ocasión tan reñida con calaveradas de semejante jaez. ¿Qué idea tenía de la seriedad del trance en que estaba empeñado con él, con Ana y con su propia familia?
- 219cuanto notó que el joven se inmutaba y volvía la cabeza por no verle, señales de timidez y apocamiento, á juicio del jandalete; por lo que, no contento con mirarle burlón y desdeñoso, se puso en jarras delante de él y le dijo contoneándose:
- 220Con que déjala donde está, y sigue tu camino para que yo siga el mío.
- 221Los espectadores de la escena estaban aterrados y gritaban á Pablo que huyera, porque no era igual la lucha; con lo que iban subiendo de punto los atrevimientos del matón, que llegó á hablar así, dando otro paso hacia el ofuscado joven, el cual también dió otro... hacia atrás:
- 222Después se lavó las manos y la cara; se arregló el vestido; volvió á sentarse á la cabecera de la cama, y mudó de conversación; hasta que entró Juanguirle, que se había quedado charlando con los vecinos.
- 223Dicen que dijo don Pedro que el agua fresca es el mejor remedio para las heridas. Desnúdate, Pablo, de medio arriba.
- 224Le dió cuenta el enfermo de la precaución que se había tomado en casa de Juanguirle, y quiso don Pedro examinar la herida. Toda la fuerza de su voluntad, que era mucha, necesitó para no lanzar una exclamación de espanto al ver aquel ancho boquete con los bordes inflamados y sanguinolentos. Volvió á cubrirle como se lo permitió su aturdimiento; dejó á Pablo y voló al portal, donde esperaba el criado con las espuelas calzadas y el caballo listo.
- 225Luégo entraron todos en el cuarto del enfermo, que yacía postrado en el sopor de la fiebre.
- 226DE VARIOS COLORES
- 227la obscuridad que le envolvía... ¡ni un sonido que se pareciera al de las herraduras del brioso caballo de don Pedro sobre los resbaladizos
- 228cantos de la calleja!
- 229Cenando estaban ya padre é hija: ésta triste y sobresaltada por los sucesos del día, y aquél sombrío, mudo y desazonado por la misma causa, pero vista con ojos bien distintos de los de Ana. Cayó entre ambos la noticia como la guadaña de la muerte; y, yertos y despavoridos, alzáronse al punto de la mesa; abrigáronse mal y de prisa, y volaron al lado del enfermo.
- 230Corríanle á la infeliz las lágrimas por las mejillas, y ahogaba los sollozos en su pecho y las palabras en su boca; pero no pudo evitar que sus manos se posaran trémulas y codiciosas sobre la frente caldeada del enfermo.
- 231Mientras esto pasaba, don Juan de Prezanes (que ya se había quejado amargamente de que no se les hubiera dado antes la noticia) preguntaba á todos y á cada uno cómo había sido _aquello_; qué trámites había seguido la agravación; á qué hora se había ido á buscar al médico; por qué no venía ya... y todo cuanto podía preguntarse y mucho más, espeluznado, nervioso, inquieto y descolorido. Pero cuando observó que Pablo hablaba, y tan pronto como Ana volvió á poner la copa sobre la mesa, no pudo contenerse y avanzó hasta la cabecera del lecho. Pulsó al enfermo, le palpó la frente, le arropó cuidadoso, le subió el embozo de las sábanas y volvió á bajársele; tornó á subírsele, quiso hablarle, y se contuvo; le arregló la almohada, y otra vez las ropas; volvió al intento de preguntar algo... y tampoco dijo nada. Iba y venía; escuchaba la respiración del enfermo y miraba á los circunstantes; y á todo esto le temblaban los labios y la barbilla, y los ojos se le
- 232Digo que llegó el doctor, forrado, por cierto, de pies á cabeza en altas polainas, recio capote y descomunal bufanda.
- 233Cómo fué recibido, no hay que contarlo, pues ya se sabe con qué ansiedad se le esperaba.
- 234La herida, por estar muy inflamados sus bordes, no pudo examinarse como el doctor quería; pero era indudable, por lo que estaba al alcance de la sonda y lo que respondía el enfermo, que no era profunda, sino á lo largo de la costilla sobre la cual estaba.
- 235Como ya se le permitía hablar, Nisco, que había saltado de la cama en cuanto supo lo que á su amigo le ocurría (aunque, por acuerdo de Juanguirle, lo ignoró hasta que hubo pasado lo más grave), le acompañaba algunos ratos.
- 236Cayó mucho hacia la benevolencia la antipatía con que miraba don Pedro á Chiscón, cuando éste acabó su apasionado razonamiento, y le dijo el grave señor, pero sin dureza:
- 237Llamó arriba con un _deogracias_ que retumbó en toda la casa. Apareció doña Teresa; y después de oir al mocetón, le condujo á la estancia de Pablo.
- 238Después soltó la de Pablo y tendió una de las suyas á Nisco, diciéndole:
- 239GENIO Y FIGURA...
- 240La rápida y feliz convalecencia de Pablo volvió á normalizar la vida en ambas casas; con lo que reaparecieron en el salón de don Pedro Mortera los rollos de holandas y los paquetes de batistas que días antes anduvieron por allí entre manos de Ana, de María y de doña Teresa; preparativos de boda y mínima parte de lo que se había encargado con igual destino á las modistas y costureras de la ciudad.
- 241Desatado el cordel y alzada la tapadera, sacó á pulso el héroe un morrión descomunal, envuelto en _Gacetas_ arranciadas. El morrión era de _herrada_, más ancho de arriba que de abajo, de felpa algo raída y marchita de color, y con grandes chapas y carrilleras de metal. Después de colocar con mucho mimo sobre la cama el morrión, don Valentín abrió un cofre que había en otro rincón de la estancia. En aquel cofre estaba el resto del uniforme: una casaca azul de faldones muy largos y talle muy corto, vueltas amarillas (el veterano había servido en fusileros) y acribillada de botones en las picudas solapas; un pantalón de dril blanco; dos charreteras con flecos de cordoncillo de plata, ennegrecidos, mohosos y de un palmo de largos; un sable envainado, con su correspondiente tahalí, y un pompón, amarillo también, como de media vara de alto, envuelto en dos bulas de la Cruzada.
- 242Iba anocheciendo ya. Sidora había salido de casa, y don Baldomero no había vuelto á ella. Apareció don Valentín en la sala armado de pies á cabeza. Se cuadró delante del retrato de Espartero; desenvainó el sable; presentóle como cuando pasa el rey; después saludó marcialmente, describiendo en el aire ancha curva con la bruñida hoja; giró hacia la derecha sobre sus talones; envainó... y fuése.
- 243Media hora después aparecía en el despacho de don Pedro Mortera, el cual personaje se creyó bajo el imperio de una pesadilla, al contemplar la extraña catadura del que se le puso delante.
- 244Don Valentín habló así, temblando de emoción y de fatiga:
- 245Conformóse con apretar los puños y mirar fiero y torcido á don Pedro Mortera, y se largó, poniéndole entre mandíbulas (pues ya se ha dicho que ni raigones tenía en ellas) de tirano, servilón y mal patriota, que no había por dónde cogerle.
- 246Volviendo á sus paseos y á su monólogo, llegó á decir, enardeciéndose por instantes:
- 247Casi al mismo tiempo sonó hacia la iglesia otro tiro que pareció un eco de los primeros.
- 248SICUT VITA...
- 249Mientras caminaba don Valentín, después de salir de casa de don Juan de Prezanes, calleja arriba, por donde vino el tropel de que se hace mención en el capítulo antecedente, resbalando en este morrillo y metiéndose en aquella poza, tropezando aquí y estando á pique de caer allá, despechado y febril, reflexionaba de este modo:
- 250Comenzaba á moverse un poco y á balbucir palabras inconexas en el momento de topar con él la ronda.
- 251mucho la zarandea para cosa buena... Apañay vusotros esa espada y ese murrión... ¡Mil demonios si no hace media fanega larga el sandifesio!
- 252Corrió Sidora á la cocina por una taza de caldo del que reservaba todos los días para comienzo de la cena de don Valentín, y descerrajando la alacena de la sala, por no parecer la llave, se sacó una botella de vino blanco que denunció la fámula.
- 253Vióle don Valentín, y díjole:
- 254Conocióla en la voz Juanguirle, salió á su encuentro y la apostrofó así, atravesado delante de ella:
- 255Con esto se volvió Juanguirle arriba, porque la mujer aquélla se largó hecha un veneno.
- 256LO DEL MURIO
- 257Voló Ana á preparar el antiespasmódico, y tornó á preguntar don Pedro á su compadre:
- 258Llegó luégo Ana con la infusión de salvia; tomóla el sobrexcitado señor, y se entonó mucho; pero no dejó de temblar cada vez que salía á colación el caso de los tiros, caso que no cesaba de salir.
- 259Media hora después apareció Juanguirle en la sala con la gente de que le hemos visto acompañado en el capítulo anterior. Iba desalado, porque le habían referido horrores de lo ocurrido en aquella casa.
- 260parte de los vecinos ni siquiera tenía noticia de lo acontecido.
- 261me estuve en el suelo lo más de la noche, sin saber lo que hicieron aquellos hombres, que me parecieron armados, aunque no lo jurara, porque con el golpe de la puerta sobró para que yo no viera más por entonces... Creo que esto no sea cosa de muerte; pero me resquema y me duele mucho. Sola me veo y sin más amparo que el de Dios. Ya que Él te trae acá, hazme la misericordia de decir en casa del señor don Pedro cómo me hallo... y de enquiciar esa puerta, siquiera para que las bestias no entren aquí mientras yo no pueda salir de la cama... si está de Dios que he de salir, para jalar otro poco de la cruz que arrastro por el mundo.
- 262contenido jamás un sorbo de vino; y cuando, pasado un rato, estuvo más
- 263consolado el estómago de la Rámila con lo que trajeron el alguacil y Nisco, fuéronse los tres, no sin enquiciar antes la puerta, bien seguro Juanguirle de que, tan pronto como relatara aquella gran necesidad en casa de don Pedro Mortera, de nada carecería ya la infeliz menesterosa.
- 264Cerca de la iglesia, de vuelta para su casa, encontró Juanguirle á Tablucas. Preguntóle éste por el resultado de su exploración, y contóle el alcalde el percance de la Rámila, dándole por remate y en chanza la enhorabuena. Tablucas se puso pálido.
- 265De aquello no resultaba forma de perro ni de cosa que se le pareciera, y esto convenció al valiente explorador y á las gentes que le oyeron después, de que lo que veían Tablucas y su familia lo veían ellos solos, porque para ellos solos se mostraba allí, por arte del demonio.
- 266Lo cierto es que Tablucas no pudo más, y que un día le pidió la escopeta á Resquemín. Díjole, en confianza, para qué la quería; y el tabernero, que era supersticioso, no solamente se la dió, sino que le aplaudió el intento.
- 267Después se trató de cenar: ¡para cenar estaba la familia de Tablucas!
- 268Llevólas á casa y después á la taberna, muy en confianza; y como aquella noche, aunque alumbró la luna, ni hubo tamborilazos á la puerta ni perro en el murio, afirmóse más Tablucas en sus trece, y fué rodando la bola, y todo Cumbrales lo supo al día siguiente, y muy pocos dejaban de creer que lo que á la Rámila le dolía era el metrallazo de Tablucas.
- 269Mas el triunfo de este pobre hombre no fué completo. Había logrado demostrar que la bruja no era invulnerable; quizá dejar descubierto un camino por donde otros podían llegar hasta matarla, ó matar á otras tan brujas como ella; pero la Rámila vivía; y aunque en el murio no se la vió más ni en la puerta se oyeron sus garrotazos, la bruja no podía dejar de vengarse; y el temor de aquella venganza fué el espadón que tuvo sobre su cabeza el pobre Tablucas; temor tan insufrible como las apariciones del perro, hasta que Dios dispuso de la infeliz anciana y se la llevó á mejor vida que la que le cupo en suerte entre los crédulos campesinos de Cumbrales, que no se han curado todavía, ni se curarán jamás, de esas flaquezas, como tantas otras gentes que no son de Cumbrales, ni montañesas ni campesinas.
- 270REBAÑADURAS
- 271Casáronse, pues, Ana y María, y casóse también, al mismo tiempo, Nisco con Catalina, á quien llenaron de regalos las dos venturosas jóvenes, como Pablo llenó á Nisco de otros no menos valiosos y adecuados. Fué aquél un día de fiesta para Cumbrales; pues entre deudos, amigos y curiosos, se llevaron de calle todo el vecindario. ¡Bien le fué entonces á la Rámila! ¡Bien les fué á todos los pobres! ¡Bien le fué al cura, y, sobre todo, á los muchachos que le ayudaron! Entre ellos andaban Cabra y Lambieta. Á más de cinco reales partieron, ¡que ya es
- 272cantos; picoteaba ya el _nevero_ en las corraladas, y acercábase el
- 273colorín al calorcillo de los hogares; derramábanse por las mieses nubes de tordipollos y otras aves de costa, arrojadas por los fríos y los temporales de sus playas del Norte; blanqueaban los altos picos lejanos cargados de nieve; _cortaban_ las brisas; reinaba la soledad en los campos y la quietud en las barriadas; iba la _pación_ de capa caída; y mientras al anochecer se arrimaban las gentes al calor de la _zaramada_, ardiendo sobre la borona que se _cocía_ en el llar, y se estrellaba contra las paredes del vendaval la fría cellisca, la aguantaba el ganado, de vuelta de las encharcadas y raídas mieses, rumiando á la puerta del corral, con el lomo encorvado, erizado el pelo, la cabeza gacha, el cuello retorcido y el rabo entre las patas; señales, éstas y aquéllas, de que se estaba en el corazón del invierno, nunca tan triste ni tan crudo como la fama le pinta, ni tan malo como muchos de ultrapuertos, que la gozan de buenos sin merecerla. Pero
- 274I. --El escenario 23
- 275II. --Á modo de sinfonía 33
- 276III. --Algo del asunto 49
- 277IV. --Pelos y señales 63
- 278V. --Entre compadres 73
- 279VI. --Don Valentín 91
- 280VII. --Más actores 103
- 281VIII. --Égloga 115
- 282IX. --Las primeras chispas 125
- 283X. --Los humos de Nisco 137
- 284XI. --Apuntes para un cuadro 151
- 285XII. --Medias tintas 167
- 286XIII. --Las alas de cera 183
- 287XIV. --Por lo fino 197
- 288XV. --Verdades amargas 205
- 289XVI. --Una deshoja 219
- 290XVII. --La derrota 235
- 291XVIII. --El secreto de María 247
- 292XIX. --Retazos 263
- 293XX. --Emociones fuertes 277
- 294XXI. --Prólogo de un drama 299
- 295XXII. --Entreacto ruidoso 309
- 296XXIII. --Griegos y troyanos 319
- 297XXIV. --Deus ex máchina 339
- 298XXV. --Miel sobre hojuelas 351
- 299XXVI. --De varios colores 369
- 300XXVII. --Genio y figura... 383
- 301XXVIII.--Sicut vita... 401
- 302XXIX. --Lo del murio 411
- 303XXX. --Rebañaduras 427
Language availability
Other languages
Additional language editions are not published yet. This section will link to other BooksWhale editions when they become available.
Request another language