
Spanish Edition
Literature
El tesoro de Gastón
Spanish BooksWhale Edition by Emilia Pardo Bazán
La llegada de Gastón a un mundo familiar desconocido enfrenta afectos, expectativas e intereses en una novela de formación y sociedad.
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Book introduction
El tesoro de Gastón
Emilia Pardo Bazán sigue a Gastón entre descubrimientos familiares, nuevas relaciones y expectativas de fortuna. La mirada del muchacho revela diferencias entre lo que los adultos dicen y aquello que sus actos persiguen. Quince capítulos combinan el aprendizaje de la vida con la observación de ambientes, vínculos afectivos e intereses sociales en una narración centrada en el verdadero sentido del tesoro.
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Emilia Pardo Bazán murió en 1921. La obra se publicó por primera vez en 1897. Esta edición utiliza el texto histórico original en español de Project Gutenberg, sin añadidos editoriales modernos.
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Preview chapterI La llegadaRead preview
Cuando se bajó en la estación del Norte, harto molido, á pesar de haber pasado la noche en wagon-lit, Gastón de Landrey llamó á un mozo, como pudiera hacer el más burgués de los viajeros, y le confió su maleta de mano, su estuche, sus mantas y el talón de su equipaje. ¡Qué remedio, si de esta vez no traía ayuda de cámara! Otra mortificación no pequeña fué el tener que subirse á un coche de punto, dándole las señas: Ferraz, 20... Siempre, al volver de París, le había esperado, reluciente de limpieza, la fina berlinilla propia, en la cual se recostaba sin hablar palabra, porque ya sabía el cochero que á tal hora el señorito sólo á casa podía ir, para lavarse, desayunarse y acostarse hasta las seis de la tarde lo menos...
En fin, ¡qué remedio! Hay que tomar el tiempo como viene, y el tiempo venía para Gastón muy calamitoso. Mientras el simón, con desapacible retemblido de vidrios, daba la breve carrera, Gastón pensaba en mil cosas nada gratas ni alegres. El cansancio físico luchaba con la zozobra y la preocupación, mitigándolas. Sólo después de refugiado en su linda garçonnière; sólo después de hacer chorrear sobre las espaldas la enorme esponja siria, de mudarse la ropa interior y de sorber el par de huevos pasados y la taza de té ruso que le presentó Telma, su única sirviente actual, excelente mujer que le había conocido tamaño; sólo en el momento, generalmente tan sabroso, de estirarse entre blancas sábanas después de un largo viaje, decidióse Gastón á mirar cara á cara el presente y el porvenir.
Agitóse en la cama y se volvió impaciente, porque divisaba un horizonte oscuro, cerrado, gris como un día de lluvia. Arruinado, lo estaba; pero apenas podía comprender la causa del desastre. Que había gastado mucho, era cierto; que desde la muerte de su madre llevaba vida bulliciosa, descuidada y espléndida, tampoco cabía negarlo. Sin embargo, echando cuentas, (tarea á que no solía dedicarse Gastón), no se justificaba, por lo derrochado hasta entonces, tan completa ruina. El caudal de la casa de Landrey, casi doblado por la sabia economía y la firme administración de aquella madre incomparable, daba tela para mucho más. ¡Seis años! ¡Disolverse en seis años, como la sal en el agua, un caudal que rentaba de quince á diez y siete mil duros!
Acudían á la memoria de Gastón, claras y terminantes, las palabras de su madre, pronunciadas en una conferencia que se verificó cosa de dos meses antes de la desgracia.
—Tonín,—había dicho cariñosamente la dama,—yo estoy bastante enfermucha; no te asustes, no te aflijas, querido, que todos hemos de morir algún día, y lo que importa es que sea muy á bien con Dios; lo demás... ¡ya se irá arreglando! Siento dejarte huérfano en minoría, pero pronto llegarás á la mayor edad, y así que dispongas de lo tuyo, acuérdate de dos cosas, hijo... Que ni hay poco que no baste ni mucho que no se gaste, y... que no debemos ser ricos... sólo... ¡para hacer nuestro capricho, olvidándonos de los pobres y del alma! Quedan aumentadas las rentas... gracias á que no he fiado á nadie lo que pude hacer yo misma... ¡y eso que soy una mujer, una ignorantona, una infeliz! Tú, que eres hombre, y que recibes doblado el capital, puedes acrecentarlo, sin prescindir de... ¡de que hay deberes, para un caballero sobre todo!... ¡y de que la fortuna se nos da en depósito, á fin de que la administremos honradamente!... ¿Verdad, Tonín, que vas á pensar en esto que te he dicho... así... así que no estemos... juntos? Dame un beso... ¡Ay!... ¡Cuidado, que por ahí anda la pupa!
Preview chapterII La ComendadoraPreview
Como no le dejasen dormir sus melancólicos pensamientos, Gastón se levantó temprano, se vistió con diligencia, y subiendo democráticamente al tranvía, se dejó llevar hasta muy cerca del convento de las Comendadoras, que se eleva sombrío, dominado por su vasta iglesia, en una calle de las más solitarias del antiguo Madrid. Las Comendadoras no tienen reja. Mano á mano, á guisa de seglares damas—y bien nobles que lo son—reciben á sus visitas en un locutorio bajo, amplio, esterado, encalado, cuyas paredes adornan cuadros religiosos anegados en betún, y que amueblaban canapés de paja con respaldo de lira, y braseros claveteados—un salón de principios del siglo.—Paseando febrilmente esperó Gastón á su tía. La portera le había dicho que doña Catalina—así se llamaba la Comendadora—estaba en el coro, y que tardaría cosa de unos veinte minutos. «No traigo prisa, gracias,» contestó el mozo: pero, solo ya, medía el locutorio con rápidas pisadas. Desde que se había levantado y salido á la calle, batallaba con la idea de que todo lo de su ruina era un mal sueño. ¡Una casa tan vieja, tan sólida como la casa de Landrey, venirse á tierra por artimañas de un usurero maldito! No; no podía ser que él, Gastón de Landrey, con sus propias manos acostumbradas á calzar guantes, con su propia cabeza hecha á las esencias y á los lavatorios del peluquero, tuviese que trabajar y discurrir como el resto de los mortales, á fin de ganarse el pan de cada día... La vida iba á continuar, rauda y disipada; la única vida posible, la vida en el sentido parisiense del vocablo.
Al pensar esto, una oleada de esperanza inundó á Gastón, esperanza venida no sabía de dónde, tal vez de la tranquilidad del locutorio, del aristocrático silencio del convento, donde debían de ser inmutables todas las cosas.
Cuando se hallaba más engolfado en sus sueños, abrióse la puerta lateral, gruesa hoja de encina, y apareció en el hueco, inmóvil y muda, la Comendadora, la misma doña Catalina de Landrey y Castro, con las tocas negras, el blanco escapulario, y en el pecho la roja heráldica cruz. Adelantándose vivamente, Gastón corrió á abrazar á su tía, á sostenerla, á traerla en vilo hasta la silla baja, situada cerca de la reja que daba á la calle, el sitio donde solían conversar otras veces; pero la anciana murmuró suplicante:
—¡Al jardín... al jardín... allí hace sol... allí no tendremos frío!
No sentía Gastón ni pizca de frío en el locutorio: entrado el mes de Mayo, la temperatura era suave y radiante la mañana. No obstante, asintió sonriendo y quiso coger á la anciana por el talle.
—No, voy delante,—exclamó ella.
Lentamente, deslizándose como una sombra, precedió á Gastón por dos ó tres pasillos y antesalas, hasta llegar á una carcomida puerta cuyo picaporte alzó. Al pisar el umbral del jardín, Gastón se paró deslumbrado.
No era el jardín muy grande: servía de patio al convento, y en su centro, por todo adorno, tenía un pozo con brocal, el humilde pozo de Castilla. Cuatro cuarterones simétricos, recortados en forma circular á fin de dejar sitio al pozo y holgura para sacar agua, formaban el sencillo trazado del jardín monástico. Sólo que estos arriates, con exclusión absoluta de toda otra flor ó planta, estaban materialmente tapizados de pies de azucena floridos. Era una espesura de azucenas. Y bajo la sábana de oro que el sol tendía generosamente, la nívea blancura de las flores, su apretada abundancia, su esbeltez, su elegante forma casta y mística, halagaban los ojos y embriagaban dulcemente el corazón. Era un jardín mariano, cultivado únicamente por amor á la Virgen, para poder cubrir su altar de ramilletes simbólicos, en el gracioso culto llamado de las flores de Mayo; ó más bien era otro altar que brotaba de la tierra seca y desnuda, por virtud del riego continuo de unas manos piadosas, enamoradas de María.
Preview chapterIII La revelaciónPreview
—¡Qué miedo he pasado de morirme antes que tú volvieses de ese París!—exclamó la anciana subrayando con tedio el nombre de la capital francesa.—¡Lo que he rezado á santa Rita para que me conservase la vida unos días más!
—¡Pero, tía, si está usted para vivir cien años!—afirmó Gastón chanceramente.
Doña Catalina clavó en el rostro de su sobrino los negrísimos ojos, lo único que sobrevivía en su semblante momificado, con extraordinaria expresión, sobrehumana casi.
—Á la lámpara se le acaba el aceite,—dijo en voz sorda,—pero la misericordia divina no ha permitido que la muerte me sorprenda. Sé de cierto que se acerca la hora...
—Vamos, tiita, aprensiones... Me ha de enterrar usted á mí y pedir para que me admitan en la gloria,—insistió el sobrino.
—No lo digas á nadie, hijo mío,—prosiguió la reclusa sin atenderle.—¡Sólo á tí y al confesor lo descubriré!... ¡Como te estoy viendo... he visto... he visto á don Martín de Landrey, tu bisabuelo... mi padre!
Estremecióse Gastón. En aquel jardín embalsamado, entre los vitales efluvios que derramaba el sol ascendiendo á su zenit, sintió pasar el soplo frío del más allá, un hálito del otro mundo.
—¡Si vieses qué mal color tenía!—continuó doña Catalina tiritando como si las frescas azucenas de Mayo fuesen copos de nieve.—Lo mismo que cuando lo deposité en la caja... ¡Y una cara de sufrir!... ¡Virgen Santísima, Madre de los afligidos, perdón para él... y para todos los pecadores!
La cabeza agobiada de la Comendadora cayó sobre el pecho, y Gastón, cariñosamente, sólo acertó á murmurar:
—Tía... ¿no habrá sido... una figuración de usted?... ¡Hay así... momentos en que desvariamos!...
—¡No! Era él en persona... ¡Podría yo desconocerle! ¡Podría confundir con cualquier ruido su voz, que me dijo... en un tono tan triste... como si las palabras saliesen de la pared!... «¡Catalina... te espero... hasta luego, Catalina!...»
Hizo una pausa, y Gastón vió humedecerse ligeramente las áridas pupilas de la dama, que movía los labios, rezando para sí, sin articular. Gastón, quebrantado aún del viaje y de las penosas impresiones recientes, notaba un vértigo que atribuía al olor subido de las flores, más aromosas cuanto más calentaba el sol. No quería Gastón reconocer que, á pesar suyo, le impresionaban las palabras de la Comendadora.
De pronto doña Catalina se enderezó, ya tranquila y al parecer olvidada de sus temores.
—Natural es morir, hijo mío,—declaró serenamente.—Otros eran jóvenes y se han ido primero. Eso sí que asusta. Ya no hay más Landrey que tú. Á mí la tierra me llama, después de ochenta y ocho años y cinco meses que estoy en el mundo. Tú ahora empiezas la jornada... ¡Cómo te pareces á tu abuelo, al pobre Felipe!... ¡Qué bien has hecho en venir aprisa!...
—En cuanto me avisó Telma. Ayer mismo llegué á Madrid... Ya ve usted, ni veinticuatro horas...
Algo que remedaba una sonrisa y era más bien fúnebre mueca, animó el semblante amojamado de la Comendadora.
—Acércate más, hijo del alma... Ya apenas tengo voz; no puedo esforzarme... Si me paro, no te asustes... Me falta resuello... Soy muy viejecita... Además, tengo frío... Mira, mira... Helada estoy.
La diestra glacial de la Comendadora cayó sobre la de Gastón, que sintió impulsos de retirarla, pero se contuvo. Parecíale advertir el contacto de un cadáver: tal estaba de inerte y seca á la vez aquella mano que había debido de ser bella y que conservaba aún las proporciones y el delicado dibujo de una mano patricia.
—¿Eres buen cristiano?—preguntó de improviso doña Catalina.
—Bueno no sé; cristiano sí,—respondió no sin extrañeza Gastón.
Table of contents
Inside this edition
- 01I La llegada
- 02II La Comendadora
- 03III La revelación
- 04IV Gusanillo
- 05V Landrey
- 06VI El Norte
- 07VII La torre de la Reina mora
- 08VIII Lourido
- 09IX Iniciación
- 10X La consejera
- 11XI El consejo
- 12XII Táctica y estrategia
- 13XIII El aro de oro
- 14XIV Miguelito
- 15XV El tesoro
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