
Spanish Edition
Literature
Jardín umbrío
Spanish BooksWhale Edition by Ramón del Valle-Inclán
Diecisiete cuentos de Valle-Inclán reúnen miedo, devoción, violencia y memoria gallega, con el ritmo de las historias transmitidas de viva voz.
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Book introduction
Jardín umbrío
Jardín umbrío reúne relatos donde las creencias populares, los recuerdos familiares y la violencia se mezclan con lo sobrenatural. Juan Quinto, Beatriz, Mi hermana Antonia y Rosarito muestran distintas formas del miedo y del secreto. Esta edición sigue el conjunto ampliado de diecisiete cuentos, con el texto de apertura y la Oración final, manteniendo las divisiones internas de los relatos que las tienen.
BooksWhale edition
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Ramón del Valle-Inclán murió en 1936; la obra se publicó por primera vez en 1903. Se utiliza el conjunto ampliado de cuentos de la edición de 1920. Esta edición utiliza el original español de dominio público, sin notas ni añadidos editoriales modernos.
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Historias de Santos, de Almas en Pena, de Duendes y de Ladrones
Tenía mi abuela una doncella muy vieja que se llamaba Micaela la Galana. Murió siendo yo todavía niño. Recuerdo que pasaba las horas hilando en el hueco de una ventana, y que sabía muchas historias de santos, de almas en pena, de duendes y de ladrones. Ahora yo cuento las que ella me contaba, mientras sus dedos arrugados daban vueltas al huso. Aquellas historias de un misterio candoroso y trágico, me asustaron de noche durante los años de mi infancia y por eso no las he olvidado. De tiempo en tiempo todavía se levantan en mi memoria, y como si un viento silencioso y frío pasase sobre ellas, tienen el largo murmullo de las hojas secas. ¡El murmullo de un viejo jardín abandonado! Jardín Umbrío.
Preview chapterJuan QuintoPreview
Micaela la Galana contaba muchas historias de Juan Quinto, aquel bigardo que, cuando ella era moza, tenía estremecida toda la Tierra de Saines. Contaba cómo una noche, a favor del oscuro, entró a robar en la Rectoral de Santa Baya de Cristamilde. La Rectoral de Santa Baya está vecina de la iglesia, en el fondo verde de un atrio cubierto de sepulturas y sombreado de olivos. En este tiempo de que hablaba Micaela, el rector era un viejo exclaustrado, buen latino y buen teólogo. Tenía fama de ser muy adinerado, y se le veía por las ferias chalaneando caballero en una yegua tordilla, siempre con las alforjas llenas de quesos. Juan Quinto, para robarle, había escalado la ventana, que en tiempo de calores solía dejar abierta el exclaustrado. Trepó el bigardo gateando por el muro, y cuando se encaramaba sobre el alféizar con un cuchillo sujeto entre los dientes, vio al abad incorporado en la cama y bostezando. Juan Quinto saltó dentro de la sala con un grito fiero, ya el cuchillo empuñado. Crujieron las tablas de la tarima con ese pavoroso prestigio que comunica la noche a todos los ruidos. Juan Quinto se acercó a la cama, y halló los ojos del viejo frailuco abiertos y sosegados que le estaban mirando:
—¿Qué mala idea traes, rapaz?
El bigardo levantó el cuchillo:
—La idea que traigo es que me entregue el dinero que tiene escondido, señor abad.
El frailuco rió jocundamente:
—¡Tú eres Juan Quinto!
—Pronto me ha reconocido.
Juan Quinto era alto, fuerte, airoso, cenceño. Tenía la barba de cobre, y las pupilas verdes como dos esmeraldas, audaces y exaltadas. Por los caminos, entre chalanes y feriantes, prosperaba la voz de que era muy valeroso, y el exclaustrado conocía todas las hazañas de aquel bigardo que ahora le miraba fijamente, con el cuchillo levantado para aterrorizarle:
—Traigo priesa, señor abad. ¡La bolsa o la vida!
El abad se santiguó:
—Pero tú vienes trastornado. ¿Cuántos vasos apuraste, perdulario? Sabía tu mala conducta, aquí vienen muchos feligreses a dolerse… ¡Pero, hombre, no me habían dicho que fueses borracho!
Juan Quinto gritó con repentina violencia:
—¡Señor abad, rece el Yo Pecador!
—Rézalo tú, que más falta te hace.
—¡Que le siego la garganta! ¡Que le pico la lengua! ¡Que le como los hígados!
El abad, siempre sosegado, se incorporó en las almohadas:
—¡No seas bárbaro, rapaz! ¡Qué provecho iba a hacerte tanta carne cruda!
—¡No me juegue a burlas, señor abad! ¡La bolsa o la vida!
—Yo no tengo dinero, y si lo tuviese tampoco iba a ser para ti. ¡Andar a cavar la tierra!
Juan Quinto levantó el cuchillo sobre la cabeza del exclaustrado:
—Señor abad, rece el Yo Pecador.
El abad acabó por fruncir el áspero entrecejo:
—No me da la gana. Si estás borracho, anda a dormirla. Y en lo sucesivo aprende que a mí se me debe otro respeto por mis años y por mi dignidad de eclesiástico.
Aquel bigardo atrevido y violento quedó callado un instante, y luego murmuró con la voz asombrada y cubierta de un velo:
—¡Usted no sabe quién es Juan Quinto!
Antes de responderle, el exclaustrado le miró de alto abajo con grave indulgencia:
—Mejor lo sé que tú mismo, mal cristiano.
Insistió el otro con impotente rabia:
—¡Un león!
—¡Un gato!
—¡Los dineros!
—No los tengo.
—¡Que no me voy sin ellos!
—Pues de huésped no te recibo.
En la ventana rayaba el día, y los gallos cantaban quebrando albores. Juan Quinto miró a la redonda, por la ancha sala donde el tonsurado dormía, y descubrió una gaveta:
—Me parece que ya di con el nido.
Tosió el frailuco:
—Malos vientos tienes.
Y comenzó a vestirse muy reposadamente y a rezar en latín. De tiempo en tiempo, a par que se santiguaba, dirigía los ojos al bandolero, que iba de un lado al otro cateando. Sonreía socarrón el frailuco y murmuraba a media voz, una voz grave y borbollona:
Preview chapterLa Adoración de los ReyesPreview
Vinde, vinde, Santos Reyes
Vereil, a joya millor,
Un meniño
Como un brinquiño,
Tan bunitiño,
Qu’á o nacer nublou o sol!
Desde la puesta del sol se alzaba el cántico de los pastores en torno de las hogueras, y desde la puesta del sol, guiados por aquella otra luz que apareció inmóvil sobre una colina, caminaban los tres Santos Reyes. Jinetes en camellos blancos, iban los tres en la frescura apacible de la noche atravesando el desierto. Las estrellas fulguraban en el cielo, y la pedrería de las coronas reales fulguraba en sus frentes. Una brisa suave hacía flamear los recamados mantos. El de Gaspar era de púrpura de Corinto. El de Melchor era de púrpura de Tiro. El de Baltasar era de púrpura de Menfis. Esclavos negros, que caminaban a pie enterrando sus sandalias en la arena, guiaban los camellos con una mano puesta en el cabezal de cuero escarlata. Ondulaban sueltos los corvos rendajes y entre sus flecos de seda temblaban cascabeles de oro. Los tres Reyes Magos cabalgaban en fila. Baltasar el Egipcio iba delante, y su barba luenga, que descendía sobre el pecho, era a veces esparcida sobre los hombros… Cuando estuvieron a las puertas de la ciudad arrodilláronse los camellos, y los tres Reyes se apearon y despojándose de las coronas hicieron oración sobre las arenas.
Y Baltasar dijo:
—¡Es llegado el término de nuestra jornada!…
Y Melchor dijo:
—¡Adoremos al que nació Rey de Israel!…
Y Gaspar dijo:
—¡Los ojos le verán y todo será purificado en nosotros!…
Entonces volvieron a montar en sus camellos y entraron en la ciudad por la Puerta Romana, y guiados por la estrella llegaron al establo donde había nacido el Niño. Allí los esclavos negros, como eran idólatras y nada comprendían, llamaron con rudas voces:
—¡Abrid!… ¡Abrid la puerta a nuestros señores!
Entonces los tres Reyes se inclinaron sobre los arzones y hablaron a sus esclavos. Y sucedió que los tres Reyes les decían en voz baja:
—¡Cuidad de no despertar al Niño!
Y aquellos esclavos, llenos de temeroso respeto, quedaron mudos, y los camellos, que permanecían inmóviles ante la puerta, llamaron blandamente con la pezuña, y casi al mismo tiempo aquella puerta de viejo y oloroso cedro se abrió sin ruido. Un anciano de calva sien y nevada barba asomó en el umbral. Sobre el armiño de su cabellera luenga y nazarena temblaba el arco de una aureola. Su túnica era azul y bordada de estrellas como el cielo de Arabia en las noches serenas, y el manto era rojo, como el mar de Egipto, y el báculo en que se apoyaba era de oro, florecido en lo alto con tres lirios blancos de plata. Al verse en su presencia los tres Reyes se inclinaron. El anciano sonrió con el candor de un niño y franqueándoles la entrada dijo con santa alegría:
—¡Pasad!
Y aquellos tres Reyes, que llegaban de Oriente en sus camellos blancos, volvieron a inclinar las frentes coronadas, y arrastrando sus mantos de púrpura y cruzadas las manos sobre el pecho, penetraron en el establo. Sus sandalias bordadas de oro producían un armonioso rumor. El niño, que dormía en el pesebre sobre rubia paja centena, sonrió en sueños. A su lado hallábase la Madre, que le contemplaba de rodillas con las manos juntas. Su ropaje parecía de nubes, sus arracadas parecían de fuego, y como en el lago azul de Genezaret, rielaban en el manto los luceros de la aureola. Un ángel tendía sobre la cuna sus alas de luz, y las pestañas del Niño temblaban como mariposas rubias, y los tres Reyes se postraron para adorarle y luego besaron los pies del Niño. Para que no se despertase, con las manos apartaban las luengas barbas que eran graves y solemnes como oraciones. Después se levantaron, y volviéndose a sus camellos le trajeron sus dones: Oro, Incienso, Mirra.
Table of contents
Inside this edition
- 01Full text
- 02Juan Quinto
- 03La Adoración de los Reyes
- 04El miedo
- 05Tragedia de ensueño
- 06Beatriz
- 07I
- 08II
- 09III
- 10IV
- 11V
- 12VI
- 13Un cabecilla
- 14La misa de San Electus
- 15El rey de la máscara
- 16Mi hermana Antonia
- 17I
- 18II
- 19III
- 20IV
- 21V
- 22VI
- 23VII
- 24VIII
- 25IX
- 26X
- 27XI
- 28XII
- 29XIII
- 30XIV
- 31XV
- 32XVI
- 33XVII
- 34XVIII
- 35XIX
- 36XX
- 37XXI
- 38XXII
- 39XXIII
- 40Del misterio
- 41A medianoche
- 42Mi bisabuelo
- 43Rosarito
- 44I
- 45II
- 46III
- 47IV
- 48V
- 49VI
- 50VII
- 51VIII
- 52Comedia de ensueño
- 53Milón de la Arnoya
- 54Un ejemplo
- 55Nochebuena
- 56Oración
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