
Spanish Edition
Literature
La alegría del capitán Ribot
Spanish BooksWhale Edition by Armando Palacio Valdés
Un capitán de la marina mercante relata un conflicto entre amor, lealtad y renuncia en la sociedad española de su tiempo.
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Book introduction
La alegría del capitán Ribot
El capitán Ribot cuenta su relación con Cristina y con el círculo familiar que transforma su vida. La atracción amorosa se enfrenta al respeto por los demás, mientras la posibilidad de una felicidad inmediata pone a prueba su carácter. Armando Palacio Valdés desarrolla el conflicto mediante observaciones íntimas, encuentros sociales y decisiones morales. Los dieciocho capítulos del original español siguen la evolución del narrador y su manera de entender la alegría.
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Armando Palacio Valdés murió en 1938. La obra se publicó en 1899. Esta edición utiliza el texto original español de dominio público.
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EN Málaga no los guisan mal; en Vigo, todavia mejor; en Bilbao los he comido en más de una ocasión primorosamente aliñados. Pero nada tienen que ver estos ni otros que me han servido en los diferentes puntos donde suelo hacer escala con los que guisa una señora Ramona en cierta tienda de vinos y comidas llamada El Cometa, situada en el muelle de Gijón. Por eso cuando esta inteligentísima mujer averigua que el Urano ha entrado en el puerto, ya está preparando sus cacerolas para recibirme. Suelo ir solo por la noche, como un ser egoísta y voluptuoso que soy; me ponen la mesa en un rincón de la trastienda, y allí, a mis anchas, gozo placeres inefables y he pillado más de una indigestión.
Arribé el 9 de febrero, a las once de la mañana, y, como siempre, comí poco, preparándome con saludable abstinencia para la solemnidad de la noche. Dios no lo quiso. Poco antes de sonar la hora, un bárbaro marinero, al trasladar un farol, lo rompió, cayó la mecha encendida sobre una pipa de petróleo, se prendió fuego, acudimos a atajarlo, y con no poco trabajo, arrojando al agua esa y otras pipas, lo conseguimos. Se quemó la caseta del piloto, mucha jarcia y una parte de la obra muerta. En fin, la avería nos tuvo afanosos y en pie casi toda la noche. Y este fué el motivo de que no fuese a comer el plato de callos de la señora Ramona, como tuve a bien comunicárselo por medio del grumete, advirtiéndole al mismo tiempo que me aguardara sin falta aquella misma noche.
Eran las diez, poco más o menos. Contento y sigiloso bajé la escala del Urano, salté en el bote, y en cuatro paladas el marinero me hizo atracar al muelle, que estaba solitario y obscuro. Apenas se distinguían los cascos de los barcos y en ellos reinaba absoluto silencio. Sólo la silueta de los carabineros de ronda o la de algún paseante melancólico se destacaba borrosamente de las tinieblas. Pero aquella obscuridad, que los escasos faroles no bastaba a disipar, se alegraba de pronto por la ola de luz que salía de las dos puertas de El Cometa. Con el ansia de una mariposa me dirigí a ellas. En la tienda sólo había tres o cuatro parroquianos; los demás habían ido saliendo, unos espontáneamente, otros por las intimaciones cada vez más perentorias de la señora Ramona, que cerraba indefectiblemente a las diez y media.
Mi aparición fué saludada con una carcajada de esta mujer. Ignoro qué raro y misterioso cosquilleo producía en sus nervios mi presencia; pero puedo jurar que jamás me vió después de una ausencia más o menos larga sin que su abdomen dejase de experimentar violentas sacudidas de risa, que originaban ineludiblemente algunos golpes de tos, inflamaban sus mejillas y las transportaban del rojo grana al violeta. De todos modos, yo agradecía profundamente aquella carcajada y también los accesos de tos, considerándolos como prenda de inalterable amistad y de que podía contar en vida y en muerte con sus conocimientos culinarios. Era mi deber en tales ocasiones doblar el espinazo, sacudir la cabeza y reir estrepitosamente, hasta que la señá Ramona se sosegase. Y lo cumplí religiosamente.
—¡Ay, qué bien me salieron ayer, D. Julián!
—Y hoy ¿por qué no?
—Porque ayer era ayer y hoy es hoy.
Ante esa razón invencible me puse serio y dejé escapar un suspiro. La señá Ramona cayó de nuevo en un espasmo de risa, seguido del correspondiente ataque de tos asmática. Una vez que logró salir de él, terminó de lavar el vaso que tenía entre las manos y dijo a los tres o cuatro marineros que charlaban en un rincón:
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LUEGO que me vestí, y después de cumplir con los ordinarios quehaceres de mi cargo y vigilar el trabajo de los carpinteros que reparaban nuestras averías, me acordé de la señora que había estado a punto de ahogarse aquella noche. Valga la verdad; de quien me acordé fué de su hija. Aquellos ojos eran de los que no pueden ni deben olvidarse. Y con la vaga esperanza de tornar a verlos salté a tierra y encaminé mis pasos a la botica.
El farmacéutico me informó de que alojaban en la fonda de la Iberia. Fuí a preguntar por su salud.
—¿Es necesario que les pase recado?—me preguntó la camarera.
Bien lo hubiera deseado, pero no me atreví. Le manifesté que no había necesidad, si podía informarme de cómo habían pasado la noche, a lo cual me respondió que D.ª Amparo (la vieja) había descansado regularmente, y que el médico, que acababa de salir, no la había encontrado tan mal como pensaba. D.ª Cristina (la joven) estaba perfectamente. Dejé mi tarjeta y bajé las escaleras un poco mustio. Pero cuando iba ya a pisar la calle la camarera me llamó y, haciéndome subir de nuevo, me hizo presente que las señoras deseaban verme.
Doña Cristina salió al pasillo a mi encuentro. Vestía un elegante traje de mañana, color violeta, y sus negros cabellos estaban a medias aprisionados por un gorro blanco de batista, con cintas violeta también. Brillaron sus ojos con alegría y me tendió su mano de un modo cordial.
—Buenos días, capitán. ¿Por qué evita usted que le demos las gracias? Justamente acababa de escribirle una carta en que le expresaba si no toda la gratitud que le debemos, al menos una parte. Ayer estaba tan aturdida que no acerté a hacerlo. Pero más vale que usted haya venido... y eso que la cartita no estaba del todo mal—añadió sonriendo—. Aunque ustedes no lo piensen, las mujeres solemos ser más elocuentes por escrito que de palabra.
Me hizo pasar a una salita donde había una alcoba cuyas puertas vidrieras estaban cerradas.
—Mamá—dijo en voz alta—, aquí tienes a tu salvador, el capitán del Urano.
Oí un murmullo lamentable, algo como sollozos y suspiros reprimidos, y entre ellos algunas palabras que no pude comprender. Interrogué con la vista a su hija.
—Dice que siente mucho haberle expuesto a perder la vida.
Respondí en voz alta que no había corrido peligro alguno; pero aunque así fuera, no había hecho más que cumplir con mi deber.
De nuevo salieron de la alcoba algunos ruidos confusos.
—Me manda que le dé a usted una cucharada de azahar.
—¡Cómo!... ¿Para qué?—exclamé sorprendido.
—Es que supone que aún estará usted asustado—manifestó riendo D.ª Cristina—. Mamá lo usa mucho y nos lo hace usar a todos. Diga usted que lo va a tomar y quedará extraordinariamente satisfecha.
Sin salir de mi sorpresa hice lo que doña Cristina me ordenó y pude oir inmediatamente un murmullo aprobador.
Acabo de dársela, mamá—dijo aquélla, haciéndome un guiño malicioso—. Puedes estar tranquila.
—Muchas gracias, señora. Creo que me probará bien, porque me sentía un poco nervioso—grité yo.
Doña Cristina me apretó la mano pugnando por no reir y me dijo en voz baja:
—¡Bravo! Me parece que va usted a salir maestro consumado.
Vuelta a los ruidos extraños, ininteligibles.
—Pregunta si ha telegrafiado usted a su señora, y le aconseja que no lo haga para evitarle un disgusto.
—No tengo señora. Estoy soltero.
—Entonces a su mamá—tuvo la bondad de interpretar D.ª Cristina.
—Tampoco la tengo, ni padre, ni hermanos. Estoy solo en el mundo.
Doña Amparo, por lo que pude entender, se mostró sorprendida y disgustada de esta soledad y me invitaba para que, sin pérdida de tiempo, tomase estado. También debió añadir que un hombre como yo estaba destinado a hacer feliz a cualquier mujer. Ignoro qué cualidades de marido pudo observar en mí aquella señora, como no fuese las de saltar y deslizarme bien por los cables. De todos modos, respondí que no deseaba otra cosa; pero que no se me había presentado ocasión hasta entonces. Mi vida de marino, hoy en un sitio, mañana en otro; la timidez de que adolecemos los que no frecuentamos la sociedad, y acaso también el no haber hallado aún una mujer que de veras me interesase, habían impedido realizarlo.
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ME fuí al barco en peor estado que el día anterior. Aquella señora me estaba preocupando más de lo necesario para mi reposo y buen humor. Volví por la tarde y volví al día siguiente. Su figura interesante, sus ojos tan negros, tan inocentes y picarescos a un tiempo mismo, iban penetrando a paso de carga en mi alma. Y como sucede siempre en casos tales, empezaron agradándome sus ojos, y no tardó en encantarme su voz; luego sus manos finas de alabastro; poco después el vello suave que adornaba sus sienes; inmediatamente tres pequeños lunares que tenía en la mejilla izquierda. Hasta que, por fin, de una en otra llegó a hacerme feliz cierta manera defectuosa que tenía de pronunciar las erres.
Estos y otros descubrimientos de análoga importancia no podían llevarse a efecto, claro está, sin la atención debida, lo cual, en vez de lisonjear, molestaba visiblemente a la dama. Me recibía siempre con alegría, pero no con igual franqueza. Pude observar, no sin dolor, que, a pesar de la jovialidad y animación de su charla, se descubría en el fondo un dejo de inquietud o recelo, cual si temiera siempre que yo le dirigiera algún piropo como el de marras. Comprendiéndolo así, no tenía, sin embargo, fuerza de voluntad bastante para dejar de mirarla más de lo justo.
Vino al fin la peluca en secreto al hotel; la probó D.ª Amparo con el mayor sigilo; hallóla imperfecta; volvió a manos del artífice; se le dieron algunos toques sin que el público ni las autoridades se enterasen; y después de varios ensayos igualmente reservados surgió la buena señora, fresca y juvenil, como si jamás mis manos pecadoras hubiesen atentado a sus gracias. Porque a pesar de todo, esto es, a pesar de la peluca, de los años y la obesidad, D.ª Amparo no las había perdido por completo.
Me invitaron a dar un paseo con ellas en coche por los alrededores de la villa. Cualquiera puede imaginarse el gusto con que acepté. Cuando ya estuvimos en el campo nos apeamos y gozamos una hora de aquella risueña y espléndida naturaleza. Yo me encontraba alegre y esta alegría me empujaba a mostrarme con D.ª Cristina sobrado obsequioso y almibarado. Sentía comezón de decirle todo lo hermosa y lo interesante que me iba pareciendo. Pero ella, como si adivinase estas disposiciones aviesas de mi lengua, las refrenaba con tacto y firmeza, atajándome con cualquier pregunta indiferente cuando me advertía cercano a soltarle un piropo, o dejándome con su mamá para echar a correr delante, o esforzándose en hacer hablar a ésta. No me desanimé por ello. Fuí tan tonto o tan indiscreto que, a pesar de estas claras señales, todavía persistí en buscar rodeos habilidosos para dirigirle algunos golpes de incensario. Declaro, no obstante, que no pensaba que la estaba galanteando. Creía de buena fe que aquellos obsequios y lisonjas eran legítimos; porque los españoles desde la más remota antigüedad nos hemos arrogado el derecho de decir a todas las mujeres guapas que lo son, sin otras consecuencias. Mas ella debía de abrigar sus dudas acerca de esto. Que estas dudas no se hallaban desprovistas de fundamento lo veo ahora bien claro; ahora que el velo de mis sentimientos se ha descorrido por completo y leo en mi alma como en un libro abierto.
Sucedió que aquella misma tarde, de regreso ya para la villa y mirando las muchas y hermosas casas de campo que por allí se parecen, acertó a decir D.ª Cristina:
—Nuestra alquería del Cabañal es muy linda, pero nada suntuosa. Mi marido no está contento; tiene ganas de algo mejor.
Table of contents
Inside this edition
- 01I
- 02II
- 03III
- 04IV
- 05V
- 06VI
- 07VII
- 08VIII
- 09IX
- 10X
- 11XI
- 12XII
- 13XIII
- 14XIV
- 15XV
- 16XVI
- 17XVII
- 18XVIII
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