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La celosa de sí misma cover

Spanish Edition

Literature

La celosa de sí misma

Spanish BooksWhale Edition by Tirso de Molina

Tirso de Molina transforma un enamoramiento ante un rostro oculto en una comedia de celos, identidades equívocas y deseos contradictorios.

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Book introduction

La celosa de sí misma

Don Melchor llega a Madrid para concertar un matrimonio, pero queda prendado de una dama velada a la que apenas ha visto. La relación entre esa imagen idealizada y la mujer que tiene delante desencadena malentendidos y rivalidades inesperadas. Tirso de Molina explota la distancia entre apariencia y conocimiento en una comedia de ingenio verbal, organizada en tres actos y precedida por la relación de personajes.

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Obra original en español de Tirso de Molina, fallecido en 1648. El texto procede de la transcripción de dominio público de Wikisource; se excluyen imágenes y notas editoriales modernas.

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Preview chapterPersonasRead preview

Los que hablan en ella son los siguientes:

Doña MAGDALENA

Don MELCHOR

Doña ÁNGELA

Don ALONSO, viejo

Don JERÓNIMO

Don SEBASTIÁN

Don LUIS

VENTURA, lacayo

QUIÑONES, dueña

SANTILLANA, escudero

CRIADOS

Preview chapterActo IPreview

Salen don MELCHOR y VENTURA, de camino

MELCHOR: Bello lugar es Madrid. ¡Qué agradable confusión!

VENTURA: No lo era menos León.

MELCHOR: ¿Cuándo?

VENTURA: En los tiempos del Cid. Ya todo lo nuevo aplace; a toda España se lleva tras sí.

MELCHOR: Su buen gusto aprueba quien de ella se satisface. ¡Bizarras casas!

VENTURA: Retozan los ojos del más galán; que en Madrid, sin ser Jordán, las mas viejas se remozan. Casa hay aquí, si se aliña y el dinero la trabuca, que anocheciendo caduca, sale a la mañana niña. Pícaro entra aquí más roto que tostador de castañas, que fiado en las hazañas del dinero, su piloto, le muda la ropería, donde hijo pródigo vino, en un conde palatino, tan presto que es tropelía. Dama hay aquí, si reparas en gracias del solimán, a quien en un hora dan sus salserillas diez caras. Como se vive de prisa, no te has de espantar si vieres metamorfosear mujeres, casas y ropas.

MELCHOR: A misa vamos, y déjate de eso. Mirando al fondo ¡Brava calle!

VENTURA: Es la Mayor donde se vende el amor a varas, medida y peso.

MELCHOR: Como yo nunca salí de León, lugar tan corto, quedo en este mar absorto.

VENTURA: ¿Mar dices? Llámale así; que ese apellido le da quien se atreve a navegalle, y advierte que es esta calle la canal de Panamá. Cada tienda es la Bermuda; cada mercader inglés pechelingue u holandés, que a todo bajel desnuda. Cada manto es un escollo. Dios te libre de que encalle la bolsa por esta calle.

MELCHOR: Anda, necio.

VENTURA: Vienes pollo; y temo, aunque más presumas, que te pelen ocasiones; que aun gallos con espolones salen sin cresta ni plumas.

MELCHOR: Si yo me vengo a casar con sesenta mil ducados, y soy pobre, ¿en qué cuidados me ha de poner este mar? ¿Traigo yo muchos?

VENTURA: Doscientos, si no ducados, escudos, que de malicias desnudos, ignoran encantamentos. Librólos la corta hacienda de señor, para tu costa, y aquí correrán la posta si no les tiras la rienda. ¿Piensas que sin ocasión traen cordones los bolsillos? Pues para poder regillos, advierte que riendas son, que tira el considerado, temeroso de chocar; porque no hay mayor azar que un bolsillo desbocado.

MELCHOR: Oigamos agora misa, que es fiesta, y déjate de eso, pues no soy yo tan sin seso como tú.

VENTURA: ¡Cáusasme risa! ¿Qué va que antes que a tu suegro --llamo así al que lo ha de ser-- veas, tienes de caer en la red de un manto negro?

MELCHOR: Anda, que estás ya pesado. ¿Qué iglesia es ésta?

VENTURA: Se llama La Vitoria, y toda dama de silla, coche y estrado, la cursa.

MELCHOR: ¡Bravas personas entran!

VENTURA: Todos son galanes, espolines, gorgoranes, y mazas de aquestas monas.

MELCHOR: Vamos, que es tarde y deseo ya conocer a mi esposa; que dicen que es muy hermosa.

VENTURA: ¿Cuándo has visto tú oro feo? Con seiscientos mil ducados de dote, ¿qué Elena en Grecia, y en Italia qué Lucrecia se la compara?

MELCHOR: Cuidados diferentes han de darme motivo de ser su esposo; que aunque el dinero es hermoso, yo no tengo de casarme, si no fuere con belleza y virtud. Esto es notorio.

VENTURA: Entra, que un fraile vitorio allí el introíto empieza.

MELCHOR: ¡Oh Madrid, hermoso abismo de hermosura y de valor!

VENTURA: ¡Oh misa de cazador! ¿Quién te topara en guarismo? Vanse los dos. Salen don JERÓNIMO y don SEBASTIÁN

JERÓNIMO: Vivimos en una casa, y así está puesta en razón nuestra comunicación.

SEBASTIÁN: Como tan presto se pasa el tiempo en Madrid, no da lugar aun de conocerse los vecinos, ni poderse hablar.

Preview chapterActo IIPreview

Salen doña MAGDALENA, de luto bizarro, y QUIÑONES

MAGDALENA: ¿Qué sacas de encarecer la dicha que he conseguido en que esposa venga a ser del primero que he querido, y que llegue a merecer las partes que en don Melchor rindieron mi voluntad su gentileza, valor, talle, liberalidad, discreción, gracia y amor? Pues todas ésas, Quiñones, si fueron ponderaciones primero de mi afición, ya de mis recelos son sospechosas ocasiones.

QUIÑONES: No me espanto. Todo aquello que está en ajeno poder, tiene el gusto por más bello, y el valor suele perder, en llegando a poseello. Juzgaste ayer a tu esposo por prenda ajena; y así te pareció más hermoso. Viene a ser tu dueño aquí, y júzgasle ya enfadoso. Efímera es tu afición: toda ayer ponderación y hoy desdén toda y mudanza. ¿Quién vio morir la esperanza antes de la posesión? ¿Es posible que tan presto aborreces lo que amabas? No en balde luto te has puesto por los deseos que acabas de enterrar.

MAGDALENA: No estás en esto de amar, Quiñones, tan diestra, que los peligros rehuses que el yugo conyugal muestra. Y así no es mucho que acuses mi amor, si no eres maestra. De suerte a don Melchor quiero después que a esta casa vino, que si me agradó primero, mi amor es ya desatino, pues, sin él, morir espero. Mas, ¿con qué seguridad rendiré mi voluntad a quien, con tan fácil fe, la primer mujer que ve triunfa de su voluntad? Hombre que a darme la mano viene aquí desde León y es tan mudable y liviano que a la primera ocasión, liberal y cortesano, a un manto rinde despojos y a una mano el alma ofrece.

MAGDALENA: ¿No quieres que me dé enojos quien así se desvanece? Y sin penetrar sus ojos lo que, por no ver, ignora, se suspende y enamora, exagera, sutiliza, y palabras autoriza, pues con escudos las dora. ¿Qué satisfacción dará a quien por dueño le espera? ¿O quién me asegurará de voluntad tan ligera, que, desposado, no hará lo mismo con cuantas mire, y yo con él mal casada, quejas al alma retire, llore mi hacienda gastada, y sus mudanzas suspire?

QUIÑONES: ¡Pues siendo tú quien despierta su voluntad, y encubierta diste causa a sus desvelos, ¿de quién puedes formar celos?

MAGDALENA: De mí misma. Y está cierta que si le amé forastero, doméstico y dueño ya, dudo, al paso que le quiero.

QUIÑONES: Pues bien, ¿qué remedio da tu amor?

MAGDALENA: Cumplir lo primero mi palabra en la Vitoria, y ver si en ella me aguarda.

QUIÑONES: No tendrá de ti memoria; que tu presencia gallarda, siendo a sus ojos notoria, borrará la primer copia que vio tapada e impropia, pues se enamoró en bosquejo, y mudando de consejo, te olvidará por ti propia.

MAGDALENA: Eso, pues, quiero probar.

QUIÑONES: Pues ¿para qué te vestiste de luto?

MAGDALENA: Para mostrar, en señal de que estoy triste, la color de mi pesar. Todos estos son ardides de mi amor.

QUIÑONES: ¿No puedo yo saberlos?

MAGDALENA: Si los impides, dándome consejos, no; mas sí, si a mi amor te mides.

QUIÑONES: ¿Pues agora dudas de eso?

MAGDALENA: Que estoy loca, te confieso. Pongan el coche.

QUIÑONES: Ya está a la puerta.

MAGDALENA: Importará para el fin de este suceso, ya que en este tema doy, que a casa de doña Juana, a quien el pésame voy a dar de su muerta hermana, mientras que con ella estoy, hagas llevarme una silla y un escudero alquilados.

QUIÑONES: Hartos hay en esta villa.

MAGDALENA: Después sabrás mis cuidados.

QUIÑONES: ¿Y agora no?

MAGDALENA: Maravilla fuera, siendo tú mujer, no morirte por saber. Amor, que en todo es astuto, me ha vestido de este luto, porque si me llega a ver hablando con don Melchor mi hermano o padre, no entienda por el vestido mi amor secreto, y con él se ofenda.

Table of contents

Inside this edition

  1. 01Personas
  2. 02Acto I
  3. 03Acto II
  4. 04Acto III

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