
Spanish Edition
Literature
La Diana
Spanish BooksWhale Edition by Jorge de Montemayor
La novela pastoril que abrió una tradición de amores, canciones, naturaleza idealizada y melancolía.
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Book introduction
La Diana
La Diana de Jorge de Montemayor fue decisiva para la novela pastoril en lengua española. Sus pastores enamorados, canciones, quejas, relatos intercalados y paisajes idealizados hicieron del amor, la memoria y la melancolía un modelo literario muy influyente.
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Jorge de Montemayor murió en 1561, y La Diana fue publicada en 1559. Estas fechas apoyan el dominio público del texto español original de esta edición.
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La Diana
Jorge de Montemayor
La Diana
Los siete libros de la Diana
Jorge
de Montemayor
Los
siete libros de la Diana
Argumento de este libro
En los campos de la principal y antigua ciudad de León,
riberas del río Ezla, hubo una pastora llamada Diana, cuya
hermosura fue extremadísima sobre todas las de su tiempo.
Esta quiso y fue querida en extremo de un pastor llamado
Sireno, en cuyos amores hubo toda la limpieza y honestidad
posible. Y en el mismo tiempo la quiso más que a sí otro
pastor llamado Silvano, el cual fue de la pastora tan
aborrecido que no había cosa en la vida a quien peor
quisiese.
Sucedió, pues, que como Sireno fuese forzadamente fuera
del reino, a cosas que su partida no podía excusarse, y la
pastora quedase muy triste por su ausencia, los tiempos y
el corazón de Diana se mudaron y ella se casó con otro
pastor llamado Delio, poniendo en olvido el que tanto
había querido. El cual, viniendo después de un año de
ausencia, con gran deseo de ver a su pastora, supo antes
que llegase cómo era ya casada.
Y de aquí comienza el primero libro, y en los demás
hallarán muy diversas historias de casos que
verdaderamente han sucedido, aunque van disfrazados debajo
de nombres y estilo pastoril.
Preview chapterLibro primeroPreview
Bajaba de las montañas de León el olvidado Sireno, a
quien Amor, la fortuna, el tiempo trataban de manera que
del menor mal que en tan triste vida padecía, no se
esperaba menos que perderla. Ya no lloraba el desventurado
pastor el mal que la ausencia le prometía, ni los temores
del olvido le importunaban, porque veía cumplidas las
profecías de su recelo, tan en perjuicio suyo, que ya no
tenía más infortunios con que amenazarle.
Pues llegando el pastor a los verdes y deleitosos
prados, que el caudaloso río Ezla, con sus aguas va
regando, le vino a la memoria el gran contentamiento de
que en algún tiempo allí gozado había, siendo tan señor de
su libertad, como entonces sujeto a quien sin causa lo
tenía sepultado en las tinieblas de su olvido. Consideraba
aquel dichoso tiempo que por aquellos prados y hermosa
ribera apacentaba su ganado, poniendo los ojos en solo el
interés que de traerle bien apacentado se le seguía; y las
horas que le sobraban gastaba el pastor en solo gozar del
suave olor de las doradas flores, al tiempo que la
primavera, con las alegres nuevas del verano, se esparce
por el universo, tomando a veces su rabel, que muy pulido
en un zurrón siempre traía; otras veces una zampoña, al
son de la cual componía los dulces versos con que de las
pastoras de toda aquella comarca era loado. No se metía el
pastor en la consideración de los malos o buenos sucesos
de la fortuna, ni en la mudanza y variación de los
tiempos, no le pasaba por el pensamiento la diligencia y
codicias del ambicioso cortesano, ni la confianza y
presunción de la dama celebrada por solo el voto y parecer
de sus apasionados; tampoco le daba pena la hinchazón y
descuido del orgulloso privado: en el campo se crió, en el
campo apacentaba su ganado, y así no salían del campo sus
pensamientos, hasta que el crudo amor tomó aquella
posesión de su libertad, que él suele tomar de los que más
libres se imaginan.
Venía, pues, el triste Sireno los ojos hechos fuentes,
el rostro mudado, y el corazón tan hecho a sufrir
desventuras, que si la fortuna le quisiera dar algún
contento, fuera menester buscar otro corazón nuevo para
recibirle. El vestido era de un sayal tan áspero como su
ventura, un cayado en la mano, un zurrón del brazo
izquierdo colgando.
Arrimose al pie de una haya, comenzó a tender sus ojos
por la hermosa ribera hasta que llegó con ellos al lugar
donde primero había visto la hermosura, gracia, honestidad
de la pastora Diana, aquella en quien Naturaleza sumó
todas las perfecciones que por muchas partes había
repartido. Lo que su corazón sintió imagínelo aquel que en
algún tiempo se halló metido entre memorias tristes. No
pudo el desventurado pastor poner silencio a las lágrimas,
ni excusar los suspiros que del alma le salían, y
volviendo los ojos al cielo, comenzó a decir de esta
manera:
-¡Ay memoria mía, enemiga de mi descanso!, ¿:no os
ocuparais mejor en hacerme olvidar disgustos presentes que
en ponerme delante los ojos contentos pasados? ¿:Qué decís
memoria? Que en este prado vi a mi señora Diana, que en él
comencé a sentir lo que no acabaré de llorar, que junto a
aquella clara fuente, cercada de altos y verdes alisos,
con muchas lágrimas algunas veces me juraba que no había
cosa en la vida, ni voluntad de padres, ni persuasión de
hermanos, ni importunidad de parientes que de su
pensamiento la apartase; y que cuando esto decía salían
por aquellos hermosos ojos unas lágrimas, como orientales
Preview chapterSILVANOPreview
«Sireno, ¿:en qué pensabas, que
mirándote
estaba desde el soto, y condoliéndome
de
ver con el dolor que estás quejándote?
Yo dejé mi ganado allí
atendiéndome,
que en cuanto el claro sol no va
encubriéndose,
bien puedo estar contigo entreteniéndome.
Tu mal me di, pastor, que el mal
diciéndose
se pasa a menos costa que callándolo,
y
la tristeza en fin va despidiéndose.
Mi mal contaría yo, pero
contándolo
se
me acrecienta, y más en acordárseme
de cuán en vano,
¡ay triste!, estoy llorándolo.
La vida a mi pesar veo
alargárseme,
mi triste corazón no hay
consolármele,
y un desusado mal veo acercárseme.
De quien me dio esperé, vino a
quitármele,
mas nunca le esperé, porque
esperándole
pudiera con razón dejar de dármele.
Andaba mi pasión
solicitándole,
con medios no importunos, sino
lícitos,
y
andaba el crudo amor allá estorbándole.
Mis tristes pensamientos muy
solícitos
de una a otra parte
revolviéndose,
huyendo en toda cosa el ser
ilícitos,
pedían a Diana que, pudiéndose
dar medio en tanto
mal, y sin causártele,
se diese, y fuese un triste
entreteniéndose.
¿:Pues qué hicieras, di, si en vez
de dártele
te le quitara? ¡Ay triste!, que
pensándolo
callar quería mi mal, y no
contártele.
Pero después, Sireno,
imaginándolo,
una pastora invocó hermosísima,
y
así va a costa mía en fin pasándolo.»
Table of contents
Inside this edition
- 01Full text
- 02Libro primero
- 03SILVANO
- 04SIRENO
- 05SILVANO
- 06libro de la hermosa Diana.
- 07Libro segundo
- 08canto, vio como hacia él venía la hermosa Selvagia y el
- 09Canto de la ninfa
- 10canto dejando admiradas a Cintia y Polidora, en ver que
- 11{TABLE>
- 12Libro tercero
- 13A
- 14Libro cuarto
- 15NINFAS
- 16PASTORES
- 17NINFAS
- 18PASTORES
- 19NINFAS
- 20PASTORES
- 21NINFAS
- 22PASTORES
- 23NINFAS
- 24PASTORES
- 25Canto de Orfeo
- 26Libro quinto
- 27G L O
- 28S A
- 29Libro sexto
- 30SILVANO, SIRENO
- 31SIRENO
- 32SILVANO
- 33SIREN
- 34SILVANO
- 35SIRENO
- 36SILVANO
- 37SILVANO
- 38SIRENO
- 39SILVANO
- 40SIRENO
- 41SILVAN
- 42SIRENO
- 43Libro séptimo
- 44A
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