
Spanish Edition
Literature
La estafeta romántica
Spanish BooksWhale Edition by Benito Pérez Galdós
Cuarenta cartas entrelazan amores, noticias y vida política durante la guerra carlista en este episodio histórico de Pérez Galdós.
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Book introduction
La estafeta romántica
La noticia del suicidio de Larra abre una correspondencia donde los asuntos sentimentales y los acontecimientos públicos se iluminan mutuamente. Familias, amigos y religiosos intercambian noticias mientras las incertidumbres de Fernando Calpena recorren una España dividida. Benito Pérez Galdós sustituye el relato continuo por cuarenta cartas, cada una con su voz y sus intereses, para mostrar cómo la historia nacional entra en la intimidad cotidiana.
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Obra original en español de Benito Pérez Galdós, fallecido en 1920. El texto procede de la transcripción de dominio público de Wikisource; se excluyen imágenes y notas editoriales modernas.
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De Doña María Tirgo a Doña Juana Teresa
En La Guardia, a 20 de febrero de 1837.
Amiga y señora: Por la tuya del 7, que me trajo el seminarista de Tarazona, he comprendido que la mía del día de la Candelaria no llegó a tus manos, o que anda por esos caminos atontada y perezosa; que esto suele acontecer a todo papel que al correo se fía, a quien ahora damos un nombre que le cae muy bien: la mala. Repito en esta, asegurada por la mano de unos ribereños que llevan trigo, lo que te dije en la que se atascó en esos baches, y le añado novedades que han de causarte admiración, como a mí, sin que aún podamos afirmar si serán adversas o favorables a nuestro asunto.
Salvo los alifafes con que nos obsequia la edad a José María y a mí, todos acá disfrutamos de salud corporal gracias a Dios; pero a los dos viejos no deja de visitarnos la tristeza, ni hallamos fácil consuelo al término desairado de aquellos planes que eran nuestra ilusión. Las niñas están que da gozo verlas, sanas y alegres, como si nada hubiera pasado; Demetria, inalterable en sus hábitos de mayorazga y gobernadora de hacienda; Gracia, juguetona y risueña los más de los días; los menos, caída y quejumbrosa.
No he podido sacarle a Demetria razones claras de su negativa. Otro amor, dices tú. Yo digo que otra inclinación, mas no otro novio... Te aseguro que el sujeto a quien desde el principio tuve por causante de nuestro fracaso, lo ha sido sin intención suya buena ni mala. Entre el tal sujeto y la perla de la familia no se ha cruzado declaración, ni síes ni noes, ni frase alguna que haya traído o llevado melindres de amor. De los demás pretendientes coterráneos que han presentado con gran encogimiento sus memoriales, hace la niña tanto caso como del canto de los grillos. No la pierdo de vista en casi todo el día y parte de la noche, y sé que para ella no hay más sujeto que el sujeto de quien tienes noticia. No hay otro; no puede haberlo. No sólo es Demetria la misma honestidad, sino la discreción y comedimiento en todo. No digo liviandades, pero ni siquiera coquetismo se ha conocido jamás en ella, ni las presunciones y vanidades de otras. Su carácter grave la induce a permanecer metida en sí guardando sus devociones y querencias sin manifestarlas, engañando su soledad con los quehaceres continuos. A veces, observándola bien, como lo hago yo, se ve que asoma por entre el tráfago de sus ocupaciones una puntita de tristeza; pero la pícara se da prisa a meterla para adentro, temerosa de que se la descubran. Esta es Demetria. Yo, que la conozco, la creo capaz de estar así toda la vida, al menos toda su juventud, si Dios Omnipotente no produce en ella una feliz mudanza.
También te digo que en las dos cartas que aquí se recibieron del sujeto, escritas en Medina y Villarcayo, no hay nada en que se pueda vislumbrar oposición al plan que creímos realizable con las dichosas vistas: leí las tales cartas, como las contestaciones de acá, y te aseguro que no contenían más que las finezas propias de una amistad respetuosísima, expresadas por él con gallarda pluma, por ella con frialdad cortesana y muy decorosa, como de joven soltera que tiene cabal idea de los comedimientos de palabra y de escritura que le impone su estado. Y dicho esto, querida Juana, paso a comunicarte la novedad que motiva principalmente estos renglones, y que no es otra que las tremendas calabazas que ha dado al sujeto su novia, una tal Aura, que dicen es mestiza de italiana e inglesa. Ya sabes que el caballerito tenía con ella compromiso, y aun creo que mediaba palabra de matrimonio. Ello es que al llegar a Bilbao, donde residía la niña con unos tutores o no sé qué, resultó un gracioso paso de final de comedia. Entró D. Fernando, con no poca prisa, acompañando a las tropas vencedoras de la facción, y la primera noticia que tuvo de su ídolo fue que el día anterior se había casado con un primo, miliciano nacional y comerciante de quincalla. ¿Qué te parece? No sé si al caer el telón, después de este final, cogió a D. Fernando dentro o fuera del escenario. Creo que se quedó fuera, y ya me figuro su desairada y ridícula situación. ¡Vaya con la niña! Yo te aseguro que él no merece tan feo desaire, pues no hay otro más caballero y delicado. Por juicioso no le tengo; es de estos que con tanta lectura y la facilidad para discurrir, se llenan la cabeza de viento, y piensan y obran a la romántica, según ahora se dice. Pero con todo, no merecía ser plantado en forma tan villana... Y ahora pensarás tú, como yo al enterarme de las calabazas de nuestro amigo, que el rechazo de este golpe ha de sernos desfavorable, porque, naturalmente, desairado el hombre y sin novia, libre ya de su compromiso, buscará en La Guardia el remedio de su tristeza y la sustitución de aquel amor perdido. Piensas eso y lo temes, ¿verdad? Yo también lo temí; pero recordando el carácter de D. Fernando se me ha quitado esta zozobra. Tanto José María como yo creemos que no es hombre el Sr. de Calpena que da fácilmente su brazo a torcer. No es pretendiente de oficio ni buscador de dotes, ni de estos que presentan ante una mujer como Demetria la cara enrojecida por el bofetón de otra mujer. No; el desairado amante no aportará más por aquí; se irá a su natural centro, que es Madrid, donde pocas personas tendrán conocimiento de su descalabro, y podrá dorarlo y desfigurarlo con una mano de romanticismo. Por todo lo cual, querida Juana, estimamos más favorable que adversa la livianísima conducta de esa inglesa-italiana que de un modo tan odioso ha burlado al buen caballero. ¿Nos dejará el campo libre? Así lo creo. Falta que nuestra adorada perla y mayorazga entre en razón, y nos rinda su arisca voluntad. Así lo pedimos a Dios en nuestras oraciones mi hermano y yo, confiando en que Su Divina Majestad no nos llevará de esta vida sin que veamos unidas las gloriosas casas de Idiáquez y Castro-Amézaga.
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De la señora Marquesa de Sariñán a Doña María Tirgo
Cintruénigo 1º de Marzo.
Amada Mariquita: Por desgracia nuestra, de cosas muy diferentes de las que contiene tu carta tengo que hablarte en esta mía, que escribo en la mayor desolación. Si no ha llegado a vuestra noticia la grande novedad de acá, sabe que nuestro pobre D. Beltrán, arrastrado lejos de su casa por el desatino de su imaginación, ha tenido el triste fin que Dios reserva a los cortos de juicio y anchos de ambiciones. El infeliz anciano, que a nadie quería someterse, ha perecido en el primer tropiezo de sus descarriadas aventuras. Llegó sin novedad a Caspe, donde fue alojado por el amigo Don Blas; de allí se trasladó a la villa de Alcañiz; partió después en dirección desconocida, a pie, sin más compañía que la de uno de los chicos que llevó de aquí, y antes de que supiéramos el objeto que en tal correría le guiaba, hemos sabido que, cogido por los carlistas en las inmediaciones de un pueblo que llaman la Codoñera, fue llevado a Valderrobles, donde recibió bárbara muerte. Ya puedes figurarte nuestra consternación al tener conocimiento de esta tragedia, castigo superior a los yerros del primer noble de Aragón. Purificado por su martirio, Dios le habrá acogido en su santo seno. Era D. Beltrán quisquilloso y díscolo, y además el primer manirroto que se ha conocido desde Moncayo al Pirineo; mas no se le podían echar en cara bajas acciones. Teníamos nuestras disidencias, eso sí, por ser mi carácter totalmente distinto del suyo; reñíamos con más acritud que saña por la cosa más ligera; mas nuestras reyertas no tenían hiel; eran como un bromear algo vivo, y nada más. Él me llamaba a mí Doña Urraca, zahiriendo con este nombre mis hábitos de arreglo; yo le llamaba a él Don Gastón... Pues me pesa, sí, pésame haberle dado este mote, que expresa nobleza y vicio de prodigalidad. ¡Pobre señor, pobre viejo... y cómo se acordaría de la paz y el regalo de su casa; cómo nos echaría de menos en el desamparo, en las agonías de aquella muerte inicua! ¡Que mis lágrimas le hayan suavizado el camino para subir hasta la Bienaventuranza eterna; que Dios haya tenido en cuenta sus cualidades generosas, su hidalguía y demás prendas de caballero!
Pasados los primeros instantes de nuestro duelo angustioso, determinó Rodrigo que las exequias fueran solemnísimas y de nunca vista suntuosidad, como a tan esclarecido difunto correspondía. Ayudados por nuestro buen amigo y capellán el párroco de esta villa, que deploraba no tener a su disposición todo el golpe de clerecía que para el caso era menester, expedimos propios a Tarazona y Calahorra solicitando la asistencia de los excelentes amigos de la casa en aquellas insignes diócesis, y gracias a esto hemos tenido la satisfacción de ver en nuestra parroquial de San Juan veintitantos señores canónigos, abades y racioneros, sin contar con los cantores y músicos que reunimos, agregando a los de aquí los de la colegial del Santo Sepulcro de Tarazona. Con tal concurso de señores sacerdotes, ya puedes figurarte la magnificencia de las honras, y la edificación y devoción con que a ellas asistió todo el pueblo. Ofició el señor arcediano de Tarazona, D. Froilán Calixto, a quien conoces, asistido del doctor D. Juan Crisóstomo de Montestrueque, canónigo entero de la colegial de Borja, y D. Francisco Viruete, racionero medio de Calahorra. Entre los que concurrieron, citaré los más granados: el doctor D. Pedro de Clavería, abad del Burgo de Alfaro y canónigo entero patrimonial; el arcediano de Berberiego, D. Roque Tricio; D. Miguel de Paternina, vicario y teniente foráneo; D. Alonso de Herce, prior y canónigo medio de la colegial de Albelda; D. Ventura de Armañón, canónigo cuarto de frutos en la colegial de Nájera; el chantre de Tarazona, D. Juan Clúa; el provisor y vicario general, D. Francisco Tris; el prior del Santo Sepulcro de Jerusalén de Tarazona, y alguno más que se me olvida, de fijo, pues mi cabeza, como puedes suponer, con el barullo de estos días, no anda tan firme como yo quisiera. Tenemos la satisfacción de que no se han visto por acá funerales más lucidos; no los llevara mejores ni con más decoro de personal un infante de España, y si nuestro pobre Don Gastón los viese, él, tan amigo de la pompa en los actos públicos, habría quedado muy satisfecho. Por causa de sus achaques no pudo asistir el prelado de Tarazona; pero nos escribió una dulce y consoladora carta, que nos fue de grandísimo consuelo, por su ausencia. Nada quiero decirte de la hermosura y alteza del túmulo, ni de la prodigiosa cantidad de cera que en torno de él ardía, dándole apariencias de monte de plata y oro refulgente: en ello puso sus cinco sentidos nuestro buen párroco D. Mateo Palomar, que mandó construir la carpintería del catafalco, y colgó en ella los paños más ricos, con bordados y flecos, que facilitan las monjas de la Trinidad de esta villa. En fin, Mariquita mía, que todo se ha hecho noblemente, como nos correspondía, y Rodrigo y yo estamos muy aliviados de nuestra tristeza con la satisfacción de haber cumplido este deber, sin que nos duela el excesivo dispendio ante tan sagradas obligaciones. Rodrigo, que lleva cuenta minuciosa de todo, me ha dicho que sólo la traída de los cantores de Tarazona y el emolumento de los de aquí monta mil trescientos veintisiete reales... A este respecto, figúrate lo demás.
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De D. José María de Navarridas al Excmo. Sr. Marqués de Sariñá
La Guardia, 16 de Marzo.
Ilustre amigo y dueño mío: ¡Que no fuera este papel ave ligerísima, que de un vuelo llegase a las nobles manos de usted, y con ella mi alegría, mi felicitación, mis gritos de júbilo! Pero no, no seré yo el primero que a Cintruénigo comunique la fausta nueva, pues ya por diferentes conductos sabrán ustedes que nuestro D. Beltrán vive, que fue mentirosa la noticia de su fusilamiento. Acábese el duelo; huya la tristeza de la ilustre morada, y las campanas que días ha sonaron con fúnebre clamor, repiquen ahora con toque de triunfo y alborozo. ¡Ay, qué alegría tan grande, mi Sr. D. Rodrigo! ¡Mi señora Doña Juana Teresa, yo estoy loco de contento!... Abrácenme ustedes, abracémonos todos en espíritu, ya que a tan larga distancia no podemos hacerlo corpóreamente, y juntemos y confundamos nuestro gozo en una sola exclamación: «¡Ay, qué felicidad!...». Ha deshecho la impostura mi amigo y ahijado Nicasio Pulpis, de quien acabo de recibir carta en que me notifica el falso rumor de la muerte de Don Beltrán en la Codoñera, agregando que fue equivocación o trastrueque de nombres. Bueno y sano estaba el prócer en Utiel y muy considerado de Cabrera, que le sentaba todos los días a su mesa y no hacía nada sin consultarle. Incluyo la carta de Pulpis para que ustedes gocen en su lectura y lloren sobre ella de alegría, como he llorado yo. Esta resurrección de nuestro anciano viene a confirmar la idea que con tanta gracia como tesón solía manifestar, y era que él tenía hecha la contrata o asiento de un siglo de vida, y que, por tanto, lleva forrado el cuerpo con una costra de confianza que no traspasan balas ni epidemias. El cólera le mira con miedo, y la muerte vuelve la vista cuando a su lado pasa. ¡Viva, pues, D. Beltrán, y viva con su pepita, con los defectillos y púas de su carácter, los cuales no empecen para que le admiremos y le queramos todos! Bien sé que ustedes le adoran. ¿Cómo no, si es tan bueno, aunque pródigo? Y mi Sr. Don Rodrigo, penetrándose bien de la lección que nos dio Nuestro Divino Maestro en su admirable parábola, dirá: «Traed un ternero cebado, y matadlo y comamos, porque este mi abuelo era muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido hallado».
Ya sabrán ustedes que el día 6 le hice mi funeral, todo lo que aquí puede hacerse, y entre los coadjutores y yo le hemos aplicado como unas nueve misas. Nada de esto vale. Mejor. Dios quiere que el Sr. D. Beltrán el Grande nos entierre a todos... Cedo pluma y papel a mi señora hermana, que me da prisa para tomar su vez en la demostración de nuestro júbilo por el feliz suceso. Vivan todos mil años, repite, besando las manos de usted, su muy obligado servidor y capellán, -José M. de Navarridas.
Table of contents
Inside this edition
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- 03III
- 04IV
- 05V
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- 11XI
- 12XII
- 13XIII
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- 17XVII
- 18XVIII
- 19XIX
- 20XX
- 21XXI
- 22XXII
- 23XXIII
- 24XXIV
- 25XXV
- 26XXVI
- 27XXVII
- 28XXVIII
- 29XXIX
- 30XXX
- 31XXXI
- 32XXXII
- 33XXXIII
- 34XXXIV
- 35XXXV
- 36XXXVI
- 37XXXVII
- 38XXXVIII
- 39XXXIX
- 40XL
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