Spanish Edition
Literature
La madre Naturaleza
Spanish BooksWhale Edition by Emilia Pardo Bazán
Una novela naturalista sobre herencia, deseo, paisaje gallego, familia y fuerza de la naturaleza.
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Book introduction
La madre Naturaleza
La madre Naturaleza continúa el mundo de Los pazos de Ulloa y sitúa a sus personajes bajo la presión del paisaje, la herencia y el deseo. Pardo Bazán combina naturalismo, análisis moral y ambiente gallego para explorar cómo la naturaleza y la sociedad modelan la conducta humana.
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Emilia Pardo Bazán murió en 1921, y La madre Naturaleza se publicó en 1887. Estas fechas respaldan el dominio público del texto español original.
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La madre Naturaleza
Emilia Pardo Bazán
I
Las nubes, amontonadas y de un gris amoratado, como de tinta desleída,
fueron juntándose, juntándose, sin duda á cónclave, en las alturas del
cielo, deliberando si se desharían ó no se desharían en chubasco.
Resueltas finalmente á lo primero, empezaron por soltar goterones
anchos, gruesos, legítima lluvia de estío, que doblaba las puntas de las
yerbas y resonaba estrepitosamente en los zarzales; luego se apresuraron
á porfía, multiplicaron sus esfuerzos, se derritieron en rápidos y
oblicuos hilos de agua, empapando la tierra, inundando los matorrales,
sumergiendo la vegetación menuda, colándose como podían al través de la
copa de los árboles para escurrir después tronco abajo, á manera de
raudales de lágrimas por un semblante rugoso y moreno.
Bajo un árbol se refugió la pareja. Era el árbol protector magnífico
castaño, de majestuosa y vasta copa, abierta con pompa casi
arquitectural sobre el ancha y firme columna del tronco, que parecía
lanzarse arrogantemente hacia las desatadas nubes: árbol patriarcal, de
esos que ven con indiferencia desdeñosa sucederse generaciones de
chinches, pulgones, hormigas y larvas, y les dan cuna y sepulcro en los
senos de su rajada corteza.
Al pronto fué útil el asilo: un verde paraguas de ramaje cobijaba los
arrimados cuerpos de la pareja, guareciéndolos del agua terca y furiosa;
y se reían de verla caer á distancia y de oir cómo fustigaba la cima del
castaño, pero sin tocarles. Poco duró la inmunidad, y en breve comenzó
la lluvia á correr por entre las ramas, filtrándose hasta el centro de
la copa y buscando después su natural nivel. Á un mismo tiempo sintió la
niña un chorro en la nuca, y el mancebo llevó la mano á la cabeza,
porque la ducha le regaba el pelo ensortijado y brillante. Ambos
soltaron la carcajada, pues estaban en la edad en que se ríen lo mismo
las contrariedades que las venturas.
--Se acabó...--pronunció ella cuando todavía la risa le retozaba en los
labios.--Nos vamos á poner como una sopa. Caladitos.
--El que se mete debajo de hoja dos veces se moja--respondió él
sentenciosamente.--Larguémonos de aquí ahora mismo. Sé sitios mejores.
--Y mientras llegamos, el agua nos entra por el peszcuezo, y nos sale
por los pies.
--Anda, tontiña. Remanga la falda y tapémonos la cabeza. Así, mujer,
así. Verás qué cerquita está un escondrijo precioso.
Alzó ella el vestido de lana á cuadros, cubriendo también á su compañero
y realizando el simpático y tierno grupo de Pablo y Virginia, que
parece anticipado y atrevido símbolo del amor satisfecho. Cada cual asió
una orilla del traje, y al afrontar la lluvia, por instinto juntaron y
cerraron bajo la barbilla la hendidura de la improvisada tienda, y sus
rostros quedaron pegados el uno al otro, mejilla contra mejilla,
confundiéndose el calor de su aliento y la cadencia de su respiración.
Caminaban medio á ciegas, él encorvado, por ser más alto, rodeando con
el brazo el talle de ella, y comunicando el impulso directivo, si bien
el andar de los dos llevaba el mismo compás.
Poco distaba el famoso escondrijo. Sólo necesitaron para acertar con él
bajar un ribazo, resbaladizo por la humedad, y lindante con la
carretera. Coronaban el ribazo grandes peñascales, y en su fondo existía
una cantera de pizarra, ahondada y explotada al construirse el camino
real, y convertida en profunda cueva; excelente abrigo para ocasiones
como la presente. Abandonada hacía tiempo por los trabajadores la
cantera, volvía á enseñorearse de ella la vegetación, convirtiendo el
hueco artificial en rústica y sombrosa gruta. En la cresta y márgenes
del ribazo crecía tupida maleza, y al desbordarse, estrechaba la entrada
de la excavación: al exterior se enmarañaba una abundante cabellera de
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El cuarto que dió Juncal á su huésped era en la planta baja, cerca del
comedor, y tenía puertecilla de salida á una especie de patio ó corral,
donde por el día escarbaba media docena de gallinas á la sombra de un
emparrado. Don Gabriel, al retirarse después de una cena no menos
regalada que la comida, sintió deseo de respirar el aire fresco de la
noche; apagó la vela, y alzando el pestillo se encontró en el corral.
Sentóse en el banco de piedra entoldado por la parra, y encendiendo un
papelito y recostándose en la pared, tibia aún del sol de todo el día,
empezó á mirar á la oscuridad. La cual era completa, intensísima, sin
que la disipase estrella alguna; una de esas noches como boca de lobo,
en que le parece á uno más infinito el espacio, más alto é inaccesible
el cielo, y la tierra menos real, pues al perder sus apariencias
sensibles, sus variadísimas formas y colores, diríase que se funde y
desvanece, sin que en ella quede existente más que nuestra imaginación
soñadora.
En aquellas remotas y negras profundidades nada vió al pronto don
Gabriel, pero al poco rato, fuese merced á los generosos espíritus del
añejo ron de Juncal, ó á que era para don Gabriel uno de esos momentos
en que hace crisis la vida del hombre, y éste se da cuenta exacta de que
entra en un camino nuevo y el porvenir va á ser muy diferente del
pasado, comenzó á alzarse del oscuro telón de fondo una especie de
niebla mental, una nube confusa, blanquecina primero, rojiza después, y
en ella se delinearon y perfilaron cada vez con mayor claridad escenas
de su existencia.
Primero se vió niño, en un gran caserón de un pueblo triste, pero no en
brazos de su madre, pues no recordaba haberla conocido jamás, sino en
los de otra niña casi tan chica como él. Aquella niña era pálida; tenía
los ojos grandes y negros, y algo bizcos; solía estar malucha; pero,
sana ó enferma, no se apartaba una línea de él. Acordábase de que le
llamaba _mamita_, y la hacía rabiar y desquerer con sus travesuras. Un
recuerdo sobre todo estaba fijo en su mente. Además de la niña pálida,
vivían en el caserón otras niñas sonrosadas, enredadoras y alegres, que
le trataban con menos blandura, y aun le cascaban las liendres con el
menor pretexto. Un día--podría tener entonces Gabriel cinco años,--se le
había ocurrido entrar en el cuarto de la mayor de sus hermanas, Rita, la
cual poseía un canario domesticado que cantaba á maravilla y á quien
llamaban _el músico_. Gabriel se moría por el canario, y soñaba siempre
con imitar á Rita: sacarlo de la jaula, montarlo en el dedo, darle
azúcar, y que se pusiese á redoblar y trinar allí. ¡Era tan gracioso
cuando meneaba la cabecita á derecha é izquierda, cuando se sacudía
erizando las plumas de oro! Para lograr su deseo, aprovechaba la ocasión
de un domingo por la mañana: todo el mundo estaba en misa: momento
decisivo y supremo. Escurríase al cuarto de su hermana, y divisaba la
jaulita de alambre azul balanceándose ante la vidriera, con su hoja de
lechuga entre los hierros, y el pájaro que saltaba de la varilla
central, descendía al comedero á triturar un grano de alpiste, y vuelta
á la varilla. Contempló ansiosamente el lindo avechucho. ¿Cómo llegarle?
Ocurriósele una idea luminosa. Poner una silla sobre la cómoda de su
hermana. Mi dicho, mi hecho. Colocarla más ó menos trabajosamente,
trepar, encaramarse, echar mano al garfio que sujetaba la jaula, todo se
hizo en un verbo. Sólo que la silla, mal afianzada no conservó el
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Primero se bajó de un salto Perucho, y tendiendo los brazos, recibió á
Manuela, á quien sostuvo por la cintura. Cayó la chica con las sayas en
espiral, dejando ver hasta el tobillo su pie mal calzado con zapato
grueso y media blanca. Al punto mismo de saltar vió al desconocido, y se
detuvo como indecisa. Perucho también pegó un respingo de animal montés
que encuentra impensadamente al cazador. Gabriel clavó en su rostro la
mirada, impulsado por ansia secreta é indefinible de saber si merecía su
fama de belleza física el que él llamaba entre sí, con asomos de
humorismo, el bastardo de Moscoso.
Para el escultor y el anatómico, belleza era, y de las más perfectas y
cumplidas, aquel cuerpo bien proporcionado y mórbido, en que ya, á pesar
de la juventud, se diseñaban líneas viriles, bien señaladas paletillas,
vigorosos hombros, corvas donde se advertía la firmeza de los tendones;
y rasgo también de belleza clásica y pura, la poderosa nuca redondeada,
formando casi línea recta con la cabeza y cubierta de un vello rojizo;
el trazo de la frente que continuaba sin entrada alguna; la vara de la
correcta nariz; los labios arqueados, carnosos y frescos como dos
mitades de guinda; las mejillas ovales, sonrosadas, imberbes; la nariz y
barba que ostentaban en el centro esa suave pero marcada meseta ó
planicie que se nota en los bustos griegos, y que los artistas modernos
no encuentran ya en sus modelos vulgares, y por último el monte de
bucles, digno de una testa marmórea, de los cuales dos ó tres se
emancipaban hasta flotar sobre las cejas y estorbar á los ojos.
Para Gabriel, más pensador é idealista que artista y pagano, y además
hombre moderno en toda la extensión de la palabra, aficionado á la
expresión, prendado sobre todo, en el sexo varonil, de las cabezas
reflexivas, de las frentes anchas en que empieza á escasear el cabello,
de las fisonomías que son una chispa, una llama, una idea hecha carne,
que habla por los ojos y se imprime en cada facción y se acentúa
enérgicamente en la ahorquillada ó puntiaguda barba, de los cuerpos en
que la disposición atlética y la hermosura de los miembros se disimula
hábilmente bajo la forma de la vestidura usual entre gente bien educada;
para Gabriel, decimos, fuese por todas estas razones ó por alguna otra
que ni él mismo entendía, no solamente resultó incomprensible la lindeza
de Perucho, sino que á pesar de su predisposición á la simpatía, sobre
todo hacia la gente de posición inferior á la suya, le pareció hasta
antipática é irritante aquella cabeza de joven deidad olímpica, aquella
frescura campesina y tosca, aquella cara tallada en alabastro, pero
encendida por una sangre moza y ardiente, savia vital grosera y propia
de un labriego (así pensaba Gabriel); y sobre todo aquellos modales
aldeanos, aquel vestir lugareño, aquella extracción evidentemente
rústica, revelada hasta en el modo de andar y en el olor á campo que le
había comunicado la mies.
En cambio--¡oh transacciones de la estética!--Gabriel se indignó de que
alguien hubiese dudado de la hermosura de Manolita. ¡Manolita! Manolita
sí que era guapa. Así como á Perucho se le estaba despegando la
americana y el pantalón, y su musculatura pedía á voces el calzón de
estopa de los gañanes que erigían la meda, á Manolita (seguía pensando
Gabriel) no le cuadraba bien el pobre vestidillo de lana, y su fino
talle y su airosa cabecita menuda reclamaban un traje de _cachemir_ de
corte elegante y sencillo, un sombrero _Rubens_ con plumas negras--que
lo llevaría divinamente.--¿Parecido con su madre? Sí; mirándola bien, se
parecía, se parecía mucho á la inolvidable _mamita_; los mismos ojazos
negros, las mismas trenzas, la frente bombeada, el rostro larguito...
Table of contents
Inside this edition
- 01Full text
- 02VIII
- 03XIII
- 04XVII
- 05XVIII
- 06FIN DEL TOMO PRIMERO
- 07BIBLIOTECA DE NOVELISTAS ESPAÑOLES
- 08TOMOS PUBLICADOS
- 09EN PRENSA:
- 10LA MADRE NATURALEZA ES PROPIEDAD
- 11NOVELISTAS ESPAÑOLES CONTEMPORÁNEOS
- 12MADRE NATURALEZA
- 13(2.ᴬ PARTE DE LOS PAZOS DE ULLOA)
- 14EMILIA BARDO BAZÁN
- 15TOMO II
- 16BARCELONA
- 17XXII
- 18XXIII
- 19XXIV
- 20XXVI
- 21XXVII
- 22XXVIII
- 23XXIX
- 24XXXI
- 25XXXII
- 26XXXIII
- 27XXXIV
- 28XXXV
- 29XXXVI
- 30FIN DEL TOMO SEGUNDO Y ÚLTIMO
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