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Spanish Edition

Literature

Los majos de Cádiz

Spanish BooksWhale Edition by Armando Palacio Valdés

Los amores de Soledad se cruzan con celos, orgullo y rivalidades en el mundo popular y marinero de Cádiz.

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Book introduction

Los majos de Cádiz

Armando Palacio Valdés sitúa a Soledad, Velázquez y Uceda en una Cádiz de trabajo, fiestas, conversaciones y tensiones amorosas. La descripción de las costumbres acompaña el conflicto entre deseo, posesión y libertad personal. El texto español conserva el prólogo del autor sobre la composición novelística y los dieciséis capítulos de esta novela de ambiente gaditano.

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Armando Palacio Valdés falleció en 1938; la obra se publicó en 1896. Se utiliza el texto original español digitalizado por Project Gutenberg, sin publicidad, ilustraciones ni anotaciones editoriales.

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Preview chapterPRÓLOGO Observaciones acerca de la composición en la novela. — IRead preview

Para el lector aficionado á razonar el arte y discutir su técnica escribo estas breves líneas. Páselas por alto quien sólo aspire á sentirlo, seguro de que nada perderá en ello: mi simpatía, como la de todo artista, estará siempre con él. Porque sólo una imaginación fresca exenta de conceptos retóricos puede gozar realmente las obras poéticas, respirar con libertad en el mundo de la fantasía. Además, dígase lo que se quiera, á ningún maese Pedro le place mostrar por dentro el retablo de las figuras con sus jarcias y resortes; y si alguna vez lo hace, suele ser apretado por el deseo de defenderse de los pecados que le atribuyen ó de prevenir al público contra los errores de una crítica precipitada ó desleal. No es esto, sin embargo, lo que me impulsa á escribir el presente prólogo, como tampoco me ha movido á escribir el que años ha puse al frente de mi novela La Hermana San Sulpicio. En España, afortunadamente, apenas si existe la crítica, y el autor de novelas goza de aquella paz profunda, de aquella amable serenidad de que gozaron en las primeras edades del mundo Valmiky y Homero para escribir sus inmortales poemas. La única razón que hallo en mi espíritu (aparte de cierta manía didáctica que me ha quedado de los años de adolescencia, cuando con mi dedo infalible señalaba á los autores la ruta que debían seguir) es la contradicción en que me reconozco con los gustos y tendencias que dominan actualmente lo mismo en las artes plásticas que en la poesía. Esta contradicción me atormenta sobremanera, porque me hace dudar de mí mismo. Derramo la vista por Europa y no veo en la pintura y en la poesía más que escenas lúgubres y prosaicas, no escucho sino acentos de muerte. De las estepas de la Rusia llegan delirios místicos que entusiasman al pueblo de Molière, de Rabelais y de Voltaire. De aquí surgen análisis indigestos, obscenidades escandalosas que seducen á los hijos de Cervantes; por último, el viento glacial de la Noruega nos envía en forma dramática aéreos simbolismos que estremecen de gozo á la Italia, ¡á la Italia, donde han nacido Virgilio y Petrarca, Rafael y Tiziano! Naturalistas, místicos, decadentistas, ibsenistas, simbolistas en la poesía; luministas, azulantes, metalistas en la pintura. El arte se me representa como un inmenso ataque de nervios, los artistas como locos unas veces, otras como charlatanes que disfrazan su impotencia con afectaciones monstruosas y se aprovechan hábilmente de la perversión general del gusto; el público estragado por ellos y por el utilitarismo reinante, sin criterio para distinguir lo bello y lo sano de lo feo y absurdo.

Al observar mi naturaleza en contradicción tan radical con el espíritu de la época me asalta el temor de padecer una aberración mental: hay momentos en que me figuro ser uno de esos infelices degenerados incapaces de «adaptarse al medio» que tan bien pintan los modernos filósofos de la escuela positiva, y me estremezco y me abato, y me propongo en término no lejano someterme á un tratamiento terapéutico adecuado. Es posible que con las duchas, la nuez de Kola y el vino ferruginoso, los dramas noruegos me parezcan tan interesantes como los de Shakspeare, Calderón ó Schiller, los místicos rusos tan profundos como Platón y Spinoza, las novelas de la escuela naturalista tan bellas como las de Longo, Cervantes y Goethe, los cuadros de los decadentistas franceses mejores que los de Rubens y Velázquez. Pero mientras llega la hora feliz de regenerarme hasta donde sea posible, pido permiso para exponer algunas observaciones críticas acerca del arte de escribir novelas. Voy á aventurar ciertas hipótesis que constituyen el fondo mismo de mi inspiración, lo que hasta ahora me ha sostenido y consolado en la ya larga labor que he llevado á término. Absurdas ó verdaderas, yo las amo. Sólo pido al lector que antes de condenarlas al desprecio las medite un instante.

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Dirijamos una mirada á la historia del arte. Hay un hecho que desde luego llama poderosamente la atención: la fecundidad prodigiosa de ciertas épocas y la esterilidad de otras. En el período de poco más de un siglo que media entre Fidias y Praxiteles nacen en el suelo reducido de la Grecia centenares de escultores, la mayor parte desconocidos para nosotros, pero cuyas obras, carcomidas y mutiladas como salen de entre los escombros, nos llenan de admiración y alegría. En un período de cincuenta ó sesenta años del siglo XV brilla en el país de Flandes legión numerosa de grandes pintores, cuyos cuadros, si alguien ha igualado, nadie ha sobrepujado jamás. Apágase momentáneamente la inspiración de los artistas flamencos en el siglo XVI y se traslada á Italia, donde viven y trabajan á un mismo tiempo algunas docenas de genios portentosos, cada uno de los cuales bastaría para ilustrar un siglo. Torna la mágica fuerza en el siglo XVII á los Países Bajos y produce esa maravillosa explosión donde los pintores ya no se cuentan por cientos, sino por millares. Nuestra patria se siente arrastrada por Italia y por Flandes al cielo de la belleza, y hace brotar de su seno la famosa escuela española con Zurbarán, Ribera, Velázquez y Murillo. ¿No es verdad que parece un contagio? De pronto aquel sol esplendoroso se eclipsa y quedamos dos siglos en oscuridad y tristeza. Sólo tal cual artista, aproximándose, aunque sin igualar jamás á aquellos genios, brilla como estrella solitaria y melancólica.

Las explicaciones que los historiadores del arte suelen dar á este hecho sorprendente nunca me han satisfecho. La aparición del arte como una consecuencia natural del engrandecimiento material de los países, como la flor de la civilización, que es la teoría hoy predominante, no hace más que agregar un hecho á otro hecho sin explicar ninguno de los dos. Supongamos cierto que el arte se produce necesariamente cuando los países alcanzan cierto grado de prosperidad, cuando el hombre, después de haber allanado los obstáculos que la naturaleza le oponía para su subsistencia, queda desahogado y puede gozar en calma de la vida. Pero la dificultad queda en pie. ¿Por qué en ciertas épocas de prosperidad nacen muchos y grandes artistas, y en otras de tanta ó mayor opulencia no nace ninguno? Nadie puede dudar que en la actualidad existen en el mundo países ricos y prósperos donde la civilización ha subido á una altura desconocida en la historia, donde la vida es fácil, segura, cómoda. Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y los Estados Unidos de América son testimonios innegables de esta afirmación. Además, en ninguna época conocida de la historia los artistas han podido trabajar con más seguridad ni han encontrado un público tan numeroso ni tan solícito para recompensarlos. Compárese lo que hoy gana cualquier pintor, por poco que se distinga, con lo que obtenían por sus obras Velázquez ó Rembrandt. Compárese la consideración y el respeto de que hoy gozan los artistas, hasta el punto de formar una aristocracia tan elevada y orgullosa como la de la sangre, con la protección desdeñosa que los próceres de otros siglos les dispensaban y el humillante jornal que algunos reyes solían otorgarles. ¿Qué momento más favorable puede ofrecerse para que la flor de la poesía abra sus pétalos á la luz y ostente sus colores más brillantes? Gloria, dinero, seguridad, todo lo posee hoy el artista que sepa distinguirse. ¡Y, sin embargo, nuestros pintores y escultores no pueden compararse á los de otras épocas! La música, que es el arte más moderno, se encuentra hace años ya en absoluta decadencia; la literatura, como luego demostraré, igualmente.

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La novela es un género comprensivo que participa de la naturaleza de la epopeya, de la del drama y que no pocas veces también entra en los dominios de la poesía lírica. Tal amplitud permite al escritor una gozosa libertad, que no disfrutan los que cultivan otros géneros más definidos. No sólo se le exime del lenguaje rítmico, sino de aquellas otras trabas con que la retórica dogmática ha atormentado hasta ahora á los poetas épicos y líricos. La novela, en su esencia, rechaza toda definición: es lo que el novelista quiere que sea. Pero tanta independencia trae, como es lógico, aparejada una mayor responsabilidad: ya que tanto se le perdona al novelista, menester es que su invención no desmaye jamás: de todo se le exime menos del ingenio. El novelista tiene la obligación ineludible de no fatigar jamás al lector, de mantener su atención despierta, sujeto su espíritu por lazos invisibles para hacerle viajar sin sentirlo por el mundo imaginario. ¡Cuán poco nos acordamos los que escribimos novelas de este primer requisito de toda composición romancesca! La mayor parte de las veces parece que, en lugar de interesar al lector y recrear su espíritu, nos proponemos acabar con su paciencia.

La composición es el escollo en que tropiezan la mayor parte de los autores de novelas. Hay bastantes capaces de representarse la belleza y el interés que ofrece la vida con sus contrastes, dotados de rica fantasía, de penetración y de estilo; pero son á mi juicio muy pocos los que en la actualidad saben componer un libro. No acontece esto porqué la cualidad de componer sea superior ó más rara que las otras, sino porque los autores no fijan en ello la atención como debieran. Preguntaban á Newton en cierta ocasión: ¿Cómo ha llegado usted á descubrir la ley de la gravitación? A lo que el sabio respondió modestamente: «Pensando en ello». Si los novelistas pensasen más en la perfección de sus obras y menos en ostentar á todo trance las cualidades de que se creen poseedores, ó en producir ruido, imagino que aquéllas serían más bellas y duraderas. Para ello lo primero que debieran representarse es que una novela es una obra de arte; por lo tanto, una obra donde la armonía es lo esencial. Esta armonía la encuentra naturalmente el artista que sabe limitar sus concepciones y concentrar los tesoros de su fantasía exhibiendo de ellos lo que hace falta y nada más. ¿Excluye tal limitación la riqueza del fondo, la pintura viva de los pormenores, el sentimiento de los matices, la delicadeza para apreciar las relaciones más sutiles de la vida? Estoy muy lejos de pensarlo. Todo eso puede subsistir perfectamente dentro de unos contornos precisos. Basta que el novelista sienta la necesidad de la claridad y la medida.

El hombre es un ser limitado y, por lo mismo, todo lo que de él proceda ha de ser limitado también. Porque el fondo de la obra de arte, que es la belleza ideal, carezca de límites no debe imaginarse que su expresión plástica ó conceptiva pueda sustraerse á ellos. La belleza se expresa eternamente en la naturaleza de un modo definido, claro, concreto. En el arte debe acaecer lo mismo. Hay muchos artistas que ignoran esta gran verdad; se figuran que dejando inciertos los contornos de su obra se emancipan de la limitación que constituye su ser, se aproximan mejor á la sublimidad y grandeza del ideal. Es un error de óptica por el cual se engañan á sí mismos y engañan á los demás. Así sucede que cuando aparece una de esas obras aparatosas, enormes, enfáticas, envueltas de vaguedad y misterio, con aspiraciones simbólicas y místicas, como muchas de la escuela romántica pasada y casi todas las de los naturalistas, simbolistas y decadentistas modernos, el público se estremece, imagina que detrás de aquellas nieblas hay un inefable misterio, que se va á descubrir al fin y contemplar el eterno ideal, y corre afanoso á presenciar el milagro; pero ¡ay! no tarda en volver mustio y desengañado, porque detrás de tanto aparato no ha visto absolutamente nada. La obra portentosa se hunde muy pronto en el olvido, mientras la obra bien definida, clara y armónica, como la Odisea, las Siracusanas de Teócrito, el Hermann y Dorotea de Goethe, sigue por los siglos de los siglos fresca como una rosa, reflejando la inmortal belleza del universo.

Table of contents

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  1. 01PRÓLOGO Observaciones acerca de la composición en la novela. — I
  2. 02II
  3. 03III
  4. 04IV
  5. 05I El viajero.
  6. 06II Los majos.
  7. 07III Soledad.
  8. 08IV Velázquez.
  9. 09V Celos.
  10. 10VI Disputa.
  11. 11VII El columpio.
  12. 12VIII Crisis.
  13. 13IX El Carnaval.
  14. 14X Rebelión.
  15. 15XI Sumisión.
  16. 16XII La maga.
  17. 17XIII Antoñico.
  18. 18XIV La boda de Pepa.
  19. 19XV Noche gaditana.
  20. 20XVI Despedida.

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