
Spanish Edition
Literature
Memorias de un cortesano de 1815
Spanish BooksWhale Edition by Benito Pérez Galdós
Un cortesano narra su ascenso entre favores e intrigas, mientras el Madrid de Fernando VII revela sus lealtades cambiantes.
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Memorias de un cortesano de 1815
Memorias de un cortesano de 1815 lleva los Episodios nacionales al ambiente de la corte de Fernando VII. Galdós presenta un narrador atento a los favores, las apariencias y los mecanismos del poder, cuya trayectoria permite observar el oportunismo de la vida política. Los veintiséis capítulos combinan memoria ficticia, ironía y escenas madrileñas, con el regreso de Napoleón como parte del horizonte histórico.
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Benito Pérez Galdós murió en 1920; la obra se publicó por primera vez en 1875. Esta edición utiliza el original español de dominio público, sin notas ni añadidos editoriales modernos.
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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, doy principio a la historia de una parte muy principal de mi vida; quiero decir que empiezo a narrar la serie de trabajos, servicios, proezas y afanes, por los cuales pasó, en poco tiempo, desde el más oscuro antro de las regias covachuelas, a calentar un sillón en el Real Consejo y Cámara de Castilla.
Abran los oídos, y escuchen, y entiendan cómo un varón listo y honrado podía medrar y sublimarse por la sola virtud de sus merecimientos, sin sentar el pie en los tortuosos caminos de la intriga, ni halagar lisonjero las orejas de los grandes con la música de la adulación, ni poner tarifa a su conciencia, o vil tasa a su honor, cual suelen hacer los menguados ambiciosillos del día, después que las sanas costumbres, la modestia, la sobriedad y la cristiana mansedumbre han huido avergonzadas del mundo, y son tan míseros de virtud los tiempos, que no se encuentra un hombre de bien aunque den por él medio millón de pícaros vividores.
¡Bendito sea Dios, padre de los menesterosos, sustento de los débiles, proveedor de los hambrientos, aposentador de los desamparados, amparo de los desnudos, alivio de todos los pobrecitos que quieren ganarse la vida, y despensero de las hormigas, de los pájaros y de los pretendientes!... ¡Bendito sea Dios, digo, que me ha conservado mis sueldos, gajes, pensiones, viáticos, emolumentos y obvenciones, para que desahogadamente y sin importunos cuidados pueda contar todos los pasos de mi fabulosa carrera! ¡Oh! ¿Por qué he de ocultarlo? Carrera como la mía no la hicieron más de cuatro, desde que brotó en la fecunda tierra el tallo de los empleos públicos, y abrieron sus polvorientas corolas de papel los expedientes de Arbitrios, Propios, Tercias reales, Noveno, Pósitos, Paja y Utensilios, Frutos civiles, Mandas, Renta de la Abuela, Chapín de la Reina, y demás hierbas que componían el placentero jardín de la Administración.
Verdad es que, si a grandes altitudes llegué, buenos porrazos recibí en aquella bendita escala, luchando y desgreñándome a machacaliendres con los que querían subir antes que yo. Si mucho y rápidamente subí, agarreme también a buenos faldones. Y no se diga que manchan mi vida, como la de otros muy lucidos en sus carreras, acciones feas y vergonzosas. Eso no; que antes que nada es la inmaculada blancura de mi alma cristiana. Dios es testigo de que jamás metí la mano en bolsillo ajeno... ¡Jesús, qué horror! Antes me habría dejado tostar en parrillas que tomar de las arcas del Tesoro un ochavo de los que allí estaban, conforme a los libros de cuenta y razón... ¡Huye, Luzbel maldito! ¡Vade retro!... Detesto las violentas acciones, mayormente cuando al varón allegador y celoso de su propio bien, no faltan mil ingeniosos arbitrios, sutilezas prudentes y habilísimas industrias para remediar sus escaseces. No fui yo el inventor de tales alivios; que los aprendí de maestros muy doctos, cargados de emolumentos, veneras, excelencias, y que pasaban por las más firmes columnas del estado y de la Iglesia, de lo cual colijo que las trazas antedichas no debían de ser pecaminosas. Y no digo más por ahora, que a su tiempo y sazón se verán palmariamente las agudezas de mi ingenio, y el filósofo, así como el moralista, no podrán menos de aprobarlas.
«¿Y quién es usted?...» —preguntarán seguramente los que me leen—. Yo soy aquel —respondo— que en los primeros años de su vida administrativa se llamaba Juan Bragas, nombre que a decir verdad no se distingue por su música, ni tiene saborcillo de elegancia, ni sonsonete o cancamurria de nobleza; así es que, no bien comencé a sacar el pie del lodo, añadí al apellido de mis padres el lugar de mi nacimiento, por lo cual, siendo este Pipaón en Rioja de Álava, vine a llamarme don Juan Bragas de Pipaón. Sonaba esto pomposamente en mis orejas, y yo repetía en voz alta mi propio nombre para engreírme con su grandiosidad, la cual anunciaba por el solo efecto del silabeo la persona de un embajador, consejero de Indias, fiscal de la Rota o asistente de Sevilla. Más adelante, como el Bragas no me pareciese del mejor gusto, lo suprimí completamente, quedándome para el mundo presente y para la posteridad en don Juan de Pipaón, nombre breve y rotundo, que va dejando ecos armoniosos doquiera que se pronuncia, y al cual no le vendría mal la conterilla del marquesado o condado que tengo entre ceja y ceja.
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Y así seguía, soltando la abundosa vena de mi inspiración, para que sin tasa corriese, con lo cual se embobaba el vulgo, llegando mi fama como escritor hasta el punto de que un padre de la Merced, el venerable Salmón, dijese de mí que allá me iba con Cervantes en el manejo de la pluma. Pero la verdad es que mi genio me llamaba por caminos distintos de los de la literatura. ¿Se creerá que en aquella felicísima noche del 10 de mayo, no pudiendo contener mi exaltación en pro de Fernando, ni menos mi enojo contra los llamados mamones, me uní a los esbirros y jueces que iban de calle en calle prendiendo en sus casas a los famosos corifeos de las Cortes?
Uno de los jueces de policía era amigo mío, y también un oficial de los que mandaban la tropa encargada de proteger a los jueces. Fui, pues, de casa en casa, y no puedo dar idea de la indignación que ardía en mi alma contra aquellos bribones, a quienes era preciso buscar dentro de sus propias guaridas para prenderles. Era en realidad vergonzoso que varones tan eminentes como aquellos intachables jueces de policía, anduviesen, cual cuadrilleros de la Santa Hermandad, corriendo a caza de un Argüelles, de un Martínez de la Rosa, de un Calatrava... ¡Tunantes! ¡Cuándo recibieron ellos mayor honra que la de ser huroneados por individuos de toga, los cuales, en su desmedido ardor por la causa del rey, iban sudando gotas como puños; que tales angustias trae el oficio de polizonte!
La pesquería no fue mala, y si bien se nos escaparon Toreno, Antillón, Gallego y otros, cogimos a Argüelles (a quien no le valió su divinidad) en la calle de la Reina; a Gallardo, en la del Príncipe; a Canga Argüelles, en la misma calle y casa de San Ignacio; a Page, en la de Hita; a Cepero y a Martínez de la Rosa, en la calle de San José; a Larrazábal, en la de Jacometrezo; a García Herreros, en la plazuela de Celenque, y en diversos sitios que no recuerdo, a Quintana el Seminarista, a Feliú, Villanueva, Muñoz Torrero, Cano Manuel, Álvarez Guerra, O’Donojú, Capaz, Cuartero, a los cómicos Máiquez y Bernardo Gil, sin omitir al célebre Cojo de Málaga.
¡Oh, vil caterva de charlatanes! ¡Y qué bien os llegó vuestro San Martín! ¡Y con qué oportunidad y destreza fueron burladas vuestras malas artes, y destruidos vuestros planes diabólicos! Mala peste os consuma, y demos gracias a Dios que nos deparó el remedio contra tanta perfidia en la férrea mano de Eguía. Ni qué falta hacían en el mundo vuestros heréticos discursos, ni a cuenta de qué venía esa endiablada Constitución... ¡Ay! Aquella noche las almas se desbordaban de gozo, viendo destruida la infame facción, muerta la herejía, enaltecido el sacrosanto culto, restaurado el trono, confundidos volterianos y masones. Yo no cesaba de dar gracias a Dios por lo bien que conducía desde su celeste altura la empresa, y siempre que salíamos de una madriguera para entrar en otra, asegurado ya uno de los abominables delincuentes, me santiguaba devotísimamente, poniendo los ojos en el cielo, para que ni por un instante nos desamparase la bondad divina en tal trance, y llegáramos al fin de la jornada sin tropiezo alguno.
A medida que iban cayendo les llevábamos a la cárcel de la Corona y al cuartel de Guardias de Corps o a San Martín, donde quedaban encerrados. No hubo papel que no se guardase para dar luz sobre los procesos que se les iban a formar, porque habría sido en verdad lastimoso que las picardías de tanto malsín no tuviesen comprobación cumplida en los autos, para que a nadie quedara duda de sus maldades. Pues digo... si no se hubiera tenido mucho cuidado de cogerles los papeles, la justicia habría tenido que romperse los cascos par inventarlos después, lo cual es tarea larga y que da larga fatiga y quita mucho tiempo a los señores de la Comisión de Estado.
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¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!... Señor, ¿con qué lengua cantaré tus alabanzas? ¿Qué palabras hay que no sean pálidas y frías para expresar mi gratitud? En la humildad nací, y del muladar de mi oscura condición sacome tu mano poderosa para llevarme a los dorados alcázares, donde las grandezas humanas dan idea de las grandezas divinas. Mi corazón se estremece de gozo al recordar mi primer paso por la dorada senda.
Era un domingo; habían pasado algunos días después de la entrada del rey; funcionaba ya el nuevo ministerio; habían levantado su majestuosa cabeza, coronada con los laureles de cien siglos, el Real Consejo y Cámara de Castilla y la Sala de Alcaldes, cuando don Buenaventura (algún nombre he de dar a mi buen protector para que se le distinga entre los individuos de que haré mención) me llamó a su despacho, y melifluamente me habló así:
—Dime, Braguitas, en cuál oficina quieres colocarte, pues ya he dado tu nombre al ministro, y no falta más que saber tu deseo para satisfacerlo al punto.
—Señor —repuse—, como vayan por delante los veinte mil reales que Vuecencia me ha prometido, lo demás es cuestión secundaria. Sin embargo, mis aficiones...
—Ya sé que tú te inclinas a la Real Hacienda. Vas a lo positivo. ¿Te convendría la Caja de Amortización, los Pósitos, la Revisión de juros?...
—Iré, si Vuecencia no lo toma a mal, a Paja y Utensilios.
—Corriente... Mañana mismo tendrás tu nombramiento... Dime, ¿has llevado la carta a las monjas bernardas?
—Esta mañana.
—¿Me has limpiado las botas?
—Están como espejos.
—Bueno: antes de marcharte pídele a doña Nicanora los calzones y la casaca que te prometí ayer. Con un poco de obra quedarán ambas prendas como nuevas... Ahora necesitas cierta ostentación, Juan: es preciso que te presentes como corresponde a un señor oficial segundo de Paja y Utensilios, y lo primero que has de hacer es dar gracias al señor ministro...
—¿Las gracias?
—Seguramente. Ganabas cinco mil reales en las covachuelas de la secretaría de Gracia y Justicia, y de golpe y porrazo pasas con veinte mil a Paja y Utensilios...
Mortificado por mi dignidad, un poco ofendida, permanecí en silencio; pero el insigne repúblico debió de adivinar mis pensamientos con su seguro tino, y me dijo:
—¿Qué, no estás contento todavía? No sé en qué piensan los muchachos del día... Ya se ve... ¡los tiempos que corren y los escándalos de estos últimos años han despertado las ambiciones de tal modo!... En mis tiempos, lo que hoy se te da equivalía a un arzobispado de los de mejor renta.
—No me quejaré —repuse humildemente—, porque es propio de mi condición no pedir nada y aceptar lo que me dan; pero... si han de acomodarse las recompensas a los merecimientos...
—¡Tus merecimientos! —exclamó su señoría con desdén—. ¿Cuáles son? ¿Qué letras has cursado, perillán? ¿Qué tratados de materia jurídica o teológica has escrito? ¿Qué servicios has prestado a la Administración, bergante? ¿Qué ejércitos acaudillaste, zopenco, ni qué rey te debió la corona?
—Sobre eso hay mucho que hablar, señor don Buenaventura de mi alma —respondí con brío—. Si a todos se repartiera por igual, no me quejaría; pero se están viendo improvisaciones escandalosas. Ahí tiene usted a Antonio Moreno. ¿Qué era hace un mes? Ayuda de peluquero, pues ni siquiera podía llamarse maestro peluquero. ¿Qué es hoy?... Consejero de Hacienda.
Don Buenaventura calló. Le dejé suspenso y absorto.
—Es verdad —dijo al fin—. Ya lo sabía... pero eso no tiene nada de particular. Antonio Moreno era... un excelente profesor de cabezas... No debe olvidarse que en Valencia sirvió de amanuense cuando se redactó el célebre decreto del 4.
Table of contents
Inside this edition
- 01I
- 02II
- 03III
- 04IV
- 05V
- 06VI
- 07VII
- 08VIII
- 09IX
- 10X
- 11XI
- 12XII
- 13XIII
- 14XIV
- 15XV
- 16XVI
- 17XVII
- 18XVIII
- 19XIX
- 20XX
- 21XXI
- 22XXII
- 23XXIII
- 24XXIV
- 25XXV
- 26XXVI
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