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Spanish Edition

History

En torno al casticismo

Spanish BooksWhale Edition by Miguel de Unamuno

Una edición española original sobre España, intrahistoria, tradición, pueblo, lengua, identidad cultural y modernidad.

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En torno al casticismo

En torno al casticismo de Miguel de Unamuno se presenta como una edición española original y cuidada. La obra destaca por España, intrahistoria, tradición, pueblo, lengua, identidad cultural y modernidad. Su valor literario, histórico o intelectual la convierte en una pieza útil para lectores de clásicos, estudios hispánicos y textos de dominio público.

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Miguel de Unamuno murió en 1936, y En torno al casticismo fue publicado o compuesto en 1895. Estos datos respaldan el dominio público del texto español original utilizado en esta edición.

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En torno al casticismo

Aclaraciones previas

Conocí a Angel Ganivet en la primavera de 1891 hallándonos ambos en Madrid con el fin de hacer oposiciones a cátedras de griego, yo a esta de Salamanca que profeso, y él a una de Granada. El Tribunal, presidido por mi venerado Maestro D. Marcelino Menéndez y Pelayo, era el mismo para las dos oposiciones, pero los ejercicios eran distintos; primero, los de la cátedra de Salamanca, y después, los de Granada. Ganivet asistió a mis ejercicios todos y yo a los suyos, y todos los días de aquellos alegres y claros de Mayo y Junio, nos reuníamos después de almorzar en el café, y después de haber concluido los ejercicios, a media tarde, nos íbamos a tomar sendos helados -de que, como yo, era goloso- a una horchatería de la Carrera de San Jerónimo y desde allí al Retiro. Tenía yo entonces veintisiete años aún no cumplidos y era Ganivet algo más que un año más joven que yo. El por aquel tiempo hablaba mucho menos que me han dicho hablaba después, y yo hablaba tanto o más, que he seguido hablando, y era yo, por lo tanto, quien de ordinario llevaba la palabra. Pero sus observaciones e interrupciones eran agudas y sutiles, aunque creo recordar que no siempre congruentes. De lo que más hago memoria es de las cosas que de los gitanos de Granada me contaba, y él escribió más tarde, recordar unas ranas algo antropomórficas que solía dibujar yo en la mesa del café, pues por aquel tiempo me entró el capricho, sugerido por un dibujo japonés, de ilustrar la Batracomiomaquía, para lo que me había provisto de ranas, a las que con una especie de potro, colocaba en posturas humanas, tomando luego apuntes del natural de ellas. Después de una compañía cotidiana de más de mes y medio, reuniéndonos y conversando día a día, Ganivet y yo nos separamos, yo para venir a mi cátedra de Salamanca, y él, pues no le dieron la de Granada, que se llevó D. José Alemany, muy excelente helenista hoy, para ir a vivir la vida de Pío Cid y a prepararse a oposiciones al Cuerpo consular. Y pasó el tiempo, y yo, justo es decirlo, llegué casi a olvidar a aquel granadino parco en palabras que durante mes y medio me sirvió a diario de ¡oh, amado Teótimo! para ejercer mi instinto de charla. Algunos años después de esto, hacia 1896, hallándose en ésta de Catedrático de Derecho civil mi muy querido amigo el granadino D. José María Segura, uno de los hombres más simpáticos y de los conversadores más amenos e ingeniosos que he conocido, me dijo si no me acordaba de un cierto Angel Ganivet a quien en Madrid había conocido y me dio unas correspondencias escritas por éste desde Gante a El Defensor de Granada. Las leí y me encontré con otro hombre que el que en nuestras conversaciones se me había mostrado. Le escribí, me contestó y trabamos una nueva relación, ésta epistolar, que no se interrumpió hasta pocos días antes de su misteriosa y tal vez trágica muerte en que me escribió su última carta de nuestra correspondencia, una carta desolada y trágica. Porque yo no sé bien lo que escribiría a otros, pero en las cartas que a mí me escribió, el trágico problema de ultratumba palpitaba siempre. De ésta nuestra correspondencia, que duró dos años, nació la idea de cambiar cartas abiertas y públicas en El Defensor de Granada en que expusiéramos los dos nuestros respectivos puntos de vista por entonces referentes al porvenir de España, objeto primordial de la preocupación suya y de la mía. Tal es el origen de estos escritos que hoy publica la Biblioteca Renacimiento. Como han pasado cerca de catorce años desde que estas cartas abiertas se publicaron y en estos años he cambiado no poco en mi manera de ver y apreciar nuestras cosas yo, por mi parte, habría condenado a no ser jamás reeditada la parte que en este volumen me corresponde, y si he accedido a ello, es sólo para que así resulte más claro y más justificado lo de Ganivet que a lo mío se refiere como lo mío a lo suyo. Quiero, pues, hacer constar que sólo como antecedente o más bien concomitante de una obra de Ganivet dejo que se publique mi parte. Ni es cosa tampoco, me parece, de que me ponga ahora aquí a señalar aquellos puntos en que ratificaría y aquellos otros en que rectificaría o refutaría hoy mis opiniones de entonces. La conducta de todo hombre que de veras vive y no es esclavo de una embrutecedora y tiránica consecuencia, es una continuación, ratificación y rectificación de su pasado .Y en un escritor basta seguirle. Además, no tengo ahora a la vista el material de este volumen y ni recuerdo tampoco lo que escribí entonces. Aunque aquí trato de Ganivet he de tratar también, por fuerza, de mí mismo, y el lector ha de permitirme un desahogo, desahogo que dejo se achaque a ese egotismo que algunos me reprochan. Es el caso que al hablar de Ganivet algunos le han llamado precursor, y de hecho todos somos precursores de los que nos siguen y continuadores de los que nos preceden, pues la cadena humana no se rompe sino para los locos. Ahora, cuando al llamarle precursor se han referido, entre otros, en alguna ocasión a mí, tiene ello un sentido contra el que quiero protestar. Porque si se llama precursor al que muere antes que otro, como Ganivet murió hace más de trece años, y yo, por la gracia de Dios, aún vivo, claro es que me precurrió en la muerte; pero si se aplica al nacimiento natural, yo nací un año, tres meses y catorce días antes que él, y si al nacimiento espiritual, como publicistas, también empecé a escribir antes que él. Cuando Ganivet publicó su Idearium español, hacía ya algún tiempo que había publicado yo en La España Moderna, en los números de los meses de febrero a junio de 1895, mis cinco ensayos En torno al casticismo, en los que se encuentran, en germen unas veces y otras desarrolladas, no pocas ideas del Idearium. Lo que podría comprobar con las cartas mismas que Ganivet me escribió. Es decir, y lo digo redondamente y sin ambajes, que si entre Ganivet y yo hubo influencia mutua fue mucha mayor la mía sobre él que la de él sobre mí. Esto podrá parecer un pretexto para recriminaciones por carambola, y sobre un muerto venerando, que es peor, y de hecho lo es. Porque sí; de Ganivet, de aquel hombre todo pasión y lealtad, nada sino mucho bueno tengo que decir; pero ya estoy harto de oír que niegan haberme conocido y conversado conmigo los que más me deben -aunque yo también les deba algo— y de ser víctima del robo con asesinato. No me he dedicado nunca a administrador, con mayores o menores emolumentos de administración, de la gloria ajena ni a exhibir las cartas de altos espíritus que a cambio de las muchas que yo he escrito he recibido; pero guardo el culto de los hombres en uno u otro sentido heroicos con los que he tenido la suerte de encontrarme alguna vez e ir un trecho del brazo por el camino de la vida. Y sé que si Ganivet resucitara aprobaría mi anterior desahogo. Y hechas estas aclaraciones personales, demasiado personales, en exceso humanas acaso, aquí quedan al lector las cartas abiertas de Ganivet y mías, debiendo repetirle una vez más que por lo que hace a éstas, a las mías, quedan invalidadas por cuanto después he escrito sobre los mismos temas y que hoy por hoy sólo en parte respondo de ellas. Aunque en rigor un escrito una vez publicado no es ya del autor, sino de todo el que lo lea, y habrá de seguro quien se encuentre más de acuerdo con lo que escribí hace catorce años que con lo que escribo yo. Pero no seré éste yo, seguramente. De lo que me felicito es de poder contribuir a que sea mejor conocido aquel hombre de pasión, de pasión más que de idea, aquel gran sentidor, sentidor más que pensador —lo mismo que Joaquín Costa, otro apasionado y sentidor— en esta tierra en que es pasión y sentimiento y entusiasmo más que ideas y doctrinas lo que falta. Miguel de Unamuno Salamanca, Febrero 1912

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Elévanse á diario en España amargas quejas porque la cultura extraña nos invade y arrastra ó ahoga lo castizo, y va zapando poco á poco, según dicen los quejosos, nuestra personalidad nacional. El río, jamás extinto, de la invasión europea en nuestra patria, aumenta de día en día su caudal y su curso, y al presente está de crecida, fuera de madre, con dolor de los molineros á quienes ha sobrepasado las presas y tal vez mojado la harina. Desde hace algún tiempo se ha precipitado la europeización de España; las traducciones pululan que es un gusto; se lee entre cierta gente lo extranjero más que lo nacional y los críticos de más autoridad y público nos vienen presentando literatos ó pensadores extranjeros. Algunos hay que han hecho en este sentido por la cultura nacional más que en otro cualquiera, abriéndonos el apetito de manjares de fuera, sirviéndonoslos más ó menos aderezados á la española. Y hasta Menéndez y Pelayo, « español incorregible que nunca ha acertado á pensar más que en castellano » (así lo cree por lo menos, cuando lo dice), que á los veintiún años, « sin conocer del mundo y de los hombres más que lo que dicen los libros », regocijó á los molineros y surgió á la vida literaria, defendiendo con brío en « La Ciencia Española la causa del casticismo, dedica lo mejor de su « Historia de las ideas estéticas en España », su parte más sentida, á presentarnos la cultura europea contemporánea, razonándola con una exposición aperitiva. Cada vez se cultivan más las lenguas vivas, hay muchos ya que casi piensan en ellas, y aun cuando prescindamos de los efectos que han dado ocasión á que corra por ahí y se utilice un « Diccionario de galicismos », nos hallamos á menudo con escritores que escriben francés traducido á un castellano de regular corrección gramatical . « ¡Mi yo, que me arrancan mi yo! », gritaba Michelet, y una cosa análoga gritan los que, con el agua al cuello, se lamentan de la crecida del río. De cuando en cuando, agarrándose á una mata de la orilla, lanza algún rehacio conminaciones en esa lengua de largos y ampulosos ritmos oratorios que parece se hizo de encargo para celebrar las venerandas tradiciones de nuestros mayores, la alianza del altar y el trono y las glorias de Numancia, de las Navas, de Granada, de Lepanto, de Otumba y de Bailén. Más bajo, mucho más bajo y no en tono oratorio, no deja de oírse á las veces el murmullo de los despreciadores sistemáticos de lo castizo y propio. No faltan entre nosotros quienes, en el seno de la confianza, revelan hiperbólicamente sus deseos manifestando un voto análogo al que dicen expresó Renán cuando iban los alemanes sobro Paris, exclamando: ¡que nos conquisten! Estaría sin duda pensando entonces el historiador del pueblo de Israel en aquella doctrina con tanto amor puesta por él de realce, en aquella doctrina de anarquismo y de sumisión de que fué profeta Jeremías en los días del rey Josías, al pedir que los israelitas se sometieran al yugo de los caldeos para que, purificados en la esclavitud y el destierro de sus disensiones y vicios internos, pudieran llegar á ser el pueblo de la justicia del Señor. Mas no hace falta conquista , ni la conquista purifica, porque á su pesar y no por ella, se civilizan los pueblos. No hizo falta que los alemanes conquistaran á Francia; sirvió la paliza del 70 de ducha que hiciera brotar y secarse las corrupciones del segundo imperio. Para nosotros tuvo un efecto análogo la francesada. El Dos de Mayo es en todos sentidos la fecha simbólica de nuestra regeneración, y son hechos que merecen meditación detenida, hechos palpitantes de contenido, el de que Martínez Marina, el teorizante de las Cortes de Cádiz, creyera resucitar nuestra antigua teoría de las Cortes mientras insuflaba en ella los principios de la revolución francesa, proyectando en el pasado el ideal del porvenir de entonces, el que un Quintana cantara en clasicismo francés la guerra de la Independencia y á nombre de la libertad patria la libertad del 89, y otros hechos de la misma casta que estos. La invasión fué dolorosa, pero para que germinen en un suelo las simiente no basta echarlas en él, porque las más se pudren ó se las comen los gorriones; es preciso que antes la reja del arado desgarre entrañas de la tierra, y al desgarrarla suele tronchar flores silvestres que al morir regalan su fragancia. Si el arador es un Burns se enternece y dedica un tierno recuerdo poético, una lágrima cristalizada, á la pobre margarita segada por la reja, pero sigue arando, y así sus prójimos sacan de su trabajo pan para el cuerpo y reposo para el alma, mientras la margarita, podrida en el surco, sirve de abono. Lo mismo los que piden que cerremos ó poco menos las fronteras y pongamos puertas al campo que los que piden más ó menos explícitamente que nos conquisten, se salen de la verdadera realidad de las cosas, de la eterna y honda realidad, arrastrados por el espíritu de anarquismo que llevamos todos en la medula del alma, que es el pecado original de la sociedad humana, pecado no borrado por el largo bautismo de sangre de tantas guerras. Piden un nuevo Napoleón, un gran anarquista, los que tiemblan de las bombas del anarquismo y mantienen la paz armada, fuente de él. Es una idea arraigadísima y satánica, si, satánica, la de creer que la subordinación ahoga la individualidad, que hay que resistirse á aquélla ó perder ésta. Tenemos tan deformado el cerebro, que no concebimos más que ser ó amo ó esclavo, ó vencedor ó vencido, empeñándonos en creer que la emancipación de éste es la ruina de aquél. Ha llegado la ceguera al punto de que se suele llamar individualismo á un conjunto de doctrinas conducentes á la ruina de la individualidad, al manchesterismo tomado en bruto. Por fortuna, la esencia de éste cuando nació potente fué el soplo de la libertad y la desaparición de las trabas artificiales, de las cadenas tradicionales; aquel « dejad hacer y dejad pasar » que predicaron los economistas ortodoxos traerá la ley natural que ellos buscaban, la verdadera y honda ley natural social, la que ha producido la sociedad misma, su ley de vida, la ley de solidaridad y subordinación. Más que ley natural es ésta sobrenatural, porque eleva la naturaleza al ideal naturalizándola más y más. Pero así como los que hoy se creen legítimos herederos del manchesterismo porque guardan su cadáver, se alían á los herederos de los que le combatieron, y se alían á éstos para ahogar el alma de la libertad que el manchesterismo desencadenó, así conspiran á un fin los que piden muralla y los que piden conquista. Querer enquistar á la patria y que se haga una cultura lo más exclusiva posible, calafateándose y embreándose á los aires colados de fuera, parte del error de creer más perfecto al indio que en su selva caza su comida, la prepara, fabrica sus armas, construye su cabaña, que al relojero parisiense que puesto en la selva moriría acaso de hambre y de frío. Hay muchos que llaman preferir la felicidad á la civilización el buscar el sueño; hay muchos en cuyo corazón resuena grata la voz de la tentación satánica que dice: « ó todo ó nada ». Es cierto que los que van de cara al sol están expuestos á que los ciegue éste, pero los que caminan de espaldas por no perder de vista su sombra de miedo de perderse en el camino ¡creen que la sombra guía al cuerpo! están expuestos á tropezar y caer de bruces. Después de todo, aun así caminan hacia adelante, porque el sol del porvenir les dibuja la sombra del pasado.

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Piden algunos ciencia y arte españoles, y este es el día en que, después de oírles despacio, no sabemos bien qué es ello... ¡se llama ciencia á tantas cosas y á tantas se llama arte! Dicen los periódicos que la ciencia dice esto ó lo otro cuando habla un hombre ¡como si la ciencia fuera un espíritu santo! Y aunque nadie si se para á pensar cree en tan grosera blasfemia, las gentes no se paran de ordinario á pensar y arraigan en la impunidad los disparates. Los más atroces, aquellos de que se apartan todos si los ven desnudos, sirven de base á razonamientos de todos, dan vida á argumentos y pseudo-razones que engendran á su vez violencias y actos de salvajismo. A todos nos enseñan lo que es la ciencia, y lo olvidamos al tiempo mismo que lo estamos aprendiendo, en un solo acto. Olvidamos que la ciencia es algo vivo, en vías de formación siempre, con su fondo formado y eterno y su proceso de cambio. De puro sabido se olvida que la representación del mundo no es idéntica en dos hombres, porque no son idénticos ni sus ambientes ni las formas de su espíritu, hijas de un proceso de ambientes. Pero si todas las representaciones son diferentes, todas son traducciones de un solo original, todas se reducen á unidad, que si no los hombres no se entenderían, y esa unidad fundamental de las distintas representaciones humanas es lo que hace posible el lenguaje y con éste la ciencia. Como cada hombre, cada pueblo tiene su representación propia y en la ciencia se distingue por su preferencia á tal rama ó á tal método, pero no puede en rigor decirse que haya ciencia nacional alguna. Todo lo que se repita y vuelva á repetir el trivialísimo lugar común de que la ciencia no tiene nacionalidad, todo será poco, porque siempre se lo olvidará de puro sabido y siempre se hará ciencia para cohonestar actos de salvajismo é injusticia. ¡Cuánto no ha influido la suerte de la Alsacia y la Lorena en el cultivo de la sociología en Francia y Alemania! La obra de Malthus, ¿no tuvo como razón de ser el propinar un bálsamo á la conciencia turbada de los ricos? El proceso económico ó el político explican el proceso de sus ciencias respectivas. ¡Cuán lejos estamos de la verdadera religiosidad, de la pietas que anhelaba Lucrecio, de poder contemplarlo todo con alma serena, paccata posse omnia mente tueri! Si hablamos de geometría alemana ó de química inglesa, decimos algo, ¡y no es poco decir algo! pero decimos más si hablarnos de filosofía germánica ó escocesa. Y decimos algo, porque la ciencia no se da nunca pura, porque la geometría y más que ella la química y muchísimo más la filosofía, llevan algo en sí de pre-científico, de sub-científico, de sobre-científico, como se quiera, de intra-científico en realidad y este algo va teñido de materia nacional. Esto en la filosofía es enorme, es el alma de esa conjunción de la ciencia con el arte, y por ello tiene tanta vida, por estar preñada de intra-filosofía. Y es que como el sonido sobre el silencio, la ciencia se asienta y vive sobre la ignorancia viva. Sobre la ignorancia viva, porque el principio de la sabiduría es saber ignorar; sobre la viva, y no sobre la muerta como quieren asentarla los que piden ciencia de proteccionismo. Y aquí tolere el lector que dejando por el pronto suspendido este oscuro cabo suelto prosiga al hilo de mis reflexiones. La representación brota del ambiente, pero el ambiente mismo es quien le impide purificarse y elevarse. Aquí se cumple el misterio de siempre, el verdadero misterio del pecado original, la condenación de la idea al tiempo y al espacio, al cuerpo. Así vemos que el nombre, cuerpo del concepto, al que le da vida y carne, acaba por ahogarle muchas veces si no sabe redimirse. Del mismo modo la ciencia, que arrancando del conocimiento vulgar, ligado al ambiente exclusivo y nacional , empieza sirviéndose de la lengua vulgar, moriría si poco á poco no fuera redimiéndose, creando su tecnicismo según crece, haciéndose su lengua universal conforme se eleva de la concepción vulgar. A no ser por el latín, no hubiera habido filosofía escolástica en la Edad Media; al latín universal y muerto debió su cuerpo y su pecado original también. Un conocimiento va entrando á ser científico conforme se hace más preciso y organizado, conforme va pasando de la precisión cualitativa á la cuantitativa. En un tiempo la verdadera ciencia científica era la matemática; la física ha entrado en el periodo realmente científico cuando subordinándose á la mecánica racional, se ha hecho matemática y se ha pasado de la alquimia á la química al reducir la previsión cualitativa de cambios químicos á previsión cuantitativa según peso, número y medida. Este proceso lo han descrito á las mil maravillas Whewell y Spencer. Refresque el lector sus enseñanzas, medite un rato acerca de ellas y sigamos. A medida que la ciencia, pasando de la previsión meramente cualitativa á la cuantitava, va purificándose de la concepción vulgar, se despoja poco á poco del lenguaje vulgar, que sólo expresa cualidades, para revestirse del nacional , científico, que tiende á expresar lo cuantitativo. Los castizos nombres agua fuerte, sosa, piedra infernal, salitre, aceito de vitriolo , evocan en quien conoce esos cuerpos la imagen de un conjunto de cualidades, cuyo conocimiento es utilísimo en la vida, pero los nombres ácido nítrico, carbonato sádico, nitrato de plata, nitrato potásico, ácido sulfúrico , despiertan una idea más precisa de esos cuerpos, marcan su composición, y no ya estos nombres, las fórmulas que apenas se agarran al lenguaje vulgar por un hilillo, HNO3, NaCO3, AgNO3, KNO3, H2S0, suscitan un concepto cuantitativo de esos cuerpos. El que conoce el vinagre como C2H4O2 y el espíritu de vino como C2H5OH, sabe de estos, científicamente , más que el que sólo los conoce por el nombre vulgar y castizo. ¡Cuán preferible es la fórmula C6H4(OH)2 á este terminacho, híbrido de lengua vulgar y científica, metahidroxibencina ! Ya en la distinción lingüística entre ácido sulfuroso y ácido sulfúrico iba un principio de distinción científica, pero, ¡cuanto mayor es ésta en la diferencia de fórmulas H2SO3 y H2SO4! Como el cardo corredor, asilos conceptos científicos, cuando rompen el lazo que les ataba á las raíces enterradas en el suelo en que nacieron, es cuando pueden, libres, ir á esparcir su simiente por el mundo. ¡Si todas las ciencias pudieran hacerse un álgebra universal, si pudiéramos prescindir en la economía política de esas condenadas palabras de valor, riqueza, renta, capital , etc., tan preñadas de vida, pero tan corrompidas por pecado original! Un álgebra les servirla de bautismo á la vez que extraeríamos ciencia de su fondo histórico, metafórico. Aquí tenemos la ventaja del empleo de la lengua griega en el tecnicismo científico, que estén en griego los vocablos y que perdiendo el peso de la tradición permitan el vuelo de la idea. ¿Que esto es abogar por la fórmula y contra la idea? ¡Como si las fórmulas no tuvieran vida! ¡Como si una nube que descansa en un risco no tuviera más vida que el risco mismo! ¡Nebulosidades!... de ellas baja la lluvia fecundante, ellas llevan á que se sedimente en el valle el detritus de la roca. Cuando no se cree más que en la vida de la carne, se camina á la muerte. ¡Qué hermoso fué aquel gigantesco esfuerzo de Hegel, el último titán, para escalar el cielo! ¡Qué hermoso fué aquel trabajo hercúleo por encerrar el mundo todo en fórmalas vivas, por escribir el álgebra del universo! ¡Qué hermoso y qué fecundo! De las ruinas de aquella torre, aspiración á la ciencia absoluta, se han sacado cimientos para la ciencia positiva y sólida; de las migajas de la mesa hegeliana viven los que más la denigran. Comprendió que el mundo de la ciencia son formas enchufadas unas en otras, formas de formas y formas de estas formas en proceso inacabable, y quiso levantarnos al cenit del cielo de nuestra razón, y desde la forma suprema hacernos descender á la realidad, que iría purificándose y abriéndose á nuestros ojos, razionalizándose. Este sueño del Quijote de la filosofía ha dado alma á muchas almas, aunque le pasó lo que al barón de Münchhausen, que quería sacarse del pozo tirándose de las orejas. Tenía que hablar una lengua, lengua nacional, y el lenguaje humano es pobre para tal empresa, que era la empresa nada menos que de hacernos dioses. Fue - dicen, algunos - la revelación del satanismo (1) y luego ha venido el convertirse Nabucodonosor, que quiso ser dios, en bestia y andar hozando el suelo para extraer raíces de que alimentarse. Esta es una atroz blasfemia en que nos detendremos más adelante. ¡Formas enchufadas unas en otras, formas de formas y formas de estas formas en proceso inacabable es el mundo de la ciencia, en que se busca lo cuantitativo de que brotan las cualidades! Pero si dentro de las formas se halla la cantidad, dentro de ésta hay una cualidad, lo intra-cuantitativo, el quid divinum . Todo tiene entrañas, todo tiene un dentro, incluso la ciencia. Las formas que vemos fuera tienen un dentro como lo tenemos nosotros y así como no sólo nos conocemos, sino que nos somos , ellas son . ¿De qué nos servirla definir el amor, si no lo sintiéramos? ¡Cómo se olvida que las cosas son , que tienen entrañas! Cuando oigo la queja de mi prójimo, que para el ojo es una forma enchufadora de otras, siento dolor en mis entrañas y á través del amor, la revelación del ser . A través del amor llegamos á las cosas con nuestro ser propio, no con la mente tan sólo, las hacemos prójimos , y de aquí brota el arte, arte que vive en todo, hasta en la ciencia, porque en el conocimiento mismo brota del ser de que es forma la mente, porque no hay luz, por fría que parezca, que no lleve chispa de calor. Por natural instinto y por común sentido comprende todo el mundo que al decir arte castizo, arte nacional , se dice más que al decir ciencia castiza, ciencia nacional , que si cabe preguntar qué se entiende por química inglesa ó por geometría alemana, es mucho más inteligible y claro el hablar de música italiana , de pintura española , de literatura francesa . El arte parece ir más asido al ser y éste más ligado que la monte á la nacionalidad, y digo parece porque es apariencia. El arte no puede desligarse de la lengua tanto como la ciencia ¡ojalá pudiera! Hasta la música y la pintura, que parecen ser más universales, más desligadas de todo localismo y temporalismo, lo están y no poco; su lengua no es universal, sino en cierta medida, en una medida no mayor que la de la gran literatura. El arte más algébrico, la música, es alemana ó francesa ó italiana. En la literatura, aquí es donde la gritería es mayor, aquí es donde los proteccionistas pelean por lo castizo, aquí donde más se quiere poner vallas al campo. Dicen que nos invade la literatura francesa, que languidece y muere el teatro nacional, etc., etc. Se alzan lamentos sobre la descastación de nuestra lengua, sobre la invasión del barbarismo . Y he aquí otra palabra pecadora, corrompida. Al punto de oírla, asociamos el barbarismo al sentido corriente y vulgar de bárbaro ; sin querer, inconscientemente, suponemos que hay algo de barbarie en el barbarismo, que la invasión de éstos lleva nuestra lengua á la barbarie, sin recordar - que también esto se olvida de puro sabido - que la invasión de los bárbaros fué el principio de la regeneración de la cultura europea ahogada bajo la senilidad del imperio decadente. Del mismo modo, á una invasión de atroces barbarismos debe nuestra lengua gran parte de sus progresos, v. gr., á la invasión del barbarismo krausista, que nos trajo aquel movimiento tan civilizador en España. El barbarismo será tal vez lo que preserve á nuestra lengua del salvajismo , del salvajismo á que caería en manos de los que nos quieren en la selva donde el salvaje se basta. El barbarismo produce al pronto una fiebre, como la vacuna, pero evita la viruela. Por otra parte, son barbarismos los galicismos y los germanismos actuales, y, ¿no lo eran acaso los hebraismos de Fr. Luis de León, los italianismos de Cervantes ó el sinnúmero de latinismos de nuestros clásicos? El mal no está en la invasión del barbarismo, sino en lo poco asimilativo de nuestra lengua, defecto que envanece á muchos. El arte por fuerza ha de ser más castizo que la ciencia, pero hay un arte eterno y universal, un arte clásico , un arte sobrio en color local y temporal, un arte que sobrevivirá al olvido de los costumbristas todos. Es un arte que toma el ahora y el aquí como puntos de apoyo, cual Anteo la tierra para recobrar á su contacto fuerzas; es un arte que intensifica lo general con la sobriedad y vida de lo individual, que hace que el verbo se haga carne y habite entre nosotros. Cuando haga polvo el museo de retratos que acumulan nuestros fotógrafos , retratos que sólo los parientes interesan, que en cuanto muere el padre arranca de la pared el hijo el del abuelo para echarlo al Rastro, cuando se hagan polvo, vivirán los tipos eternos. A ese arte eterno pertenece nuestro Cervantes, que en el sublime final de su Don Quijote señala á nuestra España, á la de hoy, el camino de su regeneración en Alonso Quijano el Bueno; á ese pertenece porque de puro español llegó á una como renuncia de su españolismo, llegó al espíritu universal, al hombre que duerme dentro de todos nosotros. Y es que el hondo fruto de toda sumersión hecha con pureza de espíritu en la tradición, de todo examen de conciencia, es, cuando la gracia humana nos toca, arrancarnos á nosotros mismos, despojarnos de la carne individuante, lanzarnos de la patria chica á la humanidad. Dejemos esto, que á ello volveremos más despacio. Volveremos á mirar el costumbrismo , el localismo y temporalismo , la invasión de las minucias fotográficas y nuestra salvación en el arte eterno. Reproduciré y comentaré aquel divino último capitulo de Don Quijote , que debe ser nuestro evangelio de regeneración nacional. No le retenga al lector de seguirme la aparente incoherencia que aquí reina, espero que al fin de la jornada vea claro el hilo, y además ¡es tan difícil y tan muerto alinear en fila lógica lo que se mueve en círculo!

Table of contents

Inside this edition

  1. 01Full text
  2. 02I
  3. 03II
  4. 04III
  5. 05IV
  6. 06I
  7. 07II
  8. 08III
  9. 09IV
  10. 10V
  11. 11I
  12. 12II
  13. 13III
  14. 14IV
  15. 15V
  16. 16I
  17. 17II
  18. 18III
  19. 19IV
  20. 20V
  21. 21I
  22. 22II
  23. 23III
  24. 24IV
  25. 25V
  26. 26VI

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