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Spanish Edition

Literature

Papeles del doctor Angélico

Spanish BooksWhale Edition by Armando Palacio Valdés

Relatos, diálogos y reflexiones de un personaje ficticio examinan la moral, el conocimiento y las contradicciones de la vida social.

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Papeles del doctor Angélico

Armando Palacio Valdés presenta los papeles de Ángel Jiménez, el doctor Angélico, mediante un marco narrativo que también incluye al supuesto editor. Los relatos y meditaciones abordan felicidad, egoísmo, ciencia, arte, creencias y convivencia. Este texto español conserva las distintas piezas del conjunto, incluido Una interviú con Prometeo, junto con el prólogo y el intermedio que forman parte de la ficción.

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Armando Palacio Valdés falleció en 1938; la obra se publicó en 1911. Se utiliza el texto original español digitalizado por Project Gutenberg, sin publicidad, ilustraciones ni anotaciones editoriales.

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Preview chapterPRÓLOGO DEL EDITOR — IRead preview

¿POR qué le llamábamos doctor Angélico? Porque era ya doctor en Ciencias cuando nosotros cursábamos aún el año preparatorio de Jurisprudencia, y porque se llamaba Angel, Angel Jiménez. Una bromita de chicos que él no tomaba a mala parte porque era la bondad personificada.

La primera impresión que Jiménez producía era de desvío, casi de miedo. Unas barbas aborrascadas, unos cabellos crespos, un color cetrino, unos ojos negros ligeramente hundidos, de mirar insistente y duro; no exageraría diciendo agresivo. Pocos hombres serían capaces de resistir aquella mirada. Pero en los años que nosotros contábamos todavía no se tiene miedo a los hombres, y nuestra fuerza de afinidad no ha sufrido menoscabo. Además, Jiménez era doctor, nos llevaba cinco o seis años de edad, y en aquel período de la vida tales diferencias constituyen una superioridad a la cual rendíamos tributo, perdonando sus palabras sarcásticas y sus modales bruscos.

El primero que se convenció de que aquel hombre no era un ser atrabiliario fuí yo. Paseábamos una mañana emparejados por los corredores de la Universidad esperando la hora de clase, pues Jiménez, que aspiraba a hacerse doctor también en Filosofía y Letras, cursaba aquel año las mismas asignaturas que nosotros. Le narré, por incidencia, cierto rasgo de abnegación llevado a cabo por un individuo de mi familia, y al pasar por delante de una ventana, como la luz le diese de lleno en el rostro, observé que sus ojos estaban rasados de lágrimas, aunque sin perder su habitual dureza.

Aquella señal de sensibilidad me lo hizo simpático, y me ligué a él con franca amistad. Detrás de mí fueron todos. A los pocos días el doctor Angélico fué estimado como merecía y alcanzó cariñosa popularidad, no sólo entre nosotros, sino entre todos los alumnos de la Facultad de Derecho. Seguro estoy de que no vive alguno de mi época que no le recuerde.

Nuestra amistad, sin embargo, no pasaba del compañerismo de los corredores. Cuando nos encontrábamos en la calle, solíamos saludarnos y charlar un rato, y alguna que otra vez me invitó a entrar en un café y beber una botella de cerveza. Pero ni yo sabía nada de su vida, ni él de la mía. Él callaba; yo también.

Al terminar la carrera entré en el Ateneo como socio, y allí volví a encontrarle y nuestra amistad se hizo más estrecha. Entonces pude obtener casualmente algunos datos biográficos, gracias a un paisano suyo, socio también de aquel Centro.

Jiménez era hijo de un comerciante y banquero que residía en un pueblo importante del norte de España. Cuando terminó la segunda enseñanza, su padre, lisonjeado por las notas y premios que había obtenido, y más aún por los elogios que se hacían de su inteligencia, consintió en enviarle a Madrid para seguir la carrera de Ciencias. Mas, una vez concluída, quiso que se restituyese al pueblo y le ayudase en sus negocios. Se iba haciendo viejo, estaba fatigado, y, sobre todo, no valía la pena de que su hijo obtuviese, al cabo de largos estudios, una cátedra dotada con tres o cuatro mil pesetas anuales. Jiménez logró, aunque con trabajo, que le permitiese seguir la carrera de Filosofía. Llegó a graduarse al fin, y entonces su padre le hizo saber perentoriamente que, o venía a trabajar al escritorio, o no contase con él para nada.

Ahora bien, Jiménez odiaba de muerte el escritorio de su padre, no tanto por el olor de las pieles curtidas que allí había, como por la vista de las cifras. Una vez puesto en tal disyuntiva, como era tozudo y orgulloso, rompió por todo y se quedó en Madrid. Se quedó a la clemencia de Dios y de la patrona.

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Éste era su medio de vida cuando volví a encontrarle en el Ateneo. En su biblioteca pasaba las tardes devorando libros y sin tomar parte casi nunca en nuestras discusiones ruidosas de los pasillos.

—Mucho lees, Jiménez—le decíamos alguna vez poniéndole la mano sobre el hombro.

—Es que no tengo dinero—replicaba tranquilamente sin levantar la cabeza.

Bien adivinábamos que aquello no era cierto. Su pasión por el estudio era nativa, no accidental. En su periódico y en algunas revistas científicas comenzó a publicar artículos que llamaron sobre él la atención del mundo literario.

Una tarde, el mismo paisano que me comunicara los datos antecedentes, llegó a mí afectando misterio, y me dijo al oído:

—Sabrá usted que el padre de Jiménez le ha girado quinientas pesetas. Parece que el buen señor, halagado con el nombre que su hijo se va haciendo en las letras, ha vuelto sobre su acuerdo.

—Me alegro—repliqué.

—Pues no se alegre usted, porque se las ha devuelto.

Quedé estupefacto. El paisano se desató en recriminaciones contra él, llamándole necio y orgulloso repetidas veces. Yo le escuché distraído, y quedé largo rato pensativo.

Posteriormente supe que, por mediación de uno de sus tíos, se había reconciliado con su padre y había aceptado al fin la pensión. Dejó el periódico donde trabajaba, y dejó de colaborar en los demás. No volví a leer su nombre en letras de molde. Entonces pudo advertirse claramente que no era la falta de recursos lo que le impulsaba al estudio, porque su afición arreció con tal motivo.

Seguimos siendo buenos amigos, aunque su carácter, profundamente reservado, no permitía ciertas expansiones que la amistad arrastra consigo, particularmente entre jóvenes. Paseábamos juntos muchas veces, nos juntábamos otras en el Ateneo o en el café; pero nada que fuese personal e íntimo salía de sus labios.

En aquella época comencé yo a escribir novelas y a darlas a la estampa. El único amigo que no me habló de ellas fué Jiménez. Este silencio afectado hirió mi amor propio y me causó una sorda irritación que estuvo a punto de enfriar nuestras relaciones y aun de darlas al traste. Propenso estuve a achacarlo a miserables celos de oficio. Por fortuna, obró pronto en mí la reflexión como bálsamo bienhechor. Me persuadí de que Jiménez estaba por encima de tales ruines pasiones; que era un hombre de carácter noble, de puras y rectas ideas, aunque un tanto excéntrico. Había que perdonarle esas y otras extravagancias.

La muerte de su padre le arrancó de aquí. No le vi durante largos años. Supe que se había casado, y volví a hallarle establecido en Madrid. Poco después quedó viudo y se marchó de nuevo. Por fin, ya viejo y bastante quebrantado de salud, vino otra vez aquí, y entonces nuestras relaciones se anudaron aún más cordialmente. Jiménez huía de todo el mundo, menos de mí. Esta preferencia me ligó a él de corazón.

Alquiló una casita aislada con jardín en uno de los barrios extremos de Madrid. Allí habitaba, servido por un ama de gobierno y algunos criados, y en aquel nido frío y solitario le visitaba una que otra vez, y charlábamos de nuestros buenos tiempos de Universidad y de Ateneo, y bebíamos una botella de cualquier cosa. No pasó, sin embargo, mucho tiempo sin que su salud, ya vacilante, empeorase hasta el punto de inspirar alarma. Decayó rápidamente. Ignoro si era el hígado, o el pulmón, o el corazón, pero el doctor Angélico tenía alguna víscera dañada. Con este motivo, yo solía menudear mis visitas y acompañarle largos ratos.

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Los papeles de Jiménez necesitaban, como los jeroglíficos egipcios, prodigios de atención y perseverancia para ser descifrados. Además de su letra perversa y abreviaturas, se hallaban escritos con lápiz unos, otros con tinta, en todos los tamaños y formas imaginables: tan pronto pliegos en folio semejando memoriales a la Alcaldía, como esquelitas diminutas de las que se envían a la tienda de comestibles. La mayor parte redactados en español; pero los había también en francés y en inglés.

No me decidí, por lo pronto, a ser el Champollión de aquella bárbara escritura. Los dejé dormir largo tiempo en un armario. Pero habiendo resuelto no escribir ya para el público, y careciendo de otras ocupaciones que me distraigan, emprendí, pasados algunos años, la tarea; y después de algunos esfuerzos he logrado, en parte, llevarla a cabo. Digo en parte, porque los papeles que ahora se publican no son todos los que me entregó.

Indudablemente, algunos de ellos parecían destinados a la publicidad por la forma en que están escritos. La gran mayoría, no obstante, son apuntes o notas rápidas sugeridas por algún incidente de la vida o por sus lecturas, y desde luego se puede asegurar que sólo los escribía para descargarse de sus impresiones, necesidad absoluta que experimentan todos los solitarios.

Mi obra no ha sido de interpretación solamente, sino también de arreglo. He juntado las notas cuando me ha parecido bien, o las he fraccionado; también las he completado en ocasiones y las he puesto títulos. Además, he suavizado algunos conceptos, sobradamente decisivos, porque entiendo que, de haberlos él publicado, hubiera hecho lo mismo. No se habla en público como se habla solo.

Estos papeles, tomados en conjunto, resultan una biografía, aunque más interna que externa. Por ellos se verá con bastante claridad qué clase de hombre era el doctor Angélico; se comprenderá su espíritu, su ingenio, sus aficiones, sus odios, sus amores, sus opiniones y sus manías. Al terminar mi tarea me hice cargo de que no había descifrado unos manuscritos, sino un carácter. Le había tratado con intimidad bastante tiempo, y, sin embargo, no había logrado penetrarle por completo.

Acaso se me moteje por no haber respetado su última voluntad, dándolos con su nombre a la publicidad. He pensado que, de haberlos impreso bajo el velo del anónimo o con nombre supuesto, no habría de faltar quien me los achacase. No quiero ufanarme con plumas ajenas, ni ser tampoco responsable de las opiniones que acerca de muchas cosas divinas y humanas se hallarán estampadas en las siguientes páginas. Por otra parte, no puedo menos de sentir alegría y consuelo difundiendo y, si fuera posible, perpetuando el nombre de un amigo querido. El lector decidirá si valía la pena de sacarlo del olvido.

A. P. V.

Table of contents

Inside this edition

  1. 01PRÓLOGO DEL EDITOR — I
  2. 02II
  3. 03III
  4. 04LA SORPRESA
  5. 05La muerte de un vertebrado
  6. 06LAS LEYES INMUTABLES
  7. 07SOCIEDAD PRIMITIVA
  8. 08UN TESTIGO DE CARGO
  9. 09Opacidad y transparencia
  10. 10IDEAS CADÁVERES
  11. 11EL AMO
  12. 12La unidad de conciencia
  13. 13PRAGMATISMO
  14. 14LAS BURBUJAS
  15. 15EL MINUTO FATAL
  16. 16INTELIGENCIA Y AMOR
  17. 17BIENAVENTURANZA
  18. 18INTERMEDIO DEL EDITOR
  19. 19La matanza de los zánganos. — I
  20. 20II
  21. 21III
  22. 22El pecado de la amabilidad
  23. 23Una interviú con Prometeo
  24. 24RESISTE AL MALVADO
  25. 25PERICO EL BUENO
  26. 26LA TIERRA ES UN ÁNGEL
  27. 27MERCI, MONSIEUR
  28. 28ARTE ARCAICO
  29. 29ASCETISMO
  30. 30La procesión de los santos
  31. 31ESTETICISMO
  32. 32UN PROFESOR DE ENERGÍA
  33. 33UNA MIRADA A LO ALTO — I
  34. 34II
  35. 35III
  36. 36TERAPÉUTICA DEL ODIO
  37. 37VIDA DE CANÓNIGO
  38. 38GLORIA Y OBSCURIDAD
  39. 39EL VIAJE DE LA MONJA
  40. 40THEOTOCOS
  41. 41LAS DEFENSAS NATURALES
  42. 42PITÁGORAS
  43. 43EXPERIENCIAS Y EFUSIONES
  44. 44El gobierno de las mujeres — I
  45. 45II
  46. 46III
  47. 47Último paseo del doctor Angélico

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