Spanish Edition
Literature
Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Spanish BooksWhale Edition by Miguel de Cervantes
La última novela de Cervantes convierte viaje, amor y prueba moral en una aventura bizantina de gran alcance.
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Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda sigue a dos amantes que viajan bajo identidades ocultas entre islas, peligros, relatos intercalados y pruebas de virtud. Cervantes combina aventura, peregrinación, imaginación narrativa y reflexión sobre el amor constante.
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Miguel de Cervantes murió en 1616; la obra fue publicada o compuesta hacia 1617. Estos datos respaldan la base de dominio público de esta edición española.
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Los trabajos de Persiles y Sigismunda
LIBRO PRIMERO
de la historia de los trabajos de Persiles y Sigismunda.
CAPITULO PRIMERO
Voces daba el bárbaro Corsicurbo a la estrecha boca de una profunda mazmorra, antes sepultura que prisión de muchos cuerpos vivos que en ella estaban sepultados, y, aunque su terrible y espantoso estruendo cerca y lejos se escuchaba, de nadie eran entendidas articuladamente las razones que pronunciaba, sino de la miserable Cloelia, a quien sus desventuras en aquella profundidad tenían encerrada.
—Haz, ¡oh Cloelia!—decía el bárbaro—, que, así como está, ligadas las manos atrás, salga acá arriba, atado a esa cuerda que descuelgo, aquel mancebo que habrá dos días que te entregamos; y mira bien si, entre las mujeres de la pasada presa, hay alguna que merezca nuestra compañía, y gozar de la luz del claro cielo que nos cubre y del aire saludable que nos rodea.
Descolgó en esto una gruesa cuerda de cáñamo, y, de allí a poco espacio, él y otros cuatro bárbaros tiraron hacia arriba, en la cual cuerda, ligado por debajo de los brazos, sacaron, asido fuertemente, a un mancebo, al parecer de hasta diecinueve o veinte años, vestido de lienzo basto, como marinero, pero hermoso sobre todo encarecimiento. Lo primero que hicieron los bárbaros fué requerir las esposas y cordeles con que a las espaldas traía ligadas las manos; luego le sacudieron los cabellos, que, como infinitos anillos de puro oro, la cabeza le cubrían; limpiáronle el rostro, que cubierto de polvo tenía, y descubrió una tan maravillosa hermosura, que suspendió y enterneció los pechos de aquellos que para ser sus verdugos le llevaban. No mostraba el gallardo mozo en su semblante género de aflición alguna; antes, con ojos, al parecer, alegres, alzó el rostro y miró al cielo por todas partes, y con voz clara y no turbada lengua dijo:
—Gracias os hago, ¡oh inmensos y piadosos cielos!, de que me habéis traído a morir adonde vuestra luz vea mi muerte, y no adonde estos escuros calabozos, de donde ahora salgo, de sombras caliginosas la cubran; bien querría yo no morir desesperado, a lo menos, porque soy cristiano; pero mis desdichas son tales que me llaman y casi fuerzan a desearlo.
Ninguna destas razones fué entendida de los bárbaros, por ser dichas en diferente lenguaje que el suyo, y así, cerrando primero la boca de la mazmorra con una gran piedra, y cogiendo al mancebo sin desatarle, entre los cuatro llegaron con él a la marina, donde tenían una balsa de maderos, y atados unos con otros con fuertes bejucos y flexibles mimbres. Este artificio les servía, como luego pareció, de bajel, en que pasaban a otra isla que no dos millas o tres de allí se parecía. Saltaron luego en los maderos, y pusie ron en medio dellos, sentado, al prisionero, y luego uno de los bárbaros asió de un grandísimo arco que en la balsa estaba, y, poniendo en él una desmesurada flecha, cuya punta era de pedernal, con mucha presteza le flechó, y, encarando al mancebo, le señaló por su blanco, dando señales y muestras de que ya le quería pasar el pecho. Los bárbaros que quedaban asieron de tres palos gruesos, cortados a manera de remos, y el uno se puso a ser timonero, y los dos a encaminar la balsa a la otra isla. El hermoso mozo, que por instantes esperaba y temía el golpe de la flecha amenazadora, encogía los hombros, apretaba los labios, enarcaba las cejas, y, con silencio profundo, dentro en su corazón pedía al cielo, no que le librase de aquel tan cercano como cruel peligro, sino que le diese ánimo para sufrirlo; viendo lo cual el bárbaro flechero, y sabiendo que no había de ser aquél el género de muerte con que le habían de quitar la vida, hallando la belleza del mozo piedad en la dureza de su corazón, no quiso darle dilatada muerte, teniéndole siempre encarada la flecha al pecho; y así arrojó de sí el arco, y, llegándose a él por señas, como mejor pudo, le dió a entender que no quería matarle.
Preview chapterCAPITULO IIPreview
DEL LIBRO PRIMERO
Reposando dejaron los ministros de la nave al mancebo, en cumplimiento de lo que su señor les había mandado; pero como le acosaban varios y tristes pensamientos, no podía el sueño tomar posesión de sus sentidos, ni menos lo consintieron unos congojosos suspiros y unas angustiadas lamentaciones que a sus oídos llegaron, a su parecer, salidos de entre unas tablas de otro apartamiento que junto al suyo estaba; y poniéndose con grande atención a escucharlo, oyó que decían:
—En triste y menguado signo mis padres me engendraron, y en no benigna estrella mi madre me arrojó a la luz del mundo; y bien digo arrojó, porque nacimiento como el mío, antes se puede decir arrojar que nacer. Libre pensé yo que gozara de la luz del sol en esta vida; pero engañóme mi pensamiento, pues me veo a pique de ser vendida por esclava: desventura a quien ninguna puede compararse.
—¡Oh tú, quienquiera que seas!—dijo a esta sazón el mancebo—. Si es, como decirse suele, que las desgracias y trabajos, cuando se comuni can, suelen aliviarse, llégate aquí, y, por entre los espacios descubiertos destas tablas, cuéntame los tuyos: que si en mí no hallares alivio, hallarás quien dellos se compadezca.
—Escucha, pues—le fué respondido—, que, en las más breves razones, te contaré las sinrazones que la fortuna me ha hecho. Pero querría saber primero a quién las cuento. Dime si eres, por ventura, un mancebo que poco ha hallaron medio muerto en unos maderos que dicen sirven de barcos a unos bárbaros que están en esta isla donde habemos dado fondo, reparándonos de la borrasca que se ha levantado.
—El mismo soy—respondió el mancebo.
—Pues, ¿quién eres?—preguntó la persona que hablaba.
—Dijératelo, si no quisiera que primero me obligaras con contarme tu vida, que, por las palabras que poco ha que te oí decir, imagino que no debe de ser tan buena como quisieras.
A lo que le respondieron:
—Escucha, que en cifra te diré mis males. El capitán y señor deste navío se llama Arnaldo; es hijo heredero del rey de Dinamarca, a cuyo poder vino por diferentes y extraños acontecimientos una principal doncella, a quien yo tuve por señora, a mi parecer, de tanta hermosura, que, entre las que hoy viven en el mundo, y entre aquellas que puede pintar en la imaginación el más agudo entendimiento, puede llevar la ventaja; su discreción iguala a su belleza, y sus des dichas a su discreción y a su hermosura: su nombre es Auristela; sus padres, de linaje de reyes y de riquísimo estado. Esta, pues, a quien todas estas alabanzas vienen cortas, se vió vendida y comprada de Arnaldo, y con tanto ahinco y con tantas veras la amó y la ama, que mil veces de esclava la quiso hacer su señora, admitiéndola por su legítima esposa, y esto con voluntad del rey, padre de Arnaldo, que juzgó que las raras virtudes y gentileza de Auristela mucho más que ser reina merecían; pero ella se defendía diciendo no ser posible romper un voto que tenía hecho de guardar virginidad toda su vida, y que no pensaba quebrarle en ninguna manera, si bien la solicitasen promesas o la amenazasen muertes. Pero no por esto ha dejado Arnaldo de entretener sus esperanzas con dudosas imaginaciones, arrimándolas a la variación de los tiempos y a la mudable condición de las mujeres, hasta que sucedió que, andando mi señora Auristela por la ribera del mar solazándose, no como esclava, sino como reina, llegaron unos bajeles de cosarios, y la robaron y llevaron no se sabe adónde. El príncipe Arnaldo, imaginando que estos cosarios eran los mismos que la primera vez se la vendieron—los cuales cosarios andan por todos estos mares, ínsulas y riberas robando o comprando las más hermosas doncellas que hallan, para traellas por granjería a vender a esta ínsula donde dicen que estamos, la cual es habitada de unos bárbaros, gente indómita y cruel, los cuales tienen entre sí por cosa inviolable y cierta, persuadidos, o ya del demonio, o ya de un antiguo hechicero a quien ellos tienen por sapientísimo varón, que de entre ellos ha de salir un rey que conquiste y gane gran parte del mundo; este rey que esperan no saben quién ha de ser, y, para saberlo, aquel hechicero les dió esta orden: que sacrificasen todos los hombres que a su ínsula llegasen, de cuyos corazones, digo, de cada uno de por sí, hiciesen polvos, y los diesen a beber a los bárbaros más principales de la ínsula, con expresa orden que, el que los pasase sin torcer el rostro ni dar muestras de que le sabía mal, le alzasen por su rey; pero no ha de ser éste el que conquiste el mundo, sino un hijo suyo. También les mandó que tuviesen en la isla todas las doncellas que pudiesen o comprar o robar, y que la más hermosa dellas se la entregasen luego al bárbaro cuya sucesión valerosa prometía la bebida de los polvos. Estas doncellas compradas o robadas son bien tratadas de ellos, que sólo en esto muestran no ser bárbaros, y las que compran son a subidísimos precios, que los pagan en pedazos de oro sin cuño y en preciosísimas perlas, de que los mares de las riberas destas islas abundan; y a esta causa, llevados deste interés y ganancia, muchos se han hecho cosarios y mercaderes—. Arnaldo, pues, que, como te he dicho, ha imaginado que en esta isla podría ser que estuviese Auristela, mitad de su alma, sin la cual no puede vivir, ha ordenado, para certificarse desta duda, de venderme a mí a los bárba ros, porque, quedando yo entre ellos, sirva de espía de saber lo que desea, y no espera otra cosa sino que el mar se amanse, para hacer escala y concluir su venta. Mira, pues, si con razón me quejo, pues la ventura que me aguarda es venir a vivir entre bárbaros, que de mi hermosura no me puedo prometer venir a ser reina, especialmente si la corta suerte hubiese traído a esta tierra a mi señora, la sin par Auristela. De esta causa nacieron los suspiros que me has oído, y destos temores las quejas que me atormentan.
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DEL LIBRO PRIMERO
Como se iba acercando el barco a la ribera, se iban apiñando los bárbaros, cada uno deseoso de saber, primero que viese, lo que en él venía; y, en señal de que lo recibirían de paz y no de guerra, sacaron muchos lienzos y los campearon por el aire, tiraron infinitas flechas al viento, y, con increíble ligereza, saltaban algunos de unas partes en otras. No pudo llegar el barco a bordas con la tierra, por ser la mar baja, que en aquellas partes crece y mengua como en las nuestras; pero los bárbaros, hasta cantidad de veinte, se entraron a pie por la mojada arena, y llegaron a él casi a tocarse con las manos. Traían sobre los hombros a una mujer bárbara, pero de mucha hermosura, la cual, antes que otro alguno hablase, dijo en lengua polaca:
—A vosotros, quienquiera que seáis, pide nuestro príncipe, o, por mejor decir, nuestro gobernador, que le digáis quién sois, a qué venís y qué es lo que buscáis. Si, por ventura, traéis alguna doncella que vender, se os será muy bien pagada; pero si son otras mercancías, las vuestras no las hemos menester, porque en esta nuestra isla, merced al cielo, tenemos todo lo necesario para la vida humana, sin tener necesidad de salir a otra parte a buscarlo.
Entendióla muy bien Arnaldo, y preguntóle si era bárbara de nación, o si acaso era de las compradas en aquella isla, a lo que le respondió:
—Respóndeme tú a lo que he preguntado, que estos mis amos no gustan que en otras pláticas me dilate, sino en aquellas que hacen al caso para su negocio.
Oyendo lo cual, Arnaldo respondió:
—Nosotros somos naturales del reino de Dinamarca, usamos el oficio de mercaderes y de cosarios, trocamos lo que podemos, vendemos lo que nos compran y despachamos lo que hurtamos; y entre otras presas que a nuestras manos han venido, ha sido la de esta doncella—y señaló a Periandro—, la cual, por ser una de las más hermosas, o, por mejor decir, la más hermosa del mundo, os la traemos a vender, que ya sabemos el efeto para qué las compran en esta isla; y si es que ha de salir verdadero el vaticinio que vuestros sabios han dicho, bien podéis esperar desta sin igual belleza y disposición gallarda que os dará hijos hermosos y valientes.
Oyendo esto, algunos de los bárbaros preguntaron a la bárbara les dijese lo que decía; díjolo ella, y al momento se partieron cuatro dellos, y fueron, a lo que pareció, a dar aviso a su gobernador. En este espacio que volvían, preguntó Arnaldo a la bárbara si tenían algunas mujeres compradas en la isla, y si había alguna entre ellas de belleza tanta que pudiese igualar a la que ellos traían para vender.
—No—dijo la bárbara—; porque, aunque hay muchas, ninguna dellas se me iguala, porque, en efeto, yo soy una de las desdichadas para ser reina destos bárbaros, que sería la mayor desventura que me pudiese venir.
Volvieron los que habían ido a la tierra, y con ellos otros muchos y su príncipe, que lo mostró ser en el rico adorno que traía. Habíase echado sobre el rostro un delgado y transparente velo Periandro, por dar de improviso, como rayo, con la luz de sus ojos en los de aquellos bárbaros, que con grandísima atención le estaban mirando. Habló el gobernador con la bárbara, de que resultó que ella dijo a Arnaldo que su príncipe decía que mandase alzar el velo a su doncella. Hízose así, levantóse en pie Periandro, descubrió el rostro, alzó los ojos al cielo, mostró dolerse de su ventura, extendió los rayos de sus dos soles a una y otra parte, que, encontrándose con los del bárbaro capitán, dieron con él en tierra; a lo menos, así lo dió a entender el hincarse de rodillas, como se hincó, adorando a su modo en la hermosa imagen, que pensaba ser mujer, y, hablando con la bárbara, en pocas razones concertó la venta, y dió por ello, todo lo que quiso pedir Arnaldo, sin replicar palabra alguna. Partieron todos los bárbaros a una isla; en un instante volvieron con infinitos pedazos de oro y con luengas sartas de finí simas perlas, que sin cuenta y a montón confuso se las entregaron a Arnaldo, el cual luego, tomando de la mano a Periandro, le entregó al bárbaro, y dijo a la intérprete dijese a su dueño que dentro de pocos días volvería a venderle otra doncella, si no tan hermosa, a lo menos tal que pudiese merecer ser comprada. Abrazó Periandro a todos los que en el barco venían, casi preñados los ojos de lágrimas, que no le nacían de corazón afeminado, sino de la consideración de los rigurosos trances que por él habían pasado; hizo señal Arnaldo a la nave que disparase la artillería, y el bárbaro a los suyos que tocasen sus instrumentos, y en un instante atronó el cielo la artillería y la música de los bárbaros, y llenaron los aires de confusos y diferentes sones. Con este aplauso, llevado en hombros de los bárbaros, puso los pies en tierra Periandro, llegó a su nave Arnaldo y los que con él venían, quedando concertado entre Periandro y Arnaldo que, si el viento no le forzase, procuraría no desviarse de la isla sino lo que bastase para no ser de ella descubierto, y volver a ella a vender, si fuese necesario, a Taurisa, que, con la seña que Periandro le hiciese, se sabría el sí o el no del hallazgo de Auristela; y, en caso que no estuviese en la isla, no faltaría traza para libertar a Periandro, aunque fuese moviendo guerra a los bárbaros con todo su poder y el de sus amigos.
Table of contents
Inside this edition
- 01Full text
- 02CAPITULO II
- 03CAPITULO III
- 04CAPITULO IV
- 05CAPITULO V
- 06CAPITULO VI
- 07CAPITULO VII
- 08CAPITULO VIII
- 09CAPITULO IX
- 10CAPITULO X
- 11CAPITULO XI
- 12CAPITULO XI
- 13CAPITULO XIII
- 14CAPITULO XIV
- 15CAPITULO XV
- 16CAPITULO XVI
- 17CAPITULO XVI
- 18CAPITULO XVIII
- 19CAPITULO XIX
- 20CAPITULO XX
- 21CAPITULO XXI
- 22CAPITULO XXII
- 23CAPITULO XXIII
- 24CAPITULO II
- 25CAPITULO III
- 26CAPITULO IV
- 27CAPITULO V
- 28CAPITULO VI
- 29CAPITULO VII
- 30CAPITULO VII
- 31CAPITULO VIII
- 32CAPITULO IX
- 33CAPITULO X
- 34CAPITULO XI
- 35CAPITULO XII
- 36CAPITULO XIII
- 37CAPITULO XIV
- 38CAPITULO XV
- 39CAPITULO XVI
- 40CAPITULO XVII
- 41CAPITULO XVIII
- 42CAPITULO XIX
- 43CAPITULO XX
- 44CAPITULO XXI
- 45CAPITULO II
- 46CAPITULO III
- 47CAPITULO IV
- 48CAPITULO V
- 49CAPITULO VI
- 50CAPITULO VII
- 51CAPITULO VIII
- 52CAPITULO IX
- 53CAPÍTULO X
- 54CAPITULO XI
- 55CAPÍTULO XII
- 56CAPITULO XIII
- 57CAPITULO XIV
- 58CAPITULO XV
- 59CAPITULO XVI
- 60CAPITULO XVII
- 61CAPITULO XVIII
- 62CAPITULO XIX
- 63CAPITULO XX
- 64CAPITULO XXI
- 65CAPITULO II
- 66CAPITULO III
- 67CAPITULO IV
- 68CAPITULO V
- 69CAPITULO VI
- 70CAPITULO VII
- 71CAPITULO VIII
- 72CAPITULO IX
- 73CAPITULO X
- 74CAPITULO XI
- 75CAPITULO XI
- 76CAPITULO XIII
- 77CAPITULO XIV
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