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Spanish Edition

Literature

Poesías

Spanish BooksWhale Edition by José de Espronceda

Poesía romántica de libertad, rebeldía, amor, noche, destino y exaltación individual.

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Poesías

Poesías reúne la voz apasionada de Espronceda, marcada por rebeldía política, exaltación del yo, imágenes nocturnas, amor imposible y ansia de libertad. La colección es una entrada directa al romanticismo español y a su mezcla de música verbal, gesto heroico y melancolía.

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José de Espronceda murió en 1842, y sus Poesías pertenecen a la primera mitad del siglo XIX. Estas fechas respaldan el dominio público del texto español original.

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Poesías

José de Espronceda

Poesías

A la patria

A una dama burlada

A una estrella

Al sol

Canción de la muerte

Canción del pirata

Canto a Teresa

Despedida del patriota griego de la hija del apóstata

El arrepentimiento

El canto del cosaco

El mendigo

El pescador

El reo de muerte

El verdugo

¡Guerra!

Himno al dos de mayo

La cautiva

La desesperación

Óscar y Malvina

Serenata

A Jarifa en una orgía

A la noche

A *** dedicándole estas poesías

A la muerte de Torrijos y sus compañeros

A un ruiseñor

Fresca, lozana, pura y olorosa

Autor

Los temas de esta compilación son el placer, la libertad, el amor, el desengaño, la muerte, la patria, la tristeza, la duda, la protesta social, etc.

José de Espronceda

Poesías

nadie4ever 22.10.13

Título original: Poesías

José de Espronceda, 1840

Diseño de portada: Antonio María Equivel

ePub base r1.0

A la patria

Elegía

¡Cuán solitaria la nación que un día

poblara inmensa gente,

la nación cuyo imperio se extendía

del Ocaso al Oriente!

¡Lágrimas viertes, infeliz ahora,

soberana del mundo,

y nadie de tu faz encantadora

borra el dolor profundo!

Oscuridad y luto tenebroso

en ti vertió la muerte,

y en su furor el déspota sañoso

se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía;

cayó el joven guerrero,

cayó el anciano, y la segur impía

manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura

del déspota sombrío,

como eclipsa la rosa su hermosura

en el sol del estío.

¡Oh vosotros, del mundo habitadores,

contemplad mi tormento!

¿igualarse podrán ¡ah!, qué dolores

al dolor que yo siento?

Yo desterrado de la patria mía,

de una patria que adoro,

perdida miro su primer valía

y sus desgracias lloro.

Hijos espurios y el fatal tirano

sus hijos han perdido,

y en campo de dolor su fértil llano

tienen ¡ay!, convertido.

Tendió sus brazos la agitada España,

sus hijos implorando;

sus hijos fueron, mas traidora saña

desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados?

¡Oh mi patria querida!

¿Dónde fueron tus héroes esforzados,

tu espada no vencida?

¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente

está el rubor grabado;

a sus ojos caídos tristemente

el llanto está agolpado.

Un tiempo España fue: cien héroes fueron

en tiempos de ventura,

y las naciones tímidas la vieron

vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta,

su frente se elevaba;

como el trueno a la virgen amedrenta,

su voz las aterraba.

Mas ora, como piedra en el desierto,

yaces desamparada,

y el justo desgraciado vaga incierto

allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío

pobre yerba y arena,

y el enemigo que tembló a su brío

burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera

y dadla al vago viento;

acompañad con arpa lastimera

mi lúgubre lamento.

Desterrados, ¡oh Dios!, de nuestros lares,

lloremos duelo tanto.

¿Quién calmará, ¡oh España!, tus pesares?

¿Quién secará tu llanto?

A una dama burlada

Dueña de rubios cabellos,

tan altiva,

que creéis que basta el vellos

para que un amante viva

preso en ellos

el tiempo que vos queréis;

si tanto ingenio tenéis

que entretenéis tres galanes,

¿cómo salieron mal hora,

mi señora,

tus afanes?

Pusiste gesto amoroso

al primero;

al segundo el rostro hermoso

le volviste placentero,

y con doloso

sortilegio en tu prisión

entró un tercer corazón;

viste a tus pies tres galanes,

y diste, al verlos rendidos,

por cumplidos

tus afanes.

¡De cuántas mañas usabas

diligente!

Ya tu voz al viento dabas,

ya mirabas dulcemente,

o ya hablabas

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Reclinado sobre el suelo

con lenta amarga agonía,

pensando en el triste día

que pronto amanecerá,

en silencio gime el reo

y el fatal momento espera

en que el sol por vez postrera

en su frente lucirá.

Un altar y un crucifijo,

y la enlutada capilla

lánguida vela amarilla

tiñe en su luz funeral,

y junto al mísero reo,

medio encubierto el semblante,

se oye al fraile agonizante

en son confuso rezar.

El rostro levanta el triste

y alza los ojos al cielo;

tal vez eleva en su duelo

la súplica de piedad:

¡Una lágrima!, ¿es acaso

de temor o de amargura?

¡ay!, a aumentar su tristura

¡Vino un recuerdo quizá!

Es un joven y la vida

llena de sueños de oro,

pasó ya, cuando aún el lloro

de la niñez no enjugó:

El recuerdo es de la infancia,

¡Y su madre que le llora,

para morir así ahora

con tanto amor le crio!

Y a par que sin esperanza

ve ya la muerte en acecho,

su corazón en su pecho

siente con fuerza latir,

al tiempo que mira al fraile

que en paz ya duerme a su lado,

y que ya viejo y postrado

le habrá de sobrevivir.

¿Mas qué rumor a deshora

rompe el silencio?, resuena

una alegre cantinela

y una guitarra a la par,

y gritos y de botellas

que se chocan, el sonido,

y el amoroso estallido

de los besos y el danzar.

Y también pronto en son triste

lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

Y la voz de los borrachos,

y sus brindis, sus quimeras,

y el cantar de las rameras,

y el desorden bacanal

en la lúgubre capilla

penetran, y carcajadas,

cual de lejos arrojadas

de la mansión infernal.

Y también pronto en son triste

lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

¡Maldición!, al eco infausto

el sentenciado maldijo

la madre que como a hijo

a sus pechos le crio;

y maldijo el mundo todo,

maldijo su suerte impía,

maldijo el aciago día

y la hora en que nació.

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Serena la luna

alumbra en el cielo,

domina en el suelo

profunda quietud;

ni voces se escuchan,

ni ronco ladrido,

ni tierno quejido

de amante laúd.

Madrid yace envuelto en sueño,

todo al silencio convida,

y el hombre duerme y no cuida

del hombre que va a expirar;

si tal vez piensa en mañana,

ni una vez piensa siquiera

en el mísero que espera

para morir, despertar;

que sin pena ni cuidado

los hombres oyen gritar:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

¡Y el juez también en su lecho

duerme en paz!, ¡y su dinero

el verdugo placentero

entre sueños cuenta ya!

Tan sólo rompe el silencio

en la sangrienta plazuela

el hombre del mal que vela

un cadalso al levantar.

Loca y confusa la encendida mente,

sueños de angustia y fiebre y devaneo

el alma envuelven del confuso reo,

que inclina al pecho la abatida frente.

Y en sueños

confunde

la muerte,

la vida.

Recuerda

y olvida,

suspira,

respira

con hórrido afán.

Y en un mundo de tinieblas

vaga y siente miedo y frío,

y en su horrible desvarío

palpa en su cuello el dogal;

y cuanto más forcejea,

cuanto más lucha y porfía,

tanto más en su agonía

aprieta el nudo fatal.

Y oye ruido, voces, gentes,

y aquella voz que dirá:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

O ya libre se contempla,

y el aire puro respira,

y oye de amor que suspira

la mujer que un tiempo amó,

bella y dulce cual solía,

tierna flor de primavera,

el amor del la pradera

que el abril galán mimó.

Y gozoso a verla vuela,

y alcanzarla intenta en vano,

que al tender la ansiosa mano

su esperanza a realizar,

su ilusión la desvanece

de repente el sueño impío,

y halla un cuerpo mudo y frío

y un cadalso en su lugar.

Y oye a su lado en son triste

lúgubre voz resonar:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

El verdugo

De los hombres lanzado al desprecio,

de su crimen la víctima fui,

y se evitan de odiarse a sí mismos,

fulminando sus odios en mí.

Y su rencor

al poner en mi mano, me hicieron

su vengador;

y se dijeron

«Que nuestra vergüenza común caiga en él;

se marque en su frente nuestra maldición;

su pan amasado con sangre y con hiel,

su escudo con armas de eterno baldón

sean la herencia

que legue al hijo,

el que maldijo

la sociedad».

¡Y de mí huyeron,

de sus culpas el manto me echaron,

y mi llanto y mi voz escucharon

sin piedad!

Al que a muerte condena le ensalzan…

¿Quién al hombre del hombre hizo juez?

¿Que no es hombre ni siente el verdugo

imaginan los hombres tal vez?

¡Y ellos no ven

Que yo soy de la imagen divina

copia también!

Y cual dañina

fiera a que arrojan un triste animal

que ya entre sus dientes se siente crujir,

así a mí, instrumento del genio del mal,

me arrojan el hombre que traen a morir.

Y ellos son justos,

yo soy maldito;

yo sin delito

soy criminal:

mirad al hombre

que me paga una muerte; el dinero

me echa al suelo con rostro altanero,

¡a mí, su igual!

El tormento que quiebra los huesos

y del reo el histérico ¡ay!,

y el crujir de los nervios rompidos

bajo el golpe del hacha que cae,

son mi placer.

Y al rumor que en las piedras rodando

hace, al caer,

del triste saltando

la hirviente cabeza de sangre en un mar,

allí entre el bullicio del pueblo feroz

mi frente serena contemplan brillar,

tremenda, radiante con júbilo atroz

que de los hombres

Table of contents

Inside this edition

  1. 01Full text
  2. 02I
  3. 03II
  4. 04LA DESPEDIDA
  5. 05EL COMBATE
  6. 06BIOGRAFÍA
  7. 07OBRA

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