
Spanish Edition
Literature
Riverita
Spanish BooksWhale Edition by Armando Palacio Valdés
La formación de Miguel Rivera descubre afectos, disciplina y jerarquías sociales entre la vida familiar, los estudios y nuevas amistades.
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Book introduction
Riverita
Armando Palacio Valdés acompaña a Miguel Rivera en un aprendizaje marcado por la familia, la educación, las relaciones de dependencia y el descubrimiento de otros ambientes sociales. Los encuentros del joven permiten observar tanto el afecto como la dureza de las costumbres. Esta edición española reúne los dos tomos de Riverita: doce capítulos del primero y diecisiete del segundo.
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Armando Palacio Valdés falleció en 1938; la obra se publicó en 1886. Se utiliza el texto original español digitalizado por Project Gutenberg, sin publicidad, ilustraciones ni anotaciones editoriales.
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Preview chapterTomo I — Capítulo IRead preview
La primera noticia que Miguel tuvo del matrimonio de su padre se la dio el tío Bernardo, persona de extremada respetabilidad y carácter. Tomole de la mano gravemente momentos antes de comer, y le llevó a su escritorio, una pieza de aspecto sombrío, llena de cachivaches antiguos, grandes armarios de libros y cuadros al óleo que el tiempo había oscurecido hasta no percibirse siquiera las figuras. Las sillas eran de roble viejo, las cortinas de terciopelo viejo también, la alfombra más vieja todavía, la mesa de escribir un verdadero prodigio de vejez. Miguel sólo dos veces en su vida había visto este aposento sagrado y augusto para la familia. Una vez se lo había enseñado su primo Enrique desde la puerta alzando discretamente la cortina y mirando con temor hacia atrás para no ser sorprendido en flagrante profanación. Otra vez había sido residenciado por su tío en aquel recinto en compañía del mismo Enrique por haber ambos maltratado de palabra y de obra a la cocinera de la casa bajo el pretexto infundado de que no eran suficientes dos peras por barba para merendar. No es fácil imaginar, pues, el respeto que esta pieza le merecía a Miguel, aunque su temperamento no fuese demasiadamente respetuoso, según constaba de modo incontestable en la escuela y en otros diversos parajes de la villa.
D. Bernardo dejó a su sobrino arrimado a la mesa de escribir y comenzó a pasear silenciosamente y con las manos atrás; sopló con fuerza tres o cuatro veces, desgarró otras tantas, y dijo al fin parándose un instante:
—Miguel, tú tienes uso de razón, ¿no es cierto?
Miguel le miró, abriendo mucho los ojos, sin contestar.
—¿Has cumplido los siete años?—manifestó su tío poniendo el concepto más al alcance del niño.
—Tengo ocho.
—Tanto mejor... En efecto, tu padre se casó diez años después que yo... hace nueve aproximadamente... Muy niño eres aún para entender ciertas cosas. ¡Muy niño! ¡Muy niño!
Y D. Bernardo contempló con expresión de lástima a su sobrino, que apenas podía posar, estirándose mucho, la barba sobre la mesa, y meditó breves momentos: después continuó paseando.
—Sin embargo, pienso, Miguel, que harás un esfuerzo para entenderme... ¿no es verdad que lo harás?... No es menester que penetres por completo el sentido de mis palabras, porque en edad tan tierna no es posible; basta con que te hagas cargo de lo que voy a decirte... de lo que tengo encargo de decirte—añadió rectificando.—Has tenido la desgracia de perder a tu madre cuando naciste, de no haberla conocido; era una verdadera dama, noble, distinguida, de modales muy finos, y que se hacía respetar de todos. En este concepto, nuestra familia nada tuvo que oponer al matrimonio de Fernando, por más que tu madre no fuese rica, que no lo era en verdad: la distinción, los modales, las relaciones compensan muy bien la falta de fortuna. Mercedes estaba relacionada con la mejor sociedad de Madrid y sabía hacer los honores de un salón como la primera. Desgraciadamente para tu padre, falleció al año de estar unidos, cuando el tapicero no había terminado aún de arreglar los dos salones que habían destinado para recibir, cuando aún no se habían repartido todas las papeletas de enlace. Si algo pudo mitigar el dolor de Fernando, fue el testimonio de respeto que en aquella ocasión se apresuró a darle la espuma de la sociedad madrileña: más de doscientos coches particulares siguieron el entierro de la pobre Mercedes; S. M. mandó el coche de respeto con los lacayos enlutados; después se recogieron a la puerta más de seiscientas tarjetas de pésame, y a los funerales que por el eterno descanso de su alma se celebraron en San Isidro, acudió un sinnúmero de personas de calidad, y en representación de S. M., el mayordomo de Palacio. Yo presidí el duelo de familia, el segundo cabo el de militares, y Monseñor Giner el de sacerdotes. Sobre este punto no hay más que decir: todo fue conforme a los usos establecidos y a lo que exigía el decoro de nuestra familia.
Preview chapterTomo I — Capítulo IIPreview
En el pasillo aguardaba Enrique a su primo Miguel, el cual, así que le vio levantó los brazos y sonando las castañuelas dio tres o cuatro zapatetas en el aire para acercarse a él.
—¿Quieres que bajemos a la cochera hasta la hora de comer?
—¿Y si viene mamá?
Miguel hizo un gesto de desprecio. Enrique vaciló algunos instantes, mas al fin se decidió a abrir con sigilo la puerta y escaparse por la escalera de servicio.
Era Enrique un muchacho que guardaba en aquella época semejanza increíble con un perro ratonero de los que hoy tienen prestigio entre las damas; después se compuso bastante, pero aún es feo hasta donde un hombre de bien puede serlo. Traía por lo común el cabello hecho greñas y aborrascado, las narices llenas de mocos, las manos sucias y el vestido roto y cuajado de lamparones. Sólo cuando a doña Martina su madre le venía en mientes sacarlo a paseo o llevarlo a misa o de visita a alguna casa se le podía ver; mas para esto era necesario que aquella señora le condujese al piso segundo y se encerrase con él en un cuarto que pudiera llamarse de las abluciones; al cabo de media hora después de haber sufrido una razonable cantidad de repelones, estirones de orejas y bofetadas, que doña Martina creía indispensable asociar siempre a su tarea, salía el buen Enrique lloroso y suspirando, pero más limpio que una patena. Y hasta otra. En la casa, donde imperaba la pulcritud, se le miraba de mal ojo y era a menudo víctima por su aversión a aquella preciosa cualidad, no sólo de las correcciones paternales, sino de las crueles e impensadas arremetidas de su hermana mayor Eulalia, joven de diez y seis abriles no muy floridos, casta, limpia, hacendosa, diligente, llena, en fin, de virtudes domésticas, el mimo de sus papás y el blanco del odio de Enrique y del primo Miguel.
—Oyes, Miguel—le dijo Enrique en voz baja, mientras descendían cautelosamente por la escalera del patio;—¿para qué te quería papá?
—Para decirme que mi papá va a casarse—respondió Miguel alzando los hombros con indiferencia.
—¿Con quién?
—Con una señora.
—¿Entonces vas a tener mamá pronto?
Miguel no juzgó necesario contestar.
—¿Estás contento?
—¿A mí qué me importa?
—¿No tienes miedo que haya?... (Enrique hizo una seña expresiva de vapuleo.)
Miguel le miró un poco turbado.
—¿Por qué?
—Las mamás pegan siempre más que los papás—afirmó sentenciosamente Enrique.
Miguel calló unos instantes y al fin dijo:
—Si me pegase, le pegaría a ella papá.
Enrique no quiso insistir.
En esto cruzaron el patio y entraron en la cochera. Lo que allí hicieron no es para contado y menos para descrito; un sinnúmero de travesuras, todas en manifiesta oposición con la integridad y aseo de los trajes: baste decir que a última hora entraron en la cuadra, montaron los caballos, les llenaron los pesebres de paja, les barrieron la porquería, y no satisfechos aún, tomando el cepillo y el rascador, se pusieron a sacarles el polvo (y a echárselo a sí mismos encima). Cuando se fue acercando la hora de comer, estaban ambos que daba asco mirarlos; tanto, que Enrique, el cual, como ya hemos dicho, no tenía inclinación bien determinada hacia la limpieza, quedó un momento pensativo mirándose y mirando a su primo.
—¿Sabes que estamos muy puercos, Miguel?
Éste asintió con la cabeza, mirándose y mirando a su primo también.
—Si vamos al comedor así, me da mamá una tocata... ¡Recontra qué tocata!
Miguel, con quien no había de ir el asunto, se contentó con sacudirse un poco el polvo.
—Mira, vamos al cuarto de Eulalia, al piso segundo, y allí nos podemos lavar... Yo con estas manos no voy al comedor.
Preview chapterTomo I — Capítulo IIIPreview
A comer, a comer—dijo doña Martina.
Y en el mismo instante un criado apareció con la humeante sopera entre las manos.
D. Bernardo se levantó para ofrecer el asiento al coronel Bembo; pero éste, conociendo las costumbres de la casa, se guardó muy bien de aceptarlo; si el anfitrión hubiera cambiado de sitio, quizá no le sentase tan bien la comida. Ocupó un puesto a su derecha; sentáronse Vicente, Carlos y Miguel en las sillas que doña Martina les fue designando, mientras Hojeda aguardaba en pie a que todos estuviesen colocados para acomodarse.
Faltaba Eulalia.
—¿Dónde está Eulalia?—preguntó su madre.
El criado manifestó que la había visto hacía un instante subir a su cuarto. Enrique y Miguel se miraron y sonrieron como cazurros; pero estaban un poco pálidos.
—A ver—dijo doña Martina al criado,—suba usted al cuarto de la señorita y dígale que ya estamos a la mesa.
No hubo necesidad. En aquel momento apareció Eulalia, toda sofocada, con los ojos llorosos y una jofaina entre las manos.
—¿Qué es eso?—preguntó doña Martina con sorpresa.
—¡Mamá, no sabes lo que han hecho en mi cuarto esos chicos!—profirió Eulalia con trabajo y dispuesta a sollozar.—¡Todo lo han revuelto y estropeado!... ¡Los polvos de los dientes llenos de agua!... ¡Los frascos de esencia abiertos y menos de mediados!... ¡El jabón hecho una repla!... ¡Los cepillos de dientes por el suelo!... ¡La esponja llena de porquería!... ¡La colcha de mi cama llena de betún! Y la toalla ¡mira cómo la han dejado!...
Y exhibió a los circunstantes con una mano la toalla donde estaban señalados como carbón los dedazos asquerosos de su primo y hermano, y con la otra la jofaina, conteniendo un licor negro y espeso, que al moverse la dejaba teñida.
—¿Pero quién ha hecho eso?—preguntó doña Martina.
—Enrique y Miguel.
—¡Se habrá visto muchacho más cerdo!—exclamó, dando la vuelta a la mesa para acercarse al primero.
Y luego que se hubo acercado le arrimó un par de bofetadas que se oyeron en la cocina, y sobre éste otro par, y otro después, y así sucesivamente, hasta que D. Bernardo exclamó en voz alta e imperiosa:
—¡Mujer!
Doña Martina suspendió la corrección y volvió los ojos a su esposo con sorpresa.
—Observa—dijo éste bajando la voz y señalando al coronel—que hay personas delante...
—Dispénseme V., coronel—manifestó la señora sofocada aún por la ira;—pero no lo puedo remediar... ¡Este hijo con sus cochinerías me quita la vida!
El hijo, en tanto, daba tales gritos, que no diré en la cocina, sino en toda la vecindad debieran oírse perfectamente.
Se había levantado de la silla, y en el colmo del furor pegaba allá en un rincón patadas horrendas en el suelo.
—¡Contra! ¡recontra! ¡me c... en diez!... ¡Por esa cochina!... ¡por esa sinvergüenza!... ¡por esa metebaza!...
—¡Chis! ¡chis!... ¡Silencio, niño!—dijo D. Bernardo, frunciendo aún más la frente, lo cual, en verdad, parecía imposible.
—¡Vamos, Enrique!—exclamó doña Martina, procurando reprimirse.
—¿Y por qué no le pegan a Miguel que hizo más que yo, recontra?—gritó con furor.
—¡Vamos, Enrique!—volvió a exclamar doña Martina.—¡Tengamos la fiesta en paz!
Y acercándose a él y metiéndole la voz por el oído, comenzó a decirle:
—¿No comprendes, mentecato, que Miguel no es hijo mío?... Si lo fuese le pegaría como a ti... Pero tú eres mayor qué él, y estás en tu casa... Debieras dar ejemplo... ¡A quién se le ocurren sino a ti esas cosas, majadero!... Eres capaz tú solo de revolver esta casa y todas las de Madrid... ¿Es eso lo que te enseña el maestro en la escuela? ¿Di, gaznápiro, di?...
Table of contents
Inside this edition
- 01Tomo I — Capítulo I
- 02Tomo I — Capítulo II
- 03Tomo I — Capítulo III
- 04Tomo I — Capítulo IV
- 05Tomo I — Capítulo V
- 06Tomo I — Capítulo VI
- 07Tomo I — Capítulo VII
- 08Tomo I — Capítulo VIII
- 09Tomo I — Capítulo IX
- 10Tomo I — Capítulo X
- 11Tomo I — Capítulo XI
- 12Tomo I — Capítulo XII
- 13Tomo II — Capítulo I
- 14Tomo II — Capítulo II
- 15Tomo II — Capítulo III
- 16Tomo II — Capítulo IV
- 17Tomo II — Capítulo V
- 18Tomo II — Capítulo VI
- 19Tomo II — Capítulo VII
- 20Tomo II — Capítulo VIII
- 21Tomo II — Capítulo IX
- 22Tomo II — Capítulo X
- 23Tomo II — Capítulo XI
- 24Tomo II — Capítulo XII
- 25Tomo II — Capítulo XIII
- 26Tomo II — Capítulo XIV
- 27Tomo II — Capítulo XV
- 28Tomo II — Capítulo XVI
- 29Tomo II — Capítulo XVII
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