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Spanish Edition

Literature

Sueños y discursos

Spanish BooksWhale Edition by Francisco de Quevedo

La sátira barroca de Quevedo desciende a infiernos morales de jueces, médicos, poetas y poderosos.

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Book introduction

Sueños y discursos

Sueños y discursos reúne visiones satíricas donde Quevedo desmonta oficios, vicios, falsas apariencias y corrupción moral. Su prosa conceptista, feroz y cómica convierte el sueño en instrumento crítico para mirar la sociedad desde el desengaño barroco.

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Francisco de Quevedo murió en 1645, y Sueños y discursos se publicó en 1627. Estas fechas sostienen la base de dominio público del texto español usado en esta edición.

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Sueños y discursos

Estos tratadillos de diferentes argumentos, que han sido preciados por hombres doctos, y leídos con mucho gusto por curiosos y amigos de buenas letras, procuran salir a luz con título de Sueños de verdades descubridoras de abusos, engaños y vicios en todos los géneros de estados y oficios del mundo, por don Francisco de Quevedo Villegas, etc. Y para este efecto los he reconocido y examinado por mandado y comisión del Excelentísimo señor Obispo de Barcelona, y digo que conforme van en el original que yo he censurado, pueden salir en público por la impresión sin peligro, por no haber en ellos cosa contraria a la Fe católica ni buenas costumbres. Antes bien, tengo por cierto que de la agudeza de ingenio, fértil de tan varia erudición, declarada con lenguaje tan limado y terso, quedarán contentos los que leyeren, y aun los que bien saben aprenderán muchas cosas de provecho. Éste es mi parecer, y en testimonio firmé de mi mano esta cédula en Santa Caterina Mártir de Barcelona, a 18 de enero 1627.

FRAY TOMÁS ROCA.

Die 25 mensis Ianuaria 1627.

Imprimatur. Io Epis. Barcin.

Don Michael Sala, Regens.

Lo bisbe de Solsona, loctinent y capitá general

Per quant per part de Joan Sapera, llibreter de la present ciutat nos es estat referit que desija imprimir un llibre intitulat Sueños de verdades descubridoras de abusos, vicios, y engaños en todo género de estados, y oficios, compost per don Francisco de Quevedo Villegas, suplicant sie de mercé nostra donar y concedirli licencia, atesa la licentia del ordinari. Perçò, ab tenor de la present, de nostra certa scientia y real autoritat concedim licentia al dit Joan Sapera perqué ninguna persona sens son orde y llicencia nols puga imprimir ni vendre sots pena de perdre los motllos y aparells de la impresió, y de cinc cents florins or de Aragó als reals cofres aplicadors, y dels bens dels contrafaents irremisiblement exidors, conforme més llargament conté en lo privilegi real, y que lo present privilegi sie durador per temps de deu anys prop pasats, los quals pasats sie extincta y finida. Dat en Barcelona a VI de mars MDCXXVII.

EL OBISPO DE SOLSONA

Ut Don Michael Sala, Regens.

Ut Don Iacobus de Lupia.

Et Doms. Reg. Thesau., Michael Pérez.

In diverso loc., XXIII.

Fol. CCLXXXV.

Del doctor don Miguel Ramírez, aprobación

Por comisión general

de un buen consejo miré

este libro, y no habla mal;

gracia y sal tiene, y a fe

que cura llagas su sal.

Contra la fe en nada va,

consejos a tiempos da,

castiga a quien lo merece,

parecerá, si parece,

y así imprimir se podrá.

Del bachiller Pedro de Meléndez, aprobación

Por comisión general

del Consejo, sin pedirlo,

vi este libro con cuidado,

y está bien, y bien mirado

¿quién puede contradecirlo?

Con discreción, sin mentir,

murmura por corregir algunas malas costumbres;

quita de vicios vislumbres,

y así se podrá imprimir.

De doña Raimunda Matilde, décima

Murmurando decir bien,

diciendo bien, murmurar,

de todos satirizar

y hablar de todos tan bien,

sólo se hallará en quien

al mismo infierno ha bajado,

y aunque el bien ha deseado

y el mal desterrar procura,

es ya tal su desventura

que el mal Que-vedó ha quedado.

Del capitán don Joseph de Bracamonte, dialogístico soneto entre Tomumbeyo Traquitantos, alguacil de la reina Pantasilea, y Dragalvino, corchete

ALGUACIL:

Por el Alcázar juro de Toledo

y voto al sacro paladión troyano,

que tengo de vengarme por mi mano

y hacer manco del otro pie a Quevedo.

CORCHETE:

Yo a la Santa Inquisición, si puedo,

le tengo de acusar de mal cristiano,

probándole que cree en sueño vano

y que habló con los demonios a pie quedo.

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El Sueño del Juicio Final El alguacil endemoniado Al conde de Lemos, presidente de Indias A manos de V. Excelencia van estas desnudas verdades que buscan no quien las vista, sino quien las consienta, que a tal tiempo hemos venido que, con ser tan sumo bien, hemos de rogar con él. Prométese seguridad en ellas solas. Viva vuestra Excelencia para honra de nuestra edad. DON FRANCISCO QUEVEDO VILLEGAS. [Discurso] Los sueños dice Homero que son de Júpiter y que él los envía, y en otro lugar que se ha de creer. Es así cuando tocan en cosas importantes y piadosas o las sueñan reyes y grandes señores, como se colige del doctísimo y admirable Propertio en estos versos: Nec tu sperne piis venientia somnia portis: cum pia venerunt somnia, pondus habent Dígolo a propósito que tengo por caído del cielo uno que yo tuve en estas noches pasadas, habiendo cerrado los ojos con el libro del Beato Hipólito de la fin del mundo y segunda venida de Cristo, lo cual fue causa de soñar que veía el Juicio Final. Y aunque en casa de un poeta es cosa dificultosa creer que haya juicio aunque por sueños, le hubo en mí por la razón que da Claudio en la prefación al libro 2 del Rapto, diciendo que todos los animales sueñan de noche como sombras de lo que trataron de día; y Petronio Arbitro dice: Et canis in somnis leporis vestigia latrat y hablando de los jueces: Et pauidi cernunt inclusum chorte tribunal Pareciome, pues, que veía un mancebo que discurriendo por el aire daba voz de su aliento a una trompeta, afeando con su fuerza en parte su hermosura. Halló el son obediencia en los mármoles y oído en los muertos, y así al punto comenzó a moverse toda la tierra y a dar licencia a los huesos, que andaban ya unos en busca de otros;

y pasando tiempo, aunque fue breve, vi a los que habían sido soldados y capitanes levantarse de los sepulcros con ira, juzgándola por seña de guerra; a los avarientos con ansias y congojas, celando algún rebato y los dados a vanidad y gula, con ser áspero el son, lo tuvieron por cosa de sarao o caza. Esto conocía yo en los semblantes de cada uno y no vi que llegase el ruido de la trompa a oreja que se persuadiese que era cosa de juicio. Después noté de la manera que algunas almas venían con asco, y otras con miedo huían de sus antiguos cuerpos. A cuál faltaba un brazo, a cuál un ojo, y diome risa ver la diversidad de figuras y admirome la providencia de Dios en que, estando barajados unos con otros, nadie por yerro de cuenta se ponía las piernas ni los miembros de los vecinos. Solo en un cementerio me pareció que andaban destrocando cabezas y que veía un escribano que no le venía bien el alma y quiso decir que no era suya por descartarse de ella. Después ya que ha noticia de todos llegó que era el día del Juicio, fue de ver cómo los lujuriosos no querían que los hallasen sus ojos por no llevar al tribunal testigos contra sí los maldicientes las lenguas, los ladrones y matadores gastaban los pies en huir de sus mismas manos. Y volviéndome a un lado vi a un avariento que estaba preguntando a uno, que por haber sido embalsamado y estar lejos sus tripas no habían llegado, si habían de resucitar aquel día todos los enterrados, si resucitarían unos bolsones suyos. Riérame si no me lastimara a otra parte el afán con que una gran chusma de escribanos andaban huyendo de sus orejas, deseando no las llevar por no oír lo que esperaban, mas solos fueron sin ellas los que acá las habían perdido por ladrones, que por descuido no fueron todos.

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El Sueño del Juicio Final Sueños y discursos de Francisco de Quevedo El alguacil endemoniado Sueño del infierno Al conde de Lemos, presidente de Indias Bien sé que a los ojos de V. Excelencia es más endemoniado el autor que el sujeto; si lo fuere también el discurso habré dado lo que se esperaba de mis pocas letras, que amparadas, como dueño, de V. Excelencia y su grandeza, despreciarán cualquier temor. Ofrézcole este discurso del alguacil endemoniado (aunque fuera mejor y más propiamente, a los diablos mismos): recíbale V. Excelencia con la humanidad que me hace merced, así yo vea en su casa la sucesión que tanta nobleza y méritos piden. Esté advertida V. Excelencia que los seis géneros de demonios que cuentan los supersticiosos y los hechiceros (los cuales por esta orden divide Pselo en el capítulo once del libro de los demonios) son los mismos que las órdenes en que se distribuyen los alguaciles malos. Los primeros llaman leliurios, que quiere decir «ígneos»; los segundos aéreos; los terceros terrenos; los cuartos acuáticos; los quintos subterráneos, los sextos lucífugos, que huyen de la luz. Los ígneos son los criminales que a sangre y fuego persiguen los hombres; los aéreos son los soplones que dan viento; ácueos son los porteros que prenden por si vació o no vació sin decir: «¡Agua va!»; fuera de tiempo, y son ácueos con ser casi todos borrachos y vinosos; terrenos son los civiles que a puras comisiones y ejecuciones destruyen la tierra; lucífugos los rondadores que huyen de la luz, debiendo la luz huir de ellos; los subterráneos, que están debajo de tierra, son los escudriñadores de vidas y fiscales de honras, y levantadores de falsos testimonios, que de bajo de tierra sacan qué acusar, y andan siempre desenterrando los muertos y enterrando los vivos.

Al pío lector Y si fueras cruel y no pío, perdona, que este epíteto, natural del pollo, has heredado de Eneas. Y en agradecimiento de que te hago cortesía en no llamarte benigno lector, advierte que hay tres géneros de hombres en el mundo: los unos que, por hallarse ignorantes, no escriben, y estos merecen disculpa por haber callado y alabanza por haberse conocido; otros que no comunican lo que saben; a estos se les ha de tener lástima de la condición y envidia del ingenio, pidiendo a Dios que les perdone lo pasado y les enmiende por el venir; los últimos no escriben de miedo de las malas lenguas; estos merecen reprehensión, pues si la obra llega a manos de hombres sabios, no saben decir mal de nadie; si de ignorantes, ¿cómo pueden decir mal, sabiendo que si lo dicen de lo malo lo dicen de sí mismos, y si del bueno no importa, que ya saben todos que no lo entienden? Esta razón me animó a escribir el sueño del Juicio y me permitió osadía para publicar este discurso. Si le quisieres leer, léele, y si no, déjale, que no hay pena para quien no le leyere. Si le empezares a leer y te enfadare, en tu mano está con que tenga fin donde te fuere enfadoso. Solo he querido advertirte en la primera hoja que este papel es sola una reprehensión de malos ministros de justicia, guardando el decoro que se debe a muchos que hay loables por virtud y nobleza; poniendo todo lo que en él hay debajo la corrección de la Iglesia Romana y ministros de buenas costumbres.

Table of contents

Inside this edition

  1. 01Full text
  2. 02El Sueño del Juicio Final
  3. 03El alguacil endemoniado
  4. 04Discurso Fue el caso que entré en San Pedro a buscar al licenciado Calabrés, clérigo de bonete de tres altos hecho a modo de medio celemín, orillo por ceñidor y no muy apretado, puños de Corinto, asomo de camisa por cuello, rosario en mano, disciplina en cinto, zapato grande y de ramplón y oreja sorda, habla entre penitente y disciplinante, derribado el cuello al hombro como el buen tirador que apunta al blanco, mayormente si es blanco de Méjico o de Segovia, los ojos bajos y muy clavados en el suelo, como el que codicioso busca en él cuartos, y los pensamientos triples, color a partes hendida y a partes quebrada, tardón en la mesa y abreviador en la misa, gran cazador de diablos, tanto que sustentaba el cuerpo a puros espíritus. Entendíasele de ensalmar, haciendo al bendecir unas cruces mayores que las de los malcasados. Traía en la capa remiendos sobre sano, hacía del desaliño santidad, contaba revelaciones, y si se descuidaban a creerle, hacía milagros. ¿Qué me canso? Este, señor, era uno de los que Cristo llamó sepulcros hermosos por de fuera, blanqueados y llenos de molduras, y por de dentro pudrición y gusanos, fingiendo en lo exterior honestidad, siendo en lo interior del alma disoluto y de muy ancha y rasgada conciencia. Era, en buen romance, hipócrita, embeleco vivo, mentira con alma y fábula con voz. Hallele en la sacristía solo con un hombre que atadas las manos en el cíngulo y puesta la estola descompuestamente, daba voces con frenéticos movimientos. -¿Qué es esto? -le pregunté espantado. Respondiome: -Un hombre endemoniado. Y al punto, el espíritu que en él tiranizaba la posesión a Dios, respondió: -No es hombre, sino alguacil. Mirad cómo habláis, que en la pregunta del uno y en la respuesta del otro se ve que sabéis poco.
  5. 05Sueño del infierno
  6. 06El mundo por de dentro
  7. 07Sueño del infierno Sueños y discursos de Francisco de Quevedo El mundo por de dentro Sueño de la muerte A don Pedro Girón, duque de Osuna Estas son mis obras: claro está que juzgará V. Excelencia que siendo tales no me han de llevar al cielo; mas como yo no pretenda de ellas más de que en este mundo me den nombre, y el que más estimo es de criado de V. Excelencia, se las envío para que, como a tan gran príncipe, las honre; lograrán de paso la enmienda. Dé Dios a V. Excelencia su gracia y salud, que lo demás merecido lo tiene al mundo su virtud y grandeza. En la aldea, abril 26 de 1612. DON FRANCISCO QUEVEDO VILLEGAS. Al lector, como Dios me lo deparare, cándido o purpúreo, pío o cruel, benigno o sin sarna Es cosa averiguada, así lo siente Metrodoro Chío y otros muchos, que no se sabe nada, y que todos son ignorantes, y aun esto no se sabe de cierto, que a saberse ya se supiera algo; sospéchase. Dícelo así el doctísimo Francisco Sánchez, médico y filósofo, en su libro cuyo título es Nihil Scitur, no se sabe nada. En el mundo hay algunos que no saben nada y estudian para saber, y estos tienen buenos deseos y vano ejercicio, porque al cabo solo les sirve el estudio de conocer cómo toda la verdad la quedan ignorando. Otros hay que no saben nada y no estudian porque piensan que lo saben todo; son de estos muchos irremediables; a estos se les ha de envidiar el ocio y la satisfacción y llorarles el seso. Otros hay que no saben nada y dicen que no saben nada porque piensan que saben algo de verdad, pues lo es que no saben nada, y a estos se les había de castigar la hipocresía con creerles la confesión.
  8. 08Sueño de la muerte

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