
Spanish Edition
Literature
Tierras solares
Spanish BooksWhale Edition by Rubén Darío
Rubén Darío recorre ciudades mediterráneas y europeas con una mirada modernista que une arte, paisaje, memoria y sensibilidad cosmopolita.
- Preview
- A sample from the prepared text
- Formats
- Online reader, EPUB, PDF
- Access
- Library claim
Book introduction
Tierras solares
Barcelona, Málaga, Granada, Venecia y otras ciudades se convierten en escenarios de una prosa atenta a la luz, el arte y las huellas de la historia. Rubén Darío combina observación viajera, juicio cultural y asociaciones poéticas sin separar la experiencia inmediata de sus lecturas. El volumen incluye Tierras solares y la sección De tierras solares a tierras de bruma, prolongando el recorrido hacia el centro de Europa.
BooksWhale edition
How this edition was prepared
This edition is based on a public domain text and has been prepared for digital reading by BooksWhale.
Public domain basis
Why this edition can be shared
Obra original en español de Rubén Darío, fallecido en 1916. El texto procede de la transcripción de dominio público de Project Gutenberg; se excluyen imágenes y notas editoriales modernas.
Read preview
A sample from the prepared text
Preview selected from the prepared reader text.
Preview chapterBARCELONARead preview
DESPUÉS de algunos años vuelvo a Barcelona, tierra buena. En otra ocasión os he dicho mis impresiones de este país grato y amable, en donde la laboriosidad es virtud común y el orgullo innato y el sustento de las tradiciones defensa contra debilitamientos y decadencias. Salí de París el día de la primera nevada, que anunciaba la crudez del próximo invierno. Salí en busca de sol y salud, y aquí, desde que he llegado, he visto la luz alegre y sana del sol español, un cielo sin las tristezas parisienses; y una vez más me he asombrado de cómo Jean Moreas encuentra en París el mismo cielo de Grecia, el cual tan solamente da todo su gozo en las tierras solares. Bien es cierto que el poeta se refiere más al ambiente que a la luz, más al respirar que al mirar. Pero la bondad de este cielo entra principalmente por los ojos y los poros, abiertos al cálido cariño del inmenso y maravilloso diamante de vida que nos hace la merced de existir.
Cuando os escribí de España fué a raíz de la guerra funesta. Acababa de pasar la tempestad. Estaba dolorosa y abatida la raza, agonizaba el país. Y os hablé, sin embargo, de la mina de energía, del vasto yacimiento de fuerza que hallé en esta provincia de Cataluña, gracias al carácter de los habitantes, de antaño famosos por empresas arduas y bien realizadas; y admiré la riqueza y el movimiento productor de esta Barcelona modernísima, hermana en trabajo de la potente Bilbao, afortunadas hormigas ambas que no han mirado nunca con buen mirar a la cortesana cigarra de Castilla. España estaba, por opinión general, condenada a la perpetua ruina, a la irremediable muerte. No se veía venir por ninguna parte el caballero esperado, a quien buscaba en la lejanía del camino la mirada ansiosa de la hermana Ana. Hubo el aparecimiento de los profetas del mal y la irrupción de los improvisados salvadores. Todo el mundo era hábil para indicar una senda propicia; todo el mundo se creía llamado a poner nueva sangre en el cuerpo agotado. Se dijera un consejo de políticas. Todas las políticas y todos los politiquistas sabían un secreto con el cual se iba a hinchar con músculos nuevos el pellejo del maltrecho León. En el mundo del pensamiento se veían apenas unas cuantas esperanzas entre el coro de eminencias amojamadas. Apenas los pocos violentos, los revolucionarios, los iconoclastas, hacían lo posible por encender una hoguera nueva. Y olía demasiado a podrido en Dinamarca.
Hoy, al pasar, mi impresión es otra. Desde hace algún tiempo se ha notado un estremecimiento de vida en la península. Cierto que las políticas y los politiquistas continúan con sus ruidos inútiles y sus discursos verbosos; cierto que ni los del carlismo renuncian a su vago soñar, ni los de la república pierden momento para proclamar que ellos son los dueños del porvenir y de la grandeza nacional, entre escándalos y rivalidades poco provechosas al verdadero ideal perseguido; cierto que el clericalismo inquisitorial, por un lado, y el militarismo montjuichesco, por otro, no han cambiado un ápice desde los tiempos terribles en que cayó, rojamente, el pobre y grande conservador D. Antonio Cánovas; cierto que nadie sucede al pobre y grande liberal Emilio Castelar; cierto que cierta prensa en que los antiguos baturrillos, tiquismiquis, o dimes y diretes continúan en una tradicional ignorancia de cultura, aún persiste; cierto que el hambre del pueblo no mengua; cierto que la pereza general y la inquina porque sí, del uno contra el otro, se sigue manifestando; cierto que sigue oliendo a podrido en Dinamarca. Pero, fijáos bien: una fragancia de juventud en flor llega hasta nosotros. Voces individuales, pero poderosas y firmes, dicen palabras de bien y de verdad que el país comienza a escuchar. Hay un rumor. ¿Es una resurrección? No, es un despertamiento. Se renace. Se vuelve a vivir en un deseo de acción, que demuestra y anuncia una próxima era de victorias. No tenían razón los desconsolados, los que juzgaron el daño irremediable. He ahí los buenos pensadores de la nueva España que piensa; he ahí los buenos profesores de trabajo; los bravos catedráticos de actos, que enseñan a las generaciones flamantes la manera de conseguir el logro, de sembrar para recoger. Los superficiales del pedantismo desaparecieron; los superficiales del odio inmotivado, de la improductiva palabra, de las envidias absurdas, esos no existen más que en sí mismos. Existe, empero, una juventud que ha encontrado su verbo. Existen los nuevos apóstoles que dicen la doctrina saludable de la regeneración, del gozo de la existencia; los buenos escritores de desinterés y de ímpetu; los nuevos poetas que hablan armoniosamente, con sencillez o con complicación, según sus almas, lo que sienten, lo que juzgan que deben decir, en amor y sinceridad, con desdén del lodo verbal, de la vulgar hazaña, del reir injusto. Y eso en toda España, desde entre los vascos y catalanes activos, hasta entre los vibrantes andaluces y entre los habitantes de la gárrula corte. La salud será, pues, luego, total.
Preview chapterMÁLAGAPreview
ESCRIBO a la orilla del mar, sobre una terraza adonde llega el ruido de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración. Es justamente una parte de la «tierra de María Santísima», con dos partes de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida que avanza la universal civilización destructora de poesía y hacedora de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo típico, en los barrios singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas la ciudad no os ofrecerá mucho que satisfaga a vuestra imaginación, sobre todo si imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta, navaja, mantón y calañés. Hay sí la reja cantada en los versos, y los ojos espléndidos de las mujeres, y la molicie, y el ambiente de amor. Hay las callejuelas estrechas y antiguas, y las ventanas adornadas con los tiestos de albahacas y claveles, como en los cromos; hay bastante morisco y no poco medioeval. Mas, del lado del mar, surge una Málaga cosmopolita y nueva, y más que cosmopolita, inglesa, durante la «season», pues demás está decir que desde que un Mr. Richard Ford escribió en su «Hand-Book for travellers in Spain» que el clima de Málaga es «superior a todos los de Italia y España para enfermedades del pecho» y que «aquí el invierno es desconocido», la invasión británica estuvo decretada. Los ingleses no han llegado a Andalucía tan solamente por bien de sus pulmones y bronquios. Y así, como lo hace observar José Nogales, que es autoridad y que es andaluz: «en las zonas andaluzas donde se extiende la influencia inglesa--exclusivamente inglesa--, la vida interior reacciona de un modo maravilloso. Parece otra gente. Por Málaga, por el campo de Gibraltar y por Huelva, van entrando los ingleses en mansa y tranquila invasión de intereses que de día en día ensanchan y afirman. Y el fenómeno por mí observado consiste en lo bien y rápidamente que se entienden y hermanan el andaluz y el inglés. A los dos días de llegar, el inglés es «don Guillermo», o «don Roberto», o «don Jorge». Unos y otros se acomodan bien a sus maneras, y hay, andando el tiempo, deseos del entruque rara vez desperdiciados. De ahí va saliendo el núcleo de una raza nueva y vigorosa». El extranjero ha traído a Andalucía el impulso del trabajo, ha implantado fábricas, ha dado gran aumento a la exportación de frutas y de vinos. ¿Quién se acuerda ya del inglés «aborrecido»? El nombre de uno está grabado en un monumento público, el inglés Robert Boyd, que fué fusilado por la causa de la libertad, junto con Torrijos. Estas villas floridas, estos chalets llenos de morenas meridionales y rubias anglo-sajonas, al lado de la Caleta y el Polo, hacen recordar que por aquí pasó Byron y afirman que esto es encantador. Sobre todo, no hay ese bullir lujoso de las ciudades balnearias revueltas por la moda y emponzoñadas por el casino. Aquí no hay casino, ni moda, ni viene Liane de Pougy, ni monsieur de Phocas. Aquí hay luz, montes apacibles, el Mediterráneo, barcas pescadoras. «Larios y boquerones», corrige un andaluz que lee las últimas palabras que he escrito.
¿Larios? En efecto, en la ciudad todo es Larios. La propiedad, la influencia política, están en poder de ese apellido. Vais por un paseo y encontráis una estatua del marqués de Larios. La calle principal de la ciudad, es la calle de Larios; las casas todas que forman esa calle, pertenecen a los Larios; de los Larios son también otras cuantas regadas en la población. Hay dos grandes fábricas de hilados, con unos ocho mil trabajadores, y demás está deciros que esa fábrica es de los Larios. Hay diez fábricas y refinerías de azúcar, y pertenecen igualmente a la famosa familia.--¿Y ese gran asilo?--De Larios. Desde Gibraltar hasta Almería, me dicen, todo es de ellos. Málaga es la ciudad de los Larios.--¿Y la catedral, también será de ellos?--La catedral no; pero el reloj de la catedral, ¡sí! Estas son andaluzadas en serio.
Preview chapterLA TRISTEZA ANDALUZAPreview
¿HABÉIS oído a un «cantaor»? Si lo habéis oído, os recordaré esa voz larga y gimiente, esa cara rapada y seria, esa mano que mueve el bastón para llevar el compás. Parece que el hombre se está muriendo, parece que se va a acabar, parece que se acabó. A mí me ha conturbado tal gemido de otro mundo, tal hilo de alma, cosa de armonía enferma, copla llena de rota música que no se sabe con qué afanes va a hundirse en los abismos del espacio. El «cantaor», aeda de estas tierras extrañas, ha recogido el alma triste de la España mora y la echa por la boca en quejidos, en largos ayes, en lamentos desesperados de pasión. Más que una pena personal, es una pena nacional la que estos hombres van gimiendo al son de las histéricas guitarras. Son cosas antiguas, son cosas melodiosas o furiosas de palacios de árabes... He oído a Juan Breva, el «cantaor» de más renombre, el que acompañó en sus juergas al rey alegre don Alfonso XII. Juan Breva aúlla o se queja, lobo o pájaro de amor, dejando entrever todo el pasado de estas regiones asoleadas, toda la morería, toda la inmensa tristeza que hay en la tierra andaluza; tristeza del suelo fatigado de las llamas solares, tristeza de las melancólicas hembras de grandes ojos, tristeza especial de los mismos cantos, pues no se puede escuchar uno que no diga muerte, cuchillada, luto, virgen penosa o nota crepuscular. A la orilla del mar he oído cantar a un mozo pescador, que descansaba junto a una barca; y su canción era tan triste, tan amarga, como las coplas de Juan Breva. Cantan lo mismo las muchachas frescas, rosadas de vida, que ponen claveles en las ventanas y que tienen un novio. Porque así son aquí la vida y el amor; todo lo contrario de lo que piensan los que sólo han visto una Andalucía a la francesa, de exposición universal o de caja de pasas. En verdad os digo que este es el reino del desconsuelo y de la muerte. El amor popular es inquieto y fatal. La mujer ama con ardor y con miedo. Sabe que si engaña al novio, le partirá éste el pecho y el vientre de un navajazo. «Una puñalaíta». Hace algún tiempo, en un florido patio malagueño, se celebraba una fiesta, y cierta gallarda moza se puso a cantar. Cantaba maravillosamente. De pronto cantó una copla que dice en dos de sus versos:
¿No hay quien me pegue un tirito en medio del corazón?
Un loco, o un enamorado novio, estaba allí, y sacó una pistola, y le pegó el tiro, en medio del corazón. Estos salvajes amorosos son así. Antaño no habría sido pistola, sino gumía. Todos los poetas de estas regiones son dolorosos y excesivos, fatalistas, o violentos. Todos son amados del sol. Todos no: he aquí uno amado de la luna...
En uno de estos crepúsculos de invierno, en que el Mediterráneo ensaya un aspecto gris que borrará la aurora del siguiente día, he comenzado a leer el libro de un poeta nuevo de tierra andaluza, el cual acaba de aparecer y es ya el más sutil y exquisito de todos los portaliras españoles. Al hojear su libro Arias tristes, lo juzgariais de un poeta extranjero. Fijáos más; es un poeta completamente de su tierra, como su nombre. Se llama Juan, como el Arcipreste, y Jiménez, como el Cardenal. Surge en momentos en que a su país comienzan a llegar ráfagas de afuera, sobre más de una parte derrumbada de la antigua muralla chinesca que construyó la intransigencia y macizó el exagerado y falso orgullo nacional. Quiero decir que llega a tiempo para el triunfo de su esfuerzo. Como todo joven poeta de fines del siglo XIX y comienzos del XX, ha puesto el oído atento a la siringa francesa de Verlaine. Mas, lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco, ha aprendido a ser él mismo--être soi mème--y dice su alma en versos sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta está enfermo, vive en un sanatorio, allá en Madrid. Así, en su poesía no busquéis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una sonrisa, una sonrisa de convaleciente:
Table of contents
Inside this edition
- 01BARCELONA
- 02MÁLAGA
- 03LA TRISTEZA ANDALUZA
- 04GRANADA
- 05SEVILLA
- 06CORDOBA
- 07GIBRALTAR
- 08TÁNGER
- 09VENECIA
- 10FLORENCIA
- 11PEQUEÑA ÓPERA LÍRICA
- 12ITALOTERAPIA
- 13DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA
- 14WATERLÓO
- 15POR EL RHIN
- 16FRANCFORT S. M.
- 17HAMBURGO O EL REINO DE LOS CISNES
- 18BERLÍN
- 19VIENA
- 20LA TUMBA DE LOS NUEVOS ATRIDAS
- 21LA SECESIÓN
- 22BUDA-PEST
Language availability
Other languages
Additional language editions are not published yet. This section will link to other BooksWhale editions when they become available.
Request another language