Spanish Edition
Literature
Tristana
Spanish BooksWhale Edition by Benito Pérez Galdós
Una novela sobre deseo de independencia, tutela masculina, amor, enfermedad y frustración social.
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Book introduction
Tristana
Tristana retrata a una joven que sueña con autonomía intelectual, artística y afectiva dentro de una sociedad que limita sus opciones. Galdós observa con ironía y compasión la relación entre Tristana, don Lope y Horacio, haciendo de la novela una pieza clave sobre género, deseo y libertad.
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Benito Pérez Galdós murió en 1920, y Tristana se publicó en 1892. Estas fechas respaldan el dominio público del texto español original.
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Tristana
Benito Pérez Galdós
I
En el populoso barrio de Chamberí, más cerca del Depósito de Aguas
que de Cuatro Caminos, vivía, no ha muchos años, un hidalgo de buena
estampa y nombre peregrino; no aposentado en casa solariega, pues por
allí no las hubo nunca, sino en plebeyo cuarto de alquiler, de los
baratitos, con ruidoso vecindario de taberna, merendero, cabrería, y
estrecho patio interior de habitaciones numeradas. La primera vez que
tuve conocimiento del tal personaje y pude observar su catadura militar
de antiguo cuño, algo así como una reminiscencia pictórica de los
tercios viejos de Flandes, dijéronme que se llamaba _D. Lope de Sosa_,
nombre que transciende al polvo de los teatros, o a romance de los que
traen los librillos de retórica; y en efecto, nombrábanle así algunos
amigos maleantes; pero él respondía por D. Lope Garrido. Andando el
tiempo, supe que la partida de bautismo rezaba _D. Juan López Garrido_,
resultando que aquel sonoro _don Lope_ era composición del caballero,
como un precioso afeite aplicado a embellecer la personalidad; y tan
bien caía en su cara enjuta, de líneas firmes y nobles, tan buen
acomodo hacía el nombre con la espigada tiesura del cuerpo, con la
nariz de caballete, con su despejada frente y sus ojos vivísimos, con
el mostacho entrecano y la perilla corta, tiesa y provocativa, que el
sujeto no se podía llamar de otra manera. O había que matarle o decirle
don Lope.
La edad del buen hidalgo, según la cuenta que hacía cuando de esto se
trataba, era una cifra tan imposible de averiguar como la hora en un
reloj descompuesto, cuyas manecillas se obstinaran en no moverse. Se
había plantado en los cuarenta y nueve, como si el terror instintivo
de los cincuenta le detuviese en aquel temido lindero del medio siglo;
pero ni Dios mismo con todo su poder le podía quitar los cincuenta y
siete, que no por bien conservados eran menos efectivos. Vestía con
toda la pulcritud y esmero que su corta hacienda le permitía, siempre
de chistera bien planchada, buena capa en invierno, en todo tiempo
guantes oscuros, elegante bastón en verano y trajes más propios de
la edad verde que de la madura. Fue D. Lope Garrido, dicho sea para
hacer boca, gran estratégico en lides de amor, y se preciaba de haber
asaltado más torres de virtud y rendido más plazas de honestidad que
pelos tenía en la cabeza. Ya gastado y para poco, no podía desmentir
la pícara afición, y siempre que tropezaba con mujeres bonitas, o
aunque no fueran bonitas, se ponía en facha, y sin mala intención les
dirigía miradas expresivas, que más tenían en verdad de paternales que
de maliciosas, como si con ellas dijera: «¡De buena habéis escapado,
pobrecitas! Agradeced a Dios el no haber nacido veinte años antes.
Precaveos contra los que hoy sean lo que yo fui, aunque, si me apuran,
me atreveré a decir que no hay en estos tiempos quien me iguale. Ya no
salen jóvenes, ni menos galanes, ni hombres que sepan su obligación al
lado de una buena moza.»
Sin ninguna ocupación profesional, el buen D. Lope, que había gozado
en mejores tiempos de una regular fortuna, y no poseía ya más que un
usufructo en la provincia de Toledo, cobrado a tirones y con mermas
lastimosas, se pasaba la vida en ociosas y placenteras tertulias de
casino, consagrando también metódicamente algunos ratos a visitas de
amigos, a trincas de café, y a otros centros, o más bien rincones, de
esparcimiento, que no hay para qué nombrar ahora. Vivía en lugar tan
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«Te quise desde que nací...» Esto decía la primera carta...; no, no,
la segunda, que fue precedida de una breve entrevista en la calle,
debajito de un farol, entrevista intervenida con hipócrita severidad
por Saturna, y en la cual los amantes se tutearon sin acuerdo
previo, como si no existiesen, ni existir pudieran, otras formas de
tratamiento. Asombrábase ella del engaño de sus ojos en las primeras
apreciaciones de la persona del desconocido. Cuando se fijó en él,
la tarde aquella de los sordomudos, túvole por un señor así como de
treinta o más años. ¡Qué tonta! ¡Si era un muchacho...! Y su edad
no pasaría seguramente de los veinticinco, solo que tenía un cierto
aire reflexivo y melancólico, más propio de la edad madura que de la
juventud. Ya no dudaba que sus ojos eran como centellas, su color
moreno caldeado del sol, su voz como blanda música que Tristana
no había oído hasta entonces, y que más le halagaba los senos del
cerebro después de escuchada. «Te estoy queriendo, te estoy buscando
desde antes de nacer --decía la tercera carta de ella, empapada en un
espiritualismo delirante--. No formes mala idea de mí si me presento a
ti sin ningún velo, pues el del falso decoro con que el mundo ordena
que se encapuchen nuestros sentimientos, se me deshizo entre las manos
cuando quise ponérmelo. Quiéreme como soy; y si llegara a entender que
mi sinceridad te parecía desenfado o falta de vergüenza, no vacilaría
en quitarme la vida.»
Y él a ella: «El día en que te descubrí fue el último de un largo
destierro.»
Ella: «Si algún día encuentras en mí algo que te desagrade, hazme la
caridad de ocultarme tu hallazgo. Eres bueno, y si por cualquier motivo
dejas de quererme o de estimarme, me engañarás, ¿verdad?, haciéndome
creer que soy la misma para ti. Antes de dejar de amarme, dame la
muerte mil veces.»
Y después de escribir estas cosas, no se venía el mundo abajo. Al
contrario, todo seguía lo mismo en la Tierra y en el Cielo. ¿Pero quién
era él, quién? Horacio Díaz, hijo de español y de austriaca, del país
que llaman _Italia irredenta_; nacido en el mar, navegando los padres
desde Fiume a la Argelia; criado en Orán hasta los cinco años, en
Savannah (Estados Unidos) hasta los nueve, en Shangai (China) hasta los
doce; cuneado por las olas del mar, transportado de un mundo a otro,
víctima inocente de la errante y siempre expatriada existencia de un
padre cónsul. Con tantas idas y venidas, y el fatigoso pasear por el
globo, y la influencia de aquellos endiablados climas, perdió a su
madre a los doce años, y a su padre a los trece, yendo a parar después
a poder de su abuelo paterno, con quien vivió quince años en Alicante,
padeciendo bajo su férreo despotismo más que los infelices galeotes que
movían a fuerza de remo las pesadas naves antiguas.
Para más noticias, óiganse las que atropelladamente vomitó la boca de
Saturna, más bien secreteadas que dichas:
--Señorita..., ¡qué cosas! Voy a buscarle, pues quedamos en ello, al
número 5 de la calle esa de más abajo..., y apechugo tan terne con la
dichosa escalerita. Me había dicho que a lo último, a lo último, y yo
mientras veía escalones por delante, para arriba siempre. ¡Qué risa!
Casa nueva; dentro un patio de cuartos domingueros, pisos y más pisos,
y al fin.... Es aquello como un palomar, vecinito de los pararrayos, y
con vistas a las mismas nubes. Yo creí que no llegaba. Por fin, echando
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Y desde aquel día ya no pasearon más.
Pasearon, sí, en el breve campo del estudio, desde el polo de lo ideal
al de las realidades; recorrieron toda la esfera, desde lo humano a
lo divino, sin poder determinar fácilmente la divisoria entre uno y
otro, pues lo humano les parecía del cielo, y lo divino revestíase
a sus ojos de carne mortal. Cuando su alegre embriaguez permitió a
Tristana enterarse del medio en que pasaba tan dulces horas, una nueva
aspiración se reveló a su espíritu, el arte, hasta entonces simplemente
soñado por ella, ahora visto de cerca y comprendido. Encendieron su
fantasía y embelesaron sus ojos las formas humanas o inanimadas que,
traducidas de la Naturaleza, llenaban el estudio de su amante; y
aunque antes de aquella ocasión había visto cuadros, nunca vio a tan
corta distancia el natural del procedimiento. Y tocaba con su dedito
la fresca pasta, creyendo apreciar mejor así los secretos de la obra
pintada, y sorprenderla en su misteriosa gestación. Después de ver
trabajar a Díaz, se prendó más de aquel arte delicioso, que le parecía
fácil en su procedimiento, y entráronle ganas de probar también su
aptitud. Púsole él en la izquierda mano la paleta, el pincel en la
derecha, y la incitó a copiar un trozo. Al principio, ¡ay!, entre
risotadas y contorsiones, solo pudo cubrir la tela de informes manchas;
pero al segundo día, ¡caramba!, ya consiguió mezclar hábilmente dos
o tres colores y ponerlos en su sitio, y aun fundirlos con cierta
destreza. ¡Qué risa! ¡Si resultaría que también ella era pintora! No
le faltaban, no, disposiciones, porque la mano perdía de hora en hora
su torpeza, y si la mano no le ayudaba, la mente iba muy altanera
por delante, sabiendo _cómo se hacía_, aunque hacerlo no pudiera.
Desalentada ante las dificultades del procedimiento, se impacientaba, y
Horacio reía, diciéndole:
--Pues ¿qué crees tú, que esto es cosa de juego?
Quejábase amargamente de no haber tenido a su lado, en tanto tiempo,
personas que supieran ver en ella una aptitud para algo, aplicándola al
estudio de un arte cualquiera.
--Ahora me parece a mí que si de niña me hubiesen enseñado el dibujo,
hoy sabría yo pintar, y podría ganarme la vida, y ser independiente
con mi honrado trabajo. Pero mi pobre mamá no pensó más que en darme
la educación insubstancial de las niñas que aprenden para llevar un
buen yerno a casa, a saber: un poco de piano, el indispensable barniz
de francés, y qué sé yo..., tonterías. ¡Si aún me hubiesen enseñado
idiomas, para que, al quedarme sola y pobre, pudiera ser profesora
de lenguas...! Luego, este hombre maldito me ha educado para la
ociosidad y para su propio recreo, a la turca verdaderamente, hijo...
Así es que me encuentro inútil de toda inutilidad. Ya ves, la pintura
me encanta; siento vocación, facilidad. ¿Será inmodestia? No, dime
que no; dame bombo, anímame... Pues si con voluntad, paciencia y una
aplicación continua se vencieran las dificultades, yo las vencería, y
sería pintora, y estudiaríamos juntos, y mis cuadros..., ¡muérete de
envidia!, dejarían tamañitos a los tuyos... ¡Ah, no, eso no; tú eres el
rey de los pintores! No, no te enfades; lo eres, porque yo te lo digo.
¡Tengo un instinto...! Yo no sabré hacer las cosas, pero las sé juzgar.
Estos alientos de artista, estos arranques de mujer superior encantaban
al buen Díaz, el cual, a poco de aquellos íntimos tratos, empezó a
notar que la enamorada joven se iba creciendo a los ojos de él, y le
empequeñecía. En verdad que esto le causaba sorpresa, y casi casi
Table of contents
Inside this edition
- 01Full text
- 02VIII
- 03XIII
- 04XVII
- 05XVIII
- 06XXII
- 07XXIII
- 08XXIV
- 09XXVI
- 10XXVII
- 11XXVIII
- 12XXIX
- 13FIN DE LA NOVELA
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