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Literatura

El príncipe constante

Edición BooksWhale en español de Pedro Calderón de la Barca

Un drama histórico sobre cautiverio, fe, honor y resistencia frente al poder.

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Introducción del libro

El príncipe constante

El infante don Fernando es retenido como prisionero y debe elegir entre su libertad y la entrega de una ciudad. Calderón convierte el conflicto político en una prueba de conciencia y sacrificio.

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El príncipe constante

Pedro Calderón de la Barca

Capítulo de vista previaActo IVista previa

Salen dos Cautivos, cantando lo que quisieren, y ZARA.

ZARA:

Cantad aquí, que ha gustado

mientras toma de vestir

Fénix hermosa, de oír

las canciones que ha escuchado,

tal vez en los baños, llenas

de dolor y sentimiento.

CAUTIVO 1.º:

Música cuyo instrumento

son los hierros y cadenas

que nos aprisionan, ¿puede

haberla alegrado?

ZARA:

Sí;

ella escucha desde aquí:

cantad.

CAUTIVO 1.º:

Esa pena excede,

Zara hermosa, cuantas son,

pues solo un rudo animal

sin discurso racional

canta alegre en la prisión.

ZARA:

¿No cantáis vosotros?

CAUTIVO 2.º:

Es para divertir las penas

propias, mas no las ajenas.

ZARA:

Ella escucha, cantad pues.

(

Cantan

.)

CAUTIVO 2.º:

Al peso de los años

lo eminente se rinde,

que a lo fácil del tiempo

no hay conquista difícil.

(Sale ROSA.)

ROSA:

Despejad cautivos, dad

a vuestras canciones fin,

porque sale a este jardín

Fénix, a dar vanidad

al campo con su hermosura,

segunda aurora del prado.

(Salen las moras vistiendo a FÉNIX.)

FÉNIX:

Hermosa te has levantado.

ZARA:

No blasone el alba pura

que la debe ese jardín

la luz y fragrancia hermosa,

ni la púrpura la rosa,

ni la blancura el jazmín.

FÉNIX:

El espejo.

ESTRELLA:

Es excusado

querer consultar con él

los borrones que el pincel

sobre la tez ha dejado.

(Danle un espejo.)

FÉNIX:

¿De qué sirve la hermosura,

cuando lo fuese la mía,

si me falta la alegría,

si me falta la ventura?

ZARA:

¿Qué tienes?

FÉNIX:

Si yo supiera,

¡ay Celima!, lo que siento,

de mi mismo sentimiento

lisonja al dolor hiciera.

Pero de la pena mía

no sé la naturaleza,

que entonces fuera tristeza

lo que hoy es melancolía.

Solo sé que sé sentir:

lo que sé sentir no sé,

que ilusión del alma fue.

ZARA:

Pues puédente divertir

tu tristeza estos jardines,

cual la primavera hermosa

labra en estatuas de rosa

sobre templos de jazmines,

hace, tal mar, un barco sea

dorado carro del sol.

ROSA:

Y cuando tanto arrebol

errar por sus ondas vea,

con grande melancolía,

el jardín al mar dirá:

«Ya el sol en su centro está;

muy breve ha sido este día».

FÉNIX:

Pues no me puedo alegrar,

formando sombras y lejos,

la emulación que en reflejos

tienen la tierra y el mar

cuando con grandezas sumas

compiten entre esplendores

las espumas a las flores,

las flores a las espumas.

Porque el jardín envidioso

de ver las ondas del mar,

su curso quiere imitar,

y así el céfiro amoroso

matices rinde, y olores,

que soplando en él las bebe;

hacen las hojas que mueve

un océano de flores.

FÉNIX:

Cuando el mar, triste de ver

la natural compostura

del jardín, también procura

adornar y componer,

su playa la pompa pierde;

y, a segunda ley sujeto,

compite con dulce efeto

campo azul y golfo verde,

siendo ya con rizas plumas,

ya con mezclados colores,

el jardín un mar de flores,

y el mar un jardín de espumas.

Sin duda mi pena es mucha:

no la pueden lisonjear

campo, cielo, tierra y mar.

ZARA:

Gran pena contigo lucha.

(Sale el REY con un retrato.)

REY:

Si a caso permite el mal,

cuartana de tu belleza,

dar treguas a tu tristeza:

que este bello original,

que no es retrato el que tiene

alma y vida, es del infante

de Marruecos, Tarudante.

A rendir a tus pies viene

su corona; embajador

es de su parte; y no dudo

que embajador que habla mudo

trae embajadas de amor;

favor en su amparo tengo:

diez mil jinetes alista

que enviar a la conquista

de Ceuta, que ya prevengo

de la vergüenza esta vez;

licencia permite amar

a quien se ha de coronar

rey de tu hermosura en Fez.

Capítulo de vista previaActo IIVista previa

Sale FÉNIX.

FÉNIX:

Zara, Rosa, Estrella, ¿no

hay quien me responda?

(Sale MULEY.)

MULEY:

Sí, que tú eres sol para mí

y para ti sombra yo,

y la sombra al sol siguió;

el eco dulce escuché

de tu voz, y apresuré

por esta montaña el paso:

¿qué sientes?

FÉNIX:

Oye, si a caso

puedo decir lo que fue:

lisonjera, libre, ingrata,

dulce, suave, una fuente

hizo apacible corriente

de cristal y undosa plata;

lisonjera se desata

porque hablaba y no sentía;

süave porque fingía,

dulce porque murmuraba,

ingrata porque corría.

Aquí cansada llegué

después de seguir ligera

en ese monte una fiera;

en cuya frescura hallé

ocio y descanso, porque

de un montecillo a la espalda,

de quien corona y guirnalda

fueron clavel y jazmín,

sobre un catre de carmín

hice un foso de esmeralda.

FÉNIX:

Apenas en él rendí

el alma al susurro blando

de las soledades, cuando

ruido en las hojas sentí;

atenta me puse y vi

una caduca africana,

espíritu en forma humana,

ceño arrugado y esquivo,

que era un esqueleto vivo

de lo que fue sombra vana,

cuya rústica fiereza,

cuyo aspecto esquivo y bronco

fue escultura hecha de un tronco

sin pulirse la corteza.

Con melancolía y tristeza,

pasiones siempre infelices

para que te atemorices,

una mano me tomó;

y entonces ser tronco yo

afirmé por las raíces.

FÉNIX:

Hielo introdujo en mis venas

el contracto; horror las voces

que, discurriendo veloces

de mortal veneno llenas,

articuladas apenas,

esto les pude entender:

«¡Ay infelice mujer!

¡Ay forzosa desventura!

Que, en efeto, esta hermosura

precio de un muerto ha de ser».

Dijo; y yo tan triste vivo

que diré mejor que muero:

pues por instantes espero

de aquel tronco fugitivo

cumplimiento tan esquivo,

de aquel oráculo yerto

el presagio y fin tan cierto

que mi vida ha de tener.

FÉNIX:

¡Ay de mí! ¡Que hoy he de ser

precio vil de un hombre muerto!

(

Vase

.)

MULEY:

Fácil es de descifrar

ese sueño, esa ilusión,

pues las imágines son

de mi pena singular.

A Tarudante has de dar

la mano de esposa, pero

yo, que en pensarlo me muero,

estorbaré mi rigor;

que él no ha de gozar tu amor

si no me mata primero.

Perderte yo, podrá ser,

mas no perderte y vivir;

luego si es fuerza el morir

antes que lo llegue a ver:

precio mi vida ha de ser

con que he de comprarte, ¡ay cielos!,

y tú en tantos desconsuelos

precio de un muerto serás,

pues que morir me verás

de amor, de envidia y de celos.

(Salen tres cautivos y el infante DON FERNANDO.)

CAUTIVO 1.º:

Desde aquel jardín te vimos

andar a caza, Fernando,

y todos juntos venimos

a arrojarnos a tus pies.

CAUTIVO 2.º:

Solamente este consuelo

aquí nos ofrece el cielo.

CAUTIVO 3º:

Piedad como suya es.

DON FERNANDO:

Amigos, dadme los brazos;

y sabe Dios si con ellos,

quisiera de vuestros cuellos

romper los ñudos y lazos

que os aprisionan; que a fe

que os darían libertad

antes que a mí. Mas pensad

que favor del cielo fue

esta piadosa sentencia:

él mejorará la suerte,

que a la desdicha más fuerte

sabe vencer la prudencia.

Sufrid con ella el rigor

del tiempo y de la fortuna,

deidad bárbara importuna;

hoy cadáver y ayer flor;

no permanece jamás,

y así os mudará de estado,

¡ay Dios!, que al necesitado

darle consejo no más

no es prudencia y, en verdad,

que aunque quiera regalaros

no tengo esta vez qué daros:

mis amigos, perdonad.

DON FERNANDO:

Ya de Portugal espero

socorro; presto vendrá:

vuestra mi hacienda será;

para vosotros la quiero.

Si me vienen a sacar

del cautiverio, ya digo

que todos iréis conmigo.

Id con Dios a trabajar;

Índice

Dentro de esta edición

  1. 01Full text
  2. 02Acto I
  3. 03Acto II
  4. 04Acto III

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