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Histoire
Zaragoza
Édition BooksWhale en espagnol par Benito Pérez Galdós
Una novela histórica de los Episodios nacionales sobre guerra, ciudad, memoria y resistencia.
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Introduction du livre
Zaragoza
Zaragoza pertenece a los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós y recrea un momento decisivo de guerra, resistencia y memoria colectiva. Esta edición española presenta el texto clásico para lectura digital.
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Benito Pérez Galdós murió en 1920, y Zaragoza fue publicado en el siglo XIX como parte de los Episodios nacionales. Estas fechas sostienen la base de dominio público del texto español usado en esta edición.
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Zaragoza
Benito Pérez Galdós
Chapitre d'aperçuCapítulo IAperçu
Me parece que fue al anochecer del 18 cuando avistamos a Zaragoza. Entrando por la puerta de Sancho, oímos que daba las diez el reloj de la Torre Nueva. Nuestro estado era excesivamente lastimoso en lo tocante a vestido y alimento, porque las largas jornadas que habíamos hecho desde Lerma por Salas de los Infantes, Cervera, Agreda, Tarazona y Borja, escalando montes, vadeando ríos, franqueando atajos y vericuetos hasta llegar al camino real de Gallur y Alagón, nos dejaron molidos, extenuados y enfermos de fatiga. Con todo, la alegría de vernos libres endulzaba todas nuestras penas.
Éramos cuatro los que habíamos logrado escapar entre Lerma y Cogollos, divorciando nuestras inocentes manos de la cuerda que enlazaba a tantos patriotas. El día de la evasión reuníamos entre los cuatro un capital de once reales; pero después de tres días de marcha, y cuando entramos en la metrópoli aragonesa, hízose un balance y arqueo de la caja social, y nuestras cuentas sólo arrojaron un activo de treinta y un cuartos. Compramos pan junto a la Escuela Pía, y nos lo distribuimos.
D. Roque, que era uno de los expedicionarios, tenía buenas relaciones en Zaragoza; pero aquella no era hora de presentarnos a nadie. Aplazamos para el día siguiente el buscar amigos, y como no podíamos alojarnos en una posada, discurrimos por la ciudad buscando un abrigo donde pasar la noche. Los portales del Mercado no nos parecían tener las comodidades y el sosiego que nuestros cansados cuerpos exigían. Visitamos la torre inclinada, y aunque alguno de mis compañeros propuso que nos guareciéramos al amor de su zócalo, yo opiné que allí estábamos como en campo raso. Sirvionos, sin embargo, de descanso aquel lugar, y también de refectorio para nuestra cena de pan seco, la cual despachamos alegremente, mirando de rato en rato la mole amenazadora, cuya desviación la asemeja a un gigante que se inclina para mirar quién anda a sus pies. A la claridad de la luna, aquel centinela de ladrillo proyecta sobre el cielo su enjuta figura, que no puede tenerse derecha. Corren las nubes por encima de su aguja, y el espectador que mira desde abajo, se estremece de espanto, creyendo que las nubes están quietas y que la torre se le viene encima. Esta absurda fábrica bajo cuyos pies ha cedido el suelo cansado de soportarla, parece que se está siempre cayendo, y nunca acaba de caer.
Recorrimos luego el Coso desde la casa de los Gigantes hasta el Seminario; nos metimos por la calle Quemada y la del Rincón, ambas llenas de ruinas, hasta la plazuela de San Miguel, y de allí, pasando de callejón en callejón, y atravesando al azar angostas e irregulares vías, nos encontramos junto a las ruinas del monasterio de Santa Engracia, volado por los franceses al levantar el primer sitio. Los cuatro lanzamos una misma exclamación, que indicaba la conformidad de nuestros pensamientos. Habíamos encontrado un asilo, y excelente alcoba donde pasar la noche.
La pared de la fachada continuaba en pie con su pórtico de mármol, poblado de innumerables figuras de santos, que permanecían enteros y tranquilos como si ignoraran la catástrofe. En el interior vimos arcos incompletos, machones colosales, irguiéndose aún entre los escombros, y que al destacarse negros y deformes sobre la claridad del espacio, semejaban criaturas absurdas, engendradas por una imaginación en delirio; vimos recortaduras, ángulos, huecos, laberintos, cavernas y otras mil obras de esa arquitectura del acaso trazada por el desplome. Había hasta pequeñas estancias abiertas entre los pedazos de la pared con un arte semejante al de las grutas en la naturaleza. Los trozos de retablo podridos a causa de la humedad, asomaban entre los restos de la bóveda, donde aún subsistía la roñosa polea que sirvió para suspender las lámparas, y precoces yerbas nacían entre las grietas de la madera y de la piedra. Entre tanto destrozo había objetos completamente intactos, como algunos tubos del órgano y la reja de un confesonario. El techo se confundía con el suelo, y la torre mezclaba sus despojos con los del sepulcro. Al ver semejante aglomeración de escombros, tal multitud de trozos caídos sin perder completamente su antigua forma, las masas de ladrillo enyesado que se desmoronaban como objetos de azúcar, creeríase que los despojos del edificio no habían encontrado posición definitiva. La informe osamenta parecía palpitar aún con el estremecimiento de la voladura.
Chapitre d'aperçuCapítulo IIAperçu
El lecho en que yacíamos no convidaba por sus blanduras a dormir perezosamente la mañana, antes bien, colchón de guijarros hace buenos madrugadores. Despertamos, pues, con el día, y como no teníamos que entretenernos en melindres de tocador, bien pronto estuvimos en disposición de salir a hacer nuestras visitas. A los cuatro nos ocurrió simultáneamente la idea de que sería muy bueno desayunarnos; pero al punto convinimos con igual unanimidad, en que no era posible por carecer de los fondos indispensables para tan alta empresa.
—No os acobardéis, muchachos —dijo D. Roque—, que al punto os he de llevar a todos a casa de mi amigo, el cual nos amparará.
Cuando esto decía, vimos salir a dos hombres y una mujer de los que fueron durante la noche nuestros compañeros de posada, y parecían gente habituada a dormir en aquel lugar. Uno de ellos, era un infeliz lisiado, un hombre que acababa en las rodillas y se ponía en movimiento con ayuda de muletas o bien andando a cuatro remos, viejo, de rostro jovial y muy tostado por el sol. Como nos saludara afablemente al pasar, dándonos los buenos días, D. Roque le preguntó hacia qué parte de la ciudad caía la casa de D. José de Montoria, oyendo lo cual repuso el cojo:
—¿D. José de Montoria? Le conozco más que a las niñas de mis ojos. Hace veinte años vivía en la calle de la Albardería; después se mudó a la de la Parra, después… Pero ustés son forasteros por lo que veo.
—Sí, buen amigo, forasteros somos, y venimos a afiliarnos en el ejército de esta valiente ciudad.
—¿De modo que no estaban ustés aquí el 4 de Agosto?
—No, amigo —le respondí—, no hemos presenciado ese gran hecho de armas.
—¿Ni tampoco vieron la batalla de las Eras? —preguntó el mendigo sentándose frente a nosotros.
—Tampoco hemos tenido esa felicidad.
—Pues allí estuvo D. José de Montoria; fue de los que llevaron arrastrando el cañón hasta enfilarlo… pues. Veo que ustés no han visto nada. ¿De qué parte del mundo vienen ustés?
—De Madrid —dijo D. Roque—. ¿Con que Vd. nos podrá decir dónde vive mi gran amigo D. José?…
—Pues no he de poder, hombre, pues no he de poder —repuso el cojo, sacando un mendrugo para desayunarse—. De la calle de la Parra se mudó a la de Enmedio. Ya saben ustés que todas las casas volaron… pues. Allí estaba Esteban López, soldado de la décima compañía del primer tercio de voluntarios de Aragón, y él solo con cuarenta hombres hizo retirar a los franceses.
—Eso sí que es cosa admirable —dijo D. Roque.
—Pero si no han visto ustés lo del 4 de Agosto, no han visto nada —continuó el mendigo—. Yo vi también lo del 4 de Junio, porque me fui arrastrando por la calle de la Paja, y vi a la Artillera cuando dio fuego al cañón de 24.
—Ya, ya tenemos noticia del heroísmo de esa insigne mujer —manifestó D. Roque—. Pero si Vd. nos quisiera decir…
—Pues sí; D. José de Montoria es muy amigo del comerciante D. Andrés Guspide, que el 4 de Agosto estuvo haciendo fuego desde la visera del callejón de la Torre del Pino, y por allí llovían granadas, balas, metralla, y mi D. Andrés fijo como un poste. Más de cien muertos había a su lado, y él solo mató cincuenta franceses.
—Gran hombre es ese; ¿y es amigo de mi amigo?
—Sí señor —respondió el cojo—. Y ambos son los mejores caballeros de toda Zaragoza, y me dan limosna todos los sábados. Porque han de saber ustés que yo soy Pepe Pallejas, y me llaman por mal nombre Sursum Corda, pues como fui hace veinte y nueve años sacristán de Jesús y cantaba… pero esto no viene al caso, y sigo diciendo que yo soy Sursum Corda y pue que hayan ustés oído hablar de mí en Madrid.
Table des matières
Dans cette édition
- 01Full text
- 02Capítulo I
- 03Capítulo II
- 04Capítulo III
- 05Capítulo IV
- 06Capítulo V
- 07Capítulo VI
- 08Capítulo VII
- 09Capítulo VIII
- 10Capítulo IX
- 11Capítulo X
- 12Capítulo XI
- 13Capítulo XII
- 14Capítulo XIII
- 15Capítulo XIV
- 16Capítulo XV
- 17Capítulo XVI
- 18Capítulo XVII
- 19Capítulo XVIII
- 20Capítulo XIX
- 21Capítulo XX
- 22Capítulo XXI
- 23Capítulo XXII
- 24Capítulo XXIII
- 25Capítulo XXIV
- 26Capítulo XXV
- 27Capítulo XXVI
- 28Capítulo XXVII
- 29Capítulo XXVIII
- 30Capítulo XXIX
- 31Capítulo XXX
- 32Capítulo XXXI
- 33Capítulo XXXII
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