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Las moradas

Edizione BooksWhale in spagnolo di Teresa de Ávila

La obra mística de Teresa de Ávila sobre oración, alma, castillo interior y unión divina.

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Introduzione al libro

Las moradas

Las moradas, también conocido como El castillo interior, presenta la vida espiritual como un recorrido por estancias interiores. Teresa de Ávila une experiencia mística, enseñanza religiosa y prosa castellana de extraordinaria claridad.

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Teresa de Ávila murió en 1582 y Las moradas fue compuesto en el siglo XVI; estas fechas sostienen el dominio público del texto español.

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Las moradas

Teresa de Ávila

*

CLÁSICOS CASTELLANOS

SANTA TERESA

las moradas

MADRID

EDICIONES DE «LA LECTURA»

* ,

IMPRENTA ©E CLASICOS CASTELLANOS. - INFANTAS, 42.

INTRODUCCIÓN

Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, hija de padres nobles, aunque humildes, nació en Avila en 1515. Quedó sin madre cuando apenas contaba doce años. Su padre, D. Alfonso, fué “hombre de mucha caridad con los pobres, y piadad con los enfermos, y aun con los criados, tanta, que jamás se pudo aca¬ bar con él tuviese esclavos, porque los había gran piadad ” ; fué un buen castellano, religioso y aus¬ tero como un patriarca antiguo; doce hijos tuvo, como Israel.

Alternaban por entonces en lecturas casetas las

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Vicias de Santos y los Libros de Caballerías ; Teresa, cuando niña, sintió el entusiasmo de estas lecturas maravillosas y envidió á sus héroes, reales ó fantás¬ ticos paladines de la religión ó del amor.

Despertó su juventud á los encantos de unas ga¬ lanterías, y fué curiosa d« su belleza , y dióse un

Santa Teresa: Libro de su Vida, cap. I.

“Era de muy buena estatura, y en su mocedad, hermosa, y aun después de vieja, parecía harto bien.” Vida de Santa Teresa por el padre Ribera. Sobre el retrato de la Santa véase artículo de Angel M. de Bar¬ cia en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1909, pág. 1-15.

VIII

INTRODUCCIÓN

poco tiempo á inocentes vanidades. “Nunca era afi¬ cionada á mucho mal, porque cosas deshonestas, na¬ turalmente las aborrecía (i).”

Una buen-a monja encendió en su alma el deseo de f las cosas eternas; un hermano de su padre, hombre avisado y de grandes virtudes, que acabó fraile, adoctrinóla en el desprecio de las glorias del mundo: antes de los veinte años tomó el hábito de Carmelita, en Ávila, en el convento de la Encarnación.

La clausura quebrantó su salud; graves enferme¬ dades tuviéronla á la muerte. Un alto ideal de vir¬ tud, superior á la ordinaria vida del convento, cau¬ tivó su espíritu; y ante este ideal, sus anhelos y desesperanzas, su extremado rigor en la propia cen¬ sura, causáronle hondas inquietudes: su juventud, en el secreto de su conciencia, fué un drama emo¬ cionante.

La voluntad, por fin, venció al dolor, y el entu¬ siasmo de la fe disipó las sequedades de la devo¬ ción; hacia 1555, Teresa de Jesús, triunfante de sí misma, renacía á una nueva vida: “la de hasta aquí era mía, la que he vivido — en adelante — es que vi¬ vía Dios en mí, á lo que me parecía .”

La Orden del Carmelo había mitigado, mediante bulas pontificias, la aspereza de sus antiguas cons¬ tituciones; Teresa de Jesús, hallando tales privilegios excesivamente anchos y regalados para sus propó¬ sitos, fundó en Avila, en 1562, un convento de Car¬ melitas Descalzas, restableciendo la Regla en su pri¬ mera austeridad.

Libro de su Vida , cap. II.

Libro de su Vida , cap. XXIII.

INTRODUCCIÓN

IX

Ocasionóle esto gran tormento de injurias, burlas y murmuraciones; los Carmelitas de la Regla miti¬ gada alzaron frente á ella la más tenaz contradic¬ ción; y fué la lucha larga y penosa; fué un amargo calvario para la humilde monja.

No obstante, la reforma, fuerte en entusiasmo, abatió la protesta; multiplicáronse sus conventos; prendió su espíritu en las gentes sencillas, y con increíble rapidez, se esparció por el mundo. “Es maravilla nueva — dice el Maestro Fray Luis de León (i) — una flaca mujer tan animosa, que em- j prendiese una cosa tan grande y tan sabia y tan eficaz, que saliese con ella, y robase los corazones que trataba, para hacerlos de Dios, y llevase las gentes en pos de sí á todo lo que aborrece el sentido.” Mu¬ chos millares de Carmelitas Descalzos de ambos se¬ xos siguen aún su espíritu y mantienen su Regla por todas las naciones.

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Pocas cosas que me ha mandado la obedien¬ cia, se me han hecho tan dificultosas como es¬ cribir ahora cosas de oración; lo uno, porque no me parece me da el Señor espíritu para ha¬ cerlo, ni deseo; lo otro, por tener la cabeza tres meses ha con un ruido y flaqueza tan grande, que an los negocios forzosos escribo con pe¬ na; mas entendiendo que la fuerza de la obe¬ diencia suele allanar cosas que parecen impo¬ sibles, la voluntad se determina á hacerlo muy de buena gana, anque el natural parece que se

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2 Fray Jerónimo Gracián, prelado de los Descalzos y muy amigo de la Santa, dice: «Mandéla que escribiese este libro de Las Moradas , diciéndola, para más la per¬ suadir, que lo tratase también con el doctor Velázquez, que la confesaba algunas veces, y se lo mandó.» Fray Antonio de San Joaquín. Año Teresiano, I, pág. 223.

7 Tenía en esta fecha sesenta y dos años. Venía su¬ friendo largas y penosas enfermedades. Atormentábanla con persecuciones y calumnias los enemigos de su re¬ forma.

12 anque. La Santa, en este libro, escribía, por lo general, aque , con tilde sobre la a; algunas veces se en¬ cuentra anque , con todas sus letras (V. en el autógrafo, págs. 12-19, 1 3-i 3, 42-23, 64-12, 67-28, 70-13, etc.); no habiendo encontrado aunque en ningún caso, leemos siempre anque; para an ==«««, v. 3o-i3, nota.

LAS MORADAS

aflige mucho; porque no me ha dado el Señor tanta virtud, que el pelear con la enfermedad contino y con ocupaciones de muchas mane¬ ras, se pueda hacer sin gran contradición suya. 5 Hágalo el que ha hecho otras cosas más difi¬ cultosas por hacerme merced, en cuya mise¬ ricordia confío.

Bien creo he de saber decir poco más que lo que he dicho en otras cosas que me han man¬ ió dado escribir; antes temo que han de ser casi todas las mesmas, porque ansí como los pája¬ ros que enseñan á hablar, no saben más de lo que les muestran ú oyen, y esto repiten mu¬ chas veces, so yo al pie de la letra. Si el Señor i5 quisiere diga algo nuevo, su magestadjo dará ú sera servido traerme á la memoria lo que otras veces he dicho, que an con esto me con¬ tentaría, por tenerla tan mala, que me holgaría de atinar á algunas cosas, que decían estaban 20 bien dichas, por si se hubieren perdido. Si tampoco me diere el Señor esto, con cansarme y acrecentar el mal de cabeza, por obediencia,

io Escribió el Libro de su Vida y el de las Funda¬ ciones por mandato de sus confesores; las monjas de San José de Avila le hicieron escribir Camino de Per¬ fección.

20 Se refiere al Libro de su Vida , que estaba dete¬ nido en la Inquisición por intrigas de la Princesa de Eboli, enemiga de Santa Teresa desde la fundación del convento de Pastrana, año 1 569.

PRÓLOGO

quedaré con ganancia, anque de lo que dijere no se saque ningún provecho. Y ansí comienzo á cumplirla hoy día de la Santísima Trenidad, año de MDLXXVII, en este monesterio de San Josef del Carmen en Toledo, á donde al pre¬ sente estoy, sujetándome en todo lo que dijere á el parecer de quien me lo manda escribir, que son personas de grandes letras. Si alguna cosa dijere, que no vaya conforme á lo que tiene la santa Ilesia Católica Romana, será por inorancia y no poF malicia. Esto se puede tener por cierto, y que siempre estoy y estaré sujeta por la bondad de Dios, y lo he estado, á ella. Sea por siempre bendito, amen, y glorificado.

Capitolo in anteprimaPart 3Anteprima

llo, ni sosegar: harto hace en haber entrado.

Pareceros ha, hijas, que es esto impertinen¬ te, pues por la bondad del Señor no sois de es- ■20 tas. Habéis de tener paciencia, porque no sabré dar á entender como yo tengo entendido al¬ gunas cosas interiores de oración, sino es ansí,

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el agua; y el primero que después de movida el agua en¬ traba en la piscina, quedaba sano de cualquier enferme¬ dad que tuviese. Allí estaba un hombre que treinta y ocho años hacía que se hallaba enfermo. Como Jesús le viese... dícele: Levántate, coge tu camilla, y anda.» 5. Juan. V, 2-8.

1 1 «No queráis amontonar tesoros para vosotros en la tierra... Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.» 5. Mateo, VI, 19, 21.

CAPÍTULO PRIMERO

y an plega el Señor, que atine á decir algo; porque es bien dificultoso lo que querría daros, á^entender, si no hay espiriencia; si la hay, ve¬ réis que no se puede hacer menos de tocar en lo que, plega á el Señor, no nos toque por r>u misericordia.

CAPÍTULO SEGUNDO

Antes que pase adelante, os quiero decir que consideréis, qué será ver este castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, 5 este árbol de vida, que^está plantado en las mesmas aguas vivas de la vida, que es Dios, J. ^^cüando cay en un pecado mortal; no hay tinie-

yL . b!as más tenebrosas, ni cosa tan oscura y ne-

*Á>. *** gra, que no lo esté mucho más. No queráis

ao más saber de que con estarse el mesmo Sol, que le daba tanto resplandor y hermosura, to-

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davía en el centro de su alma, es como si allí no estuviese para participar de El, con ser tan capaz para gozar de su Majestad, como el cris¬ is tal para resplandecer en él el sol. Ninguna cosa le aprovecha, y de aquí viene que todas las bue- I ñas obras que hiciere, estando ansí en pecado J mortal, son de ningún fruto para alcanzar ^lo- J ria; porque no procediendo de aquel principio, r que esT31os, de donde nuestra virtud es virtud, y apartándonos de El, no puede ser agradable á sus ojos; pues en fin, el intento de quien hace l un pecado mortal, no es contentarle, sino ha-

7 cay = cae: formas análogas: tray, 223-4; train9 55-20, 76-11; etc.; hallánse en muchos clásicos.

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CAPÍTULO SEGUNDO

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cer placer al demonio, que como es las mesmas tinieblas, ansí la pobre alma queda hecha una mesma tiniebla. Yo sé de una persona á quien quiso nuestro Señor mostrar, como quedaba un alma cuando pecaba mortalmente. Dice 5 aquella persona que le parece, si lo entendie¬ sen, no sería posible ninguno pecar, anque se pusiese á mayores trabajos que se pueden pen¬ sar, por huir de las ocasiones. Y ansí le dió mucha gana, que todos lo entendieran; y ansí io os la dé á vosotras, hijas, de rogar mucho á Dios por los que están en este estado, todos hechos una escuridad, y ansí son sus obras; porque ansí como de una fuente muy clara lo son todos los arroícos que salen della, como i5 es un alma que está en gracia, que de aquí le viene ser sus obras tan agradables á los ojos de Dios y de los hombres, porque proceden de esta fuente de vida, á donde el alma está como un árbol plantado en ella, que la frescura y 20 fruto no tuviera, si no le procediere de allí, que esto le sustenta y hace no secarse, y que

5 Esta persona era la misma Santa que, de propó¬ sito, evita hablar de sí. Dícese que el padre Gracián, la¬ mentando la suerte del Libro de la Vida , pensó «que se podía restaurar tan gran pérdida, si la Santa escri¬ biese aquella mesma doctrina, no por modo de his¬ toria suya, sino de enseñanza, sin hacer de sí memoria, sino cuando mucho, en tercera persona, si la necesidad de la doctrina lo pidiese». Introducción de la edic. autóg. de Las Moradas , pág. III.

Indice

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  1. 01Part 1
  2. 02Part 2
  3. 03Part 3
  4. 04Part 4
  5. 05Part 5
  6. 06Part 6
  7. 07Part 7
  8. 08Part 8
  9. 09Part 9
  10. 10Part 10
  11. 11Part 11
  12. 12Part 12
  13. 13Part 13
  14. 14Part 14
  15. 15Part 15
  16. 16Part 16
  17. 17Part 17
  18. 18Part 18
  19. 19Part 19
  20. 20Part 20
  21. 21Part 21
  22. 22Part 22
  23. 23Part 23
  24. 24Part 24
  25. 25Part 25
  26. 26Part 26
  27. 27Part 27
  28. 28Part 28

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